CAPÍTULO 4. ULTRAMAR

—Ve y avísale, antes de que se ponga— El gordo primero se pasó el dedo por la boca lamiendo la grasa que quedaba en ellos— Histérica y con ganas de volar gente— Le ordenó Matheus con algo de tono despectivo, un gesto al que Mauricio se hallaba habituado, después de todo él era un novato dentro de la embarcación, y la mayoría no confiaba en él. 
                En ese punto les brindaba la razón al resto de los compañeros, no debían tenerla, pero él no se los aclararía, después de todo era un espía de la capitana Beca. Tenía solo tres meses a bordo de aquella embarcación, la principal de la flota de la pirata Cassie. Famosa los últimos años por robar los suministros de la flota Europea y surcar las costas de lo que antes fue América del norte.

Mauricio no tenía muchas ganas de dirigirse a ningún lugar, principalmente porque sospechaba que el punto que había aparecido en el radar, se trataba nada más y nada menos que de la embarcación de Beca, y, después de tres meses de tratar con Cassie, sus tácticas sádicas y su grupo de hombres, estaba seguro de que el pequeño grupo de Beca no tenía oportunidad, a pesar de todo lo que se decía de su verdadera capitana, la realidad es que su grupo era pequeño en comparación con los cuarenta barcos que manejaba la mujer de cabello rosado.

El radar brilló nuevamente y el punto se mostró claro y verde. Salió de de la habitación sin decir nada, ni mostrar señas de inconformidad. Afuera observó a la vieja bruja, así había decidido llamarla después de olvidar tantas veces su nombre. Su nombre era Elsa, pero para él siempre sería la bruja.

El aspecto de aquella mujer era desgarbado, los años habían destrozado la rectitud de su cuerpo y la sutileza de su rostro, pequeña y rechoncha, semejante a un cerdo viejo, dientes amarillos y actitud soberbia ante los presentes. Pero, lo que le hizo ganar el apodo, era aquel par de verrugas en su rostro, un signo que Mauricio tomó con gracia; lo único posible de tomar con gracia quizás en aquel lugar.

—¿Qué miras zoquete, necesitas un mapa?— Él se resignó  de contestar, la vieja después de todo era alguna especie de espectáculo para Cassie, él ni siquiera comprendía qué hacía una mujer así en un lugar como ese, como llegó a tal tripulación, pero, por su actitud, y lo que allí se acostumbraba, no deseaba averiguarlo— ¿Adónde vas hediondo?

Odiaba ese sobrenombre, eso no era necesario actuarlo, tampoco callarlo— Maldita vieja, no tengo por qué aguantarme tus pendejadas— Sin notarlo la había tomado por el cuello y estrellado contra la pared metálica del pasillo, el ruido debió escucharse en la habitación contigua, pero nadie salió a averiguar.

—Y a mi nada me impide cortarte las bolas… — El filo de un cuchillo se hallaba en su ingle sin él haberlo notado. La mujer debía esconder el arma entre aquel horroroso vestido amarillo fosforescente ya manchado con el tiempo— Hediondo… Ahora, que tal si me bajas ¿O quieres ver como se desangra un zoquete en primera fila?

Debió controlarse para no apretar sus manos en su cuello, podía matarla, pero ella también lo haría con él, y de nada serviría. La soltó y se alejó lo más rápido que pudo, dirigiéndose a la cabina principal, donde Cassie debía descansar.

El Sunny era un barco mediano que habían convertido en alguna clase de acorazado. Lo que allí sobraba eran armas, de todas clases y formas, y entre ellas, las más adoradas por la excéntrica mujer, eran las espadas. Los tripulantes comentaban que su amor platónico le rescató con una de ellas, pero que, lamentablemente falleció abandonándola. ¿Cierto o falso? No importaba.

Tocó la puerta sin que nadie respondiese, pero el sonido que provenía desde el interior le indicaba que allí se hallaba, un sonido inequívoco, el orgasmo de una mujer. Entró al camarote sin perturbarse mucho por la escena. Casie se hallaba sentada al borde de la cama, vestida son bermudas cortos y una blusa delgada que escondía apenas sus pequeños senos. Sonreía gustosa mientras a sus pies una chica de senos grandes y cabellera marrón temblaba, boca arriba, desnuda por completo, babeando, llorando de tanto placer, mientras un dildo se hallaba vibrando en su zona y Cassie estimulaba este con la punta de su pie.

—¿Cuánto tiempo lleva así? ¿Cuántas veces le has hecho acabar?— Preguntó con atrevimiento, la mujer le daba lástima, era obvio que el placer había dado paso a la locura, luego a la desesperación, y ahora al dolor.

—Me canse de contar cuando iba por los ochenta— Se encogió de hombros la joven mujer al tiempo que afincaba el pie y hundía el falo en el interior de aquella chica.

—Después de eso, ¿Cuánto tiempo?

—¿Media hora?¿Una hora?— respondió cuando la mujer en el suelo chillo girando sobre su cuerpo entre espasmos.

—La vas a matar.

—Bueno…— Se levantó de la cama y dirigió hasta el alfeizar, donde había un conjunto de armas variadas— Ya me había aburrido de todos modos ¿Qué quieres? No viniste a ver como se moría de placer ¿la conoces?

—Creo haberla visto en la cocina.

—Sí, me vino a traer la comida— Cassie volteó para observar de nuevo a la mujer tendida en el suelo como si fuese una broma— La deben extrañar allá…

—Supongo.

—¿Y bien hediondo?— Preguntó Cassie, pero con ella no había opción a luchar, a pesar de ser hombre, y aunque estuviese armado, había visto a esa mujer enfrentarse a una decena de muertos casi desnuda y con un par de pistolas. A ella no podía vencerla, lo sabía.

—En el puente, una embarcación, a unos treinta kilómetros.

—¿En qué dirección?

—Noreste.

—Antes de llegar a la flota europea ¿cierto?

—Así es.

—Ha de ser Beca— Expresó la mujer dándole la espalda acomodando una pistola a una correa en su cintura— ¿Tienes el comunicador contigo?

—Si señora.

—Diles que viren al sureste de inmediato.

—Aquí Mauricio, cambio.

—Habla, cambio— La voz que contestó en el intercomunicador fue la de Matheus, el imbécil regordete.

—La capitana ordena que viremos al sureste— Expresó con determinación— Cambio.

—Listo y fuera.

—¿Se retira?— Preguntó Mauricio confundido, no era normal en Cassie, la mujer que amaba matar, estallar y fusilar a quienes se atravesaban en su camino.

                —¿Retirarme? Sería tonto acercarnos con el barco, iremos en uno de los botes y las motos de agua. Iremos a saludar a Beca— La chica volteó dándole la cara— Dime Mauricio.

                —¿Si?

                —¿Para quién trabajas en realidad?— La pregunta le heló la sangre; la mirada de la mujer de cabellos rosados era siniestra y no de un modo maquiavélico, peor, era psicótico, se divertía al ver el miedo de los demás. No estuvo preparado para la bala que perforó su rodilla, ahogó un grito y cayó al suelo, mitad impactado, mitad adolorido.

                —¿Qué?

                —En un principio me preguntaba si pertenecías al grupito ese del tal Armando, luego pensé que quizás tenías algo que ver con Samuel, sospeché de Beca, y luego incluso pensé que, quizás, otro grupo te  hubiese enviado. No me tomes a mal, pero no tienes el porte de un agente americano— Expresó mientras con el pie movía su rostro para observarlo.

                —Yo…— Mauricio balbuceó.

                —Yo no soy muy lista, estuve a poco de volarte en pedazos, me gusta ver como las cosas explotan a decir verdad. El sonido y el impacto en el aire— Su expresión fue de placer— Es excitante, se me eriza el cuerpo con solo pensarlo. Pero entonces Matheus me sugirió mantenerte con vida, y averiguar quién estaba detrás de nosotros. No fue Casualidad que nos pudieras escuchar sobre ir a la recién atacada nación europea Mauricio, debiste darte cuenta, era muy obvio— Pateó su rostro y disparó esta vez al codo derecho. El hombre gritó de dolor revolcándose en el suelo, de pronto se encontró a un lado de la bella mujer de senos grandes que terminó desmayada.

                —Capitana Cassie, yo…

                —Vamos Mau, no hagas este juego aburrido, ven— Lo tomó por el otro brazo alzándole— vamos a ver a tu verdadera capitana, saludemos a Beca juntos, quiero ver si ella también gime como perra. Veamos si es cierta esa leyenda, vamos a averiguar de qué es capaz la chica que quemó todo Mexico hace ocho años Rebeca.

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