CAPÍTULO 4. EL BANCO MÁGICO

 

La mirada del hombre era la de alguien que se divertía observando a su ahijado correr apresurado por la emoción— ¿Estás listo?— Sirius le convocó por medio de Gali unos quince minutos después de haber terminado de comer. Todavía no superaba su emoción y apenas se había recostado sobre la cama dando vueltas analizando lo rápido que era todo.

—¿Listo? ¿Listo para qué?— Preguntó extrañado.

—Para salir obviamente, iremos al callejón Diagon a comprar tus cosas para las clases— Rio Sirius— estoy seguro de que te dije hace unos minutos.

—¡No! ¿Hoy? ¿Al callejón Diagon? Es una zona con muchos magos ¿usarás un hechizo de glamour sobre mi?— Preguntó Harry. El hechizo de glamour modifica la apariencia de las personas, sobre el rostro hacía que nadie le pudiera identificar, cambiando color de ojos, cabello, largo, forma del rostro, entre otros. 

—No, esta vez irás como Harry Potter, sin glamour. Además pasaremos por el banco, y a los duendes no les gusta mucho que alguien vaya como otra persona, generalmente pueden detectar esas cosas, tienen sus métodos. 

—¿Voy así?— Harry usaba unos jeans negros, una camisa azul y pantuflas grises. Su ropa y la mayoría de su closet era lo más alejado al mundo mágico que un chico de su edad podía estar. Nunca salía, así que mucha de su vestimenta era de uso muggle. 

—Pues al menos deberías buscar unos zapatos y una chaqueta, es Londres, siempre puede llover en cualquier momento. 

Harry corrió hasta su habitación para encontrar unos tenis y una chaqueta negra que se hallaba un poco vieja pero bastante presentable. Bajó tan rápido como sus piernas le permitieron y se posicionó al lado de su padrino— ¿Cómo viajaremos? 

—Lo usual, Gali y Kreacher nos llevarán, es la forma más efectiva para no dejar rastros. No estamos afiliados a la red flu y salir en escobas me parece bastante ostentoso para estar tan cerca. 

—¿Queda cerca? 

—Te sorprenderías. Te diría para tomar un taxi, pero sería comprometer la seguridad. Kreacher, Gali. 

—Como ordene amo— Corearon ambos elfos y con un dos chasquidos todos desaparecieron del lugar. 

Harry sintió como estiraron su cuerpo para luego hacerlo girar bruscamente y finalmente empujarlo hacia adelante, sus rodillas dieron contra el suelo en una calle empedrada donde varias personas deambulaban. No era su primera vez apareciendo, pero siempre terminaba en el mismo estado, con inevitables ganas de vomitar.

Su padrino por su parte apareció avanzando hacia adelante para caminar— ¿Algún día no terminarás en el suelo?

—Eso espero, pero siempre me tira hacia adelante y atrás; cuando ya estoy en el lugar continuó con la sensación y caigo.

—Imagina que estás en la escoba y muévete hacia donde sientas el tirón— Concluyó Sirius. Harry tan solo asintió con la cabeza levantándose del suelo para limpiar un poco su ropa y manos. 

El callejón Diagon era una calle donde un par de autos podrían haber transitado sin problema, con una gran multitud de transeúntes, todos vestidos con túnicas de distintos colores, sombreros chistosos y capas variopintas. A cada lado se observaban distintos tipos de tiendas, una heladería, una tienda de dulces, una de ropa, otra de varitas, animales, varias de libros, otra de artículos variados. La tienda más cercana mostraba una variada selección de calderos de peltre, bronce, plata, incluso uno negro y enorme donde un niño podría estar de pie sin asomar siqueira la cabeza. Harry no podía dejar de mirar en todas direcciones, era casi como su sueño hecho realidad. 

—¿Qué te parece?— Preguntó Sirius. 

—¡Es genial! Hay de todo y las personas… ¿No los ven los muggles?— Inquirió el chico. 

—No, hay una barrera mágica. ¿Ves la pared detrás de nosotros? es la única forma de entrar a pie. Y atravesarla implica saber magia y pasar por una cantina llena de magos. 

—¿No ha pasado? ¿Nunca han habido muggles aquí? 

—Suelen pasar, pero generalmente junto a algún mago. Hay magos que tienen amistades muggles, o padres cuyos hijos son magos. En cambio, si un muggle pasara por error, de seguro sería desmemorizado, le quitarían los recuerdos del suceso y sacarían…— se explicó el hombre, pero se percató que Harry ya no prestaba atención. Su vista se hallaba clavada en una vitrina con diversidad de escobas voladoras. No era el único, todos los chicos miraban con envidia la nueva nimbus 2000. Un modelo aerodinámico que aseguraba aumentar el rendimiento un diez por ciento más que cualquier otra escoba en el mercado. 

—¡Sirius! ¡Mírala!— Harry corrió hasta la vitrina para posarse cerca de otros chicos a admirar la escoba expuesta sobre un pedestal y con algún hechizo que simulaba el viento. Lucía majestuosa allí, y Harry por primera vez sintió que deseaba algo material, incluso si ya tenía su cometa, la nimbus se mostraba imponente y perfecta. 

—¿Sirius? ¿Harry?— La voz llegó desde la multitud, no fue difícil hallar al personaje. Medía casi tres metros de alto y era tan ancho que dejaba un agujero a su alrededor. Hagrid se acercó alzando uno de sus brazos. Abrazó a Sirius y luego con su mano enorme azotó el cabello despeinado de Harry— Que bueno poder verles. 

—Hola Hagrid— Saludo el chico. Hagrid era un amigo de la familia a quien había visto un par de veces en la casa Black. Era alguien de confianza. Sus visitas siempre resultaban divertidas, en especial porque Hagrid tenía la costumbre de guardar cientos de cosas en sus enormes chaquetas. No era extraño encontrar un plato, algún tenedor y salchichas en un bolsillo. 

—También es bueno verte Hagrid. Hoy Harry está comprando sus cosas para ir a la escuela. Eligió ir a Hogwarts. 

—¡Fantástico Harry! ¡Bravo! ¡Hogwarts es el mejor colegio de magia que hay, y allí está el mejor mago de nuestros tiempos, Albus Dumbledore!— Comentó llenándose de orgullo y alzando la cabeza. 

—¿Tu que haces por aquí Hagrid?— Inquirió Sirius— Me escribiste diciendo que las enredaderas del bosque eran un problema.

—Lo son, se están metiendo en los huertos y buscan moverse hasta los invernaderos. Pasaron por debajo de la tierra y tuve que remover todo para luego aplicar repelente. Fue mucho trabajo— Sonrió con rostro bonachón el semi gigante— Pero ahora estoy en un asunto oficial de Hogwarts. El profesor me pidió buscarle algo en Gringotts, me tardé un poco y creo que voy atrasado, me encontré a Quirrell en el caldero chorreante, me tomé un par de pintas con él. Pobre, después de su viaje a Albania a conocer a los vampiros no ha sido el mismo, está nervioso y a comenzado a tartamudear. A pesar de eso ha conseguido el puesto para defensa contra las artes oscuras— Repuso Hagrid. 

—¿No estaba en el puesto de estudios muggles? 

—Si, si, pero sabes que ha habido problemas para mantener un profesor de defensa, y Quirrell sabe hacer hechizos sin conjurar. Hestia se fue de viaje a Francia, cosas de la familia. 

—¿Hestia está de viaje? me alegra, una mujer muy cariñosa. 

—Si, sin duda. 

—¿Van a estar por aquí mucho rato?— Indagó Hagrid. 

—Al menos un rato, aún no hemos comprado nada. Acabamos de llegar. 

—¿Vendrás con nosotros Hagrid?— Preguntó Harry. 

—Me gustaría, pero como dije estoy atrasado, el profesor querrá ver su…— El semi gigante se tocó la chaqueta y luego sonrió nerviosamente. 

—¿Estás usando la vieja moto? 

—¡Siempre! sabes que no hay muchos vehículos de mi tamaño— Sonrió despidiéndose para luego desaparecer en la pared de ladrillos que era la entrada al callejón Diagon. Harry le observó hasta el último momento fascinado. 

—Nunca me di cuenta cuan alto es Hagrid, resalta bastante. 

—No importa donde se mueva, siempre termina resaltando— Sonrió Sirius— Bien, no podremos comprar nada sin dinero, primero tendremos que ir a Gringotts a sacar algunos galeones. 

—¿El banco que me mencionaste? ¿Está acá?— Preguntó Harry. 

—Claro, es aquel que ves allá en el fondo— Mencionó su padrino señalando un edificio alto y blanco marfil. Torcido en ciertos lugares, aparentemente sostenido por magia más que por la propia arquitectura del lugar. 

Se movieron por el callejón Diagon, Harry no dejó de observar con fascinación cada una de las tiendas. La perfumería, la droguería, la tienda de pociones, el emporio de las lechuzas, la tienda de ropa. Tiendas con telescopios enormes, de plata y oro, otras con aparatos que Harry jamás había visto en su vida, pero lucían extremadamente interesantes. 

—¿Me prestarás dinero Sirius?

—¿Prestarte?— Sonrió el hombre divirtiéndose de aquellas palabras, James varias veces en su vida debió prestarle dinero, en especial luego de escapar a sus dieciséis— Tu padre, bueno, la familia de tu padre, los Potter tenían una pequeña fortuna que tú has heredado, aunque me temo que lleva mucho tiempo guardada sin ser movida o usada, y eso nunca es bueno. Podría prestarte dinero Black, pero tengo mejores planes más que solo prestarte dinero, aunque antes de eso tendré que enseñarte como hacer dinero facilmente. 

—¿Es malo tener el dinero guardado sin mover? 

—Es malo cuando es mucho y no tienes inversiones— Sonrió Sirius— Los Black nos hicimos una de las familias más imponentes en todo reino unido fue gracias a que nuestros antepasados compraban muchos terrenos e invertían en viviendas. Muchas de hecho muggles, pero dan dinero igual que las casas mágicas. 

—¿Invertían en casas muggles?— Indagó Harry caminando. 

—Más que todo en edificios, mi padre Orion tenía una fascinación por los edificios, algo que aprendió de mi abuelo Pollux, bueno, es fácil adivinarlo viendo nuestra casa. El 12 de Grimmauld place no siempre fue la casa principal de los Black, pero lleva muchos años así. 

—No tenía idea— Expresó Harry, luego observó el imponente banco, a mitad del callejón, donde las vías se dividían a derecha e izquierda. Justo al frente había un par de enormes puertas de bronce pulido, y adelante un pequeño…

—Eso es un…

—Un gnomo, o duende, no conozco la diferencia, si es que la hay— Replicó Sirius— se educado con ellos. Son muy poderosos, pero extremadamente gruñones. Por fortuna adoran los protocolos, la etiqueta, formalidades y la burocracia. De otra forma sería imposible tratar con ellos, aún más cuando son tan arrogantes debido a las enormes fortunas que manejan. 

—Buen día caballeros— Repuso el duende para dejarles entrar. 

—¡Buen día!— respondieron ambos en coro. 

—¿Todo el banco es de ellos?— Indagó Harry. 

—Eso tengo entendido. El ministerio ha intentado meterse en los asuntos del banco varias veces, pero nunca ha podido. Creo que hay una ley o algo así, nunca fui el mejor en historia de la magia. 

Luego de la primera puerta, había una segunda, esta hecha de plata y custodiada por otro duende. Con cabeza tan puntiaguda como la del primero, dedos y pies largos, y ojos pequeños enmarcados por unos lentes cuadrados con bordes que Harry adivinó serìan de oro. Sobre las puertas había unas palabras que el chico leyó de forma ceremonial: 

Entra, desconocido, pero ten cuidado con lo que le espera al pecado de la codicia, porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado, deberán pagar en cambio mucho más, así que si buscas por debajo de nuestro suelo un tesoro que nunca fue tuyo, ladrón, te hemos advertido, ten cuidado de encontrar aquí algo más que un tesoro.

—¿Matan a los ladrones?

—Ha sucedido pocas veces, nadie es tan tonto para intentar entrar en Gringotts a robar, sería preferible entrar al mismisimo ministerio siendo un prófugo. Pero creo que una vez alguien lo intentó, terminó en Azkaban. Los duendes lo querían muerto, pero se salvó, aunque sin ambas piernas. 

Harry tragó saliva pensando en aquello, a pesar de ser probable que Sirius solo buscase espantarle un poco. Lo había logrado sin duda. 

El interior era igual de majestuoso que las zonas externas. A los lados se hallaban gnomos trabajando sobre papeles que pasaban volando de un lugar a otro. El lugar entero parecía ser de mármol recubierto con detalles en oro. 

El chico notó que un duende que antes inspeccionaba gemas preciosas, ahora tenía los ojos fijos en él, incluso le pareció ver una siniestra sonrisa en su rostro. Caminaron por el amplio vestíbulo hasta la zona más alejada donde un gnomo les observaba fijamente. 

—Buen día— Expresó Sirius— El señor Harry Potter hará un retiro de su bóveda, y yo Sirius Black deseo hacer un testamento nombrando a Harry mi heredero. Luego de eso quiero ver el estado de las inversiones de la familia Black.

—¿Tu heredero Sirius?— Preguntó Harry. 

—Si. No he dejado hijos, hasta donde sé, al menos creo que sabría si alguna mujer tuviese un descendiente mío. Así que por ahora eres el único a quien puedo dejar la herencia Black— Expresó Sirius calmadamente, luego se dirigió al duende— ¿Me equivoco?

—No se equivoca, el proceso puede ser realizado en un par de minutos— El duende les miró de arriba abajo— Pero me temo que primero necesitaremos una pequeña muestra de sangre de ambos. 

—¿Sangre?— Preguntó Sirius arrugando el entrecejo. Conocía muy bien el valor de la sangre en la magia, existía un vínculo mágico que quedaba grabado en la sangre, era la mejor forma para maldecir a cualquier mago. 

—Por seguridad. Se debe confirmar la identidad de ambos. La sangre deja una huella mágica que no se puede falsificar. Si el señor Harry Potter es quien dice ser, la sangre lo dirá sin duda. Por otra parte, ¿el señor Harry tiene el anillo de su familia o la llave a su recámara?

Harry miró a Sirius con temor, este se limitó a responder— No, no la tiene. De seguro fue destruida junto con toda la casa Potter en el valle de Godric, un suceso que de seguro usted escuchó. 

—Claro— Respondió el duende con mala cara— Síganme un instante, el proceso será rápido— Les guió hasta una pequeña recámara blanca a un costado. En ella solo había una mesa de madera vieja y un par de bancos donde poder sentarse. Harry y su padrino tomaron asiento esperando que otro duende llegase con un pequeño alfiler y un frasco de vidrio para cada uno. Un par de gotas de sangre después el duende se retiró. 

No tardó en entrar el primer duende que les atendió y dirigió hasta ese lugar. Allí entregó primero ambos frascos de vidrio a Harry y Sirius y pasó a sentarse— Hemos verificado la identidad de ambos. Bien señor Potter, me temo que el anillo de su familia es algo que se encuentra perdido desde hace mucho tiempo. No podemos replicarlo, por lo cual no podemos hacer entrega de las posesiones de la familia— Mostró una sonrisa amplia, luego añadió— Lo que sí podemos es hacerle entrega de una copia de la llave a su bóveda. Usted tiene derecho sobre todo lo que se encuentre allí en su interior— Expresó el duende haciendo un movimiento en su mano, allí, entre sus dedos se formó una pequeña llave de oro puro, la cual entregó a Harry. 

—¿Harry puede hacer nuevas inversiones?— Preguntó Sirius. 

—Claro, ello es posible, al igual que puede solicitar otra bóveda si en algún momento así lo desea— Contestó el de menor tamaño. 

—¿Cuánto dinero hay actualmente en la bóveda Potter? También quiero saber la cantidad en la bóveda Black y el estado de nuestras inversiones. 

—A ver— Otro montón de papeles aparecieron sobre la mesa, estos fueron examinados de forma minuciosa por el duende antes de suspirar y alzar la cabeza— En la bóveda Potter hay actualmente catorce mil galeones  de oro, tres sickles y veinte knuts. Por otra parte, en la boveda Black hay en este momento ciento veinte mil galeones de oro, siete sickles y once knuts. Los Black cuentan con cinco propiedades y unas ruinas. También hay cinco reliquias familiares, veintisiete cuadros, dos copas, dos trajes de novia y una escultura en oro de Phineas Nigellus Black de mil ochocientos noventa.

—¿Tengo tanto dinero?— Preguntó Harry impactado viendo a su padrino.

—No es tanto si no sabes como usarlo. Mi madre menguó las arcas Black, en especial con la boda de Narcissa— Comentó Sirius— Bien, lo primero es hacer un testamento donde todas mis pertenencias quedan a nombre de Harry. 

—¿Te piensas morir Sirius? 

—Espero que no, pero nunca está demás hacer este tipo de papeles. Además, la finalidad de esto es otra, dame un instante. 

—¿Está seguro de esto Lord Black? Temo que para ello deberá mostrar el anillo…— El duende hizo silencio cuando Sirius mostró un enorme anillo plateado y negro en la mano derecha— Bien, se hará de inmediato— Un nuevo papel cayó desde lo alto de la sala, al mismo tiempo una pluma volaba rasgando la superficie sobre este. Para cuando llegó a ojos de Harry todo se hallaba escrito— Solo deberán firmarlo ambas partes. Cualquier modificación requerirá igualmente la firma de ambos. 

El padrino de Harry no dudó siquiera un segundo. Tomó la pluma con soltura y realizó su firma estilizada en un instante. Era el turno de Harry, pero él no tenía una firma, por lo cual debió de colocar su nombre. Se impresionó que la pluma casi se movió por sí sola y las letras se formaban de inmediato en el papel. Luego al final, despegó sus dedos pero esta continuó añadiendo algo más a su firma. Donde solo decía Harry James Potter, ahora se leía al final “de la casa Black”.

—¿De la casa Black?— Preguntó confundido. 

—Al ser heredero directo del lord de la casa Black, usted señor Potter se convierte automáticamente en un miembro de la casa. Ahora su sangre estará ligada a la noble casa Black además de la casa Potter. Y a la muerte de su padrino, usted se convertiría en el nuevo Lord Black. 

—¿Yo? ¡Sirius!

—¿Qué? Me parece razonable. Eres casi como mi hijo, y si algún día decidimos cambiar esto, pues solo será necesario venir y firmar un par de papeles, si de verdad te molesta tanto. 

—No me molesta— Harry estaba feliz de que Sirius mencionase que era casi como su hijo. Él veía a Sirius como un padre, no había otra forma de expresarlo. Solo le molestaba que todo quedase oficializado mediante un documento de herencia. No deseaba la muerte de Sirius, al contrario. 

—¡Bien, todo listo por esa parte! Ahora quiero que muestres al señor Potter prospectos de inversión donde podría colocar su dinero— Intervino Sirius. 

—Será un placer— El duende hizo señas a otro que se hallaba afuera y luego este regresó en carrera con un centenar de papeles sobre sus brazos. La pila se extendía tapando su cabeza. Todo fue depositado sobre la mesa. 

Harry escuchó durante casi media hora un centenar de propuestas sobre propiedades, proyectos de construcción y personas que deseaban abrir sus propios locales. Al final invirtió once mil galeones en una pareja que deseaba abrir su propia tienda de quidditch al sur de reino unido, en Dover, desde donde querían comercializar con Bélgica. Era obvio que su amor por el deporte intervino mucho en su toma de decisiones. Aquella inversión le haría acreedor del diez por ciento de la tienda. Mientras tanto quedaron tres mil galeones en su bóveda para su uso en los siguientes años escolares. 

—No necesitarás tanto de todas formas, por año, incluso derrochando como loco y haciendo un par de fiestas, podrías gastarte doscientos, o trescientos galeones— Comentó Sirius. 

—¿Y las cosas del colegio de hoy?

—Ni con suerte podrías gastarte cien galeones muchacho— respondió el adulto mientras se movían por los pasillos del banco en compañía de un pequeño gnomo que dejaron a cargo de llevarles a sus cámaras. El nombre de aquel duende era Griphook, este vestia un elegante traje negro y un colgante de su bolsillo derecho. Harry se preguntó si se trataba de un viejo o un gnomo joven, le resultaba imposible adivinarlo. 

Salieron del vestíbulo y Griphook les abrió la puerta en dirección a un estrecho pasillo de piedra apenas iluminado por antorchas. Al final de este se veían rieles de tren, y sobre este un pequeño transporte para apenas unos seis ocupantes. Subieron a las sillas que no eran nada cómodas y con un par de palabras del duende el mecanismo comenzó a andar por los rieles. En un parpadear de ojos descendían por inmensos corredores de piedra tallada. Harry intentó recordar el camino, pero no pudo seguir el ritmo del vehículo que giraba de izquierda a derecha y entre bifurcaciones a cada instante y gran velocidad. Luego descendieron de forma abrupta en lo que cualquier muggle pudo confundir con una montaña rusa. Pasaron por una cascada y un pequeño lago. 

Hubo ráfagas de fuego por sobre la cabeza de Harry, estaba seguro, aquello le hizo pensar que allí adentro debían de haber dragones, de seguro custodiando el oro mágico. Algo que harían gustosos pues los dragones amaban el oro. 

—Cámara seiscientos ochenta y siete— Comentó Griphook cuando el carro se detuvo de forma abrupta— No se muevan de sus asientos— El duende bajó y pisó la tierra. Harry casi pudo percibir un leve brillo dorado en el suelo. Luego solicitó la llave de oro del chico y le permitió bajar. 

Su bóveda no lucía en el interior como una bóveda realmente, salvo por la enorme puerta de hierro de quizás quince centímetros de espesor que rechinó al abrirse. Un humo verde salió del lugar y Harry palideció. No sabía si aquello era normal, pero no deseaba respirar de esa cosa. Su cámara era más una cueva fría con algunas paredes de concreto. Las estalagmitas y estalactitas se adentraban en el lugar. Y en medio de aquello se hallaba una pequeña montaña de oro.

Harry repasó tomando trescientos galeones en una pequeña bolsita de cuero que le fue otorgada, pensando que enviaría a Sirius si le llegaba a faltar para la ropa y los útiles escolares que no eran pocos. La bolsa parecía tener un hechizo en su interior, pues los trescientos galeones entraron sin dificultad a pesar de su pequeño tamaño. 

Luego de eso subieron nuevamente al carro y descendieron cerca de medio minuto más. Hasta una recámara que se hallaba cerca de un enorme lago oscuro al cual Harry no le pudo ver fondo alguno. El aire allí abajo era gélido, y el chico agradeció llevar consigo su chaqueta. 

—Cámara setecientos once— Griphook bajó nuevamente del vehículo y se acercó a la puerta, la cual carecía de cerradura, solo deslizó su mano por esta y en el interior se escucharon un centenar de pasadores, y como si algo adentro gigante se moviese. Luego la puerta se abrió y Sirius bajó hasta el interior para tomar otras trescientas monedas. Las depositó con una sonrisa en su pequeña bolsa y salió del lugar radiante, pensando en diversos planes donde gastar el dinero. 

—¿Qué es eso?— Preguntó Harry señalando un lugar al fondo del pasillo, donde el lago terminaba su extensión y una pared de piedra se extendía hacia arriba para convertirse en techo. Había observado en esa dirección porque notó que algo se movió, mientras que incluso el lago permanecía inmovil. 

Griphook y Sirius giraron sus cabezas, pero solo el primero notó que la puerta de la cámara setecientos trece había sido abierta y un gnomo se hallaba tendido en el suelo sin carro a la vista— Homenum revelio—susurró el gnomo alzando su brazo. Una luz de pronto brillo revelando una figura encapuchada que se hallaba cerca de las rocas apretada contra la piedra. 

—¡Protego totalum!— Exclamó Sirius casi al instante sacando su varita para interponer una barrera, sin embargo un par de cuerdas chocaron contra el cuerpo del duende, envolviendole para hacerle caer. A pesar de ello el gnomo no pareció prestar atención a su situación, tocó el suelo con su mano gritando. 

—¡Ladrón en la cámara setecientos trece!— Su voz resonó y comenzó a ser repetida un centenar de veces por toda la recámara y las cuevas aledañas. Hubo una sirena enorme y el rugido de un dragón desde las lejanías. 

—¡Prepárate Harry!— gritó Sirius, pero Harry no sabía como debía prepararse siquiera. No tenía una varita consigo, y hacer magia sin ella era algo muy fuera de su liga. Había practicado con una varita genérica varias veces, pero nunca salía con ella. Por tal motivo se agachó en el carro apenas dejando un pequeño pedazo de su cabeza afuera para observar su alrededor— Diffindo— pronunció su padrino dirigiendo la varita en dirección a las gruesas cuerdas que ahora ahorcaban a Griphook, estas se cortaron y liberaron al duende. 

Un dragón de fuego se formó de pronto, emergiendo de donde se hallaba el sujeto encapuchado, este se extendió cubriendo toda la superficie del lago. Harry no pudo más que sentirse asombrado y aterrado al mismo tiempo. De pronto una docena de sujetos, entre ellos la mayoría gnomos aparecieron en las cercanías. Casi todos gritaron al unísono. 

—¡Finite incantatem!

Luego otras voces conjuraron diversos hechizos tratando de atrapar al ladrón. 

—¡Fulgari!

—¡Incarcerous!

—¡Jaulio!

Pese a todo la figura parecía convertirse momentáneamente en humo y no poder ser atrapada. El dragón se esfumó luego de haber expulsado fuego en dirección a todos los presentes y la zona superior de la cueva estalló en pedazos. Un centenar de rocas cayeron en todas direcciones. Sirius se hallaba junto a Harry con la varita alzada. Una gruesa capa blanca protectora repelió todo lo que dio contra ella y ambos terminaron ilesos. Caso que no fue el mismo para todos los presentes, alguien fue pisado por una roca y un gnomo terminó con una cortada de extremo a extremo del rostro. Mientras tanto la figura encapuchada desapareció sin dejar rastro. 

La tensión en el aire, los gritos y las llamadas de auxilio se hicieron sentir por toda la recámara. Luego de al menos veinte preguntas pudieron subir por el camino hasta el exterior del banco. Los reporteros del profeta ya se hallaban allí a las afueras del lugar, el cual en la zona externa se encontraba intacto. Aparentemente el encapuchado había logrado escapar sin destruir la fachada dell banco. 

Harry sintió como un par de fotos fueron lanzadas en su dirección, pero pronto Sirius le tomó del hombro y se desaparecieron hasta otra zona del callejón Diagon. 

—Primer día de regreso al mundo mágico y lo más seguro es que estarás en el titular de mañana— rezongó Sirius. 

—¿Estaré en el periodico? pero nosotros no tuvimos nada que ver. 

—Estábamos allí, en el preciso instante en que alguien intentó robar Gringotts, algo que no sucede desde hace muchos años. No les importará si estábamos allí por distintas razones. 

—¿Qué quería robar?— Inquirió el chico. A su alrededor las multitudes se movían en dirección al banco para ver el suceso. Ambos por su parte permanecieron y se sentaron en una heladería de nombre Florean Fortescue. 

—No tengo la menor idea, pero es una locura intentar robar en Gringotts, ya lo viste. Me pareció que incluso había una cría de Nundu entre las rocas que caían del techo. Si es así, los gnomos están demasiado locos. Esas cosas no se pueden controlar de ninguna manera. 

—¿Un nundu?— Preguntó Harry mientras su padrino pedía al encargado un par de helados.

—Es una especie de leopardo, son de áfrica. Pero son demasiado peligrosos, incluso su aliento tiene miles de enfermedades, la mayoría incurables. Nadie sobrevive a un nundu. Es demasiado peligroso, si de verdad fue eso lo que vi— Ante la mirada de Harry, él añadió— los he visto solo en fotos. Nunca en persona, no deseo verlos jamás— Luego chasqueó la lengua— James estaría orgulloso de tí, parece que heredaste la capacidad para atraer problemas.

—¿Qué vamos a hacer ahora?

—A lo que vinimos, a comprar, igualmente hay un montón de cosas que necesitas ¿No? saca la lista. 

Harry revolvió su bolsillo y desdobló un pergamino con la lista de útiles escolares. 

 

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA Y HECHICERÍA 

 

UNIFORME

Los alumnos de primer año necesitarán: 

 

—Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).

—Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.

—Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante).

—Una capa de invierno (negra, con broches plateados)

 

(Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre)

 

LIBROS

Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros: 

—El libro reglamentario de hechizos (clase 1), Miranda Goshawk.

—Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.

—Teoría mágica, Adalbert Waffling.

—Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch.

—Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.

—Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.

—Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.

—Las fuerzas oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble.



RESTO DEL EQUIPO
—1 varita

—1 caldero (peltre, medida 2)

—1 juego de frascos de vidrio o cristal.

—1 telescopio.

—1 balanza de latón

 

Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo. 

SE RECUERDA A LOS PADRES QUE A LOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.

 

—¿No podré llevar mi escoba? — inquirió Harry casi en un grito, no había leído aquella parte previamente.

—Eso me temo, aunque como tu, yo no me preocuparía mucho, en segundo año ya puedes presentar las pruebas para el equipo de quidditch. 

—¿En segundo?— El chico desechó la idea de la nimbus y se concentró en el helado que llegaba frente a él. Era de mantecado con nueves y una lluvia de chocolate. Mismo que Sirius pidió para sí. 

El dueño de la tienda estrechó su mano minutos después de que unos transeúntes se fijaran que se trataba de Harry Potter y casi le pidieron un autógrafo. Lo cual además de raro era avergonzante, pues él no tenía firma alguna.

El resto de la tarde fue moverse entre la tienda de Madame Malkin para que esta le tomase las medidas e hiciera los trajes, no sin antes quejarse sobre su delgadez. Un ligero paseo por la tienda de artículos de calidad de quidditch, luego en dirección al boticario, nuevamente por la tienda de artículos de quidditch, posterior a la librería Flourish & Blotts y un último vistazo a la nimbus en la estantería de artículos de quidditch. Por último a Ollivanders, el fabricante de varitas. 

La tienda era pequeña, como si se hallase apretada entre las otras dos a su lado. Vieja y llena de polvo, en la parte superior se veía un rótulo con una varita, y sobre la puerta en letras doradas se leía: “Ollivander: fabricante de excelentes varitas desde 382 A.C”. 

Harry entró lento observando el lugar cuando una campanita dio el aviso de su llegada. Su padrino iba justo detrás, pero el lugar parecía lúgubre y extraño. Era como una biblioteca, pero sin libros y poca iluminación debido a centenares de cajas amontonadas en diferentes rincones.

—Buenas tardes— Un anciano se movió desde atrás de una estantería y sonrió plácidamente al verle. Sus ojos eran grandes y penetrantes, parecía examinar al muchacho, o eso Harry creyó. Sirius guardó silencio, conocía bien a Ollivanders y no deseaba arruinar el proceso que el viejo casi tenía como ritual. 

—Hola, buenas tardes— Harry podía sentir su corazón palpitando, había esperado por años su propia varita. Sabía que cada mago se vinculaba con una de ellas, o viceversa, y este era un artículo preciado que debían mantener consigo noche y día. 

—Ah, sí, sí, sí— dijo el anciano— Pensaba que iba a verte pronto Harry Potter. Tienes los ojos de tu madre— Observó al chico— Sí, conocí a tu madre, me parece que fue el día de ayer cuando ella vino aquí a comprar su primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para encantamientos— Ollivanders se acercó aún más, pasando por un lado del mostrador para mirar a Harry directamente a los ojos— Tu padre, tu padre en cambio prefirió una varita de caoba. Fue un poco más difícil, veintiocho centímetros y medio, flexible. Era un poco más poderosa y excelente para transformaciones. Bueno, he dicho que tu padre la prefirió, pero la realidad es la varita quien elige al mago. 

Harry podía ver su reflejo en aquellos ojos— ¿La varita escoge al mago?

—Si, las varitas, aunque no lo creas tienen pensamiento y corazón propio. Ellas eligen al mago dependiendo de su destino o de lo que el mago desee. Si esto va de la mano con lo que la varita desea, allí deciden quedarse. Por eso dos varitas no pueden funcionar igual para el mismo mago. No hay dos magos iguales. 

Se acercó aún más y examinó la frente de Harry. Notó la cicatriz en forma de rayo y se detuvo un pequeño instante a tocarla— Y aquí es… fascinante, fascinante. Nunca había visto algo así. Siquiera entiendo cómo— Luego Ollivander se percató de la mirada de Sirius y se apartó un poco— Lamento decir que yo vendí la varita que hizo eso. Treinta y cuatro centímetros. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivocadas… Bueno, si hubiera sabido lo que esa varita iba a hacer en el mundo…— negó con la cabeza. Luego la alzó mirando a Sirius nuevamente. 

—Sirius de la familia Black, también te recuerdo muy bien, tenías bastante miedo cuando viniste por tu varita junto a Orion y Pollux. Veintiocho centímetros, núcleo de fibra de corazón de dragón, algo rígida en un principio. Tallada a mano. Una varita muy elegante y potente, debo admitir. 

—Y sigue funcionando tan bien como el primer día que la sostuve en mis manos— Comentó Sirius— Solo espero haber mejorado yo como mago. 

—Es la varita de un lord, si así no lo fuera, no estaría ella con usted, señor Black. 

—Que gran regocijo saber que ella piensa tan bien de mi— Sonrió Sirius— Quizás sea la única. Por favor no la escuche si le cuentas cosas locas sobre mí. 

Ollivander pareció ignorar el último comentario de Sirius y buscó entre su ropa una cinta métrica y comenzó a medir a Harry— ¿Con qué mano escribes?

—Derecha, soy diestro— Expresó Harry notando como el hombre pasaba la cinta para medir su circunferencia, luego desde el hombro al codo, y del codo a la muñeca.

—Bien, bien, bien. Cada varita señor Potter es diferente a otra, cada una tiene su propia cualidad y forma de comportarse. Es tarea del mago comprender a su varita, es como una dama con quien pasarás toda tu vida. Aquí utilizamos pelo de unicornio, fibra de corazón de dragón y plumas de cola de fénix. Creemos que son los mejores materiales para fabricar una varita adecuada, y poderosa. Claro está que algunos usan cabello de banshee, pelo de veela, cuerno de serpiente cornuda, pelo de thestral, o incluso colmillos de basilisco. Antes las personas podían venir con lo que quisieran se hiciera su varita. Pero muchas eran muy temperamentales, no hacían caso a cualquier dueño. Peligroso, peligroso. Muchos murieron a causa de ellas. 

—¿La mía será segura? 

—Totalmente, será una varita que se sienta a gusto con usted, y usted con ella señor Potter— El señor Ollivander se retiró mientras que la cinta métrica quedó flotando tomando medidas de Harry. El hombre se movía por entre el centenar de cajas— Si, si esta, probemos esta, y esta también. 

Se acercó con una sonrisa destapando la primera caja para tomar la varita y colocarla en la mano de Harry— Madera de haya y nervios de corazón de dragón. Veintitrés centímetros, bonita y flexible. Cógela y agítala. 

Harry tomó la varita entre sus dedos, y apenas iba a moverla cuando el señor Ollivander la quitó de su mano— No, no, esa no. Probemos con esta otra, arce y pluma de fénix, una combinación estable. Diecisiete centímetros y cuarto. Muy elástica…

Apenas el chico tomó la varita Ollivander volvió a quitarla de su mano sin dar explicación alguna. 

—No, no, casi un desastre, afortunadamente no. 

No tenía ni la menor idea de lo que el señor Ollivander buscaba, o lo que se suponía debía suceder cuando tomaba una varita. Posterior a eso vinieron tres varitas más, una de roble, corazón de dragón y dos de unicornio. 

—Qué cliente tan difícil, ¿no? pareciera que usted ya estuviese en pleno crecimiento mágico— Observó a Sirius y luego a Harry nuevamente— Mucha magia y un pequeño recipiente. Pero no te preocupes, hallaremos a tu pareja perfecta por acá, en algún lado— Se detuvo a mitad de las estanterías y dirigió hasta el fondo de la tienda, rebuscó un instante y desempolvó una caja— Me pregunto si, por qué no, una combinación poco usual— Se acercó caminando por los estantes con calma, inspeccionando la varita antes de colocarla en manos de Harry— Veintiocho centímetros, acebo y pluma de fénix, bonita y flexible. 

Harry tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos que avanzó por toda su mano y brazo. Era una sensación reconfortante y agradable a la que se acostumbró casi de inmediato. Levantó la varita sobre su cabeza y luego la hizo descender. El señor Ollivander abrió los ojos y la boca mientras un juego de luces fueron disparadas de la varita. Luego arrugó la frente y tomó la varita de la mano de Harry, algo que molestó al chico. Se sentía tan bien en su mano. 

—Es esta, esta es perfecta, pero va a necesitar un estabilizador gradual y un potenciador— Sirius arqueó una ceja mientras Ollivanders casi corrió por el lugar. Un pequeño cincel apareció en el aire junto a un martillo diminuto. El viejo se sentó en una butaca frente a una mesa y tomó un monóculo de varios lentes para ampliar su vista— Si. un pequeño grabado aquí antes de colocar el potenciador. Luego… — Miró a Harry— No lo acostumbro señor Potter, pero si me entregase un cabello suyo o sangre el resultado sería magnífico. 

—¿Sangre? ¿Lo crees necesario?— Preguntó Sirius, nunca supo que alguien necesitase dar algo de sangre para su varita. 

—Necesita un estabilizador gradual. La idea es que la varita crezca y pueda controlar la magia del chico mientras éste crece, y la mejor forma para que la varita lo sepa es con una gota de sangre, aunque con un cabello también me sirve— Contestó el viejo.

—¿Una varita que crece?— Preguntó de nuevo Sirius.

—No es normal. Es un hecho extraño que nunca había visto antes, no al menos desde… mi padre supo una vez de alguien así. No aquí claro está, fue algo que comentó una vez un amigo nuestro, Gregorovitch. Pero es fascinante ver esto debo admitir. Es explorar un terreno que nunca antes he pisado. Desafiante sin duda— Les miró a ambos. 

—Aún sangra del banco— Comentó Harry mostrando la punta de su dedo y apretandola para sacar una pequeña y roja gota. Ollivander se acercó con la varita en mano y dejó que la gota cayera sobre un pequeño grabado en la base de esta. Era algo que pensarías indescriptible en primer instante. Luego se dirigió a su mesa y tomó dos minutos más antes de que regresara. 

La base de la varita que antes era gruesa y áspera ahora se hallaba mucho más lisa y agradable al tacto, además justo en la parte de abajo el color oscuro natural de la madera se había ido y estaba blanco. Por lo demás la varita era igual en su exterior. No era hermosa, era de hecho rústica si la observaba. Cuando la tomó nuevamente en sus dedos el calor inundó todo su cuerpo y le llenó de una sensación fascinante. No necesitó agitar la varita, esta emitió un suave color blanco en la punta llenando de luz la habitación antes de apagarse por completo. 

—¿Cómo te sientes con ella?— Preguntó Sirius. 

—Genial, es perfecta, puedo sentirla, es casi como si fuera una parte de mí— Respondió el chico. 

—Perfecto— Se mostró satisfecho Sirius. 

—Fascinante señor Potter, increíble y realmente fascinante— Repuso el fabricante. 

—¿Qué es fascinante? ¿Lo de la sangre? 

—Por supuesto, eso en primera instancia. Lo otro es que no olvido ninguna varita señor Potter. La cola del fénix de la cual se extrajo la pluma que reside en su varita, tuvo otra pluma. Solo una más. Es muy curioso que estuvieras destinado a esta varita, cuando su varita hermana fue la que le ocasionó esa cicatriz. 

—¿Eso no es malo?— Preguntó Harry tocando su cicatriz.

—Las varitas no son malas señor Potter. La varita solo escoge al mago, pero no lo obliga ni guía para hacer nada. Lo que sí podemos estar seguros es que usted será un gran mago señor Potter. Después de todo, el que no debe ser nombrado hizo grandes cosas… Terribles, sí, pero grandiosas. 

—¿Cuánto le debemos señor Ollivanders?— Preguntó Sirius. Se hallaba tan curioso como el viejo, pero no debía demostrarlo. Pensó que luego averiguaría sobre el uso de sangre o un estabilizador, o las varitas hermanas. Pero por ahora Harry halló a su compañera, y eso era lo mejor. 

—Doce galeones, pero lo dejaré en diez si me prometen que volverán cada cierto tiempo, algo como un año o dos para dejarme ver cuánto ha crecido la varita. Incluso podré hacerle limpieza sin costo alguno. 

El sol se estaba ocultando cuando Harry salió de la tienda, con un pequeño carrito lleno de compras rumbo a su hogar en compañía de Sirius y su nueva varita. Estaba seguro que la usaría hasta no poder más por los siguientes días. Devoraría los libros y practicaría todo lo posible hasta que fuese hora de ir al colegio.