CAPÍTULO 3. OLA DE MUERTE

             Una música suave se escuchaba en el hogar, tan solo una semana había pasado desde la breve estadía de Armando, Milena y Aurora en la casa. No obstante, aun el ritmo de todos se hallaba algo alterado. Los últimos días se habían permitido un par de horas extras con electricidad y comida abundante, con piezas de cerdo. Un producto tan escaso que quizás llevaban algo menos que medio año sin probarlo.

                La granja aun era pequeña, apenas contenía un par de lechones, dos cabras y unos cuantos chivos. Estos últimos parecían conejos para reproducirse, o esa impresión le daba a Alejandro.

                La razón de ser tan pequeña la granja, era que el chico aun se hallaba construyéndola. Se tomaba aquello un poco a la ligera, punto     que Karla le criticaba, pues no fue así con el laboratorio. Iba aumentando su tamaño de acuerdo a la necesidad. Lo segundo, era la dificultad de construir todo siempre bajo tierra. Un diseño que optó por protección y conveniencia a la hora de ocultar olores de los desechos.

                Los muertos tenían la capacidad de distinguir olores a gran distancia, aun más cuando un aroma no era natural. El cigarrillo se hallaba prohibido en la casa, punto que debieron decirle a Armando en aquella ocasión; la carne asada también era preparada con cuidado en un horno con filtro.

                Se hallaban suficientemente lejos de todo, como para que algún muerto llegase a percibir su aroma, no obstante, para Alejandro era mejor evitar los riesgos del asunto, mucho más después de descubrir los radios de efectividad de los muertos.

                Fue a mediados del segundo año, Alejandro logró capturar a un jadeante hembra y retenerlo amarrado en el bosque que circundaba la casa. Gracias a ella pudo descubrir relativamente los radios de efectividad de sus sentidos. Carecían de dolor alguno, el tacto se hallaba disminuido en gran medida, la vista parecía ser algo borroso, quizás capaz de distinguir movimiento, pero no formas específicas. En cambio el oído y el olfato habían ampliado enormemente su espectro. Eran capaces de escuchar y diferenciar sonidos en un radio de sesenta metros, y percibir olores hasta casi seiscientos metros.

                Alejandro meditó y planificó durante semanas las posibles soluciones a sus capacidades, considerando que muchos otros, como los olfateadores, pudieran tener aun mayor cobertura para percibir un aroma.

                El sistema de defensa en la ciudad era la solución obvia, sensores laser y armas automáticas dispuestas a disparar ante movimientos bruscos. Todas colocadas en dos esferas concéntricas, cada una con menos de cien metros de distancia la una de la otra.  Después de ello se hallaba la zanja, esta era una grieta natural del terreno, por donde pasó antes un rio y que al construirse la ciudad fue usada como canal para desechos. El tiempo de sequia había creado un criadero descompuesto, en el cual los chicos lanzaban los muertos. Era un riesgo a la sanidad, pero el fuerte olor putrefacto que despedía borraba del aire cualquier otro. Seguida a la zanja se hallaban maderos clavados en diagonal; se hallaban por si algún bestial pasaba, caso que nunca había sucedido, pero una medida necesaria.

                Pero, quizás, la mayor defensa, era la ubicación de la casa en sí. No se hallaba en la ciudad, de hecho, si alguien inteligente triangulaba la ubicación de las armas, y la zanja, concluiría con que, la casa debía hallarse en el medio de la ciudad, cerca del antiguo estadio que Yoshua alguna vez hizo estallar. Esto le brindó al chico la idea de emularlo, y colocar una bomba con censores en todo el centro. Era como un plan de contingencia si alguna vez algo burlaba lo antes colocado.

                La casa se hallaba en realidad a varios kilómetros de allí, la única ruta de acceso era un camino viejo y maltrecho de la ciudad que daba a las montañas. Allí, en medio de un espeso bosque era imposible hallarles normalmente. No obstante se hallaban dos murallas alrededor de la casa, una medida extra, quizás innecesaria, pero construida en un tiempo en el cual la ciudad no se hallaba limpia.

                Alejandro sospechaba que los primeros dueños debieron ser ricos, alguna clase de adinerados que deseaban hallarse lejos de la ciudad, libres de la inmundicia que era el pueblo, pero lo suficientemente cerca como para disfrutar de un día de playa si lo querían, pues con solo tomar el auto podían llegar en cuestión de pocos minutos.

                La casa no había sufrido modificaciones de interés, conservaba la misma estructura y cantidad de habitaciones. Pero afuera de esta ahora había un almacén, o así lo llamaba el chico, a pesar de no ser más que un cuadrado de bloques con un techo mal colocado. En este guardaba tres vehículos, la excavadora, un par de armas, unos cinco generadores, tres de ellos ya dañados y por reparar, latas y bidones enormes de combustible, un par de motos, cloro, bolsas con ropa vieja, y otro montón de cosas, muchas de ellas inútiles pero curiosas que el muchacho recogía y llevaba a la casa, pero que Karla le prohibía dejar meter a la misma. Alejandro además guardaba espacio para un deportivo que observó en una de sus excursiones, pero que nunca había logrado llevar porque una vía se hallaba derrumbada.

                Lo otro nuevo en aquel lugar, era el laboratorio, aunque este no era visible en el exterior. Se trataba de una puerta de hierro en medio del suelo, cerca del bosque, con algunas rocas encima del metal. Al retirarla, se observaban unas escaleras que daban hasta la habitación del generador, y más allá la sala principal, iluminada y fresca, en la cual siete muertos se encontraban enjaulados y siendo motivo de experimentos del chico.

                El laboratorio era un secreto, Claudia y Karla pocas veces bajaban a aquel lugar, pero se hallaban al corriente de sus descubrimientos. Pero como Claudia decía, la mayoría del trabajo allí abajo era aburrido, y se trataba de esperar días y observar resultados, la mayoría de ellos inconclusos o negativos.

                El huerto era una creación de Karla y Alicia, que luego quedó Claudia cuidando. Eran plantaciones en hileras de diferentes alimentos. El más nuevo de todos eran los rábanos, y también los más escasos y menos queridos por el chico. Las zanahorias, las papas, maíz y tomates representaban la mayoría del huerto, y también eran los que más gastaban.

                La vida allí no era demasiado dura, pero necesitaba dedicación y colaboración de todos, cada uno con sus labores diarias establecidas y rutinas para poder emplear el tiempo lo más fructíferamente posible. A pesar de todo Alejandro sentía que le faltaba tiempo, aun más después del embarazo de Karla y el nacimiento de Xander.

                El niño era tremendo, gustaba de correr por la casa sujetando cualquier cosa en su mano, para luego lanzarla al pórtico, eso incluía cds, juguetes, comida y cualquier cosa que se hallase en su camino de aventura.

                Se hallaba un poco retrasado en el habla y apenas pronunciaba palabras o sonidos, Alejandro se imaginaba que era debido a que no tenía nadie con quien compartir, y que ninguno de los tres dedicaba mucho en platicarle excepto en las noches. Pero tampoco se preocupaba mucho, era algo que superaría de un momento a otro, no había apuro para aquello.

                Ese día Alejandro había escrito en la bitácora, pocas horas atrás se entero que el consejo de naciones resolvió declarar la guerra a los muertos. La guerra era algo de temer, y él sabía que las consecuencias serían enormes y catastróficas.

                La guerra implicaba muchas cosas. Desde los primeros días de la infección, no había existido un enfrentamiento muy grande, siempre se resumía a grupos, batallones o miembros de avanzada que se dedicaban a limpiar algún terreno. Se creaban conflictos en donde los muertos aniquilaban a unos cientos, quizás a miles, y el asunto quedaba en el olvido. La humanidad ahora se hallaba en altamar, y quienes permanecían en ella se halaban felizmente a salvo de cualquier evento.

                Alejandro había escuchado que, en altamar muchas personas habían recobrado incluso su vida normal. Participaban en colonias tan grandes que la vida en la misma era normal, el trabajo abundaba, recibían un salario, y el sistema comercial era eficiente, más para el gobierno, quien poseía los principales métodos de producción.

                La guerra significaba la perdida de todo lo que en ocho años se había creado, implicaba que los chicos serían tomados como parte de la milicia y contingentes enormes serían enviados. Se trataba de bombas nucleares y químicas esparcidas en todas direcciones, radiación y agentes químicos en cada paso que un militante diese.

                Por el otro lado, significaba la radicalización de los métodos de los muertos. El ataque a la nación Europea dejaba claro algo, estaban preparados para atacar colonias de ultramar. Eran inteligentes y se hallaban dispuestos a erradicar a la raza humana.

                Por otra parte se hallaba el problema que la guerra planteaba a la pequeña nación de Alice, la cual muy probablemente debería ser evacuada por hallarse en tierra. Alejandro repasaba todo en su mente una y otra vez, y no hallaba solución posible. El principal inconveniente para él se hallaba en que tendrían que irse al mar, donde no poseerían nada de lo que con tanto esfuerzo y ocho años de trabajo habían armado. Donde habrían de competir contra naciones enormes por insumos, y probablemente se verían tragados por alguna de estas y relegado a un trabajo en campo, monótono, agotador. O enviado al frente de batalla, a morir sin razón alguna, sin fin específico, mientras que las chicas trabajarían en alguna plataforma sin esperanzas de verle, y Xander creciendo sin verle.

                —¿Ma?— El niño señaló al oscuro pasillo donde solo llegaba la luz de la lámpara de aceite que Alejandro tenía a un lado.

                —Mamá está durmiendo, debes dejarla descansar, hoy fue un día duro— Comentó Alejandro mientras le daba una cucharada de puré de papas al infante— No, no vas a agarrar la comida tu, no quiero un desastre hoy— Respondió el muchacho cuando el niño lanzó su mano a la taza con comida.

                La casa se hallaba a oscuras, era algo más de las ocho de la noche, la música suave sonaba desde los computadores del sistema de defensa encendido, solo las pantallas iluminaban la sala y algunas lámparas de aceite alumbraban los pasillos o habitaciones. Xander no temía a la oscuridad, era algo natural en la casa, todas las noches las luces se apagaban y quedaban a merced de las débiles llamas.

                La brisa entraba por la puerta de cristal abierta, una costumbre que llevaban años sin cambiar, acostumbrados a la tranquilidad de aquel lugar. Claudia regresó del huerto minutos antes con un par de papas y tomates, los cuales metió en la parte de abajo del refrigerador.

                —¿Qué te parece si te pongo a Mickey?

                —¿Iky?

                —Si, a Mickey, y luego nos vamos a dormir, pero primero termínate de comer esto, para que puedas ver al ratón que habla gracioso— Xander estaba sentado en el mesón de la cocina, Alejandro desde allí podía ver las computadoras. Algo llamó su atención, tres puntos rojos en el panel de una, eso significaba que tres armas se habían quedado sin munición, pero al segundo siguiente un cuarto y quinto punto rojo apareció— ¿Clau?

                —¿Si?

                —¿Ayer no se recargaron las armas del sector cinco?

                —¿Sector cinco? Eso es… Eso es el centro, si, ayer lo hicimos— Contestó la chica desde el interior de la casa.

                —Pero en la pantalla aparecen— Alejandro se percató que habían al menos unos ocho puntos rojos ahora. Sus sentidos se alarmaron y tomando a Xander en brazos se acercó hasta las computadoras, sentó al pequeño en la silla y buscó acceder al sistema de cámaras, muchas de las cuales no servían. Mientras tanto otras cinco, seis, siete, ocho luces rojas aparecían en el tablero. Buscó con mayor desesperación entre las cámaras alguna que se hallara en funcionamiento. Hasta que encontró una enviando imágenes, se quedó en silencio un segundo llevándose las manos a la cabeza observando como más cien muertos pasaban en ráfaga por un par de calles, seguidos se un bestial que aplastó una cabina telefónica a su paso, todos los muertos corriendo en una sola dirección.

                Observó el panel una última vez percatándose que más de treinta luces rojas se hallaban dispersas. Tomó a Xander en brazos— ¡Chicas!

                —¡Me estoy bañando!

                —¡Pues sal de inmediato!— Gritó Alejandro corriendo por el pasillo, sin escuchar el llanto del niño.

                —¿Qué sucede?— Se escuchó la voz de Karla desde la habitación.

                —¡Nos atacan! ¡Los muertos nos atacan!

                —¿Y el sistema de defensa?

                —¡Cayó! ¡La defensa cayó! ¡Nos atacan, hay que irnos! ¡Ya!— Gritó Alejandro entrando en la habitación con Xander en brazos.

Claudia salió del baño envuelta en un paño, trastabillando y cayendo por el pasillo. Karla se hallaba levantada, frente a la puerta observando estupefacta a Alejandro, examinando la verdad en su rostro. La situación le invadió con un escalofrío y un sudor que le bañó entera, dejándola sola ante el miedo.

                —Dame a Xander— La chica casi se lo quitó de los brazos entre sollozos y gritos del pequeño— ¿Qué vamos a hacer?

                —Vayan al auto, llévense las armas, algo de comida, y vayan a los botes— Claudia entró a la habitación observándoles en la oscuridad apenas cubierta por el paño.

                —Los uniformes— Balbuceó.

                —¡Cierto! ¡Pónganse los uniformes, dale un caso a Xander!— Alejandro abrió el closet lanzando sobre la cama un bolso grande oscuro, y empezó a lanzar cosas en este, mientras Karla se hallaba casi paralizada viendo a Claudia, la cual arrancó de la habitación a vestirse y buscar los uniformes.

                —Las cosas de Xander, ya mi amor, cálmate— Le sobó la cabeza dirigiéndose a la puerta— Amor, ¿Y en qué nos vamos?

                —El gato, el que te gusta— Alejandro se refería a una camioneta Sand Cat versión Stormer extra larga de uso militar que hallaron años atrás, y de la cual Karla se enamoró a primera vista.

                —¡Al gato! ¡Claudia al gato!— Gritó Karla saliendo de la habitación con el bebé en brazos.

                —¿Los uniformes!— Gritó Alejandro mientras metía un par de armas en el bolso y salía de la habitación en carrera, chocando con la pared y continuando por el pasillo hasta la sala, observó por una última vez los monitores, en ella mas de doscientas luces ya se hallaban en rojo. Pasó el brazo a lo largo de la mesa, despegando la mayoría de los cables y consolas de un solo tirón, para meterlas en el bolso.

                Salió al pórtico, Karla iba detrás de él con un bolso en el hombro y el pequeño en el otro brazo, Claudia, se vestía mientras andaba, cuando observaron una luz naranja en el cielo, una que iluminó la noche un instante y dejó una estela rojiza en la lejanía, más allá del bosque.

                —La bomba, estalló.

                —¿Estamos a salvo?— Preguntó Claudia.

                —Al contrario, significa que son demasiados, pasaron la zanja y las armas, lo que queda es solo el recorrido y la muralla.

                —¡Al gato!— Karla corrió descalza por la tierra hasta el pequeño edificio de bloques que servía de almacén. Claudia abrió la puerta y ella se subió junto al niño, encendiendo y sacando la bestia de vehículo que representaba el Sand Cat.

                —¡Vístanse y váyanse ahora!— Gritó Alejandro lanzando por la puerta trasera el bolso que llevaba.

                —¿Y tu?— preguntó Karla contrariada viendo como Alejandro se alejaba, reteniéndole de pronto sujetándolo del brazo con fuerza.

                —Yo las sigo, debo abrir la puerta del muro, y sacar algo del laboratorio.

                —¡No nos iremos sin ti!— Exclamó Claudia trastabillando mientras se subía el cierre frontal del uniforme negro.

                —Primero está Xander— Aclaró Alejandro.

                —Pero tu— Karla lo miró con un destello desesperado.

                —Xander… no sueltes a Xander por nada del mundo, yo estaré bien— Le aseguró con firmeza.             

                —Ale… entonces yo me quedo.

                —Nada de quedarte Clau, tu vas con Karla, necesito que ambas salgan de aquí. Deben llegar al bote, yo iré atrás de ustedes— Claudia corrió hasta él, abrazándole en un salto, terminando con un beso fugaz, un contacto de labios en medio de un par de lagrimas.

                —Jura que vas detrás de nosotras.

                —Lo juro— Señaló ante la vista intranquila llena de lagrimas de Karla— En serio lo juro— La chica asintió con la cabeza mientras se colocaba el traje oscuro ella también.

                —Te quiero campeón— Le beso la frente al pequeño. Karla fue la siguiente, abrazándole para luego besarle apasionadamente, se desató y secó las lágrimas con la mano.

                —No importa cómo, pero no te rindas, te esperaré en el bote, no me iré sin ti amor, no importa cómo, solo llega.

                —Esta bien, solo váyanse ahora— Alejandro corrió hasta la casa de nuevo, la mayor de las chicas se abrochó el traje y la parte trasera del casco.

                —¿Las armas?— Preguntó Karla.

                —Están atrás.

                —Pasa algunas adelante, ponte el casco, esto es el plan siete de escape.

                —¿El siete? Apenas me acuerdo de los dos primeros— la chica corrió hasta la puerta trasera y sacó un par de armas al frente. Ajustó su casco y sentó bien a un molesto y fatigado Xander, quien después de llorar tenía ganas de dormir.

                Un rugido estremeció el aire, uno tan fuerte y claro que sumió la noche en un silencio sepulcral, era un grito de guerra. El corazón e Karla se aceleró, aun podía ver a su amado terminando de colocarse el traje mientras salía del pórtico de la casa rumbo al huerto y más allá para dar con el laboratorio.

                —Karla…— señaló al frente Claudia con pánico en su mirada.

                —Aférrate al plan, ahora sube.

                —¡Allí vienen!— Gritó la menor subiendo al Sand cat. Un nuevo coro de gritos llenó el ambiente, era espeluznante, el bramido erizaba los vellos del cuerpo, y las piernas temblaron ante la sacudida de tierra estremeciéndose toda ante las pisadas.

                Lo que se avecinaba era una estampida de muertos, corrían a una velocidad impresionante, cada paso abarcaba unos dos metros o más. Karla apenas tuvo tiempo de subir y cerrar la puerta cuando el primero de ellos saltó sobre el auto estrellándose contra el parabrisas. El interior era reforzado, pero se podían sentir las sacudidas ante los impactos.

                Un jadeante se hallaba contra la ventanilla estrellando su cabeza contra la misma mientras gritaba en histeria. La chica pisó el acelerador a fondo, las ruedas arrastraron suelo, lodos y a un cadáver que se enredó en las mismas y avanzaron, pasando por encima a un par de muertos. La camioneta por dentro saltaba, Claudia se movía por el asiento trasero intentando sujetar al más pequeño con el cinturón de seguridad.

                Un árbol salió volando por el aire, arrastrando a varios muertos consigo al caer; dos bestiales corrían sin medida, uno de ellos intentó virar, estrellándose contra la piscina, el segundo le saltó estrellándose a un costado de la casa. Claudia se quedó impactada viéndoles mientras Karla viraba atropellando a cuantos muertos podía.

                —¡MALDITOOOOS!— Gritó acelerando aun más, el vehículo avanzaba por el terreno rumbo a la senda, Claudia aprovechó el diseño del auto. Abrió uno de los orificios del Sand cat y sacando solo la punta del arma comenzó a disparar sin un blanco fijo. Solo gastaba balas sobre todo lo que se moviera a un costado de la camioneta.

                 ¡Agarra al niño Clau!— Soltó la mujer a su lado, el carro viró golpeando a un grupo, al tiempo que otros tres se lanzaban a la zona superior a golpearla con toda sus fuerzas— Ponle un casco.

                La chica saltó del asiento hasta la zona posterior, donde Xander se mecía con cada salto, lo tomó en brazos y apretó, resolviendo cómo ponerle el asunto al pequeño, cuando sintió un fuerte golpe contra un costado. Pero lo peor se hallaba adelante, apenas era visible, pero se distinguía un mar de muertos bloqueando el camino.

                —¡El bosque! ¡Toma el bosque!— Se escuchó el grito de Claudia, seguido del viraje brusco que casi vuelca el vehículo, y el salto siguiente al pasar sobre una zanja y un grupo de rocas. Comenzaba el descenso por una ladera de la montaña, brusca y algo empinada, las ruedas apenas tocaban el suelo, y el auto aumentaba su velocidad presurosamente arrastrando todo a su paso. Karla apenas pudo girar para evitar un par de troncos, no obstante la parte posterior dio contra un madero y una ventana crujió sin llegar a romperse, sobre el  gato había dos muertos que fueron arrastrados por una rama, uno de ellos atravesado en el tórax por la misma.

                A pesar de la distancia, se pudo sentir el ruido e impacto de un fuerte estallido desde atrás. Karla pensó de inmediato en Alejandro al tiempo que esquivaba un árbol y atropellaba a otro muerto— Él está bien maldición ¡está bien! ¡MALDITOS MUERANSE!— La tracción de las ruedas hizo que el carro saltara medio metro y aterrizara bruscamente entre saltos.    

                El pequeño lloraba viendo a un muerto sobre una de las ventanillas, sujetado por un brazo de Claudia, pues en el otro tenía el rifle, disparando por la pequeña abertura hasta agotar las municiones.

                —¡Apaga las luces!

                —¡Pero!— Claudia observaba y era imposible avanzar sin ver el camino.

                —¡Solo apaga las malditas luces!— Gritó su compañera, y esta acató. De alguna forma salían a la carretera, Claudia se preguntó en qué momento pasaron el muro, sin saber que había sido derrumbado.

                Saltaron la isla de la vía y continuaron avanzando a pesar de la cantidad de muertos que se lanzaban contra el auto en carrera. Karla viró a la derecha para meterse en una vieja urbanización al ver como un bestial se acercaba en carrera directa contra ellas. Se pudo escuchar el grito de aquella cosa gigante al no dar contra su objetivo y estrellarse contra algo más.

                La mayor de las chicas cruzó nuevamente y abrió con la pierna uno de los agujeros de tiro que traía el Sand cat, pero disparar y manejar tan alocadamente al mismo tiempo era casi imposible, el arma saltaba demasiado, pasaban por sobre muertos a cada rato, y el auto brincaba descontroladamente en cada instante, acelerando apenas tocaba suelo, para verse embestido nuevamente.

                Se hallaban a mucha distancia, aun así se escuchó, fuerte y claro el sonido de un segundo y más fuerte estallido. El carro viró pasando por encima de sillas y mesas que se hallaban afuera y luego por sobre otro pequeño auto para continuar su camino.

                —¡Allaaaaaaaaa!— La voz de mando fue alta y clara, la voz pastosa y grave. Un muerto indicaba al resto a continuar mientras los demás le seguían pasando a un lado de las chicas, rumbo a la montaña de la cual acababan de bajar y atravesar.

                —¡Alejandro!— Claudia gritó, pero su compañera no frenó a pesar de notarse como varias lagrimas caían de su rostro mientras esquivaba a otro grupo y pisaba el acelerador tan fuerte como podía.

                Las casas apenas eran visibles, la afluencia de muertos era menor, sin las luces eran menos visibles a distancia. Fue una sorpresa cuando un bestial saltó desde una casa al camino y con un golpe hizo que el auto volara varios metros. Claudia sintió la ingravidez y tan solo se resumió a apretar a Xander contra su pecho, sin percatarse como golpeaba el techo con su cabeza y espalda y el cristal de su casco estallaba en pedazos. Karla se aferró al volante, pero su cuerpo saltó igualmente.

                El auto cayó de cabeza sobre el pavimento, aun en movimiento, soltando chispas y girando descontroladamente. Adentro Karla tan solo pudo ver una ráfaga de sombras y colores mientras era sacudida de un lugar a otro. El movimiento cesó de pronto, el carro dio contra una pared y tan solo se sintieron manos y golpeteos en la parte externa.

                —¡Xander! ¡Claudia!— No podía ver nada ni escuchar nada. Necesitó quitarse el casco para comprender se hallaba de cabeza. Claudia estaba hecha un ovillo en la parte de atrás, y Xander en sus brazos, lloriqueando aun dentro de su casco.

                —¡Al chico! ¡Busqueeen al chiicooooooo!— Fue la orden que llegó a escuchar. Al frente se hallaba un muerto cabalgando un bestial. Su porte era altivo, su rostro alargado y blanco, observable a pesar de los oscuro que se hallaba todo.

                Los muertos obedecieron continuando su camino, mientras el muerto continuó detenido allí frente a ellas en su bestial. Karla apenas pudo acomodarse girando, su cuerpo le dolía en todos los puntos, pero no le preocupaba más que Xander y Claudia en la parte trasera.

                Pasaron algunos segundos hasta que el muerto inteligente le dio un par de palmadas al bestial, y este con paso decidido y corto empezó a avanzar al vehículo. Las patas delanteras hicieron el metal crujir y doblegarse ante el peso.

                —¡No!— Karla gateó hasta la parte de atrás, Claudia se hallaba inconsciente y tendida sobre el techo, mientras que toda la estructura del auto empezó a estrecharse entre chirridos. Las ventanas estallaron una por una mientras el espacio comenzó a achicarse. La mayor de las chicas tan solo pudo tomar a Xander y apretarle en su seno mientras el peso del bestial hundía el Sand cat.

                Uno de los asientos traseros se apretó contra su espalda, la estructura del carro se retorcía. El piso y el techo se acercaban mientras que las sillas se convertían en pedazos de latón cortante— Te amo hijo— Soltó ella cuando todo fue oscuridad.

    Los gritos retumbaron en la noche, el ambiente se tensó a un punto indescriptible, su vista viajó instintivamente a donde se hallaban Karla, Claudia y su hijo, sintió en ese instante que su vida valía menos que la de ellos, que su ser se hallaba en segundo plano frente a los demás, y estaba dispuesto a dar su integridad por ello. Un nuevo grito inundó el aire, los vellos de su cuerpo se erizaron y sus sentidos se agudizaron al instante. Corría mientras se terminaba de colocar el traje negro, deseando tener tiempo y que todo saliera bien, deseando por sobretodo que ellas escapasen.

        Los primeros muertos aparecieron en la explanada a lo lejos, corrían a velocidad record, cada zancada abarcaba más de dos metros, la celeridad de sus piernas dejaba sin aliento, detrás de ellos un par de bestiales entraron, arrasando con todo a su paso, estrellándose contra la piscina y la casa respectivamente.

        No hubo tiempo para observar, tan solo para entrar en el laboratorio y cerrar la puerta tras de sí. De inmediato hubo un golpe seco seguido de un pequeño hundido, un muerto daba portazos contra el metal repetidamente.

        Alejandro observó el lugar, las mesas a un lado con ítems sobre esta, la Frag 12 sobre una de ellas, una semejante a la que Víctor alguna vez le entregó en la refinería de la inexistente ciudad. Al lado un par de berettas, dos granadas de mano, un cuaderno con anotaciones, la videocámara, una laptop apagada, una remera de Claudia, cinco libros tirados, una mochila, una botella de cloro, otra de alcohol, inyecciones y otras cosas. Mientras que del otro lado se hallaban los muertos enjaulados, jadeando, como si sintieran a sus semejantes afuera de aquel lugar.

        Tomó una de las berettas y le disparó a cada uno, en su opinión, mientras menos hubiese, mejor. Tomó la mochila y fue hasta la otra habitación, donde solía realizar los experimentos delicados y guardar los resultados. Vertió de manera poco prudente la mayoría de los frascos en la mochila, salió de la estancia, tomó la Frag en mano, el morral en su espalda, apagó la luz y esperó.

        Su mente se tranquilizó, su respiración aminoró a pesar de sentir el miedo y el corazón retumbante— Uno—  Contó el golpe, una esquina de la puerta crujió retorciéndose un poco, dejando entrar la claridad de la luna y el sonido de la locura afuera— Dos— este fue un golpe seco, la puerta le resistió indómita en su puesto.

        Alejandro apretó el arma en sus manos, el mundo comenzó a tornarse lento, como si cada segundo fuese una eternidad, su vista se enfocó en su objetivo y las cosas le parecieron claras, sus oídos percibían hasta el más mínimo movimiento. Era la adrenalina fluyendo como torrente por sus venas, acelerando su ritmo a un punto vertiginoso; pese a ello su mente se hallaba calmada, razonando los pasos que debía de dar, el poco espacio en la estancia, viéndose a sí mismo a futuro, moviéndose por el lugar, como si fuese una película.

        El motivo de tal suceso era el producto de las decenas de veces que debió enfrentar a la muerte, el resultado, algo que los deportistas de alto rendimiento llamaban “la zona”. Esto es un estado alterado, donde el cuerpo aprovecha al máximo su capacidad, observa con mayor atención y el cuerpo se mueve instintivamente, con una sutileza rítmica, más por intuición que por razón, actos curtidos en la práctica constante.

        —Cuatro— Esta vez los goznes chillaron y el metal se hundió desde abajo— Cinco— Una de las bisagras saltó al aire— Seis— La puerta cedió, cayendo de golpe contra el suelo. El primer muerto se abalanzó como si un látigo le azotara por la espalda, era un hombre delgado en extremo, con una cabellera larga.

        En la oscuridad de la habitación solo se observó el relámpago y el estruendo subsecuente, el estallido voló la mitad del rostro de aquel ser, un pedazo de cuero cabelludo quedó colgado hacia atrás al igual que su cuerpo en caída. El segundo se lanzó adentro, para ser recibido por otro disparo que impactó en su pecho, perforándole, dejándole un hueco enorme, este rodó por sobre las mesas, y pedazos de carne se estamparon en las paredes.

        El tercero recibió un disparo en las piernas, una de estas desapareció casi al instante, se dirigía a caer al suelo cuando un segundo estruendo dio contra su quijada, destrozando parte de la misma. Bala, hueso y sangre salieron despedidos dándole a otro que entraba detrás de él.

        El cuarto y quinto entraron a la par, el primero de estos recibió dos disparos,  en su hombro y en su cuello, abriéndole el mismo como flor de donde salió un olor nauseabundo. El quinto zombi poseía brazos muy largos, un manotazo empujó al chico contra una pared contigua, la armadura del traje oscuro le habían salvado, pero un segundo golpe se acercaba. Lo esquivó instintivamente, pateó su pecho y disparó, golpeó a uno a un lado con la culata del arma sobre su rostro, hundiendo el hueso de la nariz en su cara.

        Lo siguiente fu un caos, la desesperación y muchos muertos adentrándose en la oscuridad del laboratorio, incluyendo uno que trepaba por las paredes y el techo como si fuese una araña. Solo había una solución, lanzó la granada, pateó a otro de ellos y se adentró en la pequeña habitación que había en el recinto. Realizó dos disparos al techo, la madera rechinó y cedió, dejando caer pedazos de tierra  y una nube de polvo inundó el lugar.

        El estallido del otro lado sacudió todo a su alrededor, las paredes vibraron y el techo se derrumbo con estrepito, mientras que afuera cientos de gritos en coro se quejaban y desaparecían en la noche.

        Salió como pudo de entre los escombros, arrastrándose entre la tierra y pedazos de madera. El aire se hallaba lleno de polvo, esto le permitió correr casi en desespero hasta el almacén.

        Encendió la moto, y pateó uno de los bidones de gasolina, desparramándola por el suelo. Solo faltaba algo, fue entonces cuando una idea descabellada, pero genial vino a su mente, era algo que solo una vez llegó a realizar, arriesgado en extremo, pero funcional. Tan solo necesitaba grasa, y allí en el almacén había suficiente.

        Se escuchó un rugido seguido del estruendo y la luz cegadora del estallido, el almacén voló por los aires, pedazos de metal y escombros caían aun candentes al suelo. El rastro del chico se desvaneció, no obstante él había percibido el sonido de un motor segundos antes— ¿Dondee estáaa? ¡Busqueeenlo!— Declaró a los muertos a su alrededor, los cuales se hallaban dispersos y confusos.

        Un segundo bestial arribó junto a una muerto inteligente montándole, su rostro era alargado, se hallaba notablemente crispada y sin comprender del todo lo sucedido— ¿Dondeeee? No loooo sieeeentooo— Declaró.

        El tercero llegó de los inteligentes llegó al lugar, el bestial pisó a un par de muertos y frenó chocando con todo a su paso— ¿Queee pasoo?

        —Estallooo— Aclaró el primero.

        —¿El chicoooo?

        —No estaaaa.

        —Buscalooo— Su voz fue contundente, era un hombre grueso, llevaba un hacha en su espalda y una pistola en el muslo de su pierna— ¡Nos ordenooo tomar al muchachoooo!— Bufó, a lo cual la mujer asintió con la cabeza y ordenó a los muertos a su alrededor que se dirigieran hasta la zona en brasas, ellos por su parte avanzaban lento sobre sus monturas, custodiados por un enjambre de zombis a su alrededor.

        —Escuchee un motooor antes— Expresó el primero de los inteligentes avanzando un poco más. Pensando en las posibilidades; dudaba que aquel hombre hubiese muerto en la explosión, estaba seguro de haber escuchado el rugido de un motor un segundo antes, la única posibilidad era que hubiese escapado por algún túnel subterráneo. Pero de ser así la explosión habría tirado todo abajo. Borró aquellos pensamientos y alzó la cabeza para olfatear mejor su alrededor.

        Un rastro se separaba de la explosión, pero no llegaba más allá, después de eso el rastro desaparecía, se perdía como si el hombre nunca hubiese existido. Observó su alrededor, los muertos se hallaban rodeándole, buscando algo que él mismo desconocía la ubicación. Pero algo llamó su atención, un brillo peculiar entre los muertos, el brillo de la ira en un par de ojos que le observaban fijamente. Apenas pudo alzar su brazo cuando una bala atravesó su cráneo.

        La mujer a su lado volteó ante el sonido, pero no logró hallar la fuente del sonido, a su lado el muerto inteligente caía al suelo  y el bestial salía en carrera.

        Lo siguiente fue como si hubiese sufrido de ceguera, eso o como si aquel hombre fuese niebla, que se desvanece y reaparece, de pronto se halló frente a ella y solo pudo sentir como un estallido dio contra su pecho lanzándola.

        El tercero de los muertos inteligentes comprendió lo que sucedía. E chico había cubierto su olor con grasa de vehículo, y por encima de esta se aplicó sangre y restos de muertos, camuflándose de una manera en la cual sus súper sentidos eran burlados por completo. Lo comprendió, pero no hubo tiempo para reaccionar, aquel chico había saltado desde un bestial hasta el suyo, accionando su arma en el camino. La bala reventó la parte superior de su cráneo, los sesos volaron junto a un ojo por los aires. Su cuerpo cayó al suelo sin vida, los bestiales corrieron en todas direcciones y los muertos se dispersaron confundidos por las llamas, la ausencia de los principales y la falta de un rastro humano el cual perseguir. Ignorantes que a unos doscientos metros un chico  escapaba en una moto por el bosque.

Un muerto se sujetó de la moto mientras pasaba un bache y saltaba, fue necesaria una patada para librarse de él, no obstante eran demasiados a su alrededor, y algunos notaban su presencia. 
Alejandro sentía miedo, un miedo irracional que le empujaba a acelerar más de lo debido. Un temor más allá de lo normal, una sensación de opresión en su pecho. Lo único que podía pensar era en las chicas.

Apenas podía observar el camino, la grasa intentaba entrar en sus ojos entrecerrados y pasar su mano para limpiarse un poco no servía de nada. Una rama se interpuso en su camino sin que él lo llegase a notar, la rueda delantera golpeó de lleno contra esta, el vehículo frenó en seco volcándose hacia adelante y arriba, mientras que él salió despedido por os aire, ladera abajo de la montaña, rodando, sosteniendo apenas el bolso entre sus brazos hecho un ovillo.

Una estaba habría perforado su pecho de no ser por el traje, pero rozó su rostro cortándole. Él solo podía observar sombras negras y marrones, de pronto un fuerte golpe en su frente y todo se apagó. Termino de rodar hasta un lodazal cuesta abajo, y allí quedó, casi sumergido por completo, su cuerpo extendido, la mitad de la cabeza enterrada, solo su boca abierta para brindarle aire y un par de rocas y tierra cayendo sobre su cuerpo.

Claridad, su ojo derecho observaba un par de sombras en movimiento, mientras que el izquierdo veía figuras de colores en movimiento, fuegos artificiales en su mirada que luego cambiaban con una velocidad constante, el azul dio paso al violeta, y un naranja se apodero de la escena como si una gota cayera esparciéndose, alrededor se observaban figuras geométricas difusas y cambiantes.

Estaba ciego del ojo izquierdo, el derecho apenas observaba formas reales, sombras, luz y oscuridad, pero todo tan borroso como una cámara con apenas ocho píxeles. Estaba por quedar ciego del derecho, no obstante se guiaba por algo más, su olfato en una medida pequeña, podía sentir el olor a la sangre que le indicaba la comida se hallaba cerca, pero era imposible de ubicarse de tal forma, se hallaba perdido en las tinieblas, y andaba sin saber su camino.

Su oído en cambio le brindaba mucha más información, podía percibir el viento, las pisadas a su alrededor, los gritos, los quejidos de sus iguales, incluso en la distancia. Pero el ruido alrededor era demasiado, muchos pies en todas direcciones, gritos, fuego crepitando, un llanto descontrolado, más gritos. 
El hambre le hacía caminar, su instinto besico le indicaba a seguir, a perseguir y alimentarse, lo que fuese esa presa, la necesitaba, su aroma era extasiante, el sonido era como la alarma de la hora de comer luego de tres semanas de inanición, el desespero nublaba cualquier razón. Lo único que importaba era comer.

Corría, tropezó, chocó con algo, su olfato le indicó que era otro de los suyos, no había mucho tacto en sus manos, ni frío, ni calor, apenas la sensación al chocar, quizás tan solo eran sus huesos resintiéndose del impacto. Y de pronto, carne, la gloria, saltó con todo su peso contra la presa cuando un pulso y un ardor cruzó su cráneo, expulsándole en el aire. Era gélido, punzante y caliente a la vez en distintas zonas, pero no hubo dolor, tampoco reacción alguna, las luces en sus ojos desaparecieron, los destellos de fuegos artificiales se extinguieron y dejó de existir.

Todo fue caos y confusión, y el siguiente sueño de Alejandro fue tan real como el anterior. Esta vez era el mismo, sentía miedo, uno fuerte que calaba en todo su ser, el miedo le invadía hasta lo más profundo. A su alrededor se hallaban un centenar de hombres. Karla y Claudia a cada lado, observando una torre negra y varios edificios abandonados alrededor. La putrefacción llegaba a pesar de las decenas de kilometros que les separaban.

Muertos huían como hormigas, a tal distancia tan solo observaban una enorme mancha negra que se desplazaba sobre un enorme campo rojo, la mancha negra se extendía por kilómetros y avanzaba en todas las direcciones, huyendo.

Él y todos se hallaban en la cima de aquella montaña, observando, expectantes, nadie alzaba las armas, la muerte se acercaba; la tensión era a causa de esta, la muerte inequívoca, aquella imposible de esquivar, la sensación de miedo y paz contrastadas. Miedo ante lo inminente, la impotencia, paz ante la sensación de que todo acababa allí, en ese justo instante.

La muerte se acercaba a todos, el negro que manchaba cientos de kilómetros no era la causa. El origen era aquella estela gris y el cohete de brillo dorado que surcaba el cielo a la ciudad, lento a la vista, pero seguro. El llanto se apoderó de algunos de los presentes, Claudia se recostó contra su pecho evitando ver el destello, Karla apretaba su mano con la suya, sujetándose como si aquello les fuese a mantener juntos en otra vida.

Respiró profundo y extrañó a su hijo cuando hubo un destello blanco sobre aquella ciudad. Un simple punto pequeño de luz deslumbrante en el cielo de la ciudad. La torre y todos los edificios de su alrededor se volvieron arena que se dispersó en un hermoso y efímero arco. Las nubes se esfumaron, la tierra se sacudió como si latiera, una nube de polvo se levantó a una velocidad increíble, la mancha negra del millar de muertos se disolvió.

La onda chocó contra sus cuerpos, la presión les desintegró en pedazos, ya nada importaba, Alejandro aun observaba la luz intensa, aun creía poder sentir la mano de Karla y la sensación en el pecho de Claudia. Luego vino el calor, uno tan fuerte y avasallador que solo pudo sentirlo un segundo.

Se quedó sin respiración un instante, despertó sobresaltado, con barro dentro de su boca y un sabor a tierra hasta su garganta.

Las arcadas vinieron a su cuerpo, se atragantó y escupió lo más posible en cuatro patas sobre el lodo. Su cuerpo estaba cubierto por una capa oscura, gruesa y seca de tierra, su cabello tieso, su torso punzante de dolor. El bolso se hallaba un par de metros más allá, apenas se observaba un pedazo de tela por encima del barro. La luz del sol entraba por entre las ramas, los alrededores se hallaban vacíos y tranquilos, no había pájaros ni gritos, menos pisadas.

Se hallaba un poco confundido, no sabía exactamente donde estaba ni cómo llegó a tal lugar, ordenar las ideas fue lo primero que intentó. Su mente daba hasta hallarse en la moto escapando con varios muertos tras de sí.

Se arrastró un poco y terminó apostándose boca arriba en el barro, sus piernas temblaba y se hallaban demasiado frías, su respiración entrecortada, faltaba aire en sus pulmones, calor en sus músculos. Recordó con pesar sus sueños, odiaba esa clase de sueños, luego pensó en Karla, Claudia y Xander, y el ánimo volvió a su cuerpo. Ponerse en pie esta vez fue más fácil.

Sumergió su rostro en la tierra húmeda y limpió con sus manos la misma. No obstante su cuerpo se hallaba cubierto de grasa, tierra y sangre de muerto. Un pedazo de placa del traje se hallaba enterada en su cuerpo, fue necesario desvestirse para poder sacarla.

—¿Cuanto tiempo pasó? —Se preguntó observando su alrededor —Debe ser al menos medio día, quizás más —Se lamentó andando hasta el bolso. Sacó el mismo de un tirón y observó su contenido, escurría grasa negra, aceite y liquido filtrado del lodazal, quizás eso mismo había salvaguardado los frascos, que a simple vista parecían a salvo, aunque las etiquetas ya no servían de mucho. Lo demás no servía, tal vez solo la beretta, pero el interior debía de hallarse tan húmedo que ninguna bala saldría de la misma, incluso había tierra dentro del cañón.

Caminó un poco buscando alguna señal, indicio o rastro de donde se hallaba, pero no fue hasta pasada media hora, cuando pudo observar el movimiento del sol cuando comprendió que se hallaba al este de la ciudad.

Habían muertos por el camino, aplastados, pisoteados en un claro, obra de algún bestial en su camino, los arboles con ramas torcidas y caídas también eran una clara prueba de ello. A varios metros se observaba a uno de ellos con el torso aplastado, moviéndose con las manos, una escena que olvidó para continuar su camino.

No tomó el paso principal, temía por la presencia de mutilados, o jadeantes estantes. Los olfateadores no serían mucho problema con la cantidad de suciedad sobre su cuerpo, tampoco había viento, solo el calor del sol inundándolo todo.

Tardó al menos media hora en hallar la ciudad, la misma era un desastre, más allá de lo usual, se notaban edificaciones caídas recientemente, manchas negras y marrón en el suelo, de algo que él no deseaba descubrir y humo a lo lejos, proveniente de la zona cercana al viejo estadio, que debió estallar y quemarse con cientos de muertos alrededor.

Un jadeante se hallaba detenido en medio de la vía a lo lejos, esperando sentir algo que le guiara. Alejandro no pasaría cerca, le faltaban fuerzas, tampoco tenía armamento. Lo mejor era cruzar y continuar su camino —Las chicas están en el bote, esperándome, debo apresurarme —Se repitió para activar sus piernas.

Su boca continuaba con aquel sabor a suciedad y pequeñas rocas, pero era mejor que cualquier otra cosa, aun más que la sed extrema. Sensación que ya había vivido tan bien que no deseaba repetir bajo ninguna circunstancia.

—No debe de haber pasado mucho —Era la misma sed la que le indicaba aquello, era su única guía, pero suficientemente buena como para confiar en ella.

Su andar era lento, desgarbado, el calor en un principio fue reconfortante, pero ya después de dos horas, resultaba asfixiante y agotador. No se percató hasta que el jadeante se lanzó encima de su cuerpo derrumbándole al pavimento. Giró sobre los cuerpos y lanzó los brazos para defenderse. Se levantó confundido, al igual que el jadeante que erguido ahora embestía de nuevo contra su persona, empujándole contra la pared de una casa. Alejandro pateó su pecho con ambas piernas, zafándose, cayendo al suelo de espaldas para levantarse de nuevo. La tercera embestida pudo esquivarla, tomó la cabeza de aquel ser con sus manos y la estrelló contra la pared, una, dos, tres, cuatro, diez veces y continuó hasta que crujió y liquido oscuro manó sobre su mano y la cabeza terminó por quebrarse todo y el cuerpo dejó de luchar.

Cayó exhausto al suelo y observó su alrededor. No había nada, absolutamente nada, pero ese muerto le había hallado sin que él lo notara.

Caminó, por media hora más hasta llegar al puerto, entró casi en carrera, para terminar notando como todos los botes se hallaban en su posición, inamovibles. Sin señales de actividad reciente. Los tres principales se hallaban exactamente en sus mismos lugares y con las mantas sobre ellos.

—¿Las chicas? ¡Xander! —La peor de las escenas cruzó su mente — ¡No! —Gritó lanzando el bolso para correr en retroceso, cruzó el umbral y continuó por la ciudad —¡Karla! ¡NO! ¡KARLA! ¡CLAUDIA! —Se desesperó y regresó sobre sus pasos, corriendo mientras gritaba, si algún muerto se hallaba cerca lo sentiría, pero no importaba, solo importaban ellas y su hijo, solo eso.

Las lágrimas empezaban a escapar de su rostro sin querer —¡CLAUDIA! ¡Respondan! —Su corazón palpitaba a mil por minuto, o quizás se había detenido, no lo sabía, pero dolía, y temía mientras por su cabeza pensaba en la muerte llegándoles.

Un mutilado apareció frente a él, pero no había tiempo, continuó corriendo y gritando, otro más, pero daba igual, incluso si cien de ellos aparecían, no importaba —¡KARLA! —Una calle y otra, y la siguiente, cruzó y un olfateador se acercó en carrera. Se defendió con un pedazo de metal oxidado de lo que fue alguna vez una ventana, la clavó en su torso y continuó corriendo —¡KAAAARLAAAA! ¡CLAUDIA! —Gritó con todas sus fuerzas.

Fue un leve, apenas audible sonido lo que le alertó e hizo cambiar de dirección, cruzando la calle hasta una pequeña concentración de unos diez muertos alrededor de un pedazo de chatarra. El llanto de un bebé.

—¡Xander! —Atrajo la atención inmediata de dos jadeantes que se abalanzaron sobre él. Al primero lo evadió, al segundo le golpeó con ambas manos hecho un puño hacia arriba, alzándole como un balón de voley, luego lo derribó con su propio cuerpo para terminar de aplastar su cráneo golpeando su nariz repetidas veces con su codo, hundiendo sus huesos hasta el fondo. El segundo le hizo girar, se hallaba aferrado a su espalda, intentaba morder la zona posterior de su abdomen en una extraña posición sobre el suelo, mientras los demás muertos se acercaban. Zafó su cuerpo sin saber como, y asestó un golpe con una roca que encontró, buscó un pedazo de cilindro de metal y con esto fue bateando a todo lo que se movía. Cegado por completo, pero feliz de escuchar el llanto de su hijo y ver lo que quedaba del vehículo blindado.

No tardó en matar a los zombis restantes. Se lanzó sobre el auto intentando abrir las puertas, pero ninguna cedía, eran pedazos incrustados de un metal con otro. El gato del desierto había quedado aplastado, incrustado en el pavimento. El carro había pasado de ser de más de dos metros, a escasos sesenta centímetros de altura.

—¡Karla! ¡Claudia!

—¿Ale? —Se escuchó la débil voz de Claudia.

—¿Cómo…? —No valía de nada preguntar. Se esforzó por sacar la puerta trasera, pero nada, las delanteras estaban igual —¿Xander?

—Tiene rato llorando, yo, no me puedo mover, y tengo algo el la pierna, no la siento.

—¿Puedes mover algo?

—Una pierna.

—¡Patea entonces! —La chica así lo hizo y Alejandro observó como un pedazo de bota se asomó apenas un par de centímetros por una rendija donde alguna vez hubo una ventanilla.

Jaló de su pie, sacándole poco a poco, zafándola milímetro a milímetro. Tenía la muñeca dislocada y el asiento había aprisionado su cuello, lo cual solucionó metiendo un tubo y haciendo palanca. Su pierna tan solo se hallaba apretada y sin flujo sanguíneo, oscura y tiesa.

—¡Mi pierna!

—Estarás bien, déjala recuperar su flujo, muévela.

Xander era un pequeño bulto escondido entre los senos de su madre. Karla tenía pulso, pero inconsciente, había perdido mucha sangre y un pedazo de metal atravesaba su costado de un lado a otro. No obstante, la falta de movimiento había cerrado la herida, solo debía buscar algo con que cortar el metal y sacarla de allí, y coser cuando llegaran al Armonia.

Lloraba, la mitad de alegría, la mitad de desesperación, estaban vivas, y Xander también, hambriento, manchado de sangre, llorando, pero vivo. Y ellas, heridas pero respirando, todo era cuestión de correr y llegar al Armonia lo más pronto posible.

Leave a Reply

Your email address will not be published.