CAPÍTULO 8. ESCAPE

Karla tenía los ojos rojos y observaba al par de guardias que custodiaban la puerta con mirada seria, deseaba quitarlos del camino— ¿Con qué derecho no me dejan entrar?— Pensó al tiempo que los observaba con odio. Claudia se hallaba recostada sobre sus piernas y el resto del cuerpo colocado sobre un par de sillas en una especie de cama improvisada, la pequeña aun gimoteaba entre sueños y ella se limitaba a acariciarle el cabello para calmarle.

Si tuviese mis pistolas, les dispararía y entraría— Pensó observando al par de guardias con sus rifles a cada lado de la puerta de la habitación. Pero para su desgracia, no tenía ningún arma, todas les habían sido confiscadas en el camino mientras ella y Claudia acompañaban a Alejandro en la ambulancia, el único objeto que pudo guardar consigo, era la bitácora de Alejandro, la cual sacó de su bolso momentos antes de que le arrebataran todo, y lo mantuvo con recelo en sus brazos.  

Ahora se hallaba en un pasillo de un hospital, el lugar resultaba tétrico, con las paredes pintadas de verde, manchas por doquier, marcas que ella podía adivinar de qué serían, sin embargo no diría palabra alguna. Habían demasiado enfermos, tantos que las camillas se hallaban ocupadas y se observaban camas improvisadas, incluso llegó a observar a un hombre acostado en el suelo sobre cartón.

Todo lo que podía hacer era guardar silencio y esperar a que alguien le dijera algo que ella pudiese entender, las dos veces que intentó hablar nadie logró comprenderle y resultó exasperante hacer señas como una analfabeta.  Doctores y enfermeras pasaban, entraban en la habitación, le observaban de arriba abajo y continuaban su camino. A Claudia le habían tomado el pulso y la presión sanguínea al verla.

Karla comprendía que se debía al estado en el cual ambas se encontraban, llenas de tierra, hojas, despeinadas, con la ropa sucia, probablemente con ojeras y llorando por Alejandro— Las perfectas mendigas— Razonó notando su ropa e intentó lucir un poco más decente haciendo un moño con su cabello, para luego intentar arreglar un poco el vestido de la pequeña y peinar su cabello con los dedos.

Todo lo que hacía era con la finalidad de relajarse y no pensar en el estado de Alejandro, o en que probablemente estuviese muriendo o ya muerto. Bajó la vista y dejó escapar lágrimas de importancia, mientras sentía una impotencia enorme en su pecho, la sensación de no poder hacer nada y ganas de gritar y llorar hasta quedarse sin aliento y desfallecer.

—¿Por qué no fui yo? ¿Por qué no corrí yo? ¿Cómo no lo pude ver? ¿Por qué siempre término siendo una carga y él se arriesga? ¿Por qué?— Deseaba golpear la pared, personas, cualquier cosa, incluso disparar parecía una opción interesante.

—¿Cuándo me darán noticias de Alejandro?— Preguntó al par de guardias, los cuales la observaron y mantuvieron su posición y silencio— ¡El no es un criminal para que estén allí parados como idiotas!— Reclamó sin ser escuchada, luego recordó que Claudia dormía… pero era tarde, la había despertado y la pequeña se limpiaba los ojos rojos y se sentaba en la silla junto a ella.

—¿Y Alejandro?— Preguntó la pequeña, a lo cual ella tan solo pudo observarla y negar con la cabeza sin saber exactamente qué decirle que sonara creíble.

—¿Y si Alejandro muere? ¿Qué haré?— Observó a la pequeña y comprendió que solo quedaban ellas dos, se tenían la una a la otra y todo eso era lo que quedaba— Si Alejandro muere, todo cae… No creo que salgamos de Pirai con vida, no se siquiera como haremos dentro de Pirai…— La pequeña lloraba en silencio— Y si muere, ¿Cómo se lo digo a ella?

—¡Karla!— La voz del hombre resonó en el pasillo, la chica volteó instintivamente sorprendiéndose al ver a Armando y Milena acercarse caminando, el primero llevaba en brazos a una bebé.

La chica se levantó de la silla percatándose de cómo las lagrimas se escapaban de su rostro y su cuerpo se sentía pesado y sin fuerzas— ¡Armando!— El verlo le provocaba ganas de llorar.

—¡Armando!— La pequeña Claudia si corrió hasta el costado del hombre para abrazarle.

—Entonces ¿Si es Alejandro a quien le dispararon?— Preguntó él, y la muchacha se limitó a asentir con la cabeza en un movimiento lento y desesperanzado— ¿Y cómo está él?

 —No lo sé, en todo el tiempo que llevo aquí no me han dicho nada, tampoco es como si yo pudiera entenderlos, yo solo…— la impotencia le ganaba y debió taparse el rostro para contener el llanto— Yo solo, nos hemos quedado aquí las dos a ver que nos dicen, está en esa habitación.

—¿Qué tan grave fueron las heridas?— Preguntó Milena.

—Una en la pierna y otra aquí en el pecho— Señaló el punto sobre su propio cuerpo.

—¿Y tú como lo observaste Karla? ¿Crees que resista?—  Inquirió el hombre mayor con la bebé en brazos.        

—Lo vi muy mal, cuando lo sostuve después del disparo y en la ambulancia, apenas se encontraba consciente, y volteaba o me apretaba la mano, pero no hablaba, no llegó a decir nada.

—Descuida, él estará bien— Aseguró el hombre a pesar de que las miradas entre Armando y Milena no indicaban lo mismo— Nosotros escuchamos que habían herido a un sobreviviente que llegó con dos chicas e imaginamos se trataba de ustedes.

—¿Solo sobrevivieron ustedes dos?

—No, también están Miguel, Sara y la pequeña Aurora— Armando mostró a la pequeña.

—¿Aurora?

—Era la hija de María, la mujer que nos enseñó el centro comercial— Se explicó él, sin embargo Karla negó en la cabeza, sin poder recordar los rostros exactos de aquellas personas.

—¡¿Mi hermana está viva?!— Claudia reaccionó observando al hombre.

—Si, está en perfecto estado, vino con nosotros, llegamos aquí hace cuatro días— Armando observó a Karla— Yo la verdad lo siento, los esperamos un día, pero después de eso…

—¿Dónde está Sara? ¿Sabe lo de Alejandro?

—Lo sabe, nosotros le dijimos, pero… — Milena no supo que decir y Karla se le quedó mirando.

—Descuida, que Miguel de seguro la trae.

—¡Mi hermana viene!

—Solo sobrevivimos nosotros entonces.

—También está el grupo de Yoshua, llegó aquí un día antes que nosotros— Puntualizó Milena.

—Y ahora forman parte del gabinete de gobierno, él, Jhon y Santo.

—¿Santo sobrevivió?— Karla se mostró sorprendida.— No tengo nada en contra de los gordos, pero ese gordo lo detesto ¿Y cómo fue que los demás llegaron a puesto de gobierno?

—Una opinión que compartimos— Expresó Milena ante la sonrisa disimulada de Armando.

—¿Cómo sobrevivieron ustedes?— preguntó el hombre arrullando a la pequeña Aurora que se despertaba.

—Nos escondimos en el centro comercial, allí vimos lo que era un muerto inteligente, y Alejandro lo enfrentó, luego escapamos.

—¿Un muerto inteligente?— Preguntaron Armando y Milena al mismo tiempo.

—Si, podía hablar— Contestó Claudia.

—Exacto.

—¿Y luego?

—Alejandro estalló el centro comercial, escapamos, y…

—¿Y?

—Y Alejandro regresó y se perdió durante cuatro días y ninguna de las dos supimos de él, ¡hasta hoy!

—¿Se perdió? Alejandro no es de perderse…

—¡Lo sé Armando! Pero el regresó en la ciudad y no supimos nada de él

—¿Has leído la bitácora?— Armando señaló al cuaderno sobre la silla.

—No, la verdad es que…

—Él suele anotar todo lo relevante en ella.

—Si, es cierto, quizás debería…

—Hola— Sara se acercó por el pasillo en compañía del chico español.

—¡Por fin llegas! ¡Alejandro está grave, la verdad ni siquiera sé si pueda estar vivo! ¿Dónde andabas?— Reclamó Karla.

—¿Qué donde estaba?  Donde me dio la gana.

—¿Qué te pasó en la mano?— Preguntó Claudia.

—Fue Alejandro, un muerto la mordió y él… la cortó.

—¡Pero estas viva!— Exclamó con alegría Claudia.

—¡Pero sin mano!— Respondió Sara de mala gana.

—Aun así estas viva Sara— Karla la miró fijamente, mientras que el resto de los presentes no comprendía del todo la causa de la discusión, incluso los guardias miraban de reojo al par de chicas.

—¡Y me falta una maldita mano Karla!— Alzó el brazo que terminaba en un vendaje.

—¡Él te salvó la vida pendeja egoísta!

—Y en el camino me dejó lisiada, ¿sabes lo que es sentir que mueves un miembro y luego te percatas que no lo tienes? ¡No lo entenderías idiota!

—¡Vete de mi vista Sara, o juro que te quito el brazo entero para que puedas sentir autocompasión por tu miserable vida niña idiota!— Karla se sentó molesta mientras que la otra dio media vuelta marchándose, mientras Miguel le hacía señas a Armando de desconocer la razón y causa, sin embargo siguió a la chica.

Pasaron un par de minutos hasta que un médico algo viejo, con bigote blanco salió de la sala buscando con la vista hasta encontrarse con Karla— ¿Es usted la chica que vino con el paciente?

—Si, soy yo.

—¿Me podría decir su nombre?

—Karla.

—Me refiero al paciente señorita.

—Ah, Alejandro Alcalá ¿Cómo está él?

—En estado crítico, la verdad creo que es una suerte que pueda estar vivo, la bala en la pierna rompió un hueso, la otra pasó por encima de la cavidad pleural .

—¿Qué?— Preguntó la chica.

—Significa que no tocó los pulmones— Indicó Milena asintiendo con la cabeza— estudie medicina varios años…

—Hubo una perdida considerable de sangre, afortunadamente el cuadro de deshidratación en este caso jugó a su factor, le colocamos un par de transfusiones y por ahora ha mejorado un poco la condición.

—¿Eso significa que está bien?

—Significa, que ha pasado un obstáculo, sin embargo presenta una sepsis severa en la región abdominal, y necesitará de tratamiento con antibióticos por al menos cinco días y descanso extremo— El doctor miró a los presentes— En una situación normal, les diría que el paciente se quedará con nosotros durante semana y media reponiéndose y observando como avanza el cuadro, pero en la situación actual…

—¿Qué situación?— Karla no comprendió.

—Por decisión del gobierno todos partiremos para Itaguai mañana a las ocho de la mañana— Le explicó Armando a la chica, la cual recibió la noticia como un baño de agua fría.

—Les daremos al paciente a eso de las seis de la mañana, después de eso, será responsabilidad de ustedes el mantenerlo con vida— El doctor se disculpó, lo siento querida, es todo lo que puedo hacer por ahora, esperemos que de aquí a las seis el chico recupere la conciencia, con permiso….

—No importa…. Gracias— Se hallaba fría y sus pensamientos comenzaron a maquinar la idea de sacar a Alejandro de Pirai en doce horas, inconsciente y tambaleando entre la vida o la muerte.

—¿Alejandro está bien?— Preguntó la pequeña Claudia.

—Está algo complicado, pero por ahora está descansando— Le animó Armando.

—Explícame ahora que fue lo que dijo el doctor— Se refirió a Milena.

—Bueno, cuando se presenta un caso de deshidratación severa, muchas veces el cuerpo responde bajando la presión arterial y el ritmo cariaco, priorizando el gasto energético y el riego sanguíneo a las funciones principales, que son el corazón y el cerebro.

—No entiendo— Replicó Karla.

—Significa que Alejandro perdió menos sangre de la que habría perdido normalmente con el impacto de bala. Además afortunadamente no tocó los pulmones ni la arteria, pero la herida en la pierna fue fuerte y lo más preocupantes es la sepsis— Karla continuó mirando a Milena esperando que se diese a entender— Quiere decir que presenta un cuadro de infección, cuando hay una herida contaminada, básicamente todo el organismo se contamina, y no siempre los antibióticos funcionan, depende mucho del tipo y grado de infección y el cuidado que se tenga.

—Quiere decir que aun está en peligro.

—Significa que, apenas salgamos de Pirai, su esperanza de vida se acortará Karla.

El silencio reinó en la escena, los guardias de seguridad se marcharon pasada una hora, y Claudia volvió a quedarse dormida, negándose a irse con Armando y Milena cuando le ofrecieron una cama donde dormir en una pequeña habitación donde se quedaba el grupo. Estos dos tenían pocos minutos de haberse retirado, cuando Karla se animó a abrir la bitácora, observó un par de fotos pegadas a las horas, y las acostumbradas anotaciones por día. Observó el rostro del chico en medio de la oscuridad de su habitación en un autorretrato el día setenta y dos en la noche, y continuó revisando hasta llegar a los últimos cuatro días.

Comenzó a leer, afortunadamente Alejandro había explicado en detalle lo sucedido, y eso era suficiente. La chica abrió los ojos sin dar cabida a las palabras plasmadas y comprendió al fin todo lo sucedido, repasó las siguientes líneas y dio un salto de la silla. Observó la puerta de la habitación donde debía hallarse el chico y se sorprendió ante él, y entendiendo su manera de pensar comenzó a correr por los pasillos del hospital hasta la entrada principal.

—¡Armando!— Salió gritando con todas sus fuerzas mientras atravesaba el umbral de la entrada— ¡Armando!— El hombre caminaba por una calle cuesta abajo junto a Milena sosteniendo a la pequeña en brazos.

—¿Qué sucede chica?

—¿Cuál será el camino que tomarán al salir de Pirai?

—Pues, tenemos entendido que tomarán la ruta que va directo a Itaguai, según se encuentra despejada la zona— respondió este y Milena asintió con la cabeza.

—Debemos ir por Rio de Janeiro.

—¿Qué?

—Alejandro… él… es difícil de explicar, necesitas leerlo, pero está aquí— Alzó el cuaderno entre sus manos— Todo está aquí, hay que escapar del grupo principal e irnos por Rio de Janeiro.

—¿Estás segura chica?

—¡Necesitas convencer a cuantos puedas Armando, convéncelos de acompañarnos por Rio de Janeiro, es la única forma de vivir…!— Señaló Karla— Hazlo por Alejandro, toma, léelo y lo entenderás, expresó dándole la bitácora a Milena, pues el hombre se hallaba ocupado con la bebé en brazos.

Armando no podía decir que no a una petición como esa, tan solo pudo asentir con la cabeza mientras tragaba saliva e intentaba idear una forma de reunir personas, las únicas tres veces que tuvo personas bajo su responsabilidad fue en la milicia,  la segunda cuando un grupo de personas se reunió en torno a él y Víctor para salvarse de una pandemia de muertos vivientes, y la tercera en el Armonia. Con lo cual quedaba demostrado que en las tres ocasiones fue la fortuna de la vida quien le había obligado a tomar posiciones de liderazgo. Pero llamar a un grupo de personas y convencerlas de ir por una ruta aparte del grupo, era algo completamente descabellado, y todo un reto.

—¿Qué harás? Son las nueve de la noche y la niña tiene frio y hambre— Señaló Milena a Aurora— Y comenzará a llorar en un rato…

—¿Recuerdas lo que te dije cuando nos dijeron para venir a Brasil Milena?

—¿Sobre el chico Alejandro?

—Si— Contestó Armando mientras ambos avanzaban rumbo a la pequeña habitación que ahora les servía de casa.

—Recuerdo dijiste que a veces el terreno de guerra se basaba en decisiones basadas en suposiciones y presentimientos, pues no siempre se pueden ver las señales del enemigo, pero el deber de cada general es el de prever el ataque que se aproxima y responder de acuerdo a ello.

—Exacto.

—Y añadiste que Alejandro, en este caso era un simple presentimiento, uno que te obligaba a llamarlo.

—Y debes admitir que el chico es bueno sobreviviendo— Señaló él.

—Si… Toma— Le entregó el cuaderno— Dame a la niña, la cuidaré hasta la mañana, deberás irme a buscar para saber como y por donde nos iremos.

—Gracias— Armando le dio a la pequeña y le propinó un beso en la mejilla.

—¿Y? ¿Cómo vas a llamar la atención de las personas para que nos sigan?

—Aun no sé, pero creo que lo primero es encontrar un megáfono y a Miguel, de seguro que su acento de español rajao llama la atención.

—Y encuentra alguien que hable español y les traduzca, aprovéchate de la confusión que hay entre las personas, y que por ahora nadie ha venido a decirles nada— Milena sonrió y apretó a la pequeña sobre su pecho marchándose.

Armando la observó marcharse y abrió la bitácora, comenzando a leer para poder entender, era la noche del día 186, y mañana abandonarían Pirai.

(DIA 185 DESPUES DE LA INFECCIÓN)

Todo en lo que podía pensar era en agua, liquido el cual poder tomar. Su cuerpo se sentía pesado, mucho más de los normal, y su cerebro buscaba señales de agua en cualquier lugar. Caminaba ahora por el barrio el cual recorrió junto con el grupo de Armando y las chicas, buscando aquella casa desde la cual manaba agua por las paredes. Pero no daba con ella, además el caminar sin rumbo representaba un peligro, el lugar se hallaba plagado de mutilados, y cada esquina representaba un reto.

Sostenía el rifle contra su pecho, alzado y preparado mientras observaba un callejón y un par de muertos en él, la pestilencia que brotaba del lugar era inmensa y su nariz le ardía. Se hallaba consciente de que debía atravesar la ciudad entera y llegar con las chicas antes del anochecer, pero el sol era implacable y por su mente giraba el pensamiento de encontrar agua, o morir en el intento.

Su boca y sus labios estaban resecos, incluso no tenía saliva la cual tragar y su cuerpo había dejado de sudar, solo se hallaba seco y muy caliente mientras avanzaba por las calles de Brasil. Se vio tentado a buscar un recipiente y tomar de su propia orina, pero su cuerpo se negaba a soltar liquido y desde la noche anterior no había podido realizar sus necesidades.

Finalmente, agotado mentalmente entró a una casa, y comenzó a buscar algún muerto para eliminarle y poder descansar. Si había olfateadores cerca rápidamente le encontrarían, era obvio que dejaba un rastro de olor a su paso, pero el cloro se había acabado, y afortunadamente así era o habría terminado tomándoselo.

Avanzó por la casa registrando la cocina, encontrando los anaqueles vacios, cuando un jadeante se lanzó contra su espalda derribándole contra el empotrado, haciéndole golpearse la frente con el grifo.  Se impulsó con las piernas hacia atrás, pero el peso del muerto era muy grande y sus manos le tomaban por los hombros. Se giró como pudo y golpeó el rostro de una mujer gorda sin cabello de un lado. Apartó su rostro y montándose sobre la cocina comenzó a propinarle patadas, alejándola, pero su peso le dificultaba las cosas y atrás, bajando por una escalera apareció un segundo jadeante.

—¡Mierda!— Exclamó dando un salto a un lado, chocando con las ollas y haciendo gran revuelo al tiempo que evitaba al nuevo muerto que saltó en carrera hasta su cuerpo, estrellándose con la pared a su lado.  El rifle había quedado en el suelo, por lo cual  debió lanzarse y zafarse de la mujer para lograr dispararle a ella y al otro muerto.  Finalmente se quedó tendido en el suelo junto al par de muertos, agotado, sintiendo un enorme dolor en la región abdominal donde se había amarrado una camisa para retener la sangre de la herida.

Se levantó y sentó en el mueble a esperar que el sol descendiera un poco. Para cuando despertó eran las dos de la tarde, habían pasado dos horas y el sol continuaba fuerte, sin embargo debía continuar, y su cuerpo reaccionaba al menos lo suficiente como para continuar. Serpenteó por las calles de la favela, bajando escaleras casi en carrera y disparando a cuanto muerto se atravesara en su camino.  Hasta que llegó a la ciudad. Afortunadamente se hallaba bastante sola, el plan que realizó el día anterior había funcionado, el rastro había hecho su trabajo en guiar a los muertos adonde el deseaba, y ahora quedaban en su mayoría solo mutilados, esparcidos, lo cual no representaba un gran peligro debido a su poca velocidad.

Las calles eran amplias,  pero la maleza comenzaba a inundarlas, saliendo por entre las grietas. Hubo un grito enorme, el llamado de un olfateador, sin embargo solo salieron un jadeante y un excavador a lo lejos. Una situación en la cual cualquier otro habría corrido, pero el se hallaba acostumbrado, eliminó primero al jadeante con una ráfaga, luego al olfateador, y por ultimo al excavador. Notando que este ultimo no era más que un olfateador con manos amplias y uñas largas y dedos ensangrentados.

Su piel se hallaba reseca, lo podía sentir, al igual que comenzaba a sentir un mareo y debilidad en su cuerpo. Estaba llegando a un punto crítico, deseaba encontrar una fuente o un rio, pero incluso así no se atrevería a tomar de allí. El peligro de terminar infectado era demasiado alto y su uso de la razón aun se hallaba consciente de su deseo de no convertirse en un caminante devorador de personas.

La ciudad era enorme, pero ellos tan solo habían recorrido un costado de la misma, solo por el lugar donde pasaba la vía principal. Alejandro considera que adentrarse más allá era una muerte segura, eso sin contar que había un enorme agujero en el suelo y escombros de edificaciones derrumbadas que impedían el libre paso hasta ese punto.

Hasta ese momento no tuvo la oportunidad de observar la majestuosidad de aquella ciudad, con edificios enormes, calles igual de grandes y arboles por doquier, muy contrario a la visión que se tenía un par de calles atrás en la favela, donde vivían los estratos bajos de la ciudad, y de seguro muchas personas debieron sufrir.  La ciudad parecía partida en dos pedazos, mostrando lo mejor y lo peor.

Pero ahora nada importaba, la naturaleza reclamaba su territorio avanzando poco a poco, y ahora todas las edificaciones construidas por el hombre le pertenecían a los muertos y sus gritos infernales.

Observó el centro comercial, aun se hallaban incendiadas las dos edificaciones a los lados, y una intensa humareda negra nublaba la zona. Pero no deseaba entrar allí, había visto suficiente antes, y dejado parte de su ser en aquel fatídico lugar, en el cual debió tomar la decisión mas grande de su vida. Continuó su camino por un costado de la calle, virando para dar con la urbanización, cuando observó algo que lo dejó sin aliento y le hizo regresar un par de pasos atrás. Un bestial se hallaba bloqueando el camino, rasgando con sus manos un auto el cual se movía de un lado a otro con cada manotazo.

Dar un rodeo a la zona no era un problema, aunque si un gasto grande de energía y tiempo, sin embargo estaba dispuesto a darlo. El problema principal era su plan. Esas calles representaban la vía de salida y transito por Rio de Janeiro, no habían otras que el conociera, por lo tanto la presencia de aquel muerto causaba un problema enorme.

Se sentó en el suelo frente a una casa a pensar seriamente, mientras sentía los manotazos y el metal rechinando junto a él, pronto se le unieron un par de muertos, jadeantes y mutilados. Pero en su mente el problema seguía siendo el bestial.

 —¿Cómo se derrota un bestial?— La única persona que él sabía había logrado matar alguno era Yoshua, y él no se atrevía a intentar un tiro de gracia justo a los ojos de aquella cosa. No era tan buen tirador como para intentarlo.

Los minutos comenzaron a pasar rápidamente, y entonces una idea loca vino a su mente, una idea que era más una suposición basada en la física de un cuerpo tan grande y veloz. Una corazonada que implicaba además un riesgo enorme de su parte, pero quizás también la única forma de despejar por completo la zona, o de lo contrario el esfuerzo del día anterior no habría valido la pena.

Alejandro se acercó de nuevo al centro comercial hasta encontrar un pedazo de viga de metal la cual no logró mover, finalmente, luego de dar un par de vueltas se conformó con un pedazo de madera que alguna vez fue parte de una exhibición en una tienda, y con cuidado fue moviéndolo hasta donde deseaba. Incrustando el madero contra una tanquilla a medio abrir.

Lo siguiente fue encontrar un vehículo, algo que no se veía difícil a simple vista, pero la mayoría se hallaban en el edificio contiguo al centro comercial y toda la zona e hallaba plagada por humo. Y no deseaba regresar allí, por lo cual tuvo que adentrarse en una casa de la zona y sacar el auto que había quedado aparcado. No sin antes percatarse como aun se hallaban los cuerpos de un par de niños y una mujer en la puerta de la casa. Sus cuerpos eran como pedazos de cartón abultado debido al sol inclemente.

Lo siguiente que pudo hacer fue tranquilizar su mente y respirar profundo. No era un experto conductor, de hecho apenas sabía manejar de  manera educada., pero ahora se enfrentaría a algo sin par. Por increíble que pareciera su cuerpo no sentía miedo, sino que de alguna manera se hallaba emocionado, su respiración aumentaba y sus latidos también.

Encendió el auto y golpeó sus piernas intentando que estas reaccionasen como siempre. Su cuerpo aun sentía los estragos de la deshidratación, sin embargo ahora se hallaba exaltado y con energía a rebosar. El vehículo encendió y el entró en cuenta que aquello fue como encender el faro de Alejandría en el valle de la oscuridad.

Varios jadeantes aparecieron en el camino y su única opción fue acelerar el auto y echarlo a andar, para cuando metió segunda ya tenía tres muertos sobre el carro, y aun no llegaba a la calle que deseaba. Viró bruscamente haciendo que un jadeante girara por la calle soltando pedazos de carne al aire, y apretó el acelerador.

No fue necesario llegar a la calle donde antes se hallaba el bestial, este sintió el sonido y salió a su encuentro casi impactando el auto por un costado cuando atravesó la calle a gran velocidad. Alejandro metió tercera mientras se hallaba aun en vía recta, realizando un rodeo a la urbanización al tiempo que un muerto corría a un lado del auto como un atleta, observándole y gruñendo, mostrando la dentadura al tiempo que saltaba para sujetarse del auto, pero un error de calculo hizo que pasara por delante del vehículo y terminase siendo arrollado por este. El auto dio un salto brusco y se deslizó por la calle, haciendo que Alejandro perdiera el control durante una fracción de segundo.

El rugido del bestial le hizo estremecer, se acercaba a grandes zancadas, la tierra temblaba cada vez que sus patas chocaban contra el suelo. Un olfateador se sujetaba de la puerta del conductor y comenzó a golpear con sus puños el cristal de la ventana, Alejandro abrió la puerta, bajó a segunda y viró fuerte el auto para tomar una pequeña calle, el muerto salió expulsado con la puerta junto a él.  Las ruedas chirriaron y el bestial se resbaló mientras giraba junto con Alejandro.

Al frente se hallaba una pequeña redoma que atravesó por encima del pasto con el bestial casi pisándole los talones, y aceleró cuanto pudo, pisó a fondo metiendo tercera y cuarta casi al instante. Aferró los dedos fuertemente al volante y observó por el espejo al bestial que aumentaba el ritmo junto con él, rasgando el asfalto con sus garras con cada pisada, lanzando un alarido al aire  y pisoteando a un jadeante que quedó rezagado en la persecución.

El muchacho pudo  observar al final la isla que daba a la otra calle y el par de arboles  que dividían la zona, y frente a ellos, la enorme estaca de madera incrustada en el hueco del alcantarillado. Su única opción era acelerar, encima del carro se hallaba un muerto sujetándose y detrás a pocos metros el bestial avanzando con todo su poder, directo a lanzar un zarpazo  que hiciera volar el auto por los aires.  Pero entonces Alejandro viró con todas sus fuerzas, las ruedas comenzaron a chirriar, pero de pronto el auto se despegó del suelo y giró por el aire junto con el, estrellando toda la zona superior contra uno de los arboles que se hallaban en la división de la calle. Mientras que el bestial debido a su velocidad y peso le fue imposible girar y su pecho se proyectó directo contra el madero, perforándole el de un lado a otro.

Un jadeante intentó meterse dentro del auto y Alejandro se pasó al asiento posterior buscando el rifle que terminó en el suelo y le disparó. Y con ello se quedó observando la escena y como el bestial movía sus brazos intentando moverse en un intento desesperado por sobrevivir mientras sangre y un líquido verde manaba de su pecho como un manantial sobre el madero.

El muchacho descendió del auto percatándose poseía una pequeña herida en la cabeza, apenas un rasguño, pero por el cual manó mucha sangre y le nubló la vista un rato. La adrenalina dejó de fluir y sintió su cuerpo como si fuese plomo, con ello comenzó a caminar rumbo a la carretera fuera de la ciudad apoyándose en el rifle cual si fuese un bastón. Dejando atrás una ciudad limpia en su mayoría, y libre de transitar, un camino seguro para los sobrevivientes de Pirai.

Con cada paso que daba su mente se nublaba, su vista era borrosa y comenzaba a marearse, Alejandro intentó mantenerse caminando por el centro de la calle, pese a ello parecía moverse en zigzag, Observó un auto colocado de lado e intentó  aferrarse a él mientras daba un par de pasos más, pero todo se tornó negro. No sintió el golpe que se dio contra la puerta abierta y la mitad de su cuerpo cayó en el espacio del acelerador, mientras que sus piernas quedaron expuestas.

Tuvo un terrible sueño, uno que desearía poder borrar, recordaba lo visto en el centro comercial y con esto despertó.  Todo su alrededor se hallaba oscuro, negro por completo y ningún sonido audible en las cercanías. El rifle se encontraba tirado en el suelo a varios pasos de distancia y el suelo estaba frio, lo cual implicaba que el sol debió ocultarse varias horas atrás.

Intentó levantarse, percatándose que sus piernas apenas reaccionaban y quedaba un largo camino por recorrer— Agua—  Apenas pudo pronunciar, su boca estaba reseca, y la voz apenas salía de sus labios. Sintió que podría matar por el líquido vital, si tan solo hubiese en algún lugar.

Se adentró en una casa y abrió el grifo, arriesgándose, pero lo encontró seco, y comprendió que su única forma de sobrevivir era llegar a Pirai, y aprovechar el frio nocturno mientras avanzaba, pero…— ¿Y si muero?— Tomó la bitácora que había recuperado en el centro comercial dos días atrás, y que guardaba en su pantalón en la parte de atrás, y comenzó a escribir lentamente lo que podrían ser sus últimos momentos.

(ACTUALIDAD DIA 187 DESPUES DE LA INFECCIÓN)

No sabía cómo Armando lo logró exactamente, quizás en gran parte fue gracias a Miguel, quien se inventó la trama de un complot estadounidense para hacerles esclavos, pero la realidad era que ahora se movilizaban en una camioneta que Milena conducía, Armando iba de copiloto con la bebe en un brazo y su rifle al frente del auto. Alejandro iba acostado sobre sus piernas en una camilla de plástico, la bolsa de suero se hallaba puesta sobre el pasamano superior, y del otro lado se encontraba Claudia, quien mantenía la vista baja desde que salieron de la ciudad casi una hora atrás.

             —No podrá superarlo fácilmente, o quizás nunca— Expresó Karla con pesar observando— ¿Lo superaremos alguno de nosotros?— Observó los rostros en silencio dentro del vehículo, nadie hablaba en toda la caravana que lideraban, los autos se movían en silencio salvo por disparos ocasionales y fugaces. Un sonido al cual de alguna manera todos se habían acostumbrado.

Habían partido de Pirai una hora después que el grupo principal, luego de que Armando y Miguel fuesen buscados y acusados de traición por parte de la seguridad militar presente en la ciudad. Pero ahora aquello no importaba, siquiera importaba el haber visto a Yoshua abordar un carro oscuro, sonriéndoles con ironía.

El grupo principal era enorme, constaba con más de setecientos vehículos, entre ellos gran cantidad de autobuses. Karla recordó un documental que vio alguna vez sobre como transportaban a los judíos en trenes, de pie, apretujados unos contra otros, y sintió pena al ver la semejanza. 

El grupo que ellos tenían constaba apenas de cuarenta y cinco buses y menos de diez vehículos particulares que escoltaban al frente y a los lados, con gente armada. Armando comentó que eran cerca de cinco mil personas, y ella al observarlos sintió que eran demasiados. Una cantidad así siquiera entraría en el Armonía. No obstante allí se encontraban, desalojando y en camino. Muchos por otra parte optaron por quedarse en Pirai, considerando que aquello se trataba de su hogar, o eso escuchó Karla, a pesar de que su mente le decía que el privilegio de ir como atún en lata en aquellos autobuses quizás no era producto del azar, sino más de poder e influencias, y que muchos debieron quedarse resignándose en la ciudad. Una realidad triste y cruda, pero innegablemente una realidad.

Afortunadamente habían atravesado Rio de Janeiro casi como si se tratase de una ciudad fantasma, varios muertos aparecieron, pero no se trató de un enjambre de cientos de miles, sino de apenas un centenar que fue controlado con aquellos que iban armados, aunque inconfundiblemente se sintieron gritos y hubo quienes se lanzaron de los autos y comenzaron a correr.

Pero el susto había pasado y ahora recorrían tranquilos el parque en el cual una vez llegaron a pasar la noche. Sin embargo le resultaba increíble que el viaje fuese tan pacifico, la zona se hallaba limpia, aunque ella sabía la razón, y la explicación se hallaba acostado en sus piernas, Alejandro. Acarició su rostro notando que sus labios se hallaban partidos, pero ya al menos eran rojos y no de un color blanco leche.

La otra razón era la bitácora, la cual descansaba a un lado de Armando, justo a la vista de ella. Le era imposible no verla desde allí, y pensar en todo lo leído. En las locuras que habían pasado los últimos días y en lo que Alejandro vivió en soledad. Recordó que minutos atrás observó el centro comercial, y los alrededores aun ardiendo, tal como el chico los describió en el cuaderno.

La única cosa que le molestaba era Sara, quien se hallaba en los asientos traseros junto a un Miguel muy callado e incomodo por la actitud de la chica. Sara tan solo observaba la ventana y no respondió palabra alguna, siquiera  su propia hermana. Se comportaba como una niña caprichosa, o al menos así lo creía Karla— ¿Por qué no viniste en otro vehículo? ¿O por que viniste a Brasil? ¿pensabas que era un paseo?— deseaba decirlo, pero luego observaba el bulto blanco y rojo que se hallaba al final de su brazo y comprendía que era algo grosero e inhumano, y observó su mano con nostalgia— Quizás si fuese yo, actuaría igual— la abrió y cerró para recordar la sensación y se quedó mirando a Alejandro un rato largo.

—¿Ves algo?— Preguntó Milena a Armando, quien aguzaba la vista.

—Nada importante parece que todo está bastante limpio, lo único que ahorita me haría cagarme sería un bestial— se expresó dándose a entender.

—Joder, ni lo diga señor, que estaríamos de la cagada si una mierda de esas aparece, en serio, que cuando íbamos en el tren pensaba que nos jodería a todos— Comentó Miguel desde atrás.

—¿Y como está él?— Preguntó Armando, refiriéndose obviamente a Alejandro.

—No ha hecho movimiento.

—Y no esperes que lo haga, por ahora lo mejor es que él descanse lo suficiente— Puntualizó Milena observándola desde el espejo retrovisor con su mirada aguda pero franca de siempre.

—Pero se pondrá bien ¿Cierto?— Preguntó la mas pequeña.

—Si, al paso que va si, afortunadamente tenemos las medicinas— Respondió Milena, conduciendo. No obstante Karla continuaba nerviosa, solo ella y Armando sabían lo que sucedía, solo ellos habían leído la bitácora. Sus manos temblaban y se encontraba sudando a pesar del frio que entraba por la ventana dela auto. Nadie más tenía conocimiento, siquiera Milena, quien se limitó a seguirles sin preguntar razones, confiando en su criterio, algo bastante sorprendente dado su carácter.  

La clave y principal razón para que tomaran la ruta de Rio se hallaba en lo sucedido en el día ciento ochenta y cuatro, y en la corta anotación que Alejandro hizo sobre tal día.

(DIA 184 DESPUES DE LA INFECCIÓN)

Estaba cansado y el sol resultaba inclemente, su cuerpo comenzaba a pedir agua a gritos, la noche anterior no pudo dormir del todo bien, y ahora se dirigía a una carretera la cual desconocía mientras dejaba un sendero fétido detrás de si.

—Si me encuentran estoy muerto—Er una realidad que conocía muy bien, a pesar de haber utilizado todo el cloro sobre su cuerpo, el par de cubetas que cargaba y el aroma que ellas despedían debía llamar la atención de los olfateadores hasta en China.  En ellas llevaba desperdicios humanos, y si, con desperdicios se refería a orina, excremento y sangre que recolectó de la alcantarilla y la calle. La intención era simple, crear una trampa.

Nunca antes había probado este método, le parecía no solo sucio, sino asqueroso y hasta un poco ruin. No era su forma usual de actuar, pero ahora las reglas habían cambiado, o así lo decidió él; ya no era posible permanecer con el juego pacifico, e inteligente. No eran posibles las excusas o los perdones, la situación había resumido todo a matar o morir, y él se hallaba convencido de no morir en tal lugar, aun menos sin poder ver nuevamente a las personas a quienes quería.

Se detuvo y vació un poco del contenido y prosiguió su camino; ese trabajo era difícil, precisaba observar todo su alrededor, estar atento ante cualquier movimiento y disparar ante la mas mínima amenaza. Por lo general habría pensado incluso que era un plan suicida sin respaldo, pero no tenía opciones, su única forma de hacerlo era esta.

La primera vez que vio a alguien realizar este procedimiento fue en su ciudad, por un grupo el cual se extinguió en los primeros treinta días, se basaba en hacer un camino de excrementos hasta un sitio en especifico, la ruta normalmente los olfateadores la hallaban y daban el grito de alarma si previamente no habían visto tal rastro en tal lugar, lo cual daba a entender algún humano fue su causante y se hallaba cerca.

 La segunda parte del plan requería partes humanas, y él sabía muy bien donde conseguirlas, el tren que habían abandonado de seguro se hallaría envuelto de muertos, pero habrían pedazos para desperdigar, pero lo más importante. Allí se hallaba una caja de granadas que Yoshua le mencionó. Una caja de granadas era todo lo que necesitaba para hacer que la ruta no fuese viable y su trampa tuviese éxito.

Eran las doce del día y se encontraba asqueado del olor a su alrededor, ya había vomitado y deseaba terminar rápido de armar todo, aun más antes de que le encontraran los muertos. Casi podía sentir la voz de Alicia diciéndole— ¡No lo hagas! ¡Es algo vil y cruel!— Y si, ciertamente tendría razón en tales palabras, pero ahora todo ello carecía de significado. Él había llegado a la inevitable conclusión de que esta era la única salida y solución posible… la única si deseaban que alguien pudiese vivir en paz.

(ACTUALIDAD DIA 187 DESPUES DE LA INFECCIÓN)

Yoshua era una persona cuya inteligencia le caracterizaba, fue así desde pequeño y sua padres le felicitaban por ello, un acto que a él poco le importaba, después de todo, lo que más disfrutaba era la sensación de vencer, solo había algo que disfrutaba más que eso, y era el ver al reto humillado y derrotado ante su figura. Por lo tanto todas sus acciones estaban planificadas con este fin, destruir a la competencia.

Futbol, artes marciales, ciclismo, había disfrutado de vencer en cada una de ellas, había logrado determinar y cultivar su fuerza. Pero con el pasar de los años, las personas comenzaban a desligarse de él, se alejaban de su presencia, obligándole a deambular solo. Pero para alguien con Yoshua aquello no era un problema, disfrutaba la soledad, la cual le permitía pensar y analizar sus siguientes pasos. El alejamiento de los demás lo veía como envidia por parte del resto, y aquello le causaba regocijo y se sentía feliz de estar así.

El día que el virus se esparció, observó como su padre era devorado vivo, y tomando la vieja espada que el hombre guardaba como trofeo en la pared de la sala, rebanó al primero de una larga cantidad de muertos que pasarían por su hoja. En ese instante el comprendió que el fin de toda su vida había sido ese momento, su existencia no era algo fortuito. Él era el aniquilador perfecto, un líder nato en tiempos de oscuridad, terror y desastre.

Otro detalle que descubrió es que sentía cierto placer al tasajear y eliminar a tales seres en cuerpo humano. Era algo que nunca antes había experimentado, siquiera cuando participó en combate. Esto era algo sin parangón, era la libertad de eliminar a quien quisieras y apoderarte de todo por la fuerza de tu cerebro y la agilidad de tu cuerpo.

Cada vez que un muerto viviente caía a sus pies, era una victoria, y pronto encontró nuevas formas de eliminarles. Rápidamente comenzó a tener quienes se acercaban a él en busca de salvación y comida, y él solo les pedía algo a cambio, sumisión y la capacidad de seguir sus órdenes al pie de la letra. Normalmente las opciones se resumían a eso o morir… Pocos tomaban la segunda opción.

Entonces apareció Alejandro, un personaje único en su clase, una persona digna de su atención, capaz de sobrevivir tan bien como él mismo. Se trataba de un competidor de su altura, algo que no esperaba pero que le emocionaba sin razón. Después de ello podía permanecer varias noches planeando las formas de destruir a su competencia, imaginando los movimientos necesarios para ello, como un juego de ajedrez con personajes reales.

El juego era interesante y desviaba su atención de objetivos primarios, como el liderazgo, el poder, y aun más, desaparecían de su mente los gritos que invadían la noche. Alejandro era un objetivo claro y fijo, uno que estaba seguro eliminaría en su ciudad. No obstante un fallo en sus cálculos hizo que perdiera su pierna y el chico permaneciera con vida. Por primera vez sintió la frustración de la derrota, una que debió pasar en silencio mientras se recuperaba de la perdida de su miembro.

Se sintió débil, y dudó de su capacidad, pero entonces la suerte dio un giro, y en medio de una de sus excursiones por la ciudad se encontró a los lejos con la chica de cabellos dorados, le disparó desde lejos y se acercó a ella. Observarla era la gloria, esa chica era especial para su enemigo, y de pronto un plan macabro se dibujó en su mente. En vez de matarla, podía usarla para destruir a Alejandro, de una manera irreparable.

Bastaron un par de palabras al oído de la chica, para hacerle pensar que Milena era el enemigo el cual se debía erradicar, hacerle creer que Alejandro se hallaba seducido por la creadora del virus que había traído consigo el apocalipsis, y que por lo tanto, de cierta manera le estaba ayudando a crear un mundo donde los hijos de Dios morían a diario. El resto fue dejar que las cosas siguieran su curso y que el tiempo y la intriga en la mente de una chiquilla fácilmente influenciable hicieran su trabajo.

Ahora se hallaba sentado en la parte trasera de un auto rumbo a Itaguai por la carretera, escoltados por un par de vehículos adelante y seguidos por una caravana de cientos de miles de personas. Se hallaba consciente que la mayoría morirían en tal incursión, pero poco importaba, después de todo, aunque solo sobreviviera el veinte por ciento de ellos. Se trataba de casi un millón de personas, y el veinte por ciento continuaban siendo doscientas mil. Una cantidad de trabajadores gratuitos que tanto como él como el ex gobierno norteamericano deseaba.

Treinta mil personas había sido el termino de su trato, con ello podría disfrutar de un grupo amplio de obreros y fundar una nueva y pequeña nación en alta mar. Un plan que las naciones sobrevivientes estaban tomando a futuro.

Él seria gobernante de la zona que eligiera, y la opción de crear un sistema de cría de peces para controlar el sistema alimenticio era su siguiente paso. Esto le otorgaría un poder inimaginable. Todos tendrían que llegar hasta él, humillados para pedir por su ayuda.

Alejandro ya no era una preocupación, él había vencido, de una manera cruel y perfecta. Destruyéndole desde adentro con la traición de Alicia, un evento que de seguro el chico nunca había esperado y desequilibraría sus emociones. Ello sin contar con que aquel pequeño grupo no poseía conexión alguna, y se verían erradicados o adoptados por los demás, más fuertes y gobernantes de la zona cuando el nuevo orden mundial se consolidara.

El acto de aquella noche, cuando Alicia pasó a sus filas fue un jaque mate, el fin de una jugada desarrollada perfectamente, y el inicio de su nueva vida.

Había un punto en la vida de toda persona exitosa, en el cual la vida daba un giro total, era un momento crucial, en el cual el individuo sabía que su vida de ahora adelante cambiaria por completo. Yoshua había llegado a ese punto y acababa de cruzarlo. Había firmado recientemente un arreglo y se hallaba satisfecho con eso. Arriba no menos de cuarenta helicópteros les escoltaban a gran altura y…

Yoshua observó por el vidrio a un lado de la calle un cartel de madera pintada con letras rojas que decía: “Se acabó el juego, mate”.

Las palabras resonaron en su cabeza, y le fue imposible no quedarse mirando el cartel, mientras que el auto continuaba su camino. Se asomó mejor por la ventana y fue entonces cuando se percató. A los lados de la carretera habían unas pequeñas estabas con granadas adjuntas y un hilo de nilón, que al pasar los vehículos le jalaban activando los explosivos.

Yoshua miró como había varias en el camino que habían dejado, y de pronto hubo un gran estallido, una bola de fuego se aproximó a su rostro, pudo sentir el calor y el miedo invadiéndole.

Murió.

El carro en el cual iba estalló junto a otros cuatro frente a él, y se vio expelido por los aires unos cinco metros antes de caer de cabeza  contra el asfalto en llamas.

A varios kilómetros de distancia nadie sintió los estallidos, sin embargo pudieron sentir como el suelo comenzó a temblar y un estertor resonó en el aire, sacudiendo a todos, haciendo vibrar las ventanas de los autos y obligando a muchos a detenerse, incluyendo Milena. Armando y Karla se miraron a los ojos, reconociendo lo que sucedía— Eso fue…

                —Si, y ese sonido…

                —Los muertos— Corroboró Armando, palabras que representaban un pensamiento presente en la mente de Miguel, Sara y Claudia también, pues también habían vivido el horror. Entonces fue cuando hubo un estallido y una columna de humo gris y marrón ascendió por los cielos a varios kilómetros de distancia.

                Aquellos se que encontraban en los autobuses se agolpaban para observar por las ventanas, y muchos otros se paraban por encima de los autos. Lo siguiente que se escuchó heló la sangre de todos los presentes, causando que la mayoría gritara en coro de terror y todos abordaran nuevamente los autos para salir del lugar a toda prisa. Se trató de un bramido ensordecedor de cientos de miles quizás millones de muertos al mismo tiempo, todos expectantes y ansiosos por devorar carne humana, carne de cientos de miles de personas atrapadas en pequeñas cajas de hojalata que usaban como transporte.

                —¡Arranquen!— Gritó Milena con su tono que enfatizaba sin necesidad las R. palabras innecesarias pues todos abordaban muertos del miedo a velocidad sin par, encendiendo los autos y movilizándose lo más aprisa posible.

                Los vehículos comenzaron a transitar y el movimiento telúrico se reanudó. Armando pudo notar como un grupo de helicópteros sobrevolaban la zona del desastre. En la zona trasera Sara gritaba como loca mientras Miguel la sujetaba.

                —¡Haz que se callen!— Y él español tan solo miraba al resto y la apretaba intentando hacerle sentir mejor con ninguna idea por su mente, y las piernas vueltas gelatina ante la idea de enfrentarse a decenas de miles de muertos vivientes tal como sucedió la última vez que escuchó ese sonido, sin contar que ahora se encontraban en terreno llano y eran blanco fácil.

                Claudia mantenía la cabeza gacha, casi escondiéndose del sonido, con la mirada fija en las piernas de Alejandro, mientras Karla se aferraba al asiento y terminó por abrazarla buscando en quien desahogar el miedo excesivo que recorría su ser. La pequeña Aurora rompió en llanto, como si supiera lo fatídico que era tal sonido. Y a pesar de hallarse a varios kilómetros de distancia y acercarse cada vez más al tren, comenzaron a llegar muertos adonde se encontraban y desde los autos comenzaron los disparos sin tregua a todos los que se acercaban.

                Desde que comenzaron a aparecer jadeantes en carrera infernal para alcanzar la caravana de automóviles, el tiempo comenzó a andar excesivamente lento ara todos los que se hallaban en la vía, y el ritmo de ciento cuarenta kilómetros por hora lucía como si fuese un paseo en triciclo mientras una jauría de lobos asesinos les pisaban los talones.

                Alejandro se hallaba aun inconsciente, impasible ante la locura que sucedía a su alrededor, a pesar de ser el autor intelectual de todo aquello. Mientras tanto se acercaban al tren, ya Karla podía verlo a lo lejos, pero los muertos aumentaban en número a varias decenas y las armas recargaban y soltaban ráfagas a medida que avanzaban, hasta que el camino se acabó y debieron detenerse. La única opción restante fue bajar y correr hasta el tren, mientras aquellos que se hallaban armados formaron un perímetro de fuego a discreción.

                Karla iba con Milena cargando el cuerpo de Alejandro en la camilla, horrorizada ante el hecho de la cantidad de muertos que se suscitó en tan solo segundos de ser presa de los muertos. Corrían lo más rápido que podían llevando el cuerpo en sus brazos, Claudia iba al lado de ellas, en carrera en medio de una muchedumbre alocada que empujaba y tumbaba a los que iban al frente, pisándoles y causando mayor cantidad de muertes.

                Un olfateador llegó al lado de ellos y fue Miguel quien disparó una ráfaga,  Armando lo miró asintiendo mientras corrían. Karla temía por Alejandro y Claudia, quien se movía a su lado. La cantidad de personas era impresionante y a cada paso ella misma podía sentir como le empujaban y tiraban de su ropa, en intentos desesperados por acercarse al vehículo. Las balas silbaban atravesando la muchedumbre en todas las direcciones. Y la muchacha se sintió como parte de un cuerpo de milicia estadounidense en el asalto de Normandía.

                —¡Corran!— Alguien gritaba y más atrás se sintió el grito de los muertos. Karla se montó en el primer vagón junto a Armando, quien no tuvo escrúpulos en entregarle Aurora a Miguel y golpear a varias personas con la culata de su rifle para que abrieran camino, derribándoles al instante. Ella entonces lo comprendía, esa era la naturaleza del ser humano, el caos total, el egoísmo en búsqueda de la salvación propia, la locura y desesperación en masa, acarreando errores, uno tras otro, que en conjunto hacían del momento un pandemónium.

                —¡Quítense!— Armando disparó a un hombre y golpeó en la nariz a una mujer gorda que gritaba histérica frente a él reclamando y agitando los brazos cuando el se abría camino hasta los controles.

                —Suelta el arma— Un hombre apuntaba con una pistola a Armando justo en la cabeza, cuando se escuchó un disparo y este cayó al suelo sin vida manando sangre de su frente. Milena le disparó sin compasión y apuntó a los lados.

                —¿Alguien más quiere que le habrá un agujero?— El silencio fue rotundo, junto a miradas de asombro por parte de todos y el par de cuerpos sin vida tirados en el suelo del vagón— ¿No? Eso creí.

                La escena era cruel y funesta, sin embargo Karla reconocía que no había tiempo para discusiones tontas, ni para lidiar con una muchedumbre histérica, caótica, aterrada. La solución acertada había sido aquella, y esa era la diferencia por la cual personas como Armando, Milena, e incluso Alejandro estaban vivos.

                El tren comenzó a moverse y los disparos no paraban. Ella podía observar la sangre manchando y moviéndose conforme el tren empezaba a marchar, sin embargo su atención estaba en Alejandro y Claudia a quien mantenía sujeta por el brazo. Pero un pensamiento vino a su mente— ¿Cuánta sangre estuviste dispuesto a derramar Alejandro?— Era obvio que aquella trampa para Yoshua también había significado la pérdida de miles de vidas. Pero para ello también había una razón.

                (DIA 183 DESPUES DE LA INFECCIÓN)

Regresar a la ciudad era extenuante, no en términos físicos, sino en sentido psicológico. Debió pasar la noche observando el fuego desde un pequeño apartamento, esperando que se hiciera de día para adentrarse en las ruinas.

Para cuando la mañana cayó, el tenía mucho sueño, se hallaba cansado y su costado dolía demasiado. Los alrededores eran un caos, había cientos de cuerpos quemados tirados en todas direcciones. Cuerpos que al pasar el iba pateando a los lados para abrir camino. Una vieja costumbre que le quedó de cuando estuvo en su ciudad, a sabiendas de que siempre podía necesitar una vía de escape limpia, y a diferencia de en las películas, en la vida real no había quien limpiaría los escenarios para que los demás tuviesen un camino despejado.

La otra razón por la cual hacía aquello, era evitar el instante en el cual entrase al centro comercial. Los alrededores aun tenían muertos, en su mayoría mutilados, que escuchaban el crepitar de las brasas y se movían.

El humo nublaba la visión y hacía que la vista ardiera, obligándole a llorar sin querer. Pero luego de un rato se fijó que la calle estaba despejada y era hora de entrar en aquel lugar para inspeccionar lo que había visto el día anterior.

Comenzó a caminar escapando de la zona más llena de humo, dirigiéndose por la entrada del estacionamiento, la misma que había usado para escapar del lugar. Caminó sin ganas, esquivando a los mutilados que se arremolinaban y sucumbían ante sus saltos sobre los autos para evitarles. A los cuatro minutos se hallaba adentro y se percató que el desastre en tal lugar fue mucho peor. Al fondo, los muebles aun humeaban un poco con un olor nauseabundo, y cientos de cuerpos amontonados sobre ellos.

Los pasillos lucían como un campo de guerra con cuerpos por doquiera. El muchacho se tapó la nariz con su camisa y comenzó a caminar observando detalladamente. Pasó por la tienda de ropa en la cual se había ocultado, las ventanas se hallaban rotas y todo ahumado y lleno de vidrios, al fondo se podía apreciar un par de muertos, no deseaba llamar la atención por consiguiente caminó sigilosamente, pese a ello un jadeante salió expelido en su búsqueda y no le quedó otra opción más que resguardarse con una vara de metal, con la cual golpeó la cabeza del muerto derribándole pisos abajo.

La búsqueda continuaba, descendió hasta el nivel más bajo, donde se hallaban los muebles y el humo parecía más denso, paseó de un lado a otro con sus ojos llorosos hasta que observó el agujero por el cual había entrado para salvar a Claudia, increíblemente a pocos metros de distancia se hallaba uno de sus viejos rifles, el cual tomó y continuó su búsqueda. Al subir entró en la tienda de armas y observó al muerto inteligente. Incluso tirado en el suelo lucia enorme e imponente, un enemigo que no deseaba encontrar nuevamente. Recordar aquella voz grave le era pavoroso y su cuerpo se erizaba de recordarlo. Pero aquello no era lo que él escudriñaba.

Necesitó dar más de tres vueltas y revisar cada tienda hasta dar con lo que investigaba.

Sus manos temblaron y sus ojos se aguaron, sintió un frio hondo en su pecho y la necesidad de gritar tan alto como jamás lo había hecho. El dolor era enorme— ¿Cómo? ¿Cómo…?— Alicia se hallaba con su blusa quemada, su cabello dorado extendido en el suelo, una herida de mordedura en su cuello, y una espada atravesada en su pecho, por encima de su corazón. El zombie de quien una vez fue su ser más querido se movía espasmódicamente en el suelo, y le miraba mientras exhalaba un gemido tétrico.

Alejandro tomó el rifle y le disparó. Para luego lanzarse al suelo sobre ella a llorar cuanto podía— ¿Por qué no yo? ¿Por qué?— La sensación en su cuerpo era de haber perdido algo tan grande que su cuerpo se sentía diminuto y sin valor. La impotencia llenaba su ser, aquella chica había creído en él, y el falló en rescatarla— No pude ser tu ángel— Recordó las palabras al conocerla y comenzó a recordar cada instante, los cuales se hundían en su pecho como una daga.

—¡MALDICIÓN!— Gritó con todas sus fuerzas, sin importarle si algún muerto llegaba a escucharle. Deseaba borrarlo todo, eliminarlo todo, erradicarlos a cada uno de los muertos, borrarlos de la faz de la tierra y… y…— No…— El único detalle es que ningún método la reviviría, no había forma de regresar con ella a su ciudad, a la casa en la cual todos vivían juntos. Y la punzada de la culpa se clavó aun más profunda dentro de él.

—Yo te traje aquí… perdóname… perdóname Alicia, yo debí, yo debí, debí acompañarte, yo debí… debí comprenderte mejor, no debí dejarte ir con él—El dolor era abrumador, y entonces observó un detalle determinante, la espada clavada en el pecho de la chica. Y con ello comprendió lo que debió suceder.

Después del estertor y que el agujero se abriera, el grupo de Yoshua debió verse rodeado de cientos de muertos vivientes, y en medio de tal situación, en medio de un escape casi imposible, la única forma de salir de aquel aprieto, era sacrificando a muchos miembros de la compañía, los cuales fuesen presa fácil de los muertos mientras los demás lograban salir del apuro.

—Te usó…— Comprendió que aquello era culpa de Yoshua, la muerte de Alicia y la situación en la cual se encontraban, y decidió que era hora— debes morir Yoshua— No había otra opción, no importaba la forma, no importaba el costo, Yoshua debía morir, por el bien propio y de todo lo que quería, y por el bien de cualquier otro, Yoshua debía de ser eliminado.

Alejandro levantó a la chica, sacó de su cuerpo la katana y la abrazó, el cuerpo pesaba ,  finalmente bajó con el cadáver hasta el agujero en el cual había descendido para salvar a Claudia.

Cavó un agujero en la tierra donde la luz entraba y daba contra su tumba, la depositó y la cubrió sin dejar de derramar lagrimas que no eran producto del humo a su alrededor

— Lo siento Alicia, te amé, pero no fui suficiente, no fui el salvador que tu merecías, lo siento.

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