CAPÍTULO 7. COOPERACIÓN

(DIA 25 DE LA INFECCIÓN)

—11 a control respondan — Milena repetía el mensaje, aunque ya sabía su respuesta, el silencio constante de los últimos días. Volvió a pronunciar las palabras buscando alguna señal de vida. Si alguien estaba allí debería responder en algún instante. Un pesar inundó su corazón, su padre… Llevaban días incomunicados, solo estática.

—No habrá Progress el cual reabastezca la estación Milena — Un hombre de cuarenta años, ojos grises y cabello oscuro le miraba desde el fondo, flotando por la cabina principal. Lo conocía lo suficiente para saber que tenía razón, para reconocerle como compañero, colega y alguien de respeto. No obstante Milena usualmente mantenía cierta distancia.

—Pero bajar sería un problema serio, estaríamos mejor aquí arriba — Se mintió un instante para sí misma, sabía muy bien a lo que se refería con “esas cosas” como solía llamarlas.

—Sin suministros…

—Sin el peligro de esas cosas…

—Sabes que deberemos usar el Soyuz para bajar a tierra, tarde o temprano, probablemente más temprano que tarde — El hombre estaba de cabeza observando por la ventanilla el azul de los océanos.

Milena se movió despacio esquivando un par de controles hasta una mesita donde se hallaba su teléfono celular sujeto por un cordón. Lo encendió y hablo casi para sí misma. No era la primera vez que grababa un mensaje de voz similar — La misión no fue completada, control no responde, y decidieron usar el agente ARE sobre la población mundial. Aquí tenemos una cepa del agente, pero no tenemos una muestra que sirva, estaríamos hablando de lanzarnos en la nave Soyuz 17, cuando no está programa actualmente para ello, aunque con ciertos cálculos podríamos hacer que caiga en el mar, ciertamente, luego, si logramos salvarnos de aquel impacto descontrolado, ver como sobrevivimos en un mundo colmado de muertos vivientes — La mujer delgada observó a su compañero — No es que no lo entienda Vladimir ¡Es que me irrita que sea nuestra mejor opción! — Milena apagaba el sistema de comunicaciones con tierra y su celular — Eso sí a algún otro idiota no se le ocurre usar de nuevo ojivas nucleares para suprimir el virus en puntos estratégicos mundiales.

—Podemos calcular la trayectoria del Soyuz para aterrizar cerca de África o Suramérica, en ninguno de los dos se lanzaron ojivas nucleares — El tono de voz del hombre era calmado, aquella discusión la había tenido un par de veces antes. Ese día no obstante era diferente, todo lo planteaban en casos hipotéticos pero el plazo que ambos se dieron para contactar tierra concluyó doce horas antes.

—No sé si ello es una suerte, o una maldición.

—Pasaron quince días desde la implementación del plan “Contención” y tú aun sufres por las personas que se vieron afectadas por las bombas atómicas…

—No me jodas, hay picos de actividad nuclear desde el quinto día — Estaba preocupada por múltiples razones. No se consideraba a sí misma una mujer sentimental ni ecologista. De hecho, lo último distaba mucho de su forma de ser, sin embargo, pensar en toda esa gente muriendo en tales circunstancias… No era un recuerdo agradable por no decir más — Vladimir, tú no tienes familia, no lo comprenderías, no es cosa de todos los días asomarte por la escotilla de la nave y ver como alrededor de ese globo azul tan lindo estallan bolas blancas de fuego — La mujer de cabellos rojizos, piel blanca y ojos oscuros cerraba las ventanas de la escotilla, unas capas de metal se deslizaban quitando la imagen del exterior, las luces internas se encendieron automáticamente.

—Te estás desviando del tema principal, debemos tomar la decisión, de ser posible hoy y ahora.

—Lo sé Vladimir, no hay otra opción más que usar el Soyuz y bajar a tierra, aunque primero hay un par de cosas que deseo preparar…

—¿Crees que tu papá?

—No respondió a mis comunicaciones, supongo el centro de investigaciones sufrió el mismo destino.

—Podría ser el punto cero — Podríamos reagruparnos apenas aterricemos, tomar algunas provisiones y dirigirnos allí. Sería peligroso, eso sí. Pero encontrar el punto cero valdría la pena.

—¿Y el paciente cero? ¿Qué cepa se ha usado en la población? Aquí arriba sin comunicaciones con la gente allí abajo estamos tan ciegos como ellos.

—El agente ARE es sublime, sin duda.

—El agente ARE es una maldita mierda — Milena se retiró más que enojada flotando hasta su recámara.

(ACTUALIDAD. DIA 74 DE LA INFECCIÓN)

Caminaba por la calle, revisaba la escena de la noche anterior, y tal como se imaginaba aquel Jeep Wangler logró escapar de la escena. Yoshua debió salir antes de que todo fuera un desastre. No era tan tonto para ver la lluvia y permanecer en un solo lugar a merced de los muertos.

Yoshua podía ser muchas cosas, pero no un tonto, de hecho, mientras más se hallaba allí detenido en medio del desastre se formaba una idea en su mente con mayor fuerza. La noche anterior no fue una trampa para eliminarle a él, al observar la posición de los autos, la lejanía con su hogar. Todo indicaba que aquello fue una trampa para Verónica ¿Qué ganaba el grupo del chico con tal emboscada entonces? ¿Acaso consideraba al grupo de la gorda mujer más peligroso que Alejandro? Podía ser una causa para sacarla del juego antes.

Los otros vehículos terminaron comidos por las brasas. Sus esqueletos de metal yacían junto a cadáveres calcinados a su alrededor. Él chico se detuvo a recoger municiones que encontraba, las armas las dejaba porque en ese instante no eran de su interés. Tenía consigo una única mochila y está ya tenía suficiente armamento como para añadir más, inclusive encontró balas subsónicas, cosa que le alegro muchísimo. Por otra parte, se encontraba bastante cerca de la casa, en otro momento podía pasar por ellas y aumentar su arsenal.

Siguió su camino, tomando una ruta conocida, tenía su rifle XM en la mano, el AR decidió dejárselo a Alicia, a quien le hizo jurar lo usaría de ser necesario, aunque ciertamente dudaba que la chica lo hiciera.

Observó unos cuantos pájaros pasar mientras él se ocultó debajo del toldo de una vieja tienda. Se quedó un rato esperando se dispersasen o alejaran en otro rumbo.

Al cabo de una hora se encontraba en el centro urbanístico de la ciudad, llevaría algo más de kilómetro y medio recorrido. Un trecho que en otro tiempo habría recorrido en media hora nada más.

A una cuadra de distancia se hallaba aquel edificio donde su tío murió, en las calles se podía sentir un olor inmundo, perenne, que llegaba hasta los pulmones. La putrefacción, los cuerpos en descomposición y al aire libre en conjunto con la basura, las cenizas de cientos de incendios, la humedad de la lluvia, todos los olores se juntaban creando una atmosfera viciada. Lo impresionante era que su nariz terminaba por acostumbrarse a ello día tras día. Se escondía a la sombra de un pequeño árbol decorativo, apuntando con su rifle a lo lejos, eliminando como siempre los olfateadores pertinentes a la zona, aunque era un movimiento arriesgado, si alguien veía al muerto ser impactado y caer al suelo significaría dar su posición, o al menos una señal clara de su presencia. Disparó consciente del peligro, un perro se derrumbaba con su cabeza hecha picadillo. Alejandro espero ver reacción alguna en los alrededores, pero tan solo tres jadeantes y dos mutilados se acercaban al cuerpo, cinco disparos más tarde se observaba una pequeña montaña de cuerpos a menos de doscientos metros de distancia. La zona estaba tranquila, demasiado tranquila para su gusto, había muchos cuerpos quemados alrededor, y una pequeña humareda a lo lejos — ¡Debo llegar allí! — Pero el trecho ante sí era descubierto, estaría a plena luz de cualquier ser, sus piernas indudablemente temblaban, así que decidió golpearlas con su puño tal cual una vez su madre le enseñó cuando tenía miedo de presentarse en público — Y pensar que antes de este desastre no era capaz de tomar una simple arma por miedo.

—¡Alejandro! ¡Alejandro! — El comunicador sonó, a su parecer demasiado alto, dándole miedo le escuchasen los que no debían escuchar — ¿Estás?

Presionó el botón suspirando, se había asustado pero aquella voz le complacía escucharla — Si Alicia, aquí estoy, aun no estoy muy lejos, cambio.

—Gracias a dios, eso me alegra, he estado orando por ti.

—Gracias, supongo, cambio.

—Por favor no te metas en problemas…

Alejandro observó la razón de aquella calma — Debo dejarte Alicia… Estaré bien, cambio y fuera — Una nube gigante de aves descendía en remolino sobre los cuerpos, el batir de las alas llenaba el ambiente, miles de ellas, juntas, picoteando sin cesar. El chico comprendió que quedarse allí donde no estaba cubierto por nada era simplemente un peligro, decidió moverse. Su primera parada se encontraba a más de un kilómetro de distancia, pero para ello debía atravesar la zona perteneciente a Verónica, y por donde actualmente se encontraban las aves. Corrió a gachas, ocultándose detrás de una casa, su posibilidad próxima se hallaba en una tienda cuya entrada fue forzada en algún tiempo. A partir de allí sería preciso caminar por los callejones y callejuelas con intención de no ser visto por aquellos pájaros. Aunque eso aumentase el riesgo de ser hallado por algún muerto. Precisó usar el truco de Raul, lanzar latas en los callejones siguientes a donde se encontraba para delatar a los muertos circundantes. 

La tienda estaba completamente vacía, tan solo su anuncio al entrar era signo de que alguna vez allí hubo víveres. Adentro solo se hallaba el suelo y las paredes blancas, pasó por una puerta que daba con la casa del propietario. Apuntaba con su rifle por delante, el lugar era oscuro con reflejos de las entradas de luz, lo cual dificultaba la visión ya que el ojo tardaba en acostumbrarse. Caminaba lento, en un par de instantes le pareció escuchar pasos arrastrados, por lo cual se apresuró en salir por la puerta trasera. Siguió avanzando, observando el cielo, se sentía acorralado en cualquier dirección, pero pese a todo debía continuar, regresar solo significaba tiempo, sudor, balas y temor perdido sin ganancia.

Le resultaba irónico el ver como los días no cambiaban en lo absoluto, el sol seguía imponiéndose en lo alto del cielo. La naturaleza iba recobrando su territorio, pues la maleza crecía abriéndose paso entre el pavimento, las calles, y sus alrededores. La sociedad humana no parecía más que una sombra de un pasado oscuro del planeta, un manchón sucio en la historia — Y el hombre se consideraba importante… — Hasta cierto punto le era gracioso, posiblemente eran los nervios, pero aquello le producía risa, el encontrarse caminando entre casas abandonadas, vías solitarias, despojos de algo que se llamó civilización, basura esparcida como el único legado humano.

Paso a paso se acercaba, se preguntaba si habrían sido las aves quienes limpiaron y despejaron esa zona. Las calles estaban vacías, sin rastros de muertos esparcidos ni despojos de personas.

En varios minutos solo escuchaba los pasos arrastrados de mutilados encerrados, algún que otro jadeante u olfateador atrapado en las viviendas. Los pájaros, era difícil decir si eran un beneficio o algo más a que temer, pero en ese instante no tenía la intención de averiguarlo. Apresuraba el paso, el sol llenaba el ambiente de vapor, sofocándole, y definitivamente no se detendría a beber agua a pleno camino donde se convertiría en presa segura. Hubo un grito al aire que le colocó los cabellos de punta, el sudor corría por su frente, sacó una de las pistolas y pasó el seguro, de detenerse de seguro sus piernas temblarían — Alicia — Sus pensamientos se escurrían — Esa chica hará que te maten, eres un grandísimo idiota…. Pero la verdad, me gusta verla allí conmigo, su cabello su mirada, y no se puede negar resulta algo lindo saber que alguien te espera en casa preocupado por ti… Pero te prometiste a ti mismo no encariñarte, y no poner en peligro tu seguridad por alguien más, estás rompiendo tus propias reglas Alejandro — Allí a pocos metros se alzaba un muro de tres metros, detrás de él, el edificio donde antes vivía la chica — ¿Ella vale la pena? Bueno, indudablemente ahora ella es lo único que tienes — La cruda realidad llegó en estas últimas palabras. Ella era todo lo que tenía ahora. Para bien o para mal, incluso si en su mente aún se hallaba alguien más, ahora solo estaba Alicia — Concéntrate.

Se adentró en el estacionamiento del complejo, al instante comprendió la razón por la cual aquellas personas fueron capaces de mantenerse a salvo por tanto tiempo. El muro alto con cerco eléctrico, una planta eléctrica aparte del alumbrado público, dos tanques colosales en los tejados. Al traspasar el estacionamiento había verjas eléctricas altas que separaban la estancia. El lobby estaba cubierto por arboles lo cual dificultaba la visión al interior, las ventanas eran corredizas con gomas anchas a sus costados, lo cual de seguro debía mantener el sonido dentro de las instalaciones.

Una fortaleza alzada — Si alguien con más destreza les hubiere guiado… — Allí lo que sin duda alguna falló fue el factor humano, nadie estaba preparado para tal suceso, todos necesitaban salir a buscar alimentos, y un simple error fue lo necesario para desatar el caos. Se podía ver, por el suelo había cadáveres de toda clase, gordos, delgados, mujeres hombres y niños, aun se encontraban algunos mutilados dispersos, sus rostros podridos volteaban al verle pasar, saltó la verja y pasó por la puerta de cristal blindado hasta el interior. De inmediato sintió movimiento en el interior, definitivamente no estaba solo, debía tener cuidado allí adentro.

Octavo piso, eso dijo ella…— Subir los escalones lentamente era cuestión de coraje, algo que él no sentía tener. Al menos no ese momento en la oscuridad del edificio y con movimientos a su alrededor.

Avanzaba porque obligaba a su cuerpo, apretaba su arma dándose algo de seguridad, no gritaba ni se detenía porque sabía ello era una condena, y cuando todo fallaba siempre podía golpearse la pierna para relajarse un poco. Al pasar por el cuarto piso sintió los jadeos de varios sujetos, en la oscuridad era imposible verles, se detuvo un instante, pensando si eliminarles antes o después, aquello era crucial. Se apoyó en la pared para resguardar su espalda, tomó su rifle y la Beretta en su pantalón, la asió con fuerza asegurándose de tener colocado el suprimidor de sonido, pasó el seguro. Sacó lentamente la linterna, se encontraba aun en la escalera, ante él se hallaba el pasillo del cuarto piso, encendió la linterna contra su cuerpo y temiendo lo peor descubrió su luz blanca contra una pared cercana. Se colocó la linterna en la boca y movió la luz, el efecto fue inmediato, se sintieron las fuertes y largas pisadas de aquellos seres que se abalanzaron contra la pared. Accionó su arma, tal cual paredón, tres jadeantes cayeron víctimas del fuego. Las paredes quedaron agujereadas y bañadas con un color marrón negruzco. El olor provocaba vomitar.

Se detuvo manteniendo la respiración. Usar la linterna en movimiento era una buena táctica. En el piso superior se sintieron más pisadas, así que volvió a tomar la linterna ocultando su luz contra su cuerpo, debía seguir avanzando hasta el octavo piso.

Corrió a tientas, evitando el quinto y sexto piso, donde de seguro se encontraban más bestias. Había disparado sin contar los estallidos, y aquello significaba no saber cuántas balas tenía a su alcance, subir de inmediato era su deber, al pasar el séptimo piso notó que el llevar su bolso con armas comenzaba a pasar factura. Estaba agotado y cansado, casi corrió escaleras arriba. Su cuerpo se encrespó al escuchar un nuevo sonido, volteó en todas direcciones, en ese piso entraba un poco de luz por un ventanal, y reflejado contra el suelo observó una sombra pasar, razón por la cual sujetó su arma e intentó controlar su respiración — ¡Diablos, estoy sudando demasiado… si hay algún olfateador estaré muerto… no he rociado alcohol…! — Intentó calmarse, pero no pudo al observar nuevamente la sombra atravesar el pasillo, así que terminó por subir apresurado hasta su objetivo.

El octavo piso estaba sumido en penumbras. Decidió detenerse en un rincón a respirar y recuperar sus sentidos de aquel miedo no saldría nada bueno. Intentó relajarse, dio vuelta, forzaba su vista para intentar observar su alrededor mientras comenzaba a caminar por el pasillo, en eso sintió la respiración de un muerto a su lado, justo a su izquierda a centímetros de distancia, volteó estrepitosamente y disparo contra aquel ser. Al posar la luz de la linterna observó el cuerpo de un hombre mayor con una camisa azul manga larga, se preguntó si podría ser el padre de Alicia, pero aquello sería algo que jamás se atrevería preguntar. Ahora su cabeza estaba partida por la mitad y de su tronco brotaba un líquido espeso.

Miró alrededor, no veía alguna otra bestia, pero abajo se escuchaban pasos apresurados, sin pensarlo buscó el ascensor y se metió en la puerta frente a este, según la historia de la chica aquél debió ser su departamento. Cerró con fuerza y se quedó esperando contra el umbral, las pisadas pasaron cerca y se detuvieron, cesantes.

El departamento estaba desordenado, la alfombra de la entrada tenía sangre en ella, entraba suficiente luz desde las ventanas, la mesa del comedor estaba volcada, enceres regados por el suelo, rotos, sucios y desordenados. La escena era habitual, había visto decenas de lugares así, abandonados, envueltos en un aroma a humedad debido a que nadie los habitaba.

Su prioridad era encontrar los libros de medicina del padre, así como alguna pertenencia de la chica — Si aquél hombre investigó el virus de seguro dejó anotaciones — Caminaba buscando el pequeño laboratorio del cual la chica habló, hasta que posó su mirada en una foto familiar, el rostro de Alicia, de un hombre el cual no habría podido reconocer como el del pasillo por el simple hecho de haberle partido el cráneo, una mujer y un niño de corta edad. Rompió el vidrio y tomo aquella foto, eso sería suficiente, Alicia necesitaba de algo así después de lo pasado el día anterior.

En ese momento sintió pasos rápidos a sus espaldas, volteó impactado, allí se encontraba un niño, vestía un pantalón y jirones de alguna camisa, en su pecho tenía una herida enorme, sus cabellos dorados estaban cubiertos por costras de sangre seca, lo reconoció de inmediato, era el mismo de la fotografía, el hermano menor de Alicia, había olvidado su nombre, pero era sin duda aquel pequeño, ambos se miraban sin actuar. Alejandro se preguntó — ¿Tendrá algún rastro de conciencia, o sino, como podría haber llegado allí? — Los recuerdos de su pasado volvieron, pero ahora era capaz de soportarlos. Levantó su rifle y disparó. Se quedó un rato observando el cuerpo, era otra cosa que la chica no necesitaba saber jamás, no era su culpa, tampoco del niño, nadie tenía culpa en algo así. Caminó por el resto de la estancia, hasta conseguir lo que buscaba, unos libros de texto junto a escrituras con anotaciones, así como un juego de muestras colocadas en una caja de congelación, solo lo último no le servía, por muy preciado aquello era inservible después de pasar tanto tiempo a temperatura ambiente, tomó los libros y las anotaciones llenando por completo la mochila, obligándose a llevar tres libros en el regazo. Aquello no le era de beneficio, tenía por lo menos otros dos lugares adonde ir ese día, y caminar con tanto peso muerto era, inadecuado.

Salió de aquellas instalaciones, decidió dejar algunas cosas en un lugar de acceso rápido. La cuestión era sencilla, aún faltaba por verificar dos lugares, no podía ir con tanto peso, así que lo más simple era devolverse un poco, y dejarlo en un lugar seguro en el cual pudiese buscarlo con mayor tranquilidad en otro momento. Con tiempo y paciencia podia inclusive hacer varios viajes desde su casa hasta ese lugar. Así termino en la bodega vacía, colocó los libros en un rincón y miró su radio transmisor.

—Alic…

—¡Sí! Cambio — La chica contestó de manera inmediata.

—Bueno solo era para decirte que todo marcha según lo planeado, aun debo hacer un par de cosas, así que no regreso aun, cambio.

—¿Aun no?… bueno, supongo me queda solo esperar — La chica guardo un momento de silencio. Alejandro comenzó a caminar, las calles estaban solas, solo temía por el enjambre de pájaros que rondaba la zona — Alejandro, aún hay muchas cosas que desconozco de ti, y estuve leyendo un poco de tu bitácora, exactamente sobre el día doce y bueno…

—Pregunta lo que quieras, te responderé siempre y cuando pueda, cambio.

—En tus escritos sobre el día doce, ya no está Karla ¿Qué sucedió con ella?… cambio.

—Es un cuento largo, hay otra entrada, donde coloco lo sucedido, cambio.

—A lo que me refiero es sí, bueno, ¿Eras novio de Karla?

Alejandro no pudo evitar quedar en silencio ante aquellas palabras, era gracioso el tan solo imaginar el rostro de Alicia mencionándolo. Un poco doloroso también, Karla era… La extrañaba demasiado, pero la perdió. Aun peor, era toda su culpa — No, no éramos novios… la verdad nos criamos muy cercanos, así que le tomé cariño, pero más que todo como una hermana mayor, o tal vez como una pesadilla recurrente, porque siempre que pudo luchaba conmigo, yo terminaba perdiendo, cambio — Sintió que se mentía a sí mismo para calmar las aguas, aunque no sabía si eran más tempestuosas las suyas o las de Alicia.

—Así que ella…

—Murió, si…

—Lo siento, yo no quería…

—Tranquila, está bien, cambio — Avanzaba por una calzada empinada, al cruzar la esquina notó un cuarteto de jadeantes en medio del camino. Se encontraban expectantes a cualquier signo, pacientes, detenidos en la vía tan solo observando. Alejandro retrocedió hasta quedar oculto por las paredes de una casa.

—No debí preguntar, supongo que callas es porque prefieres mantener el pasado quieto, cambio.

Tranquilizó su respiración luego de aquél susto — Yo debo, aprender a compartir más de mí, es lo más adecuado, es solo que después de cierto tiempo, terminas acostumbrándote a permanecer en silencio, y buscando olvidar todo lo demás tal vez para enfocarte en el futuro — Guardó silencio observando a los jadeantes — ¿Sabes? Soy un cobarde, hoy tenía ganas de decirte que me gustó mucho el beso de anoche, pero la verdad no me atreví… cambio.

—No eres un cobarde, ven, regresa y dímelo en persona y te responderé, cambio y fuera — Soltó la chica.

—Espera, quiero una foto de nosotros cuando regrese a casa ¿Te parece? Cambio.

—Trato, cambio y fuera.

Guardó el intercomunicador, algunos mutilados estaban dispersos por la calle aledaña, y por la otra los jadeantes. La mejor opción sería no tomar ninguna de las dos vías, pero era las única que concia hasta la planta de tratamiento de agua potable, el lugar donde el grupo de Verónica se encontraba.

Jugadas arriesgadas — Su vida se había resumido a eso, a un conglomerado de jugadas arriesgadas, a intentar salvar el pellejo día tras día. Alejandro sacó la botella de alcohol y fue rociando sobre su cuerpo, el aroma le mareaba, pero era lo mejor. Acto siguiente tomó varias rocas del suelo, aventándolas con toda la fuerza que sus brazos le permitían, teniendo en cuenta que jamás fue de practicar lanzamiento era muy poco. Las lanzó en dirección a los mutilados, más su intención no era darle a estos, tan solo hacer algo de ruido y llamar la atención en un punto alejado a él.

Las piedras emitieron un sonido escaso, pero los mutilados respondieron a este volteando y gimiendo. Los jadeantes reaccionaron ante los primeros corriendo en dirección a ellos, él aprovecho la oportunidad para cruzar la calle. Se desvió un poco a su derecha, dando con las residencias del lugar, y detrás de ellas, la montaña empinada, la cual alcanzó en cuestión de minutos. A medio camino la montaña se partía, dando un espacio para descansar, un pequeño terraplén. Tomó agua a grandes sorbos, se secó el sudor revisando la hora, eran las tres de la tarde, el resto del camino fue simple, pero algo le extrañaba, algo no cuadraba, simplemente no estaba bien. Un camino ascendente de tierra era la única forma de acceder, caminó lentamente hasta hallarse frente a las instalaciones. Una pequeña muralla le separaba del interior, pero tal cual sospechó no había guardia alguno en aquel lugar — Esto no está para nada bien — Tocó la puerta gigante con la palma de su mano — ¡¿Hay alguien allí adentro?!

Alicia retomaba la bitácora de Alejandro, repasaba las fotos, algunas de ellas eran incomprensibles, otras eran simplemente documentales. Fotos de muertos, de personas, de cuerpos, algunas otras eran abstractas. Entre ellas observó una foto de Karla, la chica era hermosa, su mirada era penetrante, sus labios inquietantes y su figura seductora desde cualquier punto de vista. La chica físicamente ideal de cualquier hombre, revisó la foto, detrás de ella había un pequeño escrito “jamás olvidar… pág. 17” hojeo el cuaderno hasta encontrar la página con el escrito.

(DIA 6 DE LA INFECCIÓN)

Desde hace tres días que no se ven efectivos militares, ahora la ciudad está más silenciosa que antes, a pesar de todo eso esos seres siguen gritando fuertemente. No he podido dormir, bueno, realmente creo que casi nadie ha dormido en los últimos días, las cosas no hacen más que empeorar. No me puedo contactar con mi amigo de España desde ayer en la mañana, temo le pasara algo, dijo que buscaría abandonar la embarcación y tomar un bote de su propiedad, que aquello parecía ser la salida más adecuada a tal situación, el mar. Yo ciertamente no estoy seguro de eso, veo muchos fallos en actuar de esa manera, aunque ahorita el estar en las aguas tranquilas y dejar de escuchar a los muertos sería una bendición.

Alejandro estaba sentado al pie de su cama con su libreta abierta sobre sus piernas. Karla se hallaba acostada a su lado jugando con un cubo de rubik. Su mamá preparaba algo de comida, los últimos días habían racionado la comida a dos diarias con porciones controladas y pequeñas, idea del mismo chico quien anticipó pronto quedarían sin suministros y no era partidario de la idea de salir a buscar algo más.

—Te he visto escribir varias veces en ese cuaderno — Habló la chica a su lado.

—Llevo un recuento de lo sucedido.

—¿Para qué? Ayer me contabas que no vendría ningún grupo de salvamento ¿Quién podría leerlo? Los que estamos aquí hemos pasado lo mismo que tú…

—Escribo para mí así de simple…

—Eres raro Alejandro…

—Y tu pedante Karla, se nota porque Mario…

La chica cambió de semblante, le iba a dar un puñetazo cuando decidió saltar sobre el chico — ¿Para qué necesito un novio? Te tengo a ti, un superviviente del desastre, el cual escribe en su cuadernito, un verdadero hombre, nos casaremos y tendremos setecientos setenta y siete hijos y repoblaremos la tierra. Ya verás, tu mamá dará su aprobación — Sonreía burlona — Aunque pensándolo bien, eres un idiota que responde de mala gana ante cualquier pregunta, eres necio y rumiante cuando algo no te gusta.

—No me agrada la idea de estar contigo toda la vida.

—¡Patán…! — Le golpeó con la almohada en el rostro — Déjame ver lo que escribes.

—¿Para qué? Lo que escribo ya lo has vivido — La miró con sorna.

—Vale cabezota — La chica se acostó nuevamente.

Mi tío nos convenció para salir hoy a buscar comida, se está corriendo el rumor de que se van formando grupos de personas. No me parece extraño. Ayer vino un amigo de mi tío, dice que un grupo de personas armadas se está formando cerca de nuestra casa, a menos de un kilómetro, un grupo liderado por Verónica, pero que piden un pago para entrar en el grupo, ya que así suben las posibilidades. A mí me ha parecido extorsión, mi mamá me ha mandado a mantener silencio acerca de ese tema. La verdad estoy convencido de que por los momentos lo más efectivo sería mantenerse en pequeños grupos, los cuales no necesiten desvalijar y acaparar comida en exceso, eso será un error, Creo que muchos ya lo cometen, porque la comida después de todo resulta ser perecedera, aunque la obtengas toda, no significara que sobrevivirás mayor cantidad de tiempo, solo conseguirás que se pudra. Bajo estas circunstancias tenemos miedo, el ser humano tiene miedo, y la cooperación cuando el miedo existe es poco estable, esto podría convertirse en una guerra por los suministros.

Aquí las personas continúan teniendo la idea de que alguna vacuna surgirá, de que los gobiernos de grandes países deben estar trabajando en ello, y que de un momento a otro todo se habrá solucionado. Eencienden los televisores y radios buscando alguna señal, entre cientos de canales solo hay dos informativos que continúan funcionando, y ambos solo repiten las noticias de hace cuatro días.

He hablado con personas de diversas partes del mundo por internet, aunque ya no sé si llamarla así, todos confirman que en sus ciudades el gobierno parece haber dejado de existir. Solo hay desinformación, pero las personas continúan luchando por vivir. También leí relatos de personas, los datos que me resultaron más interesantes eran acerca de las diferencias notables en aquellos seres, algo que noté desde el primer día, pero algo importante es que varios internautas afirman que algunos de los muertos tienen un olfato excepcional, y que la única forma de escapar de ello es vertiendo cloro o tinner en los alrededores. Mi tío mencionó algo semejante, quizás esto lo confirma.

—Eso que dijiste de no agradarte el estar conmigo sonó despectivo — Alejandro recibía una palmada en la cabeza.

—Significaría ser golpeado todos los días cada treinta segundos.

—Me dirás que no desearías estar con una chica como yo ¿Ah? Todo este cuerpo…

—No me interesa solo el cuerpo, debo tener alguna conexión con quien me encuentre, se siente desagradable hacerlo y darte cuenta luego de que no estás a gusto con la chica a tu lado.

—Pícaro —La chica se lanzó sobre él — Así que ya has tenido esa clase de experiencia ¿Eh? ¡Vamos cuéntame! ¿con quién fue? ¿Carolina?

—No soy de contar — Se vieron interrumpidos por Guillermo, quien entraba en la habitación.

—Prepárense, nos iremos dentro de poco…— Ambos se miraron a la cara, aquello significaba que saldrían por primera vez en cinco días. Un amigo de su tío les acompañaría, el objetivo sería hallar algo de comida no perecedera, y encontrar algún de los tales mencionados grupos en plan de aliarse.

Alejandro previamente les planteó la idea de ir a un mini mercado en el centro de la ciudad, un lugar recóndito y poco frecuentado. Sin aviso ni publicidad era un lugar exclusivo al cual pocos tenían acceso, uno de esos lugares que se reservaban para los adinerados de la ciudad. Los altos costos de los productos y las existencias importadas de la mejor calidad dejaba fuera del campo al resto. Solo quienes tenían mucho dinero podían comprar allí. Teniendo en cuenta esto lo más probable es que no fuese saqueado.

Su madre le dio la bendición justo antes de salir, estaba nervioso, sudaba frio, pero era algo a lo cual debía enfrentarse. Karla se colocaba una chaqueta, en su rostro veía aquel terror profundo. Le alborotó el cabello y esta le propinó un puñetazo por el hombro. Aun así, ambos sonrieron poco después y el camino era más llevadero de esa forma.

El camino era tranquilo, cuerpos lacerados y descompuestos estaban esparcidos por las calles, se movían por callejones conocidos, a tantos se observaba alguna que otra persona viva asomando su cabeza por una que otra ventana viéndoles pasar. Obviamente el ver vivos rondando ya no era usual, el ambiente estaba viciado, era como ir caminando por cañerías debido al hedor. Evitaban los muertos esperando pacientemente esquina tras esquina, al cabo de dos horas y media de caminata llegaron al lugar mencionado.

Un edificio viejo y de paredes sucias se observaba en una esquina, Alejandro señaló una puerta que había en uno de sus laterales, aquello era la entrada al mini mercado, un lugar reservado que su tío desconocía. Él lo había conocido debido a un amigo del colegio cuyos padres eran adinerados, uno de esos recuerdos que vienen a la mente en momentos de suma necesidad. Luego lo visitó junto a una amiga.

La zona aledaña estaba cubierta de sangre, el cuerpo de un muerto estaba apoyado contra la pared manchando el sitio, caminaron lentamente, el cerrojo de la puerta estaba agujereado, Karla observó a Guillermo, y Alejandro no supo que decir, ciertamente fue su idea, pero solo por ser el lugar más coherente para buscar.

—Este lugar ya debió de ser saqueado — Comentó el amigo de Guillermo observando la puerta azul metálica.

—Nos llegamos hasta aquí — Agregó Guillermo observando al chico.

—Yo sugerí el lugar solo porque poca gente lo conoce.

—Yo creo deberíamos entrar, revisar el lugar, si alguien vino antes es probable no se llevase todo — Su tío posaba su mano sobre el pomo de la puerta.

—Yo creo que deberíamos regresar — Agregó Karla— Tengo los nervios de punta.

—A mí lo único que me inquieta es que desde hace un rato he visto el camino demasiado despejado — Alejandro observaba su alrededor.

—En ese punto el chico tiene razón, pensé encontraríamos más muertos por el camino.

—No es bueno llegar a un lugar tan fácil — Alejandro hablaba en un susurro temeroso. Por un instante sintió que Karla le sujetaba del brazo con fuerza. No hizo mención a aquello.

—En particular no me molesta tener menos trabajo y menos encuentros con esos bichos feos — Comentó el viejo amigo.

 —¡Entremos! — Sentenció Guillermo abriendo la puerta. Al frente se encontraba un pasillo y unas escaleras a una zona superior. Aun había luz en su interior, caminaron despacio, no se escuchaba ruido en su interior, pero el temor era constante. Abrieron la segunda puerta y para su impresión se encontraron con cuatro personas apuntándoles. Guillermo y el otro hombre también levantaron sus armas, un par de escopetas Stakeout.

Los otros cuatro no llegaron a impresionarse, ni siquiera movieron un musculo, estaban completamente armados, uno de ellos mantenía firme una escopeta Olimpia de doble cañón, otro de ellos portaba un rifle M16, un AK 47 y el ultimo, un chico delgado portando un PSG1 un fusil francotirador de origen alemán el cual al solo verlo causaba impresión. Karla soltó un gritito ahogado y se reprimió de huir.

Alejandro notó ciertas diferencias a la hora de portar las armas. Con el corazón palpitante y ganas de huir avanzó un poco hasta la altura de su tío, le hizo señas de que descendiera el arma. No había oportunidad de luchar contra ellos, el lugar era cerrado y se convertiría en un revoltijo de sangre, además era obvio que aquellos hombres estaban entrenados, sujetaban firmemente las armas, mientras su tío sujetaba la suya con una sola mano a la altura de su cintura.

—¡¿Pero qué…?! — Preguntó contrariado cuando Alejandro le bajó el arma. El chico se limitó a negar con la cabeza, a su lado el amigo de su tío levantaba las manos sin emitir palabra alguna.

—¡Tranquilos chicos! — Se escuchó la voz del hombre que portaba el AK47, era extremadamente alto y fornido — ¡No hay de qué preocuparse! Aunque no puedo negar que esto es una verdadera sorpresa…— Los integrantes del grupo bajaban la guardia, reteniendo sus armas contra su abdomen con ambas manos, una posición que al parecer de Alejandro resultaba igual de intimidante.

—Más que una sorpresa — El chico que se encontraba en la parte de atrás de aquel grupo avanzó — Resulta demasiado raro el que alguien se le ocurriese venir a este lugar.

—¿Raro por qué? Al menos cien personas en la ciudad deben saber sobre este sitio — Respondió Alejandro.

—Pero el ochenta por ciento de la ciudad se ha convertido.

—Lo cual nos dejaría con un porcentaje de veinte, de las cuales el setenta por ciento de ellas no querrá salir, eso nos dejaría con unas seis personas de ellas un cuarenta por ciento no tendrá los medios o se verá influenciada a buscar un lugar más seguro, eso sin contar los que puedan morir intentándolo, lo cual nos dejaría con dos o tres personas o menos quizás — Calculó Alejandro.

—¿Lo ve mi capitán? — El chico se dirigió al hombre musculoso — Y aquí no estamos ni dos ni tres, sino ocho personas, creo que estamos ante algo crucialmente raro.

—Así parece… ¡Vamos, andando, ustedes nos seguirán por un rato! — Se adentraron en la tienda, el chico le hizo una seña a su capitán, el cual les observó un instante — ¡Cierto, solo los necesitaremos a ellos dos — Señaló a Alejandro y Karla — ¡Ustedes, se pueden ir de aquí! — Su tono fue terminante, a lo cual el resto del equipo apuntó sus armas nuevamente. Guillermo estuvo por reaccionar, pero esta vez su amigo quien le tomaba de la mano llevándoselo consigo, era obvio que ante tal situación era mejor evitar problemas.

Alejandro vio cómo se marchaban, era inaudito, esperaba algo más. Aunque él mismo sabía poco se podía hacer, lo sintió como una traición. Karla y Alejandro se quedaron ante aquella compañía, la primera se escondía detrás del segundo apretándose contra él. Alejandro intentaba razonar el porqué de tal procedimiento por parte de los desconocidos, así como quienes eran tales individuos y como podrían estar tan bien armados. El local era pequeño, él lo había visitado tan solo dos meses antes junto a una amiga del liceo. La chica era hija de italianos, razón por la cual tenía acceso a tal sitio “l’angolo Italiano” así le llamaban, y funcionaba principalmente como sucursal de algunos importantes restaurantes así como de sus iguales.

Uno de los hombres le continuaba apuntando mientras el resto revisaba el par de anaqueles, había toda clase de pastas, harinas, vinos, quesos, jamones y especias. Aquellos hombres tomaban todo lo que veían y llenaban una carretilla que llevaban consigo. Alejandro se apenó de no haber pensado en cómo llevar aquello que consiguiesen. A su lado había frascos pequeños con anchoas, encurtidos, y más allá melocotones en almibar.

—¿Ustedes pertenecen a un grupo? — Se atrevió preguntar.

—Obviamente chico, aquí ves a nuestro capitán — Mencionó el hombre que portaba la escopeta Olimpia, señalando al musculoso.

—Tu pareces ser el inteligente — El más chico del grupo armado se acercaba a ellos — Y ella obviamente es un bombón — Acercó su mano a Karla la cual le golpeó y apartó.

—Atrévete a tocarme.

—¿Qué harás bombón?

—Necesitarás más armas y amigos si deseas permanecer vivo — Lo miró fijamente al pronunciar cada palabra.

—Genial, una chica ruda, así son más interesantes — El muchacho rio abiertamente — ¿Cómo se laman?

—Alejandro.

—Karla — La chica respondió de mala gana.

—Es un placer, yo soy Yoshua…— El chico extendió su mano en señal de afecto, la cual Alejandro estrechó, Karla pasó de ello — ¿Les gustan las ejecuciones? — Ambos le miraron — Descuiden, no me refiero a ustedes, pero podrían ver hoy una muy de cerca.

—¿Por qué nos retienes aquí? — Preguntó Alejandro.

—Estamos reclutando personas, eso es obvio, apenas somos unos quince, eso es muy poco, y tener a una chica hermosa, y alguien inteligente — Yoshua se acercó aún más, luego hizo un ademán despreocupadamente — Sería algo muy beneficioso, sin duda alguna, aunque es obvio que necesitarán entrenamiento ¿Verdad capitán? — Preguntaba a lo cual aquel hombre asentía con la cabeza, cosa la cual Alejandro notó atípica — Es obvio que no saben usar un arma, mucho menos tener experiencia en combate real, lo cual es imprescindible, así como la disciplina — Fue cortante en las últimas palabras.

—¿Qué ganaríamos nosotros? ¿Qué ganarían ustedes? — Alejandro notaba como los demás terminaban de recoger y organizar la carretilla para salir, deseaba poder saber todo lo posible, así como desviar la atención de la mencionada ejecución.

—Cooperación Alejandro, eso es más que obvio, aquí ahora todo se gana por cooperación ¿Cierto amigos? — Yoshua meció su rifle frente a sus ojos — ¿Entiendes lo que digo? Coo, pe, ra, ción — Mostró una risa malvada.

—¿Y si no queremos? — Esta vez habló Karla.

—Oh vamos chicos, es necesario el cooperar entre nosotros — Les apuntó con aquel rifle alemán — Es la única forma en la cual se puede prevalecer, además, no creo que ahora tengan opción. ¡Vamos Alejandro! ¡estoy seguro lo comprendes! por ahora necesitaremos que cooperes llevando el carrito de comidas ¿Vale?

Alejandro se limitó a caminar despacio hasta la carretilla llena, ciertamente no era una tarea difícil, pero implicaba el salir a las calles llevando consigo tal cargamento, ello sin contar la clase de situación en la cual se acababa de meter. Karla estuvo por replicar, pero él le negó con la cabeza, por esa vez debían estar relajados y seguirle la corriente a tal clase de personas. Salía de la estancia con cautela, aquellos hombres revisaban la zona. Uno de ellos usaba un par binoculares de lentes verdes, vestían ropas muy abrigadas para las temperaturas elevadas típicas del clima tropical.

Comenzaron el camino por una zona desconocida para el chico, Karla iba a su lado ayudándole, al tiempo que le tomaba de la mano, en ocasiones le miraba como con angustia, en sus manos se notaba su temperatura fría y el exceso de sudoración.

—Nos van a matar — Ella le miró con una lágrima en el ojo.

—No si somos listos y nos escapamos.

—Tienen esas armas Alejandro.

—Pues la otra opción es aceptar hacer un par de trabajos para ellos y mostrarnos útiles.

—No me gusta. Ese chico me da mala espina — Señaló ella.

—A mí también — Admitió. El menor del grupo daba la impresión de ser el más peligroso de todos. Despedía un aura mordaz y excéntrica de algún modo, peligrosa en extremo. Como un animal salvaje que sabe mostrarse dócil antes de atacar.

—Yo… — Karla le miró a los ojos y abrió la boca, luego cambió de idea y centró la vista al frente.

—¿Qué? — Pero no hubo respuesta por parte de ella. Alejandro se quedó pensativo y entonces observó hacia adelante, donde se hallaba Yoshua. Sintió la misma sensación de antes y su cuerpo se puso en alerta.

Para alguien que no esté familiarizado con el peligro o las calles es difícil de explícales. Alejandro percibía algo que para cualquiera era sutil al punto de pasar desapercibido. Era como un aroma débil que te deja saber que el atacante se encuentra cerca. Como una sensación de que alguien te observa y se encuentra pronto a atacarte. En términos simples, Alejandro y Karla eran las presas. Los corderitos de la historia.

—Apresúrense — Habló el hombre musculoso con voz muy ronca — No estamos de paseo — En medio del camino se detuvieron un par de veces, se hacían señas. Yoshua se acostaba en el suelo y apuntaba su arma en cierta dirección. Alejandro lograba ver un par de muertos detenidos a pleno camino, luego de un par de detonaciones que poco ruido provocaron, solo quedaron un par de bultos tirados en la calle. Alejandro tragó saliva, era impresionante, él apenas había logrado ver el par de sombras a lo lejos.

—Estos sujetos dan miedo — Expresó Karla ante la acción., así pasaron media hora de camino, hasta que el hombre musculoso se detuvo — No se lo pensaron Alejandro.

—Desde aquí nos dividimos — Con estas palabras dos de los presentes tomaron la carretilla de comida, dejando a los chicos con Yoshua y el sujeto armado, en los alrededores se observaban solo un par de edificios antiguos, y la planta de cereal.

—¿Ustedes se mantienen en el silo de cereales?

Yoshua se impresionó ante la pregunta de Alejandro — Me agradas, sí, la verdad si, aunque no nos quedaremos mucho tiempo allí… Cuestiones de logística y comodidad — Sonrió como si aquello fuera lo más normal.

Comenzaban a avanzar en una dirección distinta — ¿Por qué?

—No es el mejor punto estratégico de la ciudad — El chico andaba muy tranquilo, casi como si se divirtiese al andar — Se necesita de un buen lugar, seguro, amplio, y que permita tener una buena visión de la ciudad, o de lo que deseas controlar — Sonreía a cada palabra — Pero eso ya lo deberías saber Alejandro…

—Solo hay algo que no me gusta de estar en un grupo.

—¿Qué será?

—Necesitan conocerse muy bien para poder cooperar, o si no, un líder que se imponga ante ellos — Expresó Alejandro, a lo cual Yoshua se quedaba en silencio algunos segundos sin perderle de vista.

—Es cierto, eso es cierto, vaya situación ¿no? — Giraron a la derecha, regresando al centro de la ciudad, pero esta vez por otra ruta.

—¿Cómo consiguieron ustedes tantas armas? — Karla preguntó, avanzaba al lado de Alejandro casi pegada a él.

—Te decidiste a hablar mi bombón — Yoshua rio.

—Me llamas de nuevo bombón y te patearé — Fulminó con la mirada al chico quien se preguntaba si en realidad sería capaz — Lo haré.

—Pues la verdad, no te podría decir exactamente el cómo las obtuvimos, no creo que sea legal — Cruzaron una calle a carrerilla para evitar ser vistos — Pero deberías saber que en toda ciudad siempre hay personas que están al margen de la sociedad, antisociales, terroristas, o bueno, así era antes. Ahora estamos nosotros — No cabía duda, Yoshua usaba ademanes teatrales — Pero hace días atrás, por alguna razón aquellas personas solían estar mejor equipadas que un policía o un militar. Estas personas, incluso en un pueblucho como Puerto Cabello, tenían mejor equipo que nadie, quizás solo se les equipararía los miembros de equipos especiales a nivel mundial, pero esos ya son bastante raros. Ahora lo más interesante de esto que te estoy diciendo, es que, donde hay vida ilegal, también hay personas, ligados con la política, la milicia, la policía, o con cargos públicos que trabajan conjuntamente con los grupos turbios. Supongo que conocer personas de esta índole puede resultar de provecho en situaciones como esta — Yoshua respondió y Karla quedó más preocupada que al principio. 

—¿Dónde vamos?

—¿Dónde Alejandro? Pero si estamos casi en el lugar, nos dirigimos aquí — Cruzaban nuevamente encontrándose con un estadio, el único presente en aquella ciudad pequeña dedicada a la actividad portuaria. La entrada estaba en uno de sus costados, las cuatro personas pasaron el portal tranquilamente, en su interior se observaban zombis lentos dispersos. Avanzaron pasándoles por alto, hasta llegar a las gradas, una zona donde los muertos no llegaban, las butacas cambiaban de color mientras avanzaban, abajo azules, luego rojas y arriba naranjas. Al final se detuvieron, observando el campo de béisbol en toda su extensión, sobre el cual se encontraban un par de decenas de muertos ambulantes, y en el centro, cuatro cornetas de gran tamaño y un barril azul entre ellas.

—¿Qué…? —Alejandro no preguntó al sentir la mirada de Yoshua sobre él, aquel chico levantaba un aparato del suelo.

—Verán chicos, les dije que podrían ver una ejecución en vivo, y la cuestión es esta, ¡aquí presentes tenemos a nuestros condenados a ejecución! — Extendió los brazos con alegría — Como sabrás, por alguna causa estos muertos reaccionan muy bien ante el sonido, los que aquí vez congregados se quedaron luego de que probé las cornetas — Sonrió, pero de pronto cambio a un tono serio — Ahora mismo necesito colocar un detonante entre ellos, allí, justo entre las cornetas, y como hablamos de cooperación, estoy seguro estarás dispuesto a ayudar en la tarea — Colocó aquel dispositivo en las manos de Alejandro.

—¿Estás bromeando? — Karla enfureció.

Alejandro miraba el artefacto fijamente, ensimismado ante lo que tenía en las manos y su implicación. Yoshua continuaba hablando — Lo activaré, y dispondrás de cinco minutos, tiempo suficiente para que pases entre los muertos y coloques el aparato, pero pasados tres minutos, activaré las cornetas, así llamaremos la atención de todos los muertos en un radio de medio kilometro a la redonda, luego tendrás dos minutos para salir del lugar antes del estallido, pan comido.

—No tengo opción a negarme ¿cierto?

—Eres inteligente mi amigo.

—Y si después de activarla me quedo aquí a tu lado “amigo”.

—Una pena, porque tanto tu amiga como tú — Hizo un gesto triste con el rostro — Tendrán una muerte segura, cuando ¡Vamos! ¡Puedes sobrevivir a eso de allá abajo! Colocar la bomba no es tan difícil — Se acercó activando el aparato marcando cinco minutos exactos y en retroceso — Solo debes moverte entre ellos, y tienes suerte porque son todos muy lentos, tan solo deberás esquivar un poco — El reloj estaba corriendo, se miraron unos a otros. Alejandro temblaba sudando frio, su vida y la de Karla dependía de pasar entre aquellos seres, el solo verles, sentir su olor nauseabundo era para vomitar.

—¡Vamos! — Karla le tomó de la mano bajando las escaleras enérgicamente, el reloj marcaba cuatro con treinta segundos — Mientras más rápido hagamos esto saldremos de aquí, además si ese pendejito se muere en medio de la explosión no me desagradaría la idea.

—Pero, no tienes que venir.

—¿Y quedarme con aquél patán que es peor que tú?

Alejandro sonrió ante aquellas palabras, pero al llegar abajo la situación cambió. La zona inferior estaba repleta de muertos, tal cual como cuando entraron, pero ahora tal vez por el ruido de sus voces pululaban enérgicamente emitiendo sus sonidos guturales. Karla quedó impactada frente a un hombre gordo con una camisa a cuadros, la cual impresionantemente no tenía rastro de sangre alguno, pero sí de una grasa oscura. Se detuvo retrocediendo un poco, estuvo a punto de caer, pero su acompañante le retuvo. Aquel muerto bloqueaba la salida, el tiempo transcurría y el apenas se movía, dos minutos cuarenta marcó el cronometro cuando Alejandro aventó una patada sobre el ser, derrumbándole. Corrió con el artefacto en el regazo. Karla le seguía muy de cerca, esquivarlos ciertamente resultaba sencillo, ello si concentraba su atención en las bocinas en medio del campo. Estaba a solo escasos metros cuando se escuchó un fuerte pitido, los amplificadores habían sido activados, el chico observó el cronometro y marcaba uno con cincuenta. Se escuchó entonces un fuerte grito, algo completamente desgarrador, era la grabación del aullido de uno de aquellos seres que él tanto temía.

Sus piernas flaquearon, sintió como su cuerpo se entumecía de pronto. Volteó a las gradas y ni Yoshua ni el otro hombre se encontraban. A su lado Karla forcejeaba con un ser escapándose, el grito se repitió, pero en esta ocasión fue coreado por otros en sus alrededores, como un eco proveniente del exterior. Un amasijo de cuerpos inmundos comenzaba a entrar al estadio desde todas las direcciones, atraídos como sabuesos a su presa. El corazón le dio un vuelco, sintió el peso de una mano sobre su espalda y reaccionó lanzando un puñetazo a un muerto desconcertado. Soltó el artefacto al suelo corriendo adonde se encontraba Karla, se abalanzó sobre un cadáver rodando por el suelo. Sintió el grito de su amiga, más no logró divisarla, llegaban más y más de ellos, atraídos por el sonido, y los presentes se agrupaban a su alrededor. Golpeó fuertemente a una mujer anciana, luego a un chico que no tendría más de dieciséis en vida, les apartaba mientras sus oídos eran perforados por aquellos gritos. Volteaba en todas direcciones, le parecía escuchar la exclamación de la chica, más no estaba, corrió apartándoles, los veloces llegaban saltando entre el resto, así que apresuró el paso — ¡El cronometro! — Recordó súbitamente, se detuvo y miró su alrededor buscando la salida, su amiga, el detonador, pero tan solo observó una marejada de seres abalanzándose al centro del estadio. Muchos de ellos sin percatarse de su existencia, simplemente atraídos por aquel fuerte alarido, pero los cercanos se abalanzaban a gran velocidad, así que simplemente corrió. Les empujaba con todas sus fuerzas, su corazón latía fuertemente marcando su ritmo, las imágenes de su alrededor se hacían difusas, su cerebro se concentraba en un agujero negro a pocos metros que localizó como una salida. Saltó a un par de pequeños de una manera que el mismo se impactó, el miedo y la adrenalina mezclados en la aprehensión de salir.

Cruzó aquel umbral oscuro, en su interior se agolpaban los muertos, sintió golpear contra una pared humana que le tomaba, pero… se escuchó, el estallido del detonador, un rugido intenso y la onda que le empujó hacia el frente contra el amasijo de muertos junto con una sensación de calor. Pronto observó una luz entre aquel embrollo y sintió dar contra el frío suelo, a su alrededor se encontraban muertos tendidos en el suelo al igual que él. Se levantó apresurado apoyándose contra la pared exterior del edificio, y en ese momento sintió el segundo impacto, tres veces más grande que el primero, el cual solo había sido el detonante. La carga que se encontraba en el centro ahora estallaba estremeciendo el suelo a sus pies, el estadio tembló y el muchacho se limitó a quedarse allí, pegado contra aquella pared caliente, observaba como pedazos de cuerpo ardían, y algunos muertos envueltos en llamas salían del lugar, un pedazo del edificio se vino abajo, él se agachó aún más, casi fundiéndose contra la pared y el suelo. A su lado pasaban muertos corriendo rumbo al interior, llamados por tan intenso sonido, sin prestar atención a su instinto de supervivencia. Mientras tanto en el aire reinaba un olor a gasolina, que sin él saber le salvaba la vida.

—¡Idiota! ¡Dejaste que Karla muriera! ¡La dejaste morir! — Lloraba contra el suelo, enfurecido, sintiendo la impotencia correr por sus venas, deseaba gritar de ira y no podía, se limitó a levantarse a tientas y caminar rumbo a casa, mientras lloraba amargamente con un vacío en el pecho insoportable.

Hoy perdí a Karla, fue mi culpa, no pude protegerla, debo aprender a ser fuerte, comenzare a buscar información sobre armas… e intentaré controlar mis miedos… No volveré a confiar en las personas. No soy bueno para cuidar a alguien querido. Perdón.

(ACTUALIDAD. DIA 74 DE LA INFECCIÓN)

Alicia cerró el cuaderno asustada de lo escrito allí, la última nota le había sacado unas lágrimas, observó nuevamente la fotografía de la chica — A su manera, era importante para él — Rozó sus dedos contra la imagen — Yo no creo ser buena para remplazarte, ni siquiera sé cómo me ve a mí — Conversaba en voz alta con la foto — Solo sé cómo yo lo veo a él, aunque nunca lo conocí como tú, eso es obvio, pero para mí él es mi ángel, y sé que se equivoca en algo, él sí sabe cuidar muy bien a una persona…

Alejandro estornudó, la puerta se abría lentamente — Esto parece más un fuerte que una planta de agua — Pensó debido al grosor de la puerta, pero lo primero que vio fue un par de sujetos apuntándole. Uno de ellos era un gordo barbudo que temblaba portando una Glock, una pistola de mano calibre nueve milímetros. La otra era una mujer que superaba los cuarenta años, su cabello se encontraba alborotado y sucio, le miraba con ira y terror, sus puños temblaban empuñando una pistola P-23. Alejandro temió que la mujer dejara escapar una bala debido al miedo, así que subió sus manos dejando colgar su rifle de su abdomen.

—¡Tranquilos muchachos él no es Yoshua! — Un hombre mayor a los sesenta se acercaba tan apresuradamente como sus piernas le permitían. Como respuesta el hombre gordo subió el arma dejándole de apuntar, pero la mujer continuaba temblando y unas lágrimas bajaban por sus mejillas, él muchacho estaba parado frente a ella temeroso de su expresión, pronto el hombre anciano llegó y bajó la mano de la mujer — Tranquila Cecilia, calma, estás apuntando a quien no debes — La mujer rompió a llorar y se lanzó sobre aquel hombre. Alejandro bajó las manos calmado, al fondo se comenzaban a divisar rostros asomándose.

—¿Tú quién eres? — Preguntó el hombre de la Glock.

—Me llamo Alejandro.

—¡Así que tú eres el chico al que iban a matar ayer! — El hombre gordo le apuntó nuevamente y Alejandro esta vez no subió sus manos, sino que se aferró a su rifle— ¡Me vas a contar todo lo que sucedió anoche o te…!

—Detente Jeremías, así no haremos las cosas, así lo haría Verónica, y ya vemos que las cosas no resultaron como debían, ahora déjame hacerlo a mi modo — El hombre mayor se acercó al chico — ¿Perteneces al grupo de Yoshua muchacho? — El tono de voz irradiaba confianza. Era un tono cordial y suave. El tono que solo los viejos sabios poseen, o eso pensó Alejandro. El muchacho bajó el arma negando con la cabeza — ¿Ven! Ciertamente debemos hablar, pero creo sería mejor hacerlo adentro, esas aves que andan por allí me ponen nervioso…

—Somos dos abuelo — Corroboró Alejandro.

—Tomás, llámame Tomás — Una niña de ocho años se acercó corriendo hasta el señor — Y esta pequeña es mi nieta Claudia. Vamos saluda, el chico es nuevo… — La niña alzaba su mano — Lo que si deberé pedirte es que nos dejes tus armas aquí.

—Guardaré el rifle en el bolso, y lo llevaré allí — No deseaba soltar su equipo, aunque entendía la posición del anciano — No sé si me entiende, pero prefiero cargar mis armas conmigo — Tomás asintió con la cabeza.

Adentro se respiraba un olor fétido distinto al usual proveniente a la basura y desechos humanos, aunque no se encontraban a la vista. Alejandro notaba que todo se veía bastante organizado, a menos de quince metros había unas piscinas enormes, una detrás de la otra, en dos de ellas el agua no se veía muy limpia, sin embargo, la última se mantenía bastante pura. A su izquierda un cuarto con un cerco del cual salían varias tuberías gruesas de distintos colores, a la derecha se erguía un edificio de cuatro pisos al cual se dirigían en ese momento.

El interior era más desalentador, las personas se encontraban acostadas sobre sabanas y algunos colchones, la ropa colgaba de las paredes, era una sala amplia en la cual circulaban al menos unas veinte personas al parecer del chico. Había algunas mesas esparcidas por el lugar, el viejo se dirigió a una y le pidió se hiciera a su lado.

Las miradas se congregaban en ellos. Un par de mujeres caminaban por el lugar repartiendo algo de comida, sobre todo a los niños.

—¡Miau miau! Soy un gato — La pequeña Claudia se lanzaba sobre sus piernas — ¡Soy un gato miau! — Alzaba su mano como si fuese una garra, Alejandro le tomó la garra estrechándola.

—Eres la gatita más tierna que he visto — Y lo decía en serio, era dulce ver una pequeña tan enérgica. Era un poco disonante con el resto del grupo cabizbajo, Claudia jugueteaba y sonreía abiertamente. Sus ojos eran grande y abiertos en extremo, mirándote con una fijeza y suavidad que te dejaba sin aliento. Al instante comprendías que ella era especial.

Otras cuatro personas se sentaron alrededor, todas adultas y con rostros de preocupación, incluyendo el hombre y la mujer que le apuntaron ante s— Alejandro, necesitamos saber que sucedió anoche, qué sucedió con nuestro grupo — Habló el hombre mayor.

—¿No regresó nadie de su grupo?

El hombre negó con la cabeza — Entendemos que ellos fueron, a, asesinarte, y aunque aquí muchos no eran partidarios de la idea…

—Tranquilos, comprendo que seguían las ordenes de Verónica — Claudia se colocaba las manitas en el rostro haciendo gestos gatunos, a lo cual Alejandro le acarició el cabello — Pero la verdad no creo tenerles muchas respuestas, y las que tenga no son alentadoras, anoche el grupo que fue a por mí, fue masacrado por un enjambre de zombis — El chico vio como la mujer rompía en llanto mientras otros simplemente le miraban horrorizados, el anciano en cambio lo miraba como resignado.

—¿Fuiste tú? — Preguntó el hombre armado de mala gana. Su rostro sudaba grasa.

—La lluvia, alborota a los muertos — Miró fijamente al hombre — ¿Qué habrías hecho de haber sido yo? ¿Esperas que alguien se deje matar? Iluso.

—Me temía esa respuesta — Interrumpió el anciano que reprimió con la mirada al hombre — ¿Y Verónica?

Alejandro escuchó las palabras de Tomás y quedó impresionado — ¿Verónica tampoco regresó anoche?

—¡No creo que hablar con un extraño sea lo más adecuado! — Se acercó otra chica, esta vez mas grande, de al menos catorce o dieciséis. Irradiaba fuego por los ojos, se cruzaba de brazos dejando en claro su posición. Incluso si hubiera llegado en silencio Alejandro habría entendido su pensar.

—Ella es mi otra nieta Sara — Hablaba el viejo Tomás — Siéntate muchacha, no armes escándalo — La chica de cabellos oscuros y piel muy clara se sentó justo a su lado con los brazos cruzados y el ceño fruncido — Perdónanos, aquí muchos pueden estar algo molestos contigo, pero tampoco los malentiendas, todos necesitan alguien a quien culpar por todo lo sucedido. Ahora que nadie ha regresado, sienten aún más la presión, están inseguros, es cierto que Verónica era una tirana que los obligaba y trataba como animales, pero era también su única esperanza…

—No tienen que disculparse, los entiendo bien, aquí todos hemos perdido a alguien, y resulta fácil el culpar a otros — Alejandro bajó la cabeza — La verdad cuando me dirigía acá se me pasó algo así por la cabeza, había muchos cuerpos alrededor de los autos, pero nunca imaginé que no regresó nadie.

—¿A qué grupo perteneces tú? — Le preguntó Sara.

—¿Yo? No tengo grupo— Sintió las miradas del resto caer sobre él — Ahorita vivo, con… bueno, con una chica a quien rescaté recientemente — Sonrió.

—¡Imposible! — Gritó Sara — Nadie sobrevive solo allí afuera.

Claudia quien aún se encontraba en las piernas de Alejandro saltó una especie de arañazo contra su hermana, quien la miro sin saber que decir — Soy un gato, quiero dormir, no te metas con Alejandro.

—No fastidies Claudia — Su hermana mayor la miró regañándole. La pequeña lanzó un bufido y se recostó en las piernas de Alejandro, este notó que en realidad la menor escondía el rostro para que nadie viera los ojos llorosos.

Hubo un silencio cortante, las personas se fueron retirando dejando al hombre gordo, Tomás, Claudia, Sara y Alejandro en la mesa, fue el hombre gordo quien habló — ¿Y ahora que haremos?

—Estaremos bien, tenemos suficiente comida para todos nosotros, también hay armas… — Expresó Tomas tranquilamente mientras invitaba a su nieta a mantenerse tranquila en la silla a su lado.

—¡Pero aquí nadie las sabe usar! — Sara estaba irritada — ¡De un momento a otro esas bestias nos encontraran! ¡Necesitamos protección!

—En ese punto le daré la razón a Sara — La chica se ruborizó ante las palabras de Alejandro — Es imprudente pensar que con solo comida bastaría — Los presentes se encogieron de hombros — Un grupo grande como ustedes es fácil de atraer la atención. Supongo que antes buscaban de limpiar la zona constantemente.

—Hay un par de hombres para eso aún — Expresó Sara.

—Siempre hay una solución — Tomás se levantaba — Dios aprieta, pero no ahorca, si nos ha dado el valor de seguir aquí hasta ahora, tendrá algún plan para nosotros — Aquellas palabras resonaron en la cabeza de Alejandro, haciéndole recordar a Alicia.

—Además el barco se acerca, esa podría ser una salida — Agregó Sara — Pero sin hombres para cubrir la salida suena a desastre. No podemos salir de aquí corriendo hasta el puerto.

—¿El barco? —Preguntó el chico intrigado.

—Claro, hay un barco que viene directo hacía acá, por ello ese chico Yoshua vino en un principio — Tomás comentaba.

—Necesito saber esos detalles.

—Subamos primero — Alegó el anciano.

—Miau — La pequeña se bajaba corriendo dirección a las escaleras de metal en un rincón de la estancia.

—Mis nietas te guiarán.

Subieron con el rechinar de sus pasos, Claudia corría y les esperaba alzando sus manitas, abría sus ojos por completo metiéndose en su rol. Algo bastante gracioso, tierno y que sacudía al chico, teniendo en cuenta que desde setenta y cuatro días antes no había visto gato alguno. El segundo piso estaba cubierto por cajas, Alejandro adivinó que aquellos debían ser sus suministros, el siguiente piso estaba relleno con muebles y objetos variados, probablemente adquisiciones de Verónica durante los saqueos. Muebles que antes ocupaban el edificio, más no gustó preguntar. El cuarto piso era variado, en una parte había algunas neveras con plantas eléctricas, a su lado decenas de botellones de agua, y al fondo de la estancia computadoras y maquinaria, una de ellas se encontraba encendida. Sara le observaba inquisitivamente.

—¿Cómo puedes sobrevivir solo? ¿Y por las noches? — Preguntó Sara colocando voz trémula.

—Tengo trampas y la casa está bien protegida — La miró, bajo toda esa rabia algo le preocupaba — Aunque muchas veces no se duerme mucho — Admitió para tranquilizarla.

—De noche es la peor parte.

—¿Cuántas personas son ustedes?

—Como nadie regreso, somos veintisiete — Contestó la chica.

Claudia corría por el lugar — ¿Hay más niños?

—Cinco, contando a Claudia, cuatro niñas y un niño, bueno, seis, hay un recién nacido entre nosotros.

—Te reirías, pero creo que esas son las mejores noticias que he escuchado en días, hay niños — Recordó los rostros entristecidos de los tres niños en el grupo de Armando, pensó en cómo debían de estar festejando ese mismo día luego de tener de nuevo comida.

—Ciertamente puede alegrar mucho la idea de la infancia, es comprensible, no creo hayas visto muchos niños últimamente — Tomás llegaba al cuarto piso ayudado por el hombre gordo — Cuando ya tienes mi edad ves esos pequeños detalles. Los niños valen diez veces más que cualquier adulto — Puntualizo con un tono sagaz en su voz.

—Solo tres, pertenecientes a otro grupo.

—Pues entonces te alegrará lo que te contaré ahora — Alejandro se sentó sobre una cómoda silla del lugar — Esos equipos que ves allí atrás no son solo para operar la planta, por lo visto aquí hace tiempo hubo una estación radial. El mecanismo, aunque rudimentario continuaba funcionando, y hace tres días recibimos una señal por este medio — Alejandro observó el tablero — Se trataba de un barco trasatlántico, uno de estos gigantes que son casi como una ciudad entera en el mar. Estaba llamando a la ciudad en búsqueda de sobrevivientes, pero Verónica no compartió la noticia con nosotros. Conversó con los jefes al mando del barco, ellos le dijeron que venían bordeando las costas, llegarían dentro de cinco días, pero necesitaba la colaboración de los residentes, pues necesitan algo en la ciudad.

—¿Algo en la ciudad?

—Eso me contó uno de los hombres, pero no dijo que era, Verónica se puso en contacto con el chico Yoshua. Ese mismo día discutieron, pero Yoshua le convenció de seguirle en una jugada, ese mismo día salieron a las afueras de la ciudad, y luego, el día de ayer fueron a…

Comprendo, pero no regresaron — Le interrumpió.

—Lo fatal es que el rumor sobre el barco se extendió. Todos desean salir, pero no se ponen de acuerdo, todos quieren imponerse, y está la tentación de las armas. El ambiente está tenso, y lo más probable es que para mañana en la noche o el día siguiente esto sea un caos, cada quien intentará salir por su cuenta, pues nadie confía en el resto.

—¿Y usted?

—Yo soy un viejo Alejandro ¿Qué crees que puede hacer un hombre como yo en un nuevo mundo? No digo que no sienta ganas de vivir, esas nunca se van. Pero… — Observó a las niñas — Hay prioridades que uno adquiere con la edad.

—Entonces usted — Fue interrumpido por la voz carrasposa del viejo.

—Yo creo que mañana se sublevarán e intentarán salir cada quien por su cuenta. Tomarán las armas, muchos por ser jóvenes, otros por ser idiotas, por miedo o desesperación. Nadie quiere quedarse en un lugar plagado de muertos.

—El barco ¿Está libre de infección?

—Aparentemente.

—Pero podría ser una trampa.

—Ser viejo no implica que no sepa los peligros de los hombres. Pero hay esperanza allí, al menos mucha más que aquí.

—¿Qué quiere que haga? — Pensó que esa era la pregunta adecuada, el viejo le miraba con un destello en los ojos, algo que solo una persona sagaz logra.

—Ayuda.

—La situación es complicada ¿Señor Tomás, sabe usted si aún podemos comunicarnos con el barco? — Preguntó el chico observando los equipos, a lo cual el anciano negó con la cabeza.

—Se puede, solo debes usar la misma radio frecuencia de la última vez — Explicaba Sara.

Alejandro sonrió dirigiéndose al tablero, temiendo no saber usarlo, observó por encima y por intuición oprimió el botón rojo cercano al micrófono — ¡Buenas tardes! — Ante el silencio volteó a su alrededor, Sara se cruzaba de brazos, Tomás se mantenía calmo, y Claudia corría a gatas por la estancia — ¡Habla Alejandro desde la planta de tratamiento de agua! ¿Se encuentra alguien allí? — De nuevo el silencio, el ánimo le bajó y soltó el botón.

—¡Aquí Milena desde el MSC Armonia, un placer escucharte Alejandro ¿Cuál es la situación?!

El acento de aquella mujer era extraño, daba la impresión de arrastrar las erres. A pesar de eso era gratificante escucharla. Sonrió — ¿La situación? Creo que tenemos mucho que hablar sobre ella…

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