CAPÍTULO 1. HUMANO

Un año  y algunos meses atrás

Se recostó contra la madera intentando controlar la respiración, se quitó el casco un instante, nublaba su visión, respiró profundo y sacó su cantimplora de la correa, preparado para usarla como señuelo.

—¿Qué estarán haciendo Karla y Claudia? —En momentos así las recordaba y añoraba estar en casa en su compañía. Se hallaba seguro de que le seguían, su rastro debió  de ser hallado, no tuvo tiempo de borrarlo, la visión que tuvo le hizo perder la calma y cordura durante un instante, solo deseó salir de allí.

Podía sentirlos, un leve sonido en el aire, se hallaban cerca, su corazón palpitaba a toda maquina. Debía calmar su ritmo, tranquilizarse o le hallarían rápidamente.

Se hallaba consciente de las pocas opciones con las que contaba, apenas logró escapar de la ciudad y de la monstruosidad que presenció. No obstante por delante había más de trescientos kilómetros hasta lo que él denominaba hogar.

Cayó sentado sobre una rama, estaba agotado, la caída de la moto le dejó un fuerte dolor en la pierna derecha. El traje le protegió de algo mas grave, pero ahora sudaba y él se encontraba consciente que el sudor era una perdición, le olerían.

Buscó el intercomunicador y se detuvo a observarlo, no funcionaba a tal distancia, pero de igual forma apretó el botón— Si me escuchan chicas— Guardó silencio, la frustración le embargaba— Si escuchan esto, por favor, no vengan acá, no me busquen. Las amo, cuídense, no podré llegar a comer— Algo se movió. Se levantó raudo e intentó subir un poco más en aquel árbol con ayuda del par de cuchillos. A sus pies toda una jauría de olfateadores corrían como arañas cruzando el terreno, detrás de estos un centenar de jadeantes haciendo temblar el suelo.  Varios olfateadores se detuvieron mirando a todos lados. Le habían olido.

Pegó su cuerpo al tronco y observó por entre el follaje. La brisa movía las ramas, el crujir y las hojas ocultaban un poco su presencia. Pero lo peor se acercaba y él tan solo podía esperar. Dos pensantes se acercaban, altivos montando cada uno a un bestial, mientras otro par de estas enormes criaturas les escoltaban a cada lado. Se mantenían alertas, eran cazadores y él la presa. El andar era lento, uno de los pensantes vestía un jean y portaba un rifle en la espalda, su rostro era alargado y grisáceo, sus brazos deformes, extremadamente largos. El otro debió ser una mujer alguna vez, mostraba una herida grande en el pecho, avanzaba son ropa y aprestaba una lanza en su mano.

—Huele a basura humana— Aquella voz era lúgubre, áspera, demasiado para haber sido una mujer alguna vez.

—Mieeedoooo, está en el aireeee ¡Estaaaa cercaaaaa!— Levantó el  y la orden fue ejecutada, los olfateadores empezaron a trepar en su búsqueda. El miedo le invadió, uno que llevaba años sin sentir tan de cerca, el miedo que solo da cuando la muerte se avecina rauda y sin posibilidad de escape.

Alejandro observó a los lados— Quizás si escalo— pero no había tiempo para ello, entonces una idea descabellada vino a su mente. Tomó el par de cuchillos del tronco, lanzó la cantimplora y corrió por la rama, lanzándose al aire con los brazos extendidos y los filos en cada mano.

No supo si la distracción de la cantimplora llegó a funcionar, tan solo pudo observar el cuerpo del bestial al cual apunto caer, seguido del fuerte impacto contra su pecho y cabeza. Un bramido estremeció el lugar, seguido de un grito en coro  por parte de los muertos.

El bestial se alzó en sus patas traseras antes de emprender una carrera a toda velocidad, en la cual arrastró consigo y pisoteo a varios jadeantes y olfateadores, sorprendidos por lo repentino que sucedía todo. Alejandro alzó un poco la vista. Se aferraba a los cuchillos y estos se hallaban clavados en la espalda, casi en el cuello de la bestia. La sangre manaba por sus brazos, un líquido negro y espeso. Su alrededor mientras tanto era un rastro de imágenes difusas, arboles esquivados, cuerpos de muertos volando, un olfateador que se sujetó a la pierna derecha y que al segundo siguiente era pisoteado con un sonido lastimero.

Rompieron un pequeño árbol y un pedazo de rama se clavó en su espalda, el dolor recorrió su cuerpo y por reacción apretó sus manos, el bestial aceleró  cual azote recibiese y él apenas podía sujetarse, el resto de su cuerpo saltaba con cada paso de aquella cosa enorme, golpeándose de un lado a otro, agachó la cabeza para que la sangre no diera contra su rostro y se concentró solamente en sujetarse, sin prestar atención a nada más.

Detrás de él un par de bestiales más le seguían y un grupo de jadeantes, pero Alejandro no se hallaba consciente de aquello, tan solo sentía los golpes en cada embestida, un dolor fuerte en su tórax, algo que impactó en el muslo de su pierna y el ardor en su espalda donde el pedazo de rama se clavó.

—¿Cómo se maneja esto?— Clavó el cuchillo en la izquierda y el animal giró a la derecha en el acto, de nuevo un árbol saltaba y salían a un claro lleno de maleza y un par de cercas de palos y alambres que atravesaron como si fuesen mondadientes en el camino.

Avanzaron un trecho hasta que se percató dejaron de seguirle, el sol daba fuerte contra su espalda, debía de ser cerca del mediodía por la intensidad, avanzó así a cuestas de aquel animal sin dejar de ver en toda dirección en búsqueda de muertos cuando cayeron en un desnivel. El bestial rodó junto con Alejandro, cayéndole encima, rodando aun más.

El traje se rompió en el tórax y la pierna, en esta última se abrió una herida larga aunque no tan profunda, se rasgó las manos y el rostro al protegerse.

El bestial reaccionó intentando acercarse para morderle, se hallaba a unos veinte metros, pero sus piernas no funcionaban ya, por lo cual se arrastró por el suelo lentamente, gruñendo, mordiendo, para finalmente detenerse sin energía.

Alejandro no se movió, tan solo se mantuvo acostado observándola, su cuerpo tampoco daba para más, desde allí observaba la larga herida que le realizó al bestial— La caída— En aquel instante clavo y rasgo media espalda de aquel ser.

El rifle se hallaba atrás, a unos cuarenta metros, la correa que le sujetaba se rompió entre  el desastre.

El bestial tardó casi dos minutos en morir, Alejandro le tomó otros cinco poder levantarse, buscar sus armas y prepararse para continuar su camino a casa. La moto se hallaba ahora en algún lugar cercano a aquella ciudad, y él no tenía ningún deseo de regresar.

Su estomago rugió produciéndole una fuerte risa —No hay comida para ti hoy— Le respondió, buscó el comunicador en la correa, deseaba hablar con Karla y Claudia, pero debió perderlo en algún lugar.

Su alrededor era un pastizal con desniveles, pero tan a descampo que cualquier cosa era visible a cientos de metros de distancia. Eso le tranquilizó un poco, no tenía energías como para luchar, caminó hasta llegar a una zona  de pequeñas montañas y buscó el este donde debía de pasar la carretera y algunas casas en los alrededores.

El sol comenzaba a jugarle en contra. Le resultaba raro, el mundo ahora lucía tan pacifico que era irreal, incluso un poco irónico.

Llegó a un grupo de casas, su prioridad fue hallar un vehículo y dirigirse a casa, pensando en la distancia prudencial para disparar y desactivar una de las múltiples armas automáticas que estaban dispuestas por la ciudad. Sin el comunicador era imposible indicarle a Karla o Claudia su regreso para que le desactivasen una entrada.

Cinco meses después

Aun recordaba aquella visita, repasaba las notas en su cuaderno, en las notas de seguro se hallaba la clave, en algún lado de aquella visita y la siguiente tres meses después a la ciudad de los muertos.  La realidad no era distinta, pero al menos se encontraba en casa ahora, Karla se hallaba embarazada y desde la nación europea y los americanos deseaban saber más sobre el incidente y sus incursiones por las ciudades.

Pero él no estaba dispuesto a compartir demasiada información, esta se había convertido en algo valioso que brindaba protección y hasta cierto punto seguridad de que nadie le atacaría. Al menos nadie que fuese humano aun, los muertos eran otra historia, diariamente las armas automáticas eliminaban decenas de ellos. Alejandro, Claudia y Karla se dedicaban en las mañanas a realizar un recorrido, cambiar municiones y limpiar el camino. Esa era la realidad en la cual se hallaba desde casi ocho años atrás, cuando un virus, el cual luego reconocieron como agente ARE se esparció por la humanidad convirtiéndola en lo que se denominaban zombis.

Desafortunadamente los muertos no eran como en las películas, el virus era más aterrador de lo que podrían haber imaginado, mutaba para adaptarse al ambiente y sobrevivir, cambiando a sus huéspedes, transformándolos en maquinas con la necesidad de matar y comer.

No se hallaba seguro sobre cómo sobrevivió a toda la catástrofe, quizás fuese debido a su bitácora, un  par de cuaderno con anotaciones exhaustivas sobre todo lo que realizaba. Tal vez se lo debía a Karla, su amiga de la infancia, o a Claudia, una pequeña la cual rescató cuando tenía ocho años junto a su hermana Sara, esta última ahora le odiaba y residía en el Armonia. Quizás, fue gracias a una chica en particular, Alicia, una dulce y creyente chica la cual perdió en Brasil, un hecho que aun le dolía y recordaba con pesar algunas noches.

Dejó de buscar razones, ya aquello no importaba, tan solo se hallaba a gusto con la vida que llevaba, y estaba dispuesto a defenderla. Ya lo había hecho en el pasado, la única diferencia es que ocho años atrás él era un simple estudiante que se vio inmerso; ahora era distinto, el tiempo le curtió en cierto aspecto, el entrenamiento y las vivencias le armaron con los conocimientos necesarios para sobrevivir. Los últimos años los dedicó a armar su casa, entrenar, y estudiar a los muertos a fondo. Todo gracias a una gran cantidad de tiempo libre y mucha determinación. Estaba preparado, el futuro ya no sería igual.

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