CAPÍTULO 5. ESTRATEGIA

DÍA 37 DE LA INFECCIÓN 

ALICIA

 

—Podríamos jugar monopolio, quizás— mencionó su padre, Carlos.

—No soy muy buena en el juego, y apenas dos días lo jugamos. 

—¿Ludo? Tenemos que mantener nuestras mentes ocupadas, corazón, es parte primordial si queremos sobrevivir. 

—No sé, a veces solo quiero dormir y ver si al despertar los muertos no están allí afuera— contestó Alicia mirando por la ventana. 

—Siento devolverte a la realidad, por loco que parezca, esta es nuestra realidad. Debes aceptarla y ver un poco más allá, no puedes esconderte, Alicia. 

—¿Quieres que salga con el grupo de recolectores? ¿Te preocupa que digan algo y me pida salir?

—No han dicho nada, y no lo harán puesto que tenemos comida y no pasamos mayores necesidades. Hemos aportado y colaborado con medicinas. No, no me preocupa eso— el hombre tomó asiento en el sillón de la sala. Sus ojeras estaban muy marcadas en el rostro, su apartamento probablemente fuese el más limpio de toda la zona—. Me preocupa que esto no sea una solución permanente. En algún momento tendrás que salir y aprender, es preferible que lo hagas cuando tengas a un par detrás de tí cubriendo tu espalda. Sola… No quiero ni imaginarlo. 

—Todo esto, debe pasar en algún momento. Los gobiernos deben estar luchando por poder limpiar zonas de muertos e infectados, y cuando vayan limpiando algunas, irán por otras. 

—Siempre me sorprende que seas capaz de pensar tan en positivo. Yo lo veo como un problema de logística, incluso desde el punto de vista militar. 

—¿Qué quieres decir? 

El hombre la miró pensativo antes de hablar— Hay armas muy avanzadas actualmente, pero fueron creadas para eliminar vivos. Un misil guiado por calor es probable que primero se estrelle contra el desierto que contra una horda. Los muertos además se pueden esconder muy bien, Marco mencionó ese caso donde se hallaban en los huecos de la alcantarilla vieja y seca. 

—Pero las personas pelean, todos los días los chicos salen y matan a decenas de ellos— contestó Alicia. 

—Un cambio insignificante si tenemos en cuenta que hay cientos de miles solo en esta ciudad. ¿Qué pasaría si vinieran los de otras ciudades porque ya no hay humanos allí? ¿Lo has pensado? Barrerían con nosotros muy rápido. Además por lo que he visto, el porcentaje de sobrevivientes es muy bajo, significa que cada uno deberíamos matar a mil o siete mil de esas cosas para poder hacer una diferencia. Y mientras matan a uno de nosotros esas cifras sólo los beneficia a ellos, es una pelea donde el ejército nuestro solo se hace más débil y el de ellos más fuerte. 

—No tenemos suficientes balas para matar a mil de ellos por cada uno de nosotros. 

—No. Siquiera sé si hay suficientes balas en la ciudad para limpiar esta ciudad— Sonrió su padre buscando un poco de alcohol. 

—Pero una cura si podría, tu lo dijiste. 

—No quiero ni calcular cuántos laboratorios deben estar funcionando en este momento. Conseguir una cura para una enfermedad no es algo de una sola persona, ni se logra en dos días. Lleva muchos estudios y miles de ensayos. Generalmente se consigue gracias a miles de personas trabajando al mismo tiempo— Suspiró— Pero sí, una cura, un agente químico, un virus. Es la única forma de eliminarlos. 

Hubo un ruido sordo y el sonido de personas corriendo por los pasillos afuera del apartamento. El hombre tensó los músculos del cuerpo antes de moverse a la puerta a verificar. El grupo de búsqueda se movía nervioso hasta un par de apartamentos a la derecha del suyo, donde usualmente se hallarían los suministros. 

—¿Qué pasó?— Preguntó Carlos— ¿Todo bien? 

—Mordieron a Park, lo dejamos afuera, aunque no se ha convertido. O no se había convertido hasta cuando lo dejamos, no sabemos quien deba decirle a su esposa. 

Park era un sujeto de cuarenta años de nacionalidad coreana que llegó hace muchos años al país y se casó con una chica local. Luchaba de forma aguerrida por su familia a pesar que su hijo falleció como la mayoría en los primeros días. Su muerte era una pérdida fuerte para el grupo que cada día se achicaba.

—Marco insiste en haber visto un olfateador cerca, pero esperamos un instante afuera, y no se acercó nada. La zona está…— Hubo silencio entre los presentes cuando un grito ensordecedor se escuchó desde la zona externa del edificio. 

Alicia ahogó un grito y corrió hasta la ventana del apartamento para asomarse. Un muerto gritaba desde la ventana del tercer piso al cual había escalado. desde allí continuaba profiriendo un enorme grito que solo fue apagado por un par de disparos desde el interior del apartamento. El olfateador cayó al suelo 

—¿Dónde fue?— preguntó su padre uniéndose a ella en la ventana. No necesitó una respuesta de su parte, abajo el muerto se levantaba del suelo a pesar de tener huesos rotos y manar sangre. Hubo entonces un eco de gritos desde distintos lugares en la urbanización y edificios alrededor. Al menos cincuenta jadeantes corrieron rumbo al bloque en el cual se hallaban. Alicia retrocedió asustada. su padre por su parte se movió raudo por el apartamento buscando un par de cosas, guardando otras en la cámara refrigerada— ¡Ponte el abrigo, el grueso!

—¿Van a entrar? 

—Tardarán algunos segundos, pero si nos hallaron…— No dijo nada más, abajo comenzaron a sonar voces alarmadas, gritos y disparos— Tal vez menos tiempo ¡rápido!— señaló a la chica la cual saltaba por encima del mueble y se colocaba la chaqueta de invierno con refuerzo en la zona interna. 

—¿Esto bastará? 

—No, pero con un poco de suerte evitará transformarte por raspones o salpicaduras. ¡Vamos!— Empujó a la chica para moverse hasta el pasillo externo al apartamento. Al abrir las puertas los gritos llegaron con mayor volumen, en los primeros pisos luchaban.

—¿Tomaremos las escaleras?

—No, iremos por el ascensor.

—¡Pero no hay ascensor!— gritó ella. 

—¡Exactamente!— su padre salió hasta las puertas metálicas y las abrió con fuerza bruta, luego procedió a lanzar un colchón, cobijas, almohadas y todo lo que pudo. 

Los muertos llegaron entonces a su piso dos minutos después, Alicia fue empujada al agujero del ascensor donde cayó casi seis pisos para dar contra una zona mullida. En el camino había golpeado sus brazos, pero en general estaba bastante bien. Quedó un instante mirando en dirección superior, pero su padre en vez de lanzarse junto a ella, cerró las puertas del ascensor y la dejó allí sola. 

El primer piso se hallaba casi desierto. Se observaban desperdicios por todo el suelo, manchas de heces, sangre y comida putrefacta. Solo dos muertos de los lentos se hallaban cerca de la puerta. Los más rápidos se hallaban arriba en los pisos superiores. Los gritos y el sonido de las armas continuaron durante al menos cinco minutos más. Luego todo fue silencio. 

Alicia se movió hasta una zona verde llena de arbustos de la entrada al conjunto residencial y permaneció oculta hasta que el silencio fue casi absoluto. 

 

DIA 72 DE LA INFECCIÓN (PRESENTE)

 

Alicia despertó mirando en todas direcciones. Se hallaba ahora en la parte trasera de un jeep junto a Alejandro y un par de hombres. 

—Estás bien— comentó el chico. 

—Pensé que moría, tenía mucho miedo— respondió ella. 

—Por poco lo logran— alegó un sujeto sonriendo, el vehículo se movía por un camino cubierto de maleza— estábamos moviéndonos por la zona cuando de pronto escuchamos los gritos, y al voltear no fue muy difícil ver ese mar de muertos avanzando para alcanzarles. Corrieron muy bien, personalmente pensé que en cualquier momento caerían y sería el fin. 

—Me arde la garganta— Alicia abrió la boca y volvió a cerrarla. 

—Es el gas lacrimógeno y otros gases que lanzaron para poder cubrirnos— Señaló Alejandro. 

—Soy Federico, es un placer. Notamos que los muertos evitan el gas lacrimógeno, y si unes esto a una cortina de humo, pues, intentan rodear la zona. Eso permite despejar y disparar con un poco más de confianza. 

—¿No se podrían limpiar zonas con eso?— preguntó Alicia. 

—Lo evitan y escapan de esto, pero no los mata. Aunque sirve para detenerles un momento— respondió el hombre. 

—Mantienen bien despejada la vía— expresó Alejandro. 

—En la guerra una de las prioridades es poder mantener la ruta de suministros— Sonrió Victor, un hombre mayor en la parte delantera del vehículo. 

Lo que habría sido un largo camino a pie, en auto se resumía a un par de minutos de ascenso y algunas curvas. 

—¿Sabías que estabas en nuestra zona y que realizamos patrullas todos los días a estas horas?— Inquirió Victor. 

—Armando una vez me invitó a unirme a su grupo— comentó Alejandro sin responder las interrogantes del otro. No era muy educado confesar que seguiste y espiaste a tus salvadores. 

—Lo comentó, de otra forma no habría dado la orden de disparar y lanzar esas bombas lacrimógenas. Era una extracción de solo veinte segundos. Solo podíamos retrasar a los muertos veinte segundos, era un riesgo. 

—Lo sentimos, las cosas se salieron muy rápido de control— exclamó Alejandro. 

—Casi siempre es así, las cosas solo necesitan un par de segundos para salirse de control— comentó el hombre— Soy Victor, por cierto. 

—Alejandro, y ella Alicia, es un placer. 

—Entonces ¿se unirán a nosotros? Nunca es malo tener a alguien capaz de correr por sobre los techos de esa forma. 

—Creo que primero deberíamos sentarnos a conversar, es un poco más complicado que eso— Alejandro se acomodó en el asiento mientras llegaban al destino. En la cima de la montaña se hallaba una fortificación de los tiempos del reinado español. Solía usarse como lugar de vigilia, ataque y prisión. 

—¿Habías subido hasta acá?— Armando bajó del otro jeep y se acercó hasta ellos. 

—Antes, cuando era sitio turístico, llegué a subir un par de veces a trote la pendiente— señaló el chico. 

—¿Eras deportista?

—No exactamente, pero a veces los fines de semana iba a nadar, y para poder mantener buenas piernas…

—Es bueno mantener el cuerpo activo. Vamos, los demás querrán verlos, algunos han escuchado historias. 

—¿Historias?— preguntó Alicia. 

—No siempre ves que un chico sobreviva solo a un apocalipsis con muertos, aun más que logre tener tan exasperada a la loca de Verónica. Hay un par de historias que hemos escuchado, no sé cuanta verdad hay en ellas— explicó Armando moviéndose por un camino de piedra en ascenso. El acceso al fuerte se lograba por una pequeña escalera metálica a un costado de la estructura. Alejandro lo observó con detenimiento, nunca lo pensó antes, pero aquel pequeño fuerte era perfecto para soportar un largo rato el asedio de los muertos. Sólo debían preocuparse por aquellos que trepaban, y eso solo en caso de hacer suficiente ruido como para alertar una gran cantidad de ellos que subieran hasta tal lugar. 

Se lamentó de no haber pensado en ese lugar como escondite. Habría colocado la AR en un costado, otro rifle en el otro, mejores trampas en el camino, que se hallaba oculto entre los árboles y una muy densa y rústica vegetación que impedía el paso normalmente. Habría subido barricadas a cierta distancia por todo el camino, dejando solo las vías verdes para moverse. Los muertos pasarían horas intentando subir difícilmente entre los arbustos secos y las ramas cortantes.

La entrada estaba custodiada por tres sujetos armados, y en el interior de las enormes paredes se hallaban unas siete a once personas. Entre ellos solo dos niños. 

—¿Quieren un poco de té caliente?— preguntó una mujer acercándose con amabilidad. 

—Gracias— Ambos aceptaron. 

Fueron guiados hasta  una habitación pequeña apenas iluminada por una luz amarilla muy pobre. La puerta del lugar era de madera pura, gruesa y alta, el chico se imaginó que ni cuatro jadeantes habrían podido derrumbar. Tomó un sorbo de té percatándose que Alicia le había sujetado de la mano durante todo el camino, aún lo hacía fuertemente. Él la miró, quería animarla de algún modo, pero no hallaba mucho que decir en ese momento. Y a decir verdad, mencionar algo como: “dios está con nosotros, nada nos sucederá” lo imaginaba bastante tonto. 

La chica era fácil de adivinar en pensamientos, estaba aterrada y aún no superaba el shock del suceso. Alejandro pensó que la culpa era suya, no fue lo suficientemente cuidadoso. Por un instante pensó que era un camino demasiado largo y lleno de escoria, pero posible de avanzar en silencio siempre y cuando eliminaran a los que se hallaban más cercanos. Él mismo tomó ese camino varias veces sin percances mayores. 

Luego del ataque y su disparo subsecuente, todo fue un desastre. Lo peor del asunto es que de cierta forma la deuda que Armando tenía con él había sido saldada. Le había salvado de los muertos. Ahora no tenía ningún voto a favor para pedir la ayuda necesaria. 

 

(DIA 39 DESPUÉS DE LA INFECCIÓN)

 

—¡La encontraremos Armando!—  Victor colocó una mano en su hombro y el hombre suspiró con frustración mientras recargaba el arma. Entrarían en ese instante en la desolada estación de policía. Armando observó a Victor antes de asentir con la cabeza con poco ánimo. 

Confiaba en Victor, de hecho fue al único al cual puso al tanto de la situación cuando él apenas logró enterarse. 

Armando era de las pocas personas que se enteró del brote de infección en horas de la madrugada del día cero. Se encontraba durmiendo en una pequeña oficina del cuartel de la base, cuando recibió una llamada que le quitó el sueño a la una con cuarenta minutos de la madrugada. El motivo, su viejo jefe, el ahora coronel Sanchez, se comunicó para pedirle su colaboración en lo parecía ser un ataque terrorista en un avión del aeropuerto de Maiquetía, en la ciudad de Caracas, Venezuela. 

El suceso llevaba en curso apenas quince minutos, pero habían perdido comunicación con los tripulantes a bordo de la nave. Armando tenía experiencia amplia en tratar con células terroristas. Había participado y comandado un par de incursiones en contra de los rebeldes de la frontera con el vecino país. 

—Claro, mientras tanto traten de establecer una comunicación y aislen el perímetro. También es prudente despejar vías telefónicas, si tomaron un avión y todavía no despegan, es posible que primero soliciten algo. ¡Ya revisaron el manifiesto de pasajeros? 

—Nadie importante, pero no podemos volarlo de buenas a primeras, es Maiquetía, las noticias se difundirán rápido. Ya envié la solicitud y en diez minutos tendrás un helicóptero para que te traiga. 

—¿Sabemos quienes son?

—Un carajo, el pendejo de Montoya además cree que tiene algo que ver con el reciente ataque que hay en Alemania, aparentemente una situación con un agente bioquímico en un aeropuerto. Todavía extraoficial. 

—Lo dudo— resopló Armando luego de un instante— Una cosa es primer mundo y otra una mierda como Caracas. ¿Qué pueden pedir en Caracas? primero mueren todos los pasajeros antes que el gobierno suelte un billete. 

—Bueno, la situación es grave en Alemania, esperemos no sea una loca célula terrorista europea del carajo. Te espero a que llegues a ver que hacemos aquí con estos locos. 

La comunicación se cortó y Armando se alistó para salir en el helicóptero, pero luego un breve mensaje de texto le informó que la situación era más preocupante que lo que habían informado. Aparentemente un agente semejante a la rabia fue lanzado en todo el área del aeropuerto y la zona entera debió ser desalojada. Los pasajeros que se hallaban en el lugar fueron retenidos para evitar cualquier desliz de información. Al menos hasta la mañana, pero probablemente para entonces la situación sería mucho más manejable y tranquila. Lo usual. 

Armando estaba a poco de acostarse nuevamente cuando se le informó que el comando de defensa desde Caracas ordenó llamar a todas las fuerzas militares del país para mantenerse en alerta, y comenzar a armar zonas de cuarentena. 

El informe adjunto era tan extraño que Armando debió moverse por el lugar para conversar con otro teniente coronel que ese día se hallaba en la base. 

—¿Entiendes esta mierda? 

—Un carajo. Me suena a que hay algún tipo de ataque. ¿Un agente químico o biológico? ¿Quién gasta esas cosas en latinoamérica? Con lanzar gas cloro aquí tienes para matar a media población. 

—El coronel me llamó hace unos minutos comentando sobre una situación en el aeropuerto de Maiquetía y también un ataque en Alemania ¿crees que se relacione?— preguntó Armando sacando un cigarrillo y escribiendo un mensaje de texto a su hija. No quería alarmarla a las dos de la madrugada, pero siempre era mejor ser precavidos. 

—Ni idea. ¿Y qué piensan que podemos hacer? No es como que tengamos máscaras antigás para todos. Quizás quién sabe en qué maldito lugar tengamos algunas máscaras. Mejor llamemos a Torres, probablemente él sabe dónde están las máscaras, o si tenemos un protocolo para casos de agentes químicos a gran escala. 

—No tenemos protocolos para algo así— comentó Armando tomando una primera bocanada— Una cosa es un bote de gas, o bombas lacrimógenas, pero un ataque con un agente químico o bioquímico ¿has visto un búnker en todo este lugar? Sin contar que un bunker aquí se llenaría de agua de inmediato, esto está bajo nivel del mar. 

Su compañero solo rió ante el asunto. Para las tres de la mañana Armando llamaba a Victor para que buscase a Pandora en la casa y recolectasen toda la comida posible. La situación era grave en varios lugares del mundo. Japón fue atacado, Marruecos y Alemania tenían sus aeropuertos comprometidos. Y un par de rumores comenzaban a escucharse sobre un agente bioquímico que lograba levantar a los muertos. 

Armando habría reído ante la sola mención de muertos vivientes. Pero cuando el ministro de defensa desaparecía y las pocas órdenes que llegaban eran las de crear una enorme barricada y mover todas las fuerzas para crear una barrera segura alrededor del perímetro de la base. El escepticismo desaparecía al instante. 

A las cuatro de la madrugada llegaban órdenes muchas más claras. El ejército se encargaría de recibir a la población y hacer escaneos de salud al entrar. Ante cualquier acto de violencia tenían la libertad de ejecutar a cualquier implicado. Por otra parte Pandora llenaba su celular con videos de distintas partes del mundo donde se observaban a muertos correr detrás de las personas para atacarlos. 

A las cinco y media de la mañana, Armando se hallaba a las puertas de la base luchando contra sus propios soldados que lloraban por huir del lugar. A las siete la situación cambió de forma drástica, de alguna forma la infección logró llegar a todos los niveles. Había ataques en las entradas y gritos desgarradores desde el interior de la base. A las siete con diez minutos Armando y un pequeño grupo de soldados desertaron de sus órdenes luego de no recibir órdenes por más de dos horas y toda comunicación con la capital verse cortada. 

Ahora estaba en el día treinta y nueve desde aquella noche. las cosas nunca mejoraron, al contrario fueron a peor. La amenaza biológica resultó ser tan real y peligrosa que el simple contacto con la sangre convertía a cualquiera en un cuerpo sin consciencia capaz de matar a cualquiera. 

Federico, uno de los hombres que escapó junto a él aquella mañana derribó la puerta y Victor, su camarada se movió al interior del lugar disparando a todos los cuerpos que se movían en su dirección. Carlos le siguió rematando a los que estaban en el suelo. Nada era más aterrador que tener una mano sosteniendo tu pie, especialmente cuando debías correr por tu vida. 

—Libre por acá— expresó Carlos. 

—Camino libre— Victor avanzó revisando con el pie los cuerpos— estos debieron ser algunos de los idiotas que se mantuvieron tomando llamadas de emergencia toda la mañana. 

—Hacían su trabajo ¿no?— preguntó Federico. 

—Los muy imbéciles mataron tanto como los muertos. Los enviaban a la zona portuaria o a resguardarse en la base. No buscaron confirmar si la base estaba recibiendo personas. Supongo que no sabían que el lugar estaba tan infestado como el centro de la ciudad— contestó Armando. 

—Mi prima y los niños fueron por el camino del centro a las ocho de la mañana porque creían que el lugar sería seguro— expresó Carlos mientras revisaban gabinetes y escritorios. 

Federico, un hombre de veintisiete años de edad, cubría la entrada mientras los demás registraban. Desde el punto de vista de Armando, Federico y Carlos no eran más que un par de jóvenes, novatos, con menos de treinta años cada uno, poco entrenamiento y prácticamente ningún adiestramiento táctico estratégico. Víctor, un hombre ya finalizando sus cuarenta rompía el vidrio de un cuadro en la pared, sacando de él un mapa de la estación, extendiéndolo sobre la mesa.

—Lo tengo. Armando acércate— En cambio Víctor aunque no fuese el cabecilla tenía tanta experiencia como él. A primera vista el plano de la estación era muy simple, un edificio de cinco plantas en las cuales las cuatro superiores eran semejantes—. Ellos dijeron se encontraban en el depósito de armas y objetos decomisados, por lo cual presumo deben encontrarse en el último piso, solo hay dos entradas aquí y aquí—. Víctor señalaba la hoja de papel. El mapa no se encontraba detallado, solo funcionaba para indicar las rutas de escape en caso de incendio.

—Está la debemos chequear primero, usar las escaleras siempre es peligroso, deberíamos verificar primero el ascensor, luego en este pasillo colocar un centinela aquí— Señaló el final de un corredor, miró a su compañero y ambos asintieron con la cabeza— ¡Nos vamos chicos, será un entrar y salir, si hay armas en el camino, tomaremos las que no representen un riesgo!— Su tono fue decidido a pesar de no levantar la voz. Los cuatro personajes salieron de la habitación en su formación usual, cada uno custodiaba un flanco, avanzaban rápido y silenciosamente. 

Avanzaron por el pasillo principal, hasta llegar al ascensor, no intentaron abrir ninguna puerta, aquello era un riesgo innecesario. La habitación se hallaba a oscuras, pero se acostumbraron al ambiente, sin embargo, en ocasiones chequeaban los sensores térmicos y la vista nocturna de sus armas. 

El ascensor no servía, al igual que el resto de la instalación estaba sin energía. Se movieron por la escalera cuidadosamente. Federico divisó a un muerto en una esquina, obviamente este no les vio. Se encontraba contra la pared de la escalera, con la respiración acelerada. Estaba parado y su cuerpo se movía al ritmo de sus expiraciones, incluso entre la penumbra se observaban los pedazos de carne colgando. Armando les hizo señas a sus compañeros de cubrirle, se acercó por detrás propinándole un golpe secó en la cabeza y derrumbó al suelo al muerto. Más aquello no era suficiente, el hombre colocó su bota militar sobre el cráneo de aquel ser, golpeando nuevamente tres veces, hasta dejarle sin ritmo y signo alguno.

—Debemos avanzar rápido pero con cuidado, debe haber unos mil de ellos a nuestro alrededor. 

—¿Alguien me recuerda de quién fue la idea de venir a esta estación?— preguntó Carlos en voz baja. Nadie respondió, ninguno gustaba del lugar, era una zona roja. Los muertos pululaban en cada esquina tanto como las moscas. Se hallaba al inicio del centro de la ciudad. No era una zona para buscar suministros. 

—Se comportan como animales— Victor comentó tratando de desviar la conversación o el silencio incómodo. 

—Da gracias que se comportan como animales, así sabemos cómo actuar ante ellos— Señaló Armando a Víctor en una voz apenas audible.

—Odio cuando puedes verles el rostro. 

—Te sigues fijando en detalles.

—Es repugnante, solo digo.

—Un disparo, un buen golpe, ya lo he dicho. No puedes verles el rostro ni pensar en ellos como humanos del todo. Te afectará tarde o temprano.

—No digo que no sea necesario— Víctor apartó un cuerpo que se hallaba en el suelo con su pie— Pero no me gustan las expresiones, los gritos en especial. Cuando estaba en la frontera recuerdo a un par de niños gritando de esa manera.

—A mí me desagrada es cuando llaman a otros— Armando hablaba bajo y despacio, su voz áspera era como la brisa, apenas perceptible— Tampoco necesitas recordar las pesadillas. Lo peor que puedes hacer es dejar que te afecte, no podrás dormir y morirás. Será tu culpa después de eso.

—Eso en especial, cuando llaman a otros— Víctor guardó silencio de pronto aguzando el oído, pero nada más se movió.

Armando sacó un pañuelo de su bolsillo para limpiar la culata de su arma antes de continuar. Siguieron su marcha lenta, observaron el primer pasillo. Allí se encontraban al menos cuatro muertos, uno de ellos se arrastraba por el suelo muy cerca de las escaleras dejando tras de sí una larga mancha rojiza y marrón nauseabunda. 

Continuaron sin prestar atención, avanzaron hasta la última planta, había siete muertos, cuatro de los mismos golpeaban una puerta suavemente, obviamente pertenecían al grupo de los lentos, pero aquello no era motivo para relajarse. Armando y Víctor avanzaron al frente, sacaron sus pistolas con silenciador y acercaron hasta el punto de tener muy poca distancia contra sus objetivos, un solo disparo a la cabeza. Un tiro certero para cada uno provocando el escurrir espeso detrás de sí, al tiempo que los otros dos les cubrían.

—¡Pandora abre!— Armando tocó suavemente la puerta de metal, al tiempo que continuaban vigilantes por cualquier eventualidad. Se escuchó un cerrojo y el rodar de un mueble contra el suelo, la puerta se abrió lentamente. Miguel un hombre de apenas veinti cinco años asomó la cabeza con temor— ¡Puedes abrir idiota, los muertos no hablan, y si estuviesen aquí de seguro escucharías gritos o jadeos!

—¡Perdone mi señor!— El hombre abría la puerta colocándose firme.

—¡Tampoco es momento para esas pendejadas, dame un informe de lo conseguido y nos vamos! ¿Dónde está Pandora?— Su vista revisaba entre la oscuridad concentrada.

—Allí atrás señor… Pandora está…

—¿Papá?— La chica se acercó y Armando sintió que su mundo temblaba, guardó silencio y observó su cuerpo con atención. La sangre, los ojos, boca y sobre todo la herida. El resto del equipo guardó silencio, Armando temblaba y su aspecto de hombre indestructible se rompía en pedazos.

—Tranquila mi amor estarás bien — Se arrodilló al ver su silueta entre la penumbra, indudablemente mentía, pero se esforzaba por hacerlo creíble. Ya había visto la sintomatología previamente. Aquella sudoración extrema, su cuerpo tembloroso, el ennegrecimiento de la lengua y mucosidades, los párpados sacudiéndose como epilépticos, y los vasos sanguíneos de los ojos brotando, enrojeciendo la zona blanca— Estarás bien…— Repitió cuando Victor posaba su mano sobre su hombro en un pesar compartido ante la irrefutable evidencia.

—A mí no me mientas papá…— Un hilo de sangre espesa se escurría por su nariz, aún con fuerzas se limpiaba ella misma.

—Solo hay cuatro armas incautadas, y municiones de escopeta, rifle, 9 milímetros, son más de treinta cajas, ya todas las he guardado— Miguel tenía un gran bolso negro en su espalda.

—¿Cómo sucedió?— Armando tomó por el cuello a Miguel en un arrebato separándolo del suelo con una sola mano, alzándolo hasta tenerlo muy cerca del rostro— ¡¿Cómo carajo sucedió?!— El aludido se balanceaba sin saber qué decir. Carlos escondió el rostro, conocía a Miguel de años atrás, pero ni él mismo se habría atrevido a llevar a la hija del jefe en una incursión incierta solo para sorprenderla. 

—¡Debemos irnos Armando!— Víctor se alarmó por el tono de su compañero. Ciertamente entendía a Armando, aquello no había sido una misión de riesgo, solo buscar implementos en una zona segura. Todo se desbocó cuando Miguel soltó un disparo accidental llamando la atención hacia ellos. Luego corrieron en dirección contraria a lo planeado entrando a una zona tan peligrosa que ya de por sí era una suerte se hallaran vivos. 

Un error tonto que solo un novato o un miedoso cometía. Alfredo, quien les acompañaba resultó muerto en el incidente, y ahora Pandora, la hija de su amigo estaba infectada.

—¡Pásame alcohol para limpiar la herida!— Armando intentaba calmarse, debía mantenerse fuerte ante todo aquello. Sus manos ahora temblaban de forma espasmódica, poco podía hacer él para autocontrolarse, la ira y el miedo iba llegando a su cerebro nublando los sentidos. Mientras tanto Carlos sacaba las cosas de su bolso, pasándole una botellita llena de líquido transparente, la cual Armando vertió al tiempo que limpiaba la herida con gasa.

—Señor se acercan— Se escuchó el susurro de Federico quien observaba desde la puerta.

—¿De los rápidos?

—No, los lentos, pero son muchos, quizás cien, y eso solo lo que pude ver por el pasillo, creo que ya saben que estamos aquí—. Entró en la habitación y colocó un mueble bloqueando la entrada. Ante la oscuridad total Victor encendió una linterna que guardaba en su cintura. En esos instantes se comenzaban a escuchar los golpes contra las paredes, el resoplar de decenas de cuerpos amontonándose contra la puerta, todos se observaron sin nada que decir. 

Pandora resistía el ardor entre pequeños chillidos y su padre le secaba el sudor intentando no llorar ante aquello. 

—Solo una herida. 

—Tengo miedo— susurró la chica. Armando sintió que su corazón se comprimía a un punto indescriptible. Deseaba resetear el mundo entero en ese instante solo para librar a su hija de tal temor. Y habría sacrificado a todos los que conocía por ello si existiera la mínima posibilidad—. Pero estoy bien. somos fuertes al superar los miedos, me lo enseñaste.

Por su mente pasaba toda una vida, la infancia en la cual le cargaba en brazos, los primeros pasos, el cuidado constante al llegar a la secundaría para que los buitres no se la quisieran comer. Allí frente a él, pese a que Pandora ya tenía veinte tres años, continuaba siendo su pequeña. Aún podía sentir el sonido de su sonrisa un día de los padres en el cual ella le había preparado un desayuno muy peculiar, unas tartas de tomate y cebolla que él comió como si fuesen la gloria ante aquella mirada inocente de su hija. Toda una vida de sacrificios, lágrimas, noches en vela ante una apendicitis. Y ahora, ella estaba allí, con la misma mirada, sus ojos pardos ámbar mirándole tan plácidamente.

—Estarás bien— contestó con la poca voz que su cuerpo le permitió sacar de su pecho. 

—Papá calma, hay gente que te necesita, yo me quedaré aquí— Expresó ella a lo cual Armando secándose una lágrima asintió con la cabeza.

—Esa es la única salida— Miguel tenía un tono tembloroso de voz, desde que soltaron el cuello de su camisa se derrumbó al suelo junto con la valija llena de municiones. Se notaba como temblaba y su mirada se paseaba entre los presentes. 

En la puerta los golpes aumentaban, crujidos y quejidos provenientes de las paredes azotadas por el martilleo de los muertos. Pese a todo aquello el ambiente de la habitación era paradójicamente tenso y calmo. Sus compañeros se miraban con sus armas en alto, pero nadie se alarmaba más de la cuenta.

—¡Eres un bromista soldado!— Víctor tomó a Miguel por la espalda levantándole de un jalón—. No conozco una situación en la cual solo exista una solución, y esta no es la excepción— Su vista dio una vuelta por el lugar—. Yo por lo menos veo tres salidas en las cuales podemos salir vivos de esta situación.

Carlos sacaba un cigarrillo el cual Armando apagaba— No sabemos si nos pueden oler, no nos coloques en peligro soldado— Carlos asintió con la cabeza, aunque se notaba descontento.

—Vamos niño no me digas que tienes miedo— Federico se acercó por la espalda de Miguel tocándole, el segundo saltaba entre un respingo nervioso y le miraba con cara llena de desagrado. Federico sin embargo no prestaba atención, se reía junto a Carlos haciendo una pantomima del salto asustadizo de Miguel diciendo palabras como “marica”.

—Está la opción de salir arrasando con todos los muertos allí afuera, claro, eso sería la peor opción posiblemente— Víctor sonreía mientras tomaba por el hombro a Miguel como si fuese un niño pequeño al cual se le relata una historia fantástica— La segunda sería el conducto de ventilación, pero es un espacio cerrado y para esta clase de situaciones no es adecuada. A menos que te quieras ofrecer como voluntario para ir por allí.  Por lo tanto…

—Haremos nuestra propia puerta en una pared chicos— Afirmó Armando mirando a Víctor de manera cómplice dando a entender que aquella también era la opción ideal para él— Creo recordar de los planos que esta habitación colinda con una escalera de emergencia.

—El jefe como siempre— Sonreía Federico tomando las municiones que debía llevar Miguel.

—Víctor necesitaré que vayas al frente esta vez, yo llevaré a Pandora— Su amigo asintió con un movimiento de la cabeza.

—¡Carlos saca el mazo! Hay una pared que debemos derribar— El hombre no tenía necesidad de alzar la voz. Carlos sacó de su mochila un mazo pequeño. Caminó por la estancia guiado por aquella luz amarilla que se perdía entre las sombras hasta la pared, la cual golpeó fuertemente. Luego del primer golpe todos se miraron, preguntándose si era audible entre el mar de quejidos y golpes que provenían desde afuera. Pero luego del cuarto y quinto golpe se vislumbró un rayo de claridad penetrando la habitación.

—¡Saldremos!— Se escuchó el grito desesperado de Miguel.

—¡Por supuesto que saldremos! ¡Chicos es hora de irnos!— Vociferó Víctor, al tiempo que palmeaba a Federico.

—Tomaremos la vía del teatro, es la menos peligrosa, ningún contratiempo. Todos conocemos esa ruta, no quiero complicaciones, al menor indicio de algún problema todos tomarán formación defensiva. Víctor estará ocupando mi lugar en la formación y yo el de él, por los siguientes minutos seguirán a Víctor ¿Entendido?— Todo el mundo asintió a las palabras de Armando sin rechistar, todos a excepción de Pandora quien le decía a su padre en un susurro— Tu único error en el plan es llevarme contigo papá…

Error sería dejarte.

La salida fue limpia, la escalera para casos de incendios estaba cerca del agujero, solo debieron saltar. Armando recibió ayuda con Pandora. Bajar fue sencillo, y desde arriba se obtenía una visión perfecta de la periferia. Justo al frente se encontraba el teatro y más allá un pequeño fuerte militar justo al lado de la estación de pasajeros. En el interior del fuerte, él y sus compañeros lograron hacer un pequeño bunker, aquella era la base de operaciones actual. 

El mayor problema era que se encontraban en una zona repleta de muertos, desde donde su visión le permitía observar se hallaban más de doscientos de ellos. Para su fortuna ninguna de las enormes hordas se encontraba justo sobre ellos, de otra forma no podrían escapar sin importar lo que hicieran. 

El ambiente exterior era caluroso, las vestimentas de varias capas de algodón lo hacían peor. El kevlar del tipo 49 era liviano, pero se adhería fácilmente al cuerpo en contacto con el sudor, dando una sensación de asfixia para aquel que no estuviese experimentado o acostumbrado al clima cálido tropical. Para mayor sufrimiento el pavimento despedía vapor.

 Avanzaban lentamente hasta el teatro, la mejor manera de moverse cuando las calles se hallaban tan repletas de zombies, era lanzar piedras a los edificios o cualquier cosa que pudiera hacer suficiente ruido en dirección contraria a la suya. 

Luego de varios minutos de caminata silenciosa llegaron hasta el museo. Tuvieron cuidado al entrar por la puerta trasera la cual solo era usada por los artistas cuando todo era normal. Atravesar el edificio era la mejor opción. A los lados se hallaban edificios de oficinas, y las calles albergaban a un buen centenar de corredores. 

Armando recordaba como pocos meses atrás Pandora le había invitado al teatro para pasar una noche familiar. Él se quedó dormido a mitad del espectáculo. Ahora aquello sonaba como un día perfecto en comparación a la vista actual, el sitio era un desastre total, las butacas estaban rotas y mancilladas de sangre seca, el aroma  que despedía el lugar era desagradable, una mezcla a tela húmeda y mohosa con vísceras.

 Llevaban la mitad de camino, pasando por el lobby cuando Pandora habló extrañamente. El grupo se detuvo de forma abrupta aguantando la respiración. Luego un sonido gutural brotó de sus labios antes de ser comprensible— Papá suéltame, déjame aquí por favor— Luego de ello soltó un grito grave que dejó a todos sin aliento. Se miraron los unos a los otros, sin saber que decir, hasta que se escuchó otro grito en respuesta, este provenía de un muerto humano que trepaba como arácnido por el techo del lugar, el equipo se agachó instintivamente.

—¡Dispárale!— Soltó Miguel jalando a Carlos, pero Armando hizo una seña negativa ante aquellas palabras. Con sus manos les indicó que aún no habían sido divisados por aquel ser. Víctor en cambio observaba a su compañero y su hija, que comenzaba a perder el sentido. 

Armando comprendía la seriedad de la situación, sabía que era lo debido, pero sus sentimientos se mezclaban en ese instante— ¡Adelántese chicos!— Su voz fue relajada y decidida. Federico y Carlos le miraban incrédulos, más Víctor les tomó por el hombro para que avanzaran.

—¡Pero…!

—¡Ya lo escuchaste!— Susurró Víctor— Fue una orden directa de tu superior al mando— Detuvo sus propios pasos y colocó una mano en el hombro de su amigo— Nos vemos después Armando, no te quedes demasiado. Si necesitas ayuda, solo pidela. 

—Como siempre— contestó el hombre con voz quebrada. Sujetaba a Pandora con fuerza tratando que nadie notase como su cuerpo entero temblaba. 

Armando sacó su pistola instalándole el silenciador lentamente al tiempo que observaba desde las butacas mohosas al ser que escudriñaba la zona superior buscándoles. La mira del arma seguía a la criatura, y su otra mano tomaba la de su hija— No podría dejarte aunque quisiera ¿Qué me diría tu madre si me viera haciéndolo? ¿Te imaginas? No me lo perdonaría, bien sabes que tenía más carácter que yo— Pandora reía ante las palabras de su padre.

—Sabes que debes dispararme antes de que esto me consuma, muera y sea como ellos— La voz apacible contrastaba con la tensión del instante. El muerto en la zona superior descendía lentamente por una columna olfateando a su paso— Ya bastante estoy resistiendo, mírame, soy la hija fuerte que siempre quisiste. 

—No me pidas cosas que no puedo darte Pandora. Siempre has sido la hija que he querido, desde pequeña. 

—Saludaré a mamá y a mi abuelo de tu parte si te parece— Armando volteó, aguantando el dolor y las lágrimas. Sonrió, su mano se deslizó por el cabello de ella, lentamente. Había tantas cosas que quería decirle, pero ella parecía entenderlas todas incluso sin pronunciar palabra— Al menos déjame un arma, yo lo haré, recuerdas me enseñaste cómo.

—Yo nunca me imaginé algo así, la verdad. No puedo perderte hija, tú, eres lo único que me mantiene cuerdo. Lo único que yo…

—La verdad es que gracias a lo que me enseñaste es que sobreviví junto a ti todos estos días. Pero hoy, hoy debes dejarme ir. Y no me mires así, lo disfruté y bastante. Los últimos días, aunque no lo creas, me sentí bien, me sentí más cercana a ti que nunca, bien sabes que siempre fuiste todo para mí— La chica sintió el abrazo fraternal, aunque se percataba perdía la sensibilidad en ciertas zonas de su cuerpo, pero aquello no se lo diría.

—Sé que debería ser yo quien lo hiciera, no debería ponerte en semejante situación, pero creo que seré cobarde por esta vez en mi vida— Entregaba su arma quedándose sin nada más— Me iré y me llevaré conmigo al bicho ese— Señalaba a la bestia que se acercaba— Recuerda que me dijiste le darías saludos a tu madre, y…— Se levantó volteando la mirada, ella sabía muy bien que su padre siempre fue de esconder sus sentimientos, no era extraño verle darse vuelta para esconder las lágrimas— Te amo, y si hubiese algo que yo pudiese…

—Me lo diste todo en vida papá, ahora vete por favor— Perdía control de su cuerpo, su vista se nublaba, y sus piernas tenían espasmos.

—¡Hey! ¡Tú bestia!— Gritó Armando, para su sorpresa otro par de criaturas asomaron sus cabezas lanzando sus gritos guturales al aire. Sus piernas se desprendieron del suelo en un salto audaz que llamaba la atención completa de los seres, aun con el paso de los años su cuerpo era ágil. 

Corrió rumbo a la entrada principal del teatro, al tiempo que volteaba a ver a su hija tendida y recostada sobre una butaca roja— ¡Me dan asco! ¿Eso es todo lo que tienen?— Saltaba la última hilera de asientos al tiempo que un muerto pasaba sobre su cabeza velozmente dando de costado contra el muro.

Un muerto apareció justo al frente, no supo de donde, pero poco importó. Tomó una butaca y la estrelló contra el rostro del muerto y continuó su camino a la entrada.  

Al atravesar el pórtico hacia el exterior sintió como otro zombi le alcanzaba, con su mano lo tomó por el cuello incrustándolo contra la pared de ladrillos. El siguiente se vio repelido por una bala entre sus ojos desparramandose en el suelo. Carlos, Víctor y Federico le miraban desde la otra esquina, Federico no paraba de disparar a un grupo de muertos que se acercaban a zancadas, Víctor recargaba un rifle de asalto y Carlos le cubría, pero la situación era complicada. Lo comprendió a primera vista. Faltaban al menos cien metros para llegar a la muralla externa del fuerte, pero para ello aún debían doblar la esquina, así que el mismo edificio del teatro bloqueaba la vista, y por ende el grupo de vigilancia no les podía cubrir. 

Los tres hombres luchaban con todas las balas que podían contra un centenar de zombies que se movían rápido en su búsqueda. Los cuerpos comenzaban a dejar una estela viscosa en el suelo que hacía a los demás caer. Un breve contratiempo que aquellas cosas sabían sortear con velocidad.

Los muertos se acercaban en todas las direcciones. Sin pensar más en ello apresuró el paso, sus compañeros se movilizaban al verle moverse, corrían hasta la esquina, esperando el apoyo de sus compañeros. 

De inmediato se escuchó el silbido de las balas cruzando el aire proveniente de los vigilantes de la muralla, derribando a aquellos que tapaban el camino a casa. Tendrían que crear una muralla de humo para evitar que la horda los tragase, eso, o en último recurso bajar todos al pequeño bunker, el cual no creía pudiese con tantos. 

Armando se apresuraba, estaba a escasos metros de aquella zona de salvación cuando escuchó un disparo desde otra dirección. Provenía desde el teatro, aquella resonancia era inconfundible, su cuerpo se paralizó por completo en ese instante. Era como sentirse un hombre de plomo. De pronto tenía ganas de derrumbarse, de llorar. Podría no ser la primera vez que sentía la muerte de un ser querido en plena batalla, pero su hija era algo distinto. 

Los segundos anteriores había corrido solo con la esperanza de poder quitarle aquellos muertos de su alrededor, con la esperanza de buscarla minutos más tarde, o tal vez su subconsciente le hizo creer que aquella imagen donde él la dejaba atrás era solo su imaginación. Pero el escuchar la detonación era como despertar de aquello que deseaba fuese solo una pesadilla. Sin percatarse su cuerpo se movía en dirección contraria, rumbo directo a los muertos vivientes que aullaban de alegría al verle correr en su dirección. 

Su mente solo recreaba el rostro de Pandora en el teatro. Sus años en la milicia no le fueron en vano, aquello bien podría compararlo con un rescate de riesgo, aunque bien sabía que las probabilidades de vida eran escasas. 

Un perro negro putrefacto al cual le faltaba la zona del abdomen daba con él, este le golpeaba con el puño cerrado para luego pisar el cráneo con su bota tal cual insecto fuese, salpicando sangre sobre su ropa. Recordó el viejo cuchillo de caza en su pierna, lo apretó fuerte en su mano. Observó su alrededor, preparado para asesinar a aquellos que se atrevieran a tocar a su amada hija, o su cuerpo. Sentía una presión en el pecho que le oprimía hasta la desesperación. Mantenía la respiración para controlar aquel impulso destructor, avanzó decididamente hasta el ágil zombi apremiante y que bloqueaba la entrada al teatro. En pocos segundos estaría rodeado, eran al menos treinta de ellos, quizás más. 

Sintió el impacto veloz de un cuerpo contra el suelo y acercándose. Posiblemente en vida fuese un hombre atlético y alto, pero ahora para él no era más que la escoria que debía eliminar. Movió su mano vacía a la vista de aquel ser a escasos metros de sí y aproximándose. Le sorprendió ver una respuesta muy humana, aquello poseía reflejos, pues siguió con la vista aquella mano vacía que no era más que una treta vieja de pelea. Lo siguiente fue el cuchillo penetrando en la cabeza de aquel zombi que por ver la otra mano no se percató del verdadero peligro.

 Armando sin compasión desprendió la carne viscosa de un jalón, sabía bien que no debía salpicar su rostro, por ello procuraba mantenerse a distancia prudencial. La entrada estaba próxima. Pateó a un muerto y a otro lo derribó chocàndole con el hombro para hacerle volar casi dos metros de altura. Clavó el cuchillo contra la cavidad ocular de otro y pateó al siguiente en la cabeza. Sus movimientos para derribar enemigos comenzaron a parecer incluso ritmicos. 

Armado giró sobre su cuerpo para desprender a uno de su brazo izquierdo e impactar a otro con el filo en su mano derecha. Volvió a patear a otro para derrumbarlo al suelo y avanzar. Poco entendía que los muertos en ese instante se movían también a otras direcciones. La primera era donde sus hombres disparaban sin compasión, y la segunda a un reproductor de música que ahora sonaba con fuerza cercano a la estación de policía. 

Se acercaban aún más a varios metros de distancia, sin embargo, su atención se centró en la puerta del teatro que se abrió de golpe. Del interior salía un grito ensordecedor. Su hija se convirtió en algo que le pareció una posesión demoníaca de alguna película de horror. Su cuerpo se arrastraba al ras del suelo, apoyado en sus pies y manos, tal cual arácnido. 

La chica avanzó por la calle escurriéndose en dirección directa a Armando, el cual le miraba sin saber qué hacer, el resto de muertos se acercaba. Él comprendía que debía continuar luchando, pero la imagen de verla así, a Pandora, a su niña, aquel ser que tanto amaba desplazándose de manera espantosa, abriendo su boca como si fuesen fauces en su contra. eso nubló sus sentidos. Despachó a otro muerto pisando su cráneo hasta romperlo sin quitar los ojos de su hija.  Estuvo a poco de gritarle para ver si reaccionaba, pero no pudo articular voz, estaba paralizado. Asi fue hasta sentir una ráfaga de balas.

Uno, dos, tres, los seres caían a su alrededor como moscas muertas ante DDT, pero fue como ver una escena de horror cuando dos disparos dieron contra el pecho y cabeza de Pandora, ella simplemente se desplomó al suelo como un bulto sin emitir sonido alguno.

—¡Bastardo!— Apretó el cuchillo en su mano, y habría corrido de no ser por otro zombie, al cual le faltaba la mitad del rostro. Notó que era uno de los lentos así que lo golpeó fuertemente para derribarlo, observó a su izquierda. Reconocía que esa era la procedencia de los disparos. 

A primera vista solo observaba un par de edificaciones y un parque a lo lejos, ningún ser que no estuviese muerto. Tomó a otro muerto por la espalda y maniobró con él para escudarse de los siguientes ataques mientras con el cuchillo se ocupaba de los otros. 

Hubo otro disparo, pero él no sintió el sonido, indudablemente el tirador usaba silenciador, pateó a otro ser desprendiéndose de él, al siguiente le dio con el codo en ascenso lanzándole hacia atrás.

Volvió a mirar a su izquierda, aún tenía el cadáver de Pandora a sus pies, pero esta vez sí le identificó. Un chico disparaba un rifle del tipo AR, usaba grandes lentes e iba cubierto por una chaqueta holgada y jeans, solo su cabeza estaba descubierta. El joven corría en su dirección al tiempo que disparaba. La ira por Pandora se hallaba aún en sus venas, pero era consciente  que aquella no era la situación para una lucha. Usaba sus puños y toda su energía para poder librarse de los cuerpos que se lanzaban contra él. 

Restaban pocos muertos cuando el chico llegó a su lado— ¡Te voy a…!

—¿Me matarás por haberle disparado a tu hija? Es cómico que aun pienses que esa cosa era tu hija— Armando observó al muchacho, un casquillo dorado flotaba a la altura de sus ojos. Estaba firme, en su semblante no se percibía titubeo ni temor alguno, disparaba con tranquilidad algo que solo recordaba en militares entrenados. El último par de zombis cercanos caía al suelo— ¿Aun creías que era tu hija?— El chico recargó su arma— ¿Acaso llegaste a ver sus ojos?

Armando volteó, el cuerpo de Pandora yacía boca abajo, con cuidado se agachó y le dio vuelta, solo para sorprenderse. Sus ojos eran completamente negros, no era la primera vez que veía aquellas cuencas oscuras, pero en Pandora era algo que le rompía por dentro. Volteó el cuerpo, sentía una furia inmensa en su interior, algo que le comía, pero no era capaz de pagar aquella ira con el cuerpo de su hija, tampoco con el extraño.

—Será mejor irnos, vendrán más de ellos.

—Dejé un señuelo sonando por la estación de policía. La mayoría debe hallarse allí, de otra forma tendríamos encima una horda entera.

—Gracias— Armando habló con decisión. El chico asintió a sus palabras—. Dijiste, “disparar a tu hija”. Eso quiere decir que ya nos conocías ¿Nos observabas?— Caminaban de regreso, rumbo a la calle que daba al fuerte, donde la gente de Armando les protegería.

El chico bajó la cabez — Llevo un par de días observándoles no lo niego, necesitaba saber cómo actuaban y su zona de acción, no pude evitar seguirles y observar lo que sucedió.

—Pudiste haber actuado antes y no lo hiciste.

—Debía mantenerme al margen, no lo tomes a mal, pero tú te refieres a haber actuado cuando mordieron a tu hija, ¿no?

—Lo sabes.

—Te diré que no podía, aunque hubiese querido. Después de que tu soldado disparó, tu hija tomó la mejor decisión, optó por irse al edificio y resguardarse entre los muros. El otro compañero le siguió, pero el asustado continuó disparando y corriendo al tiempo que gritaba, entró al edificio delatando la posición de todos, allí no les pude seguir.

—Ya me imaginaba que Miguel debió hacer alguna idiotez.

—No eran muchos, solo un par, pero se desesperó— Concluyó Alejandro— Tampoco entiendo qué hacían allí. Por lo que vi antes, ustedes no buscan recursos en esa zona.

—¿A qué grupo perteneces? ¿Quién te envió a seguirnos?

—No malinterpretes, no trabajo con ningún grupo, yo estoy por mi cuenta— Armando se detuvo sorprendido ante tales palabras.

—¿Solo? ¿Te has mantenido sólo durante todo este tiempo?

    —Sí.

    —¿No te gustaría unirte a nosotros??

    —No creo, la verdad no soy la clase de persona que trabaje en equipo, tampoco siguiendo a un líder.

    —Ya veo, sí, supongo que no todos actuamos igual. Un placer, me llamo Armando, aunque supongo ya lo sabías.

    —Yo me llamo Alejandro— El chico se detuvo drásticamente.

 Armando observó los alrededores, apenas se veían dos muertos lentos a la distancia. Uno de ellos arrastrándose por el suelo, pero ya estaba a un paso de cruzar la esquina, y desde allí estarían protegidos por sus compañeros— ¿Sucede algo?

—Tus compañeros no esperan que aparezcas con compañía, si salgo a tu lado lo más posible es que disparen.

—Soy el jefe, muy bien puedo hacer una seña para que…

—No hará falta, tengo otras cosas que hacer, y me tomará la noche si no me retiro.

—Ciertamente las cosas se ponen peor en la noche— Expresó Armando estirando una mano para estrechar. El chico pareció dudar un instante, pero luego aceptó el gesto

    —Así es, creo que ni con un tanque me atrevería a pasar la noche afuera— Agregó el chico ajustando la correa de su rifle.

    —¿Nos seguirás el día de mañana?

—Ya no creo que sea necesario, la verdad me preocupaba que fuesen hostiles. He visto otros grupos y no son como ustedes.

—Hay otros grupos aparte de nosotros. Estoy consciente de ello, esto se ha vuelto una guerra por el terreno y la comida, tal vez no seas un militar, pero veo que lo entiendes. Esta zona, tiene muchos recursos, tantos como muertos. 

—No creo que valga la pena. No sé si son ideas mías, pero cada día parecen más— Alejandro se refirió a los muertos. 

—Están saliendo de los edificios. Imagino que se han dado cuenta de que no hay mucho que comer allí dentro— Armando vió el fuerte a lo lejos. Su grupo remataba a los rezagados del ataque— Déjame decirte que me has sorprendido— El hombre resoplaba y miraba de soslayo al cuerpo de Pandora— Si hace meses te hubieses presentado en la casa, te habría dejado salir con Pandora. pero ahora las cosas son distintas, y hay que adaptarse— Sonrió para esconder su pesar.

—Tengo una pregunta, ¿Ustedes se mudarán cierto? 

Armando le miró, pensó que podría tenerle confianza, teniendo en cuenta que si hubiese querido le pudo dejar morir— Nos movilizaremos hasta esa montaña, si alguna vez me necesitas, tan solo llega al pie de ella ¿Está bien?

—Espero no necesitarlo, pero lo tendré en cuenta— Corrió hasta adentrarse en el parque y perderse de vista. Armando por su parte avanzó un a la vista de sus compañeros a quienes saludo con una mano, en la cual aún sostenía el cuchillo de caza, pensativo en lo sucedido, y con deseos de llegar a su dormitorio a llorar hasta secarse.



(ACTUALIDAD DÍA 73 DE LA INFECCIÓN)

 

Alejandro repasaba sus opciones, ahora estaba igualado con Armando, así que la idea principal de su viaje quedaba descartada. Ya no podía pedirle ayuda en compensación al pasado, había pasado minutos en total silencio en el lugar. Alicia aún se encontraba nerviosa, su mirada y su semblante lo expresaba. 

La habitación contigua se abrió de pronto, Alejandro aún no tenía plan alguno al ver a Armando entrar en la habitación, pero ante la mano apretada de Alicia le dijo— Todo estará bien, confía en mí— Se levantó notando que el piso estaba algo sucio y húmedo. Armando estaba acompañado de Victor, y con una seña de manos le indicó acercarse.

—Este es mi compañero Víctor, ya le he hablado de ti.

—Nos conocimos en el camino— explicó Alejandro extendiendo su mano ante aquel hombre. Victor era tan corpulento como Armando, aunque con un rostro más amigable—. Hola Victor, un placer. 

—El placer es mío, mi compañero habló bastante bien de ti.

—No es para tanto.

—Sí lo es— intervino Armando buscando lugar en la habitación donde se hallaba una silla cómoda— No ves a chicos sobreviviendo al fin del mundo por sí solos. Aunque, no me parece que estés tan solo como mencionaste antes. 

—Se llama Alicia— Alejandro volteó a verla. Se hallaba roja y parecía escondería el rostro en el suelo de ser posible— La encontré ayer. Estaba rodeada de zombies y encerrada en un contenedor. La rescaté, pero como ves, las cosas hoy se salieron de control.

—Entonces te gusta la chica— Soltó riéndose Víctor, al tiempo que lo tomaba por la espalda.

—El amor juvenil, algo de qué regocijarse en estos tiempos— Comentó Armando.

—¿En serio? Yo no recuerdo haber dicho eso. Además, no me siento en el papel de Romeo, para enamorarme en veinticuatro horas.

—Bien, dejemos aparte las bromas— Armando frunció los labios—¿Cómo ves el panorama actual Alejandro? ¿Piensas vendrá alguien a rescatarnos? ¿Estados Unidos, la fuerza aérea?— La pregunta de Armando le sacó de onda por un instante. 

—Nadie va a venir. Si hubo cuerpos peleando contra esto, de seguro perdieron hace mucho. Algo debió fallar. 

—Fallaron muchas cosas creo yo— Expresó Victor de manera calmada. 

—Siempre han existido planes de contención para toda clase de eventualidades muchacho— Armando se mostró abierto a conversar — Sabemos que usaron ojivas nucleares. Eso solo lo hacen los grupos militares, y bajo supervisión de algún gobierno. 

—Aunque estallen todas, no podrían eliminar a toda la raza humana — expresó Alejandro con un tono de decepción— Podrían haber diezmado la población y limpiar las zonas enormemente pobladas, grandes ciudades. Pero ¿Y los muertos que se han lanzado al agua? ¿los que están en alcantarillas? ¿lo de los pequeños poblados?— Armando asintió ante las palabras del chico y un silencio les cubrió por un minuto.

—Para eso están los soldados, después de eliminar grandes grupos, por lo usual se envían grupos a reconocer el terreno y eliminar metódicamente lo que quede— explicó Armando. 

—¿Ustedes han recibido alguna orden?— preguntó el chico. 

—Ninguna. Aunque sí parecen haber señales de radio en algunas frecuencias. Las que usaba nuestro gobierno, los militares o incluso los estadounidenses, están en silencio— Victor buscó también un lugar donde sentarse. 

—Entonces no hay gobierno— expresó Alejandro. 

—Siempre hay gobierno, incluso si no hubiese, eso nos haría a nosotros el gobierno. Los gobiernos son aquellos que tienen el poder para mantener el orden y hacerse imponer. pero no negaré que es muy difícil pensar en un orden entre toda esta mierda de situación— Armando resopló— Bien, pasemos al asunto por el cual nos encontramos aquí. Supongo que vienes a unirte a nosotros. O que resguardemos a la chica. Victor y yo lo discutimos, la verdad no nos oponemos a la idea de proteger a alguien, pero los insumos son bastante escasos. Ya una vez te dije que una mano extra nunca está demás en todo este desastre.

—No, el motivo no es ese. Se trata de los otros grupos Armando— señaló Alejandro y el ambiente se volvió más tenso en la habitación. Víctor dejó de sonreír y Armando se tocó la barba. Su compañero tomó la iniciativa en la charla.

—Desde ayer casualmente los otros dos grupos han hecho mucho movimiento. El grupo armado de la zona céntrica, y el grupo de Verónica— comentó Victor. 

—El grupo de Verónica estuvo muy activo el día de ayer. Y por tus palabras supondré que el incidente donde hubo una explosión fuiste tú ¿O me equivoco? pero esa no era zona de Verónica ¿Cómo se relacionan ambos eventos? 

—Verónica quiere cazarme porque le quité un arma el día que intentó matarme a mí y a mi familia— señaló Alejandro lacónicamente— Pero tienen razón, el incidente del día de ayer lo ocasioné yo, un verdadero desastre. Llegué a la zona buscando suministros y hallé a Alicia encerrada, armé una trampa como la de aquel día para poder llamar la atención de los muertos, pero hubo una explosión— No sabía si era adecuado decir que él ocasionó tal estallido— y bueno, después de eso tocó huir. 

—Y verónica se enteró ¿Solo eso?

—Lamentablemente, no pude borrar mis huellas, ahora los otros dos grupos saben del sector donde vivo, y esta noche planean atacarme. 

—¿Quieres te ayudemos?— Preguntó Armando alzando una ceja.  Alejandro asintió a la interrogante. Con solo ver las miradas notaba el tono preocupante y la negativa consecuente.

—¿Acaso no sería más sencillo el mudarte a otro lugar?

—Ustedes saben lo complicado que puede resultar la logística para mudarse, para estar en un lugar adecuado, para que este funcione con buena defensa, buen punto de ataque, y que sea seguro vivir en ese punto.

—Eso es cierto— Víctor observaba a su compañero mientras se levantaba y caminaba por la habitación— El irse de su lugar sin planificarlo antes significa la muerte segura. Nosotros mismos lo vivimos, mudarnos fue casi peor que un infierno. Sin embargo, debo señalar que en este momento, incluso esconderse suena como un plan de acción momentáneo bastante bueno, y sensato.

—A ustedes les llevó una semana entera de preparativos— Soltó Alejandro, tales palabras dejaron atónito a Víctor.

—Tienes madera chico. Supondré nos monitoreaste— respondió el compañero de Armando—Pero la verdad es que…— Se vio interrumpido. 

—La verdad es que debes comprender que, el simple hecho de que nosotros salgamos y te defendamos, significa un peligro para nosotros y nuestros hombres. No estás pidiendo algo razonable. Siquiera algo posible. Incluso podríamos hablar sobre ocultarte unos dos o tres días mientras hallas una buena ruta y lugar seguro— Intervino Armando con tono serio y calmado. 

—No podemos arriesgar los pocos hombres— Aclaró Victor— es solo un ataque ¿por qué no aplicar la estrategia de la retirada? Nadie se burla de los que sobreviven.

Alejandro sintió el pesar de la realidad cayendo sobre él, más su rostro no lo demostró. Miró tranquilamente a ambos hombres, recordó la promesa que le hizo a Alicia. Su mirada ambarina llena de confianza mientras sus manos temblaban y sostenían aquel té desabrido— Desabrido… ese té estaba desabrido…— Intentó recordar todo lo visto, las personas, el semblante de sus rostros, el color de su piel, qué hacían, cómo se comportaban, luego echó un vistazo rápido por la habitación y sonrió abiertamente— Pero la verdad Armando, es que no he venido a decirte que arriesgues la vida de tus camaradas por nada, yo tengo algo que todos ustedes necesitan— Víctor le miró inquieto— Yo tengo comida.

El mutismo reinó en la habitación, Armando y Víctor se observaron, quizás impresionados, o conjeturando todas las implicaciones del asunto. Alejandro se levantó un instante y se movió por la habitación, estaba terriblemente nervioso. Contaba los segundos y veía la discusión silente entre las miradas de Victor y Armando. Él lo sabía bien, la comida era un recurso vital que siempre estaba en la mente de quienes sobrevivían. 

—No te negaré que tenemos una situación precaria, aunque verdaderamente no sé cómo estás en cuenta de la escasez de comida— Armando se acomodó en la silla  colocando ambas manos al frente— Hemos perdido personas, pero aún tengo muchas otras de las cuales cuidar, y verdaderamente la comida es una necesidad, pero cualquiera no puede venir y ofrecer alimentos. Sin contar que hablas de ir a luchar por tí contra dos grupos que están armados. 

—Te daré al menos cinco sacos de cereal seco, enlatados, jamón y una pierna de cerdo— Alejandro le interrumpió haciendo su oferta, observando su reacción.

—Que sean dos piernas de cerdo y dos de jamón— Habló Víctor.

—Yo nunca dije tener…

—Quien ofrece una, es porque por lo menos posee dos— Víctor le miraba fijamente, Alejandro sonrió ante aquellas palabras.

—Dos de cerdo, una de jamón, más siete sacos de arroz, y tenemos un trato— Alejandro extendió su mano— Y no van a necesitar enfrentarse directamente al otro grupo, solo desviar un poco la atención. Yo mañana solucionaré el punto de mi estancia en esa casa. ¿Tenemos un trato? 

Armando se acercó— Espero tengas un plan Alejandro— Estrechó su mano fuertemente.

—No habría venido aquí de no ser así— Alejandro sonrió con total confianza. 

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