CAPÍTULO 3. GUERRILLA

 

—¿Siempre eres tan callado? 

—¿Quieres conversar?— preguntó Alejandro observando a la chica—. Lo siento es la costumbre. Tengo tiempo solo y suelo ocuparme durante el día. 

—Debería poder hacer más que solo barrer y limpiar un poco las cosas— expresó ella ladeando la cabeza. 

—Aunque no lo creas eso es bastante, tengo semanas diciéndome que debo hacer algo de limpieza. 

—Gracias por el reproductor— señaló la chica alzando un pequeño aparato gris delgado. 

—Descuida, ayuda a dormir. Con suficiente volumen no escuchas a los de tu alrededor— señaló él con una sonrisa.

—¿Vas a salir hoy de nuevo?— preguntó ella observando un reloj en una pared, este marcaba las cuatro cincuenta de la tarde. 

—Quiero ir al supermercado, dejé algo de comida allí, y bueno, ver cómo está la zona. Sin contar que debía revisar también un lugar donde ayer vi una explosión, supongo que es parte de la zona de Verónica. 

—¿Y por qué irías a ver? 

—Necesito saber qué está haciendo, adonde se mueven. No lo creerías, pero los pocos que sobrevivimos nos mantenemos muy pendientes de qué hacen los demás. 

—¿Los vigilas? 

—Siempre que puedo— Alejandro tomó asiento tomando algo de gaseosa.

—¿Y ellos te vigilan a ti?— inquirió ella.

—Supongo que sí. Esperaría que lo hicieran. 

—¿Por qué? 

—Para saber si pienso entrar a sus territorios, si pienso atacarlos, si alguien me ataca y mi zona está abierta para ellos revisar. 

—¿Cómo saben cuál es la zona de cada uno?

—No hay nada escrito, pero aprendes que zonas son las que frecuentan y están cerca de sus bases. Si entras en una de sus redadas o de donde toman comida, te matarán— explicó él dando otro trago a la gaseosa— ¿Quieres? 

—No gracias.

—Hay en la nevera, por si quieres. 

—Lo pensaré. No me contaste nada sobre tu primer día con la infección. ¿Cómo te diste cuenta? 

—No tengo mucho qué decir sobre eso ¿Quieres ver algo? Tengo un par de películas guardadas en el computador, podríamos verla ahora, porque más tarde no quiero que se sienta ruido desde el interior de la casa. 

—¿No tienes mucho qué decir? Eso es mentira, todas las personas tienen algo que contar.

—Entonces se podría decir que evito el contar mucho de mí.

—Pero quizás alguien quiera escucharte— Alicia  se colocó en un asiento justo al frente— ¿Has escuchado algo sobre un Dios que lo escucha todo?

Alejandro observó a la chica de reojo, el cielo pronto oscurecería, sin embargo en ese momento era totalmente visible. Hermosa en sus rasgos, pero aparentemente bastante crédula en más de un sentido—. No creo mucho en esas cosas— expresó tratando de mantener el tono amable. 

    —Dios vino y…

    —No, de verdad, lo menos que necesito ahora es un programa de evangelización. No veo a dios repartiendo luz divina por la calle para salvar a todos los que se convirtieron Alejandro cortó el tema. Alicia bajó la cabeza. 

    —¿Perdiste a alguien? 

—Como todos— respondió él levantándose del asiento para buscar el computador. deseaba ver algo y despejar la mente un poco, el día había sido estresante. 

—Siempre me pregunto cómo fue el final de mi hermano o el de mi mamá. 

    —Creeme, es mejor no saberlo, no tienes que repetir sus muertes en la cabeza, no necesitas preguntarte si sufrió, si deseó morir, si tuvo miedo— Tomó el portátil para colocarlo sobre una pequeña mesa. Además, estás consciente que sus muertes no son tu culpa, y te aseguro, eso es lo mejor. 

    —¿Te sientes culpable? 

    —Mi historia está llena de personas que mueren, por lo general por mi culpa— explicó el chico.

    —¿Cómo los recuerdas? ¿Tienes un altar o semejante? 

    —¿Qué? ¡No!, a veces pienso en ellos, lo normal— respondió él— Por favor, no me digas que debo encender velas o rezar para ellos. 

    —No necesariamente, Dios lo ve todo. 

    —Parece que lleva ciego un buen rato— resopló él sin ver como Alicia fruncía el ceño. 

    —Pensé que alguien que sobreviviese a todo esto, entendería un poco mejor los extraños caminos del señor. 

—No soy fanático de dioses que matan planeta y medio para dar una lección a un par. 

—Eso es algo insolente. 

—Disculpa, solo no estoy de humor. Lo siento— Se disculpó el chico apresurándose para colocar la película. La oscuridad reinó sobre el hogar al término, los gritos de los muertos empezaron a resonar contra la noche. Los dos miraron sus rostros y se mantuvieron en un silencio incómodo cuando los bramidos llenaban la noche y los muertos salieron de sus escondites. 

Alejandro bajó la computadora dejando que la oscuridad total llenase el lugar— ¿Quieres algo de comer? ¿Algo de pan con jamón? 

—Gracias, aunque dudo poder tragar algo ahora. 

—Comprendo esa sensación, pero necesitas comer algo. Es mejor tener algo en el estómago en la noche. 

Las siguientes tres horas pasaron lentamente, cada uno acomodó su habitación en silencio. Alicia por su parte dormiría en la recámara contigua a la que ahora habitaba Alejandro.

    El chico se recostó con un cúmulo de pensamientos en la cabeza, el que lideraba todos ellos era si hizo lo correcto o adecuado al rescatar a la chica. Tenía un mal presentimiento por alguna razón. 

    —¿Por qué solo sabe hablar de Dios? ¿No hay otro tema de conversación? Podría simplemente seguir hablando sobre sus primeros días, o como llegó al contenedor, pero no. Ella desea saber qué he hecho yo y cuantas veces la he jodido. Hola ¿Cómo estás? ¿Te dan miedo las noches? con todos esos gritos, oye si, a mí también, hay noches en las cuales no puedo dormir, tengo un par de pastillas para dormir allí en el botiquín de medicinas, pero sabes, me da miedo tomarlas y no despertarme, o peor aún despertar y tener un muerto justo sobre mi cuerpo. 

    Alicia por su parte no podía dormir, poco importaba la posición. 

    —¿Por qué tiene ese carácter? ¿Cómo espera que alguien quiera conversar con él? Lo intenté, intenté hablarle un poco, preguntarle por su familia, por lo que ha pasado, pero nada. No quiere conversar, o quizás no quiere conversar conmigo. ¿De qué otra cosa podía hablar? ¿Del tiempo? ¿De su grupo de música favorito? ¿De la última película? 



DIA 8 DE LA INFECCIÓN 

ALEJANDRO

 

—¡Alejandro! — Una mujer alta, de cabello castaño le empujaba por el callejón— ¡Apresúrate! Tu tío debe estar esperándonos desde hace un rato.

    —¿Por qué ese grupo? digo, no son los únicos de la zona. 

    —Hay peligros, ya viste lo que sucedió con… Mejor no insistas mucho. Solo muevete— expresó la mujer dando otro pequeño empujón en su hombro. La callejuela se hallaba sola y en silencio. 

    A pesar de sus palabras Alejandro conocía la razón para esa decisión. El suministro eléctrico fue cortado de forma abrupta en toda la ciudad. Ya no veían unidades de policías o se escuchaban sirenas, de hecho, no había ningún auto en movimiento. 

    —Independiente de lo sucedido. Tú también has visto a esas personas, cazan a otras en las calles. Esto no es mad max, piensan que pueden matar a quién les dé la gana. Si revisas las calles, la mitad de los cuerpos tirados es por ellos. 

    —Ellos controlan el área, no hay opciones— Respondió la mujer—. No nos podemos morir de hambre, y dadas las circunstancias, no tenemos muchas opciones. 

    —No es que no tengamos nada de comida en casa. Podemos sobrevivir una semana y media, quizás dos. 

    —La señora Juana murió ayer porque los muertos levantaron parte del techo de su casa. Uno de ellos entró y…

    —Lo sé, yo también escuché los gritos— comentó Alejandro caminando detrás de su madre— Pero el techo de su casa era de láminas, por eso las levantaron. 

    —No lo esperábamos, ese es el punto, en cambio si nos unimos a ciertas personas que tienen armas. 

    —Basura de personas— respondió él deteniéndose para cruzar la siguiente calle en carrera. 

    —Mucha de esa basura de personas fueron las que sobrevivieron. No podemos aislarnos hijo, el ser humano necesita estar con otras personas. Además, ¿Qué puedo hacer yo contra esas cosas? Si atacan la casa ¿que hago? ¿les preparó comida o vendo las heridas?— Su madre, Ligia, parecía cansada de repetir eso, probablemente era un pensamiento que tenía desde tiempo atrás.

    —Hay algunos allí— Alejandro señaló la siguiente calle, a lo lejos se escuchaba un par de gritos. Un hombre golpeaba a un muerto con una vara de metal, este cayó al suelo, pero otros tres aparecieron desde un lado, saltando del techo de una casa aledaña. El sujeto se vio tacleado, se estrelló contra un auto y de inmediato fue mordido en los brazos—. Vamos. 

    La ciudad en la cual vivían comenzaba a lucir muy distinta a lo que fue días atrás. No había personas deambulando, el típico sonar de autos moviéndose de un lugar a otro, vendedores y conversaciones. Todo fue ocupado por gritos ocasionales, de vivos y muertos. Ambos fácilmente distinguibles por el tono agudo lleno de desesperación, o los graves y estridentes de la ira atacante. 

    Solo cuarenta y ocho horas bastaron para que la ciudad no fuese la misma luego del amanecer del 26 de Junio. No había más noticias internacionales relevantes, las cadenas informativas estaban en total silencio con diversas pantallas estáticas. El servicio telefónico funcionaba con intermitencia, el internet se hallaba encendido, pero no habían mensajes viajando o llamadas esperadas. Ninguna ambulancia, centro de atención médica funcionando, bomberos, policías resguardando las calles o militares tomando control de la situación. Todo era silencio aparte de los gritos. 

    Si algunos de esos miembros de la sociedad sobrevivieron, definitivamente se hallaban tan escondidos como el resto de las personas. Que la energía eléctrica dejase de funcionar en las últimas horas era la gota que rebosó el vaso. Significaba una noche en total oscuridad y a merced de los muertos, aquella era la realidad que todos temían.

Alejandro vivía en Puerto Cabello. El segundo mayor puerto de Venezuela, una ciudad que probablemente hubiese quedado en el olvido cincuenta años atrás, de no ser por la pesca floreciente, las múltiples aduanas marítimas y la enorme refinería petrolera a un costado. Su ubicación y recursos la posicionaron como relevante y esencial para transportar toda clase de mercancías dentro del país. Por tanto su población logró crecer hasta ochocientas setenta mil personas, de las cuales el sesenta por ciento resultó infectada en las primeras cuarenta y ocho horas, diez por ciento murió de diversas formas y sus cuerpos llenaban las calles. 

No hubo mayores explicaciones al suceso. Solo las palabras ante la inminente expansión de algo que denominaban “virus” un par de noticias y algunos presidentes ordenando planes de evacuación o contención. Ningún medio informó si se trataba de un agente biológico, arma biológica, experimento, o ataque. Tampoco fue relevante, porque cuando lo notaron, ya se hallaba esparcido en la población y la muerte rondaba por las calles sin control. 

Los muertos se multiplicaron a velocidad vertiginosa, en cuestión de horas inundaron toda la ciudad y la población se vio mermada. El centro de la ciudad era la zona a la que nadie deseaba acercarse, se hallaba repleta de jadeantes y mutilados. Hordas de cientos o miles de ellos era una fuerza aterradora que nadie deseaba enfrentar. Las zonas aledañas se hallaban desalojadas por razones más que obvias, mientras que los sobrevivientes comenzaron a organizarse para proteger a los suyos. 

Los grupos fueron una respuesta natural, algunos guiados por el miedo, otros por el sentido de venganza. Los vecinos o conocidos se comunicaron y agruparon a sus seres queridos que permanecían con vida. Luego algunas más fueron uniéndose, prestando servicio o bienes a cambio de protección. Un cambio que cualquiera pensaría que se daría lentamente ocurrió en cuestión de un par de días. Familias enteras dejaron todo por la seguridad de una noche alejados de los muertos, al resguardo de quienes se atrevieran a enfrentar aquellos seres repugnantes.  

Proteger zonas enteras por recursos aún existentes en tales lugares fue un acto espontáneo. Luchar y matar a quién se atreviera a tomar lo que les pertenecía, una respuesta natural. 

—Allí está tu tío— expresó la mujer notando al hombre. Guillermo era un hombre huraño, con calva, que gustaba de jugar ajedrez y beber whisky. Algunas noches colocaba un telescopio en el balcón de su casa y quedaba largas horas allí afuera. Fue piloto de aerolínea en el pasado, Alejandro imaginaba que algunos hijos debieron quedar regados por el mundo.

—Pensé que no vendrían, les dije que nos esperaban a las tres. 

—Hay muertos por todas las calles, tampoco pueden esperar que no tardemos. 

—Bueno, apresuremonos, esta gente se irrita por todo y creen ser dioses del olimpo— expresó el hombre. 

—¿Crees que nos acepten?— Se movían por una calle extensa en la que se observaban varios cadáveres extendidos. 

—No veo razones por la cual no lo hagan. son violentos, pero necesitan mano interna para poder mantenerse— comentó el hombre frunciendo el ceño, pasaban al lado de un cuerpo de una niña desnuda, boca abajo. 

—Dudo que todos esos cuerpos fuesen muertos— expresó Alejandro, pero ambos adultos prefirieron hacer caso omiso. 

—No tenemos mucho— comentó Ligia. 

—Trabajaremos, yo le ofrecí eso y ropa. Parece que necesitan mano de obra interna. Según escuché de la señora Tina, alguien les robó algunas personas que tenían en cocina. La intención sería entrar nosotros a reemplazarlos. ¿Qué haces? 

—Aplico tinner— Alejandro regaba algo del líquido detrás de él y sobre la chaqueta que usaba. 

—Dice que hay un tipo de muertos que pueden oler a los demás— explicó su madre. 

—Te diría que estás loco, pero ayer creí ver uno abriendo una puerta. El cabrón tenía la mano en una manija y daba la vuelta. 

El punto de reunión era un viejo edificio residencial. El gobierno en otros tiempos creó cientos de edificios como este por todo el territorio para brindar miles de hogares. Este en particular lucía bastante desgastado, y figuras armadas se observaban desde las ventanas. Al verles desde lejos empezaron a hacer señas entre ellos. 

Alejandro pasó entre cuatro sujetos, cada uno de ellos sujetaba un rifle. No le agradaba la situación ni la vista, aquella gente era resentida social, lo podías saber solo con verlos, en sus ropas y sus expresiones faciales. 

—¿Quiénes son?¿Qué quieren?— preguntó un sujeto. Alejandro mientras tanto le sonrió de forma irónica a su madre mientras alzaba las cejas. 

—Venimos predicando las buenas noticias del señor— dijo Alejandro, ganándose un codazo de su madre al instante. 

—Verónica accedió a negociar con nosotros para nuestra estadía. Somos Guillermo, Alejandro y Ligia, debería esperarnos. 

En las paredes se observaban restos de sangre, tanto en paredes como suelo. Un olor nauseabundo se colaba desde lejos, pero imposible de discernir. Un grito llegaba desde el fondo del lugar helando la sangre de quienes estaban cerca. 

—¿Piensas que eres gracioso niño? ¿Quieres ver cuán gracioso eres con dos  balas en las piernas?

—Si hubieses podido dispararme lo habrías hecho hace rato, pero ese hombre de allí te dijo que nos dejaras pasar apenas estábamos allí afuera— señaló Alejandro— Lo de preguntar quiénes éramos y qué queríamos fue teatro.

—Espera a que salgas niño, veremos cuán cómico eres. 

—Probablemente estaré trabajando en la cocina, yo cuidaría que tu cuidaría que mis comidas no vengan con saliva incluida. 

El sujeto arrugó el entrecejo mientras otro a su lado soltaba una risa. Avanzaron por un par de pasillos desiertos hasta una zona comunal. 

—Estás siendo muy grosero— comentó su madre. 

—No quiere estar aquí, déjalo, quizás tiene una mejor idea— alegó su tío Guillermo. A un lado un par de sujetos trabajaban en una habitación apilando cuerpos, Alejandro los vio deseando que fuesen zombies. 

—Tengo un par, pero dudo que quieran escucharlas. 

—Es lo más sensato que te escucho decir en un buen rato. Eres bastante joven, tienes la impresión de poder hacer todo, pero somos simplemente tres personas comunes, podemos morir en cualquier segundo. Comprender tu parte en el mundo es esencial. 

—Revísalos— indicó un sujeto mayor y otros dos pasaron a tocar cada parte de sus cuerpos en búsqueda de algún arma.  

—Si, mi parte en todo y ser precavido, creo que ya lo he escuchado bastante. 

Luego de cinco minutos donde quitaron varias prendas de ropa, a los tres les permitieron pasar  a una habitación a un costado del edificio. En la parte exterior sonaron un par de disparos, nadie pareció inmutarse ante tal hecho. La habitación se hallaba sucia y casi vacía, en el centro se encontraba un escritorio amplio de madera, una silla reclinable y una mujer de casi dos metros de altura, gorda y de apariencia estrafalaria. Un rifle se hallaba en su espalda y una sonrisa maníaca en su rostro. 

—Así que…— Sacó una barra de chocolate de su ropa y comenzó a comerla con la boca abierta, Alejandro sintió repugnancia ante tal acto pero guardó silencio— Me contabas quieres que resguarde a tu familias durante dos meses, estuve pensándolo Guillermo— Señaló al hombre con cierta sonrisa—. La verdad, aun no veo los beneficios de tenerte aquí, los suministros podemos conseguirlos. Tú no serías de gran ayuda, y aunque tanto la mujer como el chico trabajasen, deberías ofrecer más, porque como yo lo veo, la estadía será larga. 

    —Verónica, tú sabes quienes somos nosotros, no tengo nada más que ofrecerte, yo no creo que necesitemos todo esto. Te brindaremos trabajo, y bastante ropa. 

    —Resulta que han llegado otras personas que necesitan alojamiento también, y tenían comida en grandes cantidades. O puedes dar algo semejante, algo como veinte piernas de res— expresó la mujer, su risa provocaba un movimiento en su panza, como una onda que se extendía por todo el cuerpo. 

    —¿De dónde sacaría veinte piernas de res Verónica?, somos tres personas, no tenemos un almacén o una carnicería. 

—Tu problema, no el mio. 

—Señora Verónica — La madre de Alejandro dio un paso adelante queriendo arreglar la situación—. Debe haber alguna forma, tal vez algo que usted necesite que nosotros tengamos. No somos de gran cantidad de recursos, incluso podemos comer solo una vez al día.

Se escucharon dos disparos seguidos de afuera, incluso la vieja Verónica volteó por instinto, pero ante el silencio continuó— No creo que necesitemos algo de ustedes, a excepción de que nos den su casa, se necesitaría un documento firmado, pero sería algo arreglable, un traspaso de propiedad.

—¿Es en serio Verónica? ¿la casa? pero hablamos de estar aquí dos meses. ¿Una casa a cambio de dos meses de protección? 

—A nosotros nos parece justo, son dos meses muy inciertos. ¿Qué harán? ¿Comerán las paredes y ladrillos cuando tengan hambre? 

Alejandro apretó sus labios, notando el semblante pálido de su madre se decidió a hablar. Minutos atrás había decidido no hacerlo, pero que demonios. La vieja estaba loca si pensaba que darían la casa de su madre a cambio de protección por dos meses. Aunque por otra parte, solo era una casa, y al ritmo en que morían las personas con esta infección, casas desocupadas sobrarían.

—Si no están dispuestos a algo tan simple como una casa, pueden irse. 

—Verónica, nos conocemos desde hace un buen rato. Bebí junto a tu esposo, Castro, un centenar de veces. 

—Y por eso permaneces vivo en este momento Guillermo. Estoy honrando su memoria permitiéndote estar aquí. ¿Crees que esto es caridad? ¿Sabes cuánto cuesta cada una de las armas que tienen los chicos? El negocio se fue, ya no hay a quién venderle. Solo está esto, cuidar gente, matar gente y buscar suministros. Toma mi oferta o vete. 

—¿Qué tal algo de medicina?— insistió Guillermo. 

—¿Medicina? Tengo gente que puede hacer antibióticos a ojo cerrado, y casi dos farmacias enteras. ¿No lo entiendes verdad? ¿Qué crees que me impide dispararte en este momento y tomar todo lo que tengas— La mujer escupió un poco de chocolate al suelo, afuera el sonido de algunas armas aumentaban, pero nadie se inmutó por el hecho. 

—¿Una casa? Me disculpa, ¿usted habla en serio? —preguntó Alejandro cuando un sujeto se acercó para llevarlos—. Pero, no creo que eso sea lo más apropiado para usted en este momento, porque después de todo, las personas van muriendo, y quedan muchas casas vacías ¿verdad? Una persona como usted podría decirles a sus hombres  e ir por una casa. En la esquina tendría una. 

—Conozco la casa del viejo Guillermo, siempre sentí fascinación por el elegante balcón. Pero debo admitir que tienes algo de razón. Inteligente muchacho, continúa— expresó la mujer tomando otro trozo del dulce, a Alejandro la escena le producía repulsión, y juró que jamás vería de igual forma un trozo de chocolate. 

—Teniendo en cuenta el hecho de que aquí no hay más de diez hombres armados, y seamos sinceros, una persona como usted pudo haber reclutado aún más—.  Alejandro sabía muy bien que algo que aumentase su ego le resultaría—. Y que aquí no hay presente ningún niño o mujer, podría adivinar que esto no es su hogar, y solo lo usa como punto para liquidar muertos. Si eso es así, entonces usted debe de tener al menos otros diez hombres armados en su base, para resguardar a los suyos ¿o no? De no ser así, significa que usted tan solo estafa a las personas— El semblante de la mujer cambió y aquello le dio una gran pista al chico quien solo buscaba incitar sus expresiones faciales—. Pero, creyendo en usted, entonces yo optaría por decir que la primera opción es la correcta. Teniendo también en cuenta el hecho de que hace pocas horas quitaron la energía eléctrica, tanto usted como yo sabemos no regresará, creo que bastaría con ofrecerle una planta eléctrica ¿no le resulta atractiva esa idea? Porque de no ser así, sé muy bien que hay otros grupos por allí, alguno de ellos estaría interesado.

—No sé bien si intentas amenazarme muchacho, pero admito que tu idea es fascinante, me parece estupenda. Aceptaré el trato será la planta eléctrica. Guillermo— Observó al hombre con mirada tierna— ¿Cómo no presentaste al crío antes? Si hasta ha sacado las dotes de comerciante de su tío. Quedaremos así—. Expresó la regordeta mujer con voz apresurada mientras tragaba otro pedazo de chocolate—. La planta eléctrica y trabajo en las cocinas.

Alejandro interpuso su mano con una señal de negativa, nuevamente sonaban disparos desde afuera— Pero usted no ha terminado de escuchar, a cambio quiero un arma— El chico fue tajante en aquellas palabras, y tanto su madre como su tío se le quedaron mirando. No lo deseaba decir en voz alta, pero estaba seguro que las cosas habrían sido distintas con un arma en sus manos días atrás. 

—¿Para qué quieres un arma? estarás en las cocinas muchacho. 

—Llámalo defensa personal— Alejandro observó nuevamente el rifle a espaldas de la enorme mujer. 

—No voy a darle un arma a un niño imbécil que estará en las cocinas. ¿Qué crees? ¿Qué las armas nacen en los árboles? Solo hay armas para aquellos que van a luchar contra los muertos, y que conozco desde hace tiempo. 

—Alejandro, hijo…

—Muchacho— Su tío Guillermo apretaba su hombro con fuerza. Alguien gritaba nuevamente desde el exterior. 

—Es eso, o no hay trato, no hay planta de energía eléctrica. 

—¿Quién te crees niño? ¿Estás siquiera consciente que puedo matarte en cualquier instante? ¿Crees que no puedo enviar a mis hombres a buscar una planta de energía y no la encontraríamos antes del anochecer? 

—Pero no tendrás nuestra planta, por la cual tus hombres no necesitan ni pelear ni moverse. ¿Cuántos hombres morirán por una planta de energía? ¿Sabes donde debe haber una? 

La mujer tenía el rostro contraído y rojo, su nariz comenzaba a resoplar. Sus labios temblaban liberando gotas de chocolate por el rostro y la camisa— te voy a matar muchacho si no sabes controlarte.

—Pues buena suerte buscando la planta ¿Qué harás? ¿Buscar en el centro comercial del centro? ¿con la enorme cantidad de muertos en esa zona? Puedes arriesgarte, eso si a alguien más no se le ha ocurrido y tomado las unidades que estuvieran allí. 

Verónica se levantó de su silla y alzó de su regazo una pistola automática. Un guardia reaccionó al instante, pero no para disparar a Alejandro, Guillermo o Ligia que se hallaban allí. Alzó en cambio su rifle a una ventana, la cual estalló en ese instante por un muerto que saltaba al interior. El zombie en su movimiento golpeó la espalda de Verónica. La mujer lanzó un gritó y disparó al aire. 

—¡Mátalo!— bramó la mujer, a pesar de que su guardia ya se hallaba accionando su arma. El muerto se viró en el suelo dejando un enorme rastro de sangre. 

—¡Tenemos un muerto invasor en el centro, en la habitación de Verónica— gritó el hombre. Alejandro tomaba a su madre y se movía a gachas hasta la entrada. 

Los intestinos, sangre y grasa quedaron dispersos por el suelo. Verónica disparó una última vez al muerto con una sonrisa en su rostro, antes de notar que otros tres cuerpos se acercaban en carrera por la ventana.  La respuesta general en el interior de la habitación fue de pánico y disparos. 

Alejandro estaba por salir de la habitación con su madre, pero un segundo sujeto armado se acercó desde allí tapeando la entrada. Su tio Guillermo por alguna razón cayó al suelo y ahora se levantaba. Verónica observó al sujeto al tiempo que dos muertos surcaban el espacio de la ventana accediendo al interior. Al ser la primera en cercanía entre la ventana y los muertos, los zombies no dudaron en abalanzarse hacia ella. La respuesta de la mujer fue rauda, tomó a Guillermo de la parte posterior de su camisa e interpuso entre ella y el primero de los muertos. 

Guillermo comenzó a luchar, pero fue golpeado por la culata del arma en las manos de Verónica. El tío del chico cayó sobre el escritorio con ambos muertos ahora sobre él. Verónica se dispuso a huir de la escena pues el tercer muerto entraba por la ventana, sin embargo Alejandro interpuso su pie y la enorme mujer cayó contra una pared golpeando su cabeza y soltando el rifle y la pistola que llevaba consigo.  

—¡Guillermo!— gritó su madre mientras el hombre luchaba contra los muertos sobre su cuerpo. Uno de ellos golpeaba su cabeza repetidamente contra el escritorio, mientras el otro arrancaba un pedazo de carne de su brazo. 

Los guardias de Verónica emprendieron la huida, Alejandro tomó el rifle que tanto observó durante la reunión y por instinto disparó hacia atrás, en dirección al muerto que entraba por la ventana. La culata del arma dio contra su hombro con fuerza. 

—¡Vete!— El chico giró apenas la cabeza para ver a su madre, la mujer tenía los ojos abiertos, su rostro estaba lleno de miedo. los gritos ahora se escuchaban en cada rincón del lugar. 

—¿Y tu tío?

—¡Está muerto! ¡vete!— continuó disparando, más muertos se acercaban en carrera desde aquella ventana. A lo lejos se observaba que los zombies cruzaban una pared saltando con gran velocidad llamados por los gritos y disparos de otros. 

El arma en sus manos era tecnológicamente superior, podía saberlo por la lente de aumento con líneas verdes y el silenciador en la zona delantera. Las balas de su arma salían en rondas de tres, a pesar de tener el dedo en el gatillo. Así descubrió que el arma era semi automática, la bala impactó en el segundo zombi en su estómago, cosa que parecía no afectar mucho. Fue entonces que su tío tomó a la bestia por el cuello. Los presentes quedaron asombrados, Alejandro no esperaba ver a su tío levantarse nuevamente. Observó su rostro ensangrentado y sus miradas se encontraron. Notó la expresión de su tío y el rostro haciéndole señas de que se marchase, él sin pensarlo, tomó a su madre del brazo y salió corriendo, mientras Verónica se hallaba de rodillas disparando a los muertos que se acercaban.

—¿Qué haces? los dejamos allí atrás. 

—En cinco minutos este lugar será la cena de una decena de muertos. 

—¿Y tu tío?

—El postre— respondió Alejandro alejándose luego de cruzar los pasillos del conjunto de apartamentos, notando que afuera los hombres de Verónica se hallaban ocupados en huir del lugar donde se reunían zombies.

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