XVI

— Te dije que debían estar cerca, esa rata estaba caminando en la noche, lo buscarían de un momento a otro.

Levanté mi cuerpo solo para recibir una patada contra mi costado que me hizo revolcarme en el suelo y dar arcadas dentro del traje. 

—Bien ratas, ahora la pregunta del siglo. ¿Dónde está la madriguera? — Un joven de quizás veintitantos años se agachó hasta casi ponerse a la altura de mi rostro, este era el dueño de la larga vara de metal. Yo buscaba de recuperar el aliento alzando la vista. Los cinco nos rodeaban, uno sujetaba a Samantha mientras esta forcejeaba, otro se hallaba más tras que el primero y mi hermana, no parecía portar arma alguna y llevaba consigo un bolso. El tercero caminaba a nuestro alrededor con un machete en la mano. De inmediato entendí que esta arma fue la que cortó el abdomen de Sergio y expuso sus entrañas. 

El cuarto de los hombres era el alto que portaba una pistola en su mano derecha, la movía de un lado a otro apuntando aleatoriamente. El quinto se trataba de Cesar, el duelo de la vara de metal frente a mí. 

—¡Déjalo! — Gritó Samantha. 

—En el culo de la señora Weasley maldito— Escupí para recibir un puño a la altura de mi sien. Aunque este fue bastante débil y no logró derribarme. 

—Mira, esta es una caraja y tiene grandes tetas— El que sujetaba a Samantha recorrió su cuerpo y sujetó su par delantero por encima del traje— Si la llevamos de seguro Romer se la coge primero, pero si lo hacemos aquí. La podemos disfrutar antes que el resto—El hombre mostraba los dientes y alzaba las cejas, noté entonces que tenía algo semejante a una quemadura en la cabeza y su brazo derecho. De hecho, la piel de los cuatro presentes se veía rojiza, como irritada. Me pregunté si aquello se debía a la radiación o algo más.

—A mí me parece una buena idea, tengo rato sin mojarlo— Comentó el del machete. Se trataba de un hombre de cerca de treinta años con una sudadera encima, jeans y cabello largo. En otro tiempo yo habría pensado que se trataba de un guitarrista sin futuro— Y anoche hizo bastante frío, será una buena forma de entrar en calor. 

—Se la pueden coger cuanto quieran, pero primero necesitamos información sobre dónde está su escondite— Repasó el del arma de fuego. Este además de alto era un sujeto moreno de aspecto serio y centrado. Obviamente dirigía aquel grupo, los demás le observaban ante cada palabra. Su cabeza rapada y la manera en que su franela entraba en su pantalón decía que él era la cabeza en ese pequeño grupo. Pero por las palabras del otro había alguien más por encima, un tal Romer, a quien debían de llevar a los recién capturados.

—¿En serio tengo que esperar? Hombre si ya se me puso dura de solo sentirle este par de melones. Son enormes dude. Y suaves, esta mierda merece que se la meta con todo y bolas ¡carajo!

—Si encontramos el escondite puede haber alguna otra mujer— Contestó el del arma. Aunque el que sostenía a Samantha no parecía poder contenerse mucho más y tomaba las palabras del otro no como una orden, sino más bien una sugerencia. Sacó una navaja del bolsillo y comenzó a rasgar el traje de mi hermana por toda la espalda. 

Samantha se movía desesperadamente— ¡Déjenla! ¡No el traje no! ¡el traje no, malditos, la van a matar! — No me prestaban atención. Sam lucía apenas un pequeño short debajo del traje de cuero, eso quedó expuesto al instante en que fue abierto. Guardó la navaja nuevamente en su bolsillo para desocupar la mano y tocar el culo de Samantha. Lo que no sabía es que Samantha no era alguien débil que pudiera ser sujeta solo con una mano de un hombre delgado. 

Yo observé a mi hermana, tenía miedo en su cara. La miré fijamente indicándole lo que yo haría, ella abrió aún más los ojos, pero se calmó al instante. Luego le indiqué con la mirada la dirección en la cual debía escapar. 

—Ufff que rico culo tiene esta condenada, está buenisima compadre. Puedo clavarla y de seguro mi pene se pierde entre estas nalgas— Comentó quien la manoseaba. 

—¡Está expuesta a la radiación infelices! — Grité iracundo. 

—¿Crees que estos trajes los protejan de la radicación? — Preguntó el que estaba frente a mí al de la pistola— Sería bueno tener algo como eso. No necesitaríamos más inyecciones y una mierda— Giró su cabeza para ver al otro y aquella fue mi señal. 

Me levanté en un solo impulso— ¡Corre Sam!¡Corre! — La observé con firmeza al tiempo que grité con todas mis fuerzas. El sujeto frente a mi buscó de levantarse, pero yo sujetaba aquella vara de metal con fuerza ahora. Samantha golpeo con su codo contra la nariz de su opresor. 

—¿Qué mierdas? — El hombre de la pistola levantó su arma contra mi hermana, quien se zafó del agarre e inició carrera en dirección al bunker. Le habría disparado a ella, de no ser porque yo tomaba la enorme vara de metal de casi dos metros y me dirigía hacia él. Me hallaba consciente de que las cosas no iban a salir nada bien, pero poco me importó en ese instante. Sentí el impulso de salvarla a ella a costa de mi propia seguridad, todo mi ser gritaba que eso era lo que debía hacer, incluso cuando el hombre giró su arma hacía mí y disparó. Sentí el dolor contra mi hombro izquierdo, pero blandí aquella vara muy pesada abanicando el aire hasta dar contra su cabeza. 

Se escuchó de forma clara el crujir del cráneo, rompiéndose como galleta ante la fuerza de un palo metálico de cinco o seis kilos a casi cincuenta kilómetros por hora. El sujeto cayó a dos metros de distancia como un saco de papas, inerte y sin consciencia de lo sucedido. La cabeza se deformó en tal grado que los pedazos de huesos se incrustaron en el cerebro y la piel se rompió como una cortadura debido a la presión en una pequeña fracción de tiempo. El resultado era como si una pequeña bomba estallara en la cabeza de la persona. Los sesos saltaron alrededor y se extendieron por el suelo. 

Hubo un silencio profundo entre los presentes. El dueño del machete alzó su arma y corrió en mi dirección— ¡Maldito hijo de puta! — Yo abaniqué de regreso dando contra su abdomen, pero no tan fuerte como el golpe anterior. Por tal razón el hombre solo cayó al suelo adolorido, mientras que yo era tacleado y lanzado al suelo por el dueño de la vara que yo todavía sostenía— ¡Cabrón! — El golpeado lanzó el machete en nuestra dirección y se enterró en la tierra pasando muy cerca de mi cabeza.

Sentí el cuerpo de aquel sujeto contra mí y un par de puñetazos en mi rostro. No era el sujeto más fuerte y sus golpes, aunque me dolían y dejaban bastante mareado, no llegaban a noquearme en lo absoluto. Al contrario, sentía que con cada puñetazo mi sangre irradiaba calor que llenaba todo mi cuerpo. Interpuse mis brazos entre mi cara y busqué de observar a mi atacante. El hombre notó el machete que su compañero acababa de lanzar y lo tomó en su mano derecha para alzarlo contra mí. Coloqué mi pie contra su pecho y le empujé con todas mis fuerzas en un acto desesperado. Yo no era un peleador nato que supiera sobre tácticas, pero algo si tenía claro. Debía deshacerme de ellos y estar en el suelo tirado no era algo bueno. 

Giré sobre mi cuerpo arrastrándome para levantarme. Tomé la vara y me lancé sobre uno de los sujetos con la punta de la vara en su dirección. Nunca imaginé el estruendo que podía hacer un pedazo de metal sin filo al atravesar el pecho de una persona. Fue una mezcla de un crujido con un golpe, seguido de una exhalación— Yo…— No me importó lo que iba a decir, el otro a un lado se movía. Me lancé al suelo a mi izquierda y barrí todo mi cuerpo golpeando un pedazo de metal y luego una pared, pero tomé el arma que una vez perteneció al calvo moreno y disparé dos veces contra el otro sujeto. La primera perforación dio contra su abdomen, la segunda le impactó por encima de su pecho, casi llegando a su cuello. Cayó al suelo gimiendo mientras tapaba su herida con la mano. 

—Que putas, eso fue…— Abrí los ojos y giré mi cabeza— ¡Samantha! — Repasé con la vista a tres sujetos a los cuales abatí. Eran cinco, aquello solo significaba que los otros dos corrieron detrás de mi hermana. 

Me levanté del suelo y sujeté la pistola en mi mano. Era difícil con el grosor del traje. De hecho, me pregunté cómo fui capaz de disparar aquello previamente. No había rastro de nadie, por lo cual comencé a correr en dirección a casa. Una sensación de mareo recorría mi cuerpo y sentí mis pies pesados como plomo, aunque, no sabía sobre la situación de Samantha y traté de apresurar mi paso como pude. Corrí pensando en ella y mi familia mientras que sentía un líquido resbalar desde mi hombro hasta mis dedos.

Lo observé desde lejos. Alguien entraba en la trampilla e iniciaba su descenso mientras que yo aún debía recorrer casi cien metros para alcanzarle. Imaginé que Samantha debió descender primero, le perseguían hasta nuestro hogar, aquello era la peor situación posible. ¿Qué iba a hacer yo si tomaban como rehén a Natalie o a Gina?. Comprendí lo que haría, lo que fuese necesario para que ellas sobrevivieran, incluso si aquello significaba perderme a mí mismo o sacrificarme en esa búsqueda. 

Una sensación que nunca sentí antes en mi vida me invadió, era un temor más grande que la muerte. Una sensación de pérdida e impotencia que no deseaba experimentar. 

Llegué a la entrada y me deslicé para empezar mi descenso. Bajé la mirada y encontré a un par de siluetas que subían la mirada en mi dirección. Eran los dos sujetos que acompañaban al resto. 

—¿Cómo carajo llegó aquí? — Preguntó el que estaba más cercano a mí— ¡Dispárale!

El otro sacó el arma y buscó de apuntar por entre la forma de su compañero y accionó el arma. Yo vi un chisporroteo contra el metal de las escaleras, pero no sentí dolor alguno, por lo cual continué bajando dos escalones más. Yo también poseía un arma, pensé brevemente en sacarla, pero era imposible, a duras penas podía sostener mi propio peso con mi mano derecha, la izquierda era prácticamente inútil, sentía la punzada en el hombro y era más un estorbo a la hora de bajar. 

Desde abajo en el bunker se escuchaban tantos gritos que era incomprensible reconocer qué decían. La voz de mi madre y la de Nicole se rompían en gritos desesperados. 

—¡Dispárale de nuevo a ese hijo de puta! — Sentenció el otro. 

—¡Eso intento! — Gritó el que se hallaba un par de escalones más abajo. 

Yo miré hacia abajo buscando poder esquivar aquel disparo, cuando entonces una idea loca me cruzó la cabeza. Tragué saliva y observé nuevamente el descenso antes de gritar— ¡Samantha! ¿Ya estás abajo?

—¿Qué? ¡Si, ya yo bajé!

Respiré profundo viendo hacia arriba— ¡Apártate entonces de allí! — Con estas palabras solté mi agarre de la escalera de metal y dejé a mi cuerpo caer. 

Era una locura descabellada. Cobijé mi cabeza con mis brazos, a pesar de ello golpeé con fuerza la pared y reboté como un muñeco. Mi codo dio contra el metal de las escaleras y mi protección se desvaneció debido al dolor y el impulso. Luego sentí como daba contra algo debajo de mi espalda y los hombres gritaron bajo mi cuerpo, mi pierna se golpeó, luego mi cabeza, reboté nuevamente sin comprender qué sucedía y un fuerte golpe recorrió todo mi cuerpo. 

Dimos contra el suelo con un sonido seco. Rodé sobre el cuerpo del que se hallaba más cerca de mí. Busqué a tientas la pistola que cayó en algún lugar. La hallé y disparé cuatro veces al amasijo de ambos cuerpos.

—¡SHUN! —Sentí a mi madre acercarse gritando. 

—¡No te acerques! — Grité con lo que podía— Estoy contaminado. Limpia a Samantha, ¡báñala!— Observé a mis tres hermanas en el pasillo, todas con la mirada clavada en mí. 

Me levanté sintiendo medio cuerpo roto. Me moví hasta las escaleras tomando el cable que usábamos para cargar las cosas debido a la ausencia de una cuerda. Até uno de los cuerpos y subí hasta la superficie, algo que me llevó bastante rato. 

Pasé el cable alrededor de una columna y comencé a jalar. Casi únicamente con el brazo derecho; me dolía el hombro, el abdomen y mi pierna derecha palpitaba y dolía cada vez que hacía un movimiento. Las lágrimas se me salían de los ojos, pero debía hacer eso. Subí ambos cuerpos en casi una hora, cerré la trampilla y luego arrastré los cuerpos hasta donde se hallaban los demás. 

Me senté frente a ellos a observarles, ninguno se movió, se hallaban muertos los seis. Pero mientras más los miraba, más comprendía que no podía dejarlos allí tirados, debía ser un grupo de expedición o caza, por lo tanto, al no regresar, los buscarían. No era difícil hallarles, después sería sencillo buscar al asesino por los alrededores y con un par de horas hallarían la trampilla a nuestro refugio. 

No tardarían, en dos días máximo los tendría tocando la puerta de mi hogar, o mejor dicho abriéndola a fuerza de soplete o explosivos. Aquello sería un jaque mate. 

Mi mejor opción era desaparecer aquellos cuerpos. Entonces se me ocurrió enterrarles o colocarles bajo los escombros. Pero las aves, ratas y el olor les delataría tarde o temprano, sin contar que no era difícil notar que no murieron de forma natural, después de todo tenían lindos agujeros de disparos en distintas partes del cuerpo. 

Después de una hora monté a todos detrás de una camioneta y dirigí esta con una roca en el acelerador, directo al fuego de la bomba de servició. La misma que observé un par de días atrás en llamas. Allí les vi quemarse y achicharrarse sin nadie que les llorase. Me retiré con dos armas de fuego junto a mí, una bala en mi hombro, un brazo izquierdo que apenas sentía y una pierna derecha que se inflamó en gran medida. 

Cerré la escotilla luego de mi ingreso, descendí sintiendo que mi cuerpo se hallaba destrozado en miles de pedazos, y no se debía al hecho de haber asesinado a un par de personas. Mi cuerpo tenía tantas heridas que la inflamación comenzaba a brotar en distintas partes y mi sangre seca y pegajosa la podía sentir en mis pies y alrededor de casi todo mi cuerpo. 

Todos gritaban a mi ingreso, pese a ello logré quitarme el traje, entré al baño, abrí el flujo de agua y caí al suelo con estrépito.

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