CAPÍTULO 1. EL CONTENEDOR ROJO

Son las tres con cincuenta de la madrugada del día 72 después del incidente, la noche ha sido una de las mejores, sin tantos gritos, algunas sombras han pasado por la esquina, por lo visto son mutilados. Mi zona sigue siendo bastante tranquila en comparación a otras que he visto, y el hedor no es tan fuerte. Creo que mañana será un largo día, empiezo a quedarme sin cloro, y la carne de cerdo… Lo segundo será difícil de hallar. Vi un supermercado cerca de mi antigua zona de estudios, en el pequeño centro comercial. Parece que se ha conservado, aunque la parte negativa del asunto es que esa zona está en disputa.

 

 

 

El chico terminó la nota, observándola durante unos segundos en medio de la penumbra de la habitación. Estaba cansado física y mentalmente, su cuerpo lucía varios hematomas bajo la ropa. El más grande y oscuro se hallaba en su hombro y espalda derecha, era una herida que nunca sanaba debido al esfuerzo de portar y accionar los rifles.

El cuarto donde se hallaba era amplio, su cama estaba desordenada por tanto girar sin conciliar el sueño. Al lado, en la mesita de noche, había un rifle AR de ATL, una modificación rara de un AR- 15 hecha a medida para algún magnate que probablemente murió sin poder usarla. Sobre la mesa reposaba una cámara mecánica maltratada con varios tipos de lentes, dos cuadernos de notas y un par de lapiceros. En la pared se observaba un enorme afiche de la guerra de las galaxias, al igual que un halcón milenario sobre un estante, justo al lado de una pequeña pila de comics. El cuarto en general se hallaba bastante ordenado, la pintura de las paredes en perfectas condiciones y el ambiente nauseabundo del exterior era imperceptible en tal lugar, ni moscas, ni olor. Sin embargo, a simple vista cualquiera adivinaba que algo extraño sucedía.

Las ventanas de la habitación se hallaban cubiertas por un plástico transparente y secciones de periódicos, ambos colocados dentro y fuera de la habitación. Pero aquello no era el principal indicio de lo que sucedía. Probablemente se trataba de la oscuridad general, o del silencio profundo que descansaba sobre cada cosa, casa y calle de la ciudad. El silencio y la muerte rondaba por cada esquina de la escena, siquiera grillos se lograban escuchar por encima del viento.

La habitación donde descansaba, era la principal de una gran casa. Y a pesar de lo meticulosamente arreglado que se hallaba todo, y que las moscas no avanzaban hasta el interior de tal lugar, con solo verlo podrías saber que algo no estaba bien.

El chico agarró la cámara y se tomó una foto a sí mismo, el flash del aparato le deslumbró por un instante.  En su cuaderno anotó la hora, mientras observaba un celular grande que guardaba en el bolsillo de sus vaqueros.

Se movió por el lugar, abrió la ventana para ver un poco entre todo el plástico y verificar la zona. No había movimiento alguno, ni señales de peligro, aquello era un alivio. Sin embargo sentía un enorme malestar, llevaba varias noches sin poder dormir bien. Cuando el reloj marcaba las tres o cuatro de la madrugada, ya se hallaba despierto y deambulando por el sitio. Necesitaba alguna forma de dormir, incluso si eso precisaba el uso de medicamentos. De otra forma entraría en colapso.

Revisó el rifle AR cuando el teléfono emitió una pequeña luz verde que indicaba eran las 4 am en punto. Aquello le desanimó en extremo, tenía un largo día por delante y en alguna hora del mediodía probablemente su cuerpo se sentiría terriblemente agotado.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un grito desde el interior de la casa. El sonido despertó sus sentidos aletargados y se levantó en el acto. Su respiración se aceleró durante un instante, su cuerpo tembló, y por instinto se movió para observar la puerta. Tomó de la mesa de noche la pistola Beretta 92 SB-F, jaló la corredera atrás dejándola cargada y caminó lentamente por el pasillo oscuro. No intentó encender ninguna luz, sabía que no había electricidad en toda la casa. Sus ojos se hallaban acostumbrados a la penumbra igualmente, podía percibir el movimiento y el contorno de todas las cosas del hogar con facilidad.

Salvo por aquel grito todo permanecía en silencio. Se hallaba consciente era casi imposible que algo entrara, había colocado todas las trampas necesarias, revisado todo antes de acostarse. Tampoco dejó un rastro visible, por lo cual ningún olfateador debía tratar de hacerse camino hasta el interior. El lugar era en términos prácticos una fortaleza de concreto y acero. La había puesto a prueba con anterioridad, por eso permanecía en tal lugar, a pesar de ser bastante grande para una sola persona.

Avanzó por la sala de estar, todo estaba en su sitio, esto le tranquilizó más no era motivo de confianza. El grito se escuchó nuevamente y reconoció su procedencia, corrió con el arma empuñada a un lado de su cuerpo hasta el fondo del hogar. Donde antes había un lindo patio, ahora se encontraba una habitación con ventanas enrejadas al interior, sin puerta alguna.

Dentro de la sellada habitación estaba una de estas bestias sangrantes, repulsiva, de ojos vidriosos y piel cetrina putrefacta. A pesar de todo, la criatura daba la impresión de mantenerse de cierta forma inmune al tiempo. Tenía un agujero en la quijada por el cual resbalaba algo viscoso lo cual el chico no quería ni averiguar. No tenía cabello pero obviamente era de sexo femenino denotado en su pecho y aquella blusa azul larga con manchones marrones secos y acartonados. Intentaba escapar del par de esposas y cadenas que le mantenían al fondo de la habitación.

Una imagen vino a la mente del chico, fue en el día cincuenta y cuatro cuando capturó aquel ser tan repugnante y lo encerró por completo en dicha cámara como experimento. Necesitaba saber cuánto tiempo podría sobrevivir un zombi sin nada para comer. Era la única razón para retenerle a pesar de los gritos o ruidos que este pudiera hacer. En su opinión aquello era un peligro calculado.

Los últimos días la bestia no gritaba ni jadeaba tanto como antes, se quedaba quieta, parada sin moverse durante horas, pero parecía que por el hambre recobraba la conciencia en ciertos instantes. Eso, o cualquier otra razón, cada cierto tiempo el muerto viviente profería gritos guturales o jadeaba sin sentido. Aquello le sacaba de su lugar y asustaba en ciertos momentos, siempre había peligro, si tan solo otro muerto la escuchaba, él tendría problemas.

Afortunadamente la habitación y el pasillo contenían todo el sonido dentro del hogar. Las paredes de aquella casa tenían revestimientos internos y arena dentro de cada bloque de concreto. Pese a todo, normalmente cerraba la puerta del corredor contiguo, con lo cual el grito se eliminaba en el interior de la morada, así su mente estaba más calmada y podía conciliar algo de sueño.

Sin embargo, esta noche se hallaba allí, detenido frente a la criatura, planteandose la posibilidad de eliminarla. Alzó el arma apuntando directo a la cabeza de aquel zombie. Deseaba verle muerto, acabar con su sufrimiento y gritos, pero no tenía ningún sentido todavía. Bajó la pistola un poco decepcionado de sí mismo, e impotente ante toda la situación que vivía. Su cuerpo temblaba de ira.

El olor a excremento y orina vieja de aquel muerto tampoco ayudaba a relajar sus nervios. Las moscas si se hallaban en aquella ala de la casa, zumbaban y revoloteaban por suelo, paredes y el cuerpo del muerto. Era un dolor de cabeza.

Se dejó caer en el suelo, era el día setenta y dos en horas de la madrugada, casi veinte días de tener el muerto allí encerrado, y aún así, no había signos de que este estuviese a poco de sucumbir debido al hambre. ¿Acaso eran inmortales? ¿Podrían sobrevivir por siempre? ¿O solo debía probar con otros factores como temperatura o exposición al agua? ¿Qué debía hacer? No era posible contener a toda la población de su ciudad encerrándoles. Probablemente el otro tenía razón, y volarlos a todo era el método más efectivo.

Setenta y dos días atrás, él era un chico común de una zona cualquiera de su ciudad. Acabó de terminar la secundaria con notas sobresalientes, mismas que cultivó pensando en una buena universidad y quizás una beca que facilitase las cosas. Sus aficiones eran la fotografía y la natación; la primera de ellas le permitió apreciar y detallar las cosas, la segunda un par de músculos y una espalda bien definida.

Sus pocas amistades habrían expresado que se trataba de alguien tranquilo y de escasas palabras. Sereno casi en extremo, soñador respecto a sus ambiciones, pero muy centrado en sus labores dentro del aula.

Ahora, no importaba mucho sus altas notas en el colegio, el récord roto en la piscina, o su posible entrada a la carrera de biología o medicina.

Solo algunas horas bastaron para que las reglas de la sociedad dejasen de aplicarse. Horas, para que el futuro de miles quedase destruido y la única regla relevante fuese sobrevivir. Ahora no había muchos lugares seguros, qué decir de medios de comunicación, policía, milicia y afines, todos terminaron derrumbados por su propio motor, los seres humanos.

La causa de aquel desastre era desconocida, no se verificó si era un virus, un arma biológica, o un experimento fallido y fuera de control. No hubo mucho tiempo para reaccionar tampoco. Para cuando los gobiernos lo enfrentaron, esto sucedía en simultáneo casi en cada rincón del planeta. Las llamadas de alerta solo crearon pánico entre la población, y los sitios de albergue fueron el almuerzo de los muertos.

El primer día de la infección y los cinco consecutivos fueron los peores. Los muertos cazaban de forma activa y correteaban personas que gritaban desesperados tratando de salvarse.

De lo que él estaba seguro era de la manera de infección, lo vió de primera mano varias veces, la sangre. Tanto una mordedura, como el contacto de la sangre infectada contra una herida abierta convertía a las personas en muertos. Los ojos, o la boca, era la misma historia, la persona moriría a los pocos segundos entre convulsiones y gritos de dolor, y luego se levantaban como parte del ejército  de zombies que deambulaban por la ciudad.

Regresó a la habitación abatido ante la situación y el estancamiento de las cosas. Su futuro ahora no era brillante, al contrario, se vislumbraba muy gris, con una rutina escalofriante de buscar comida y sobrevivir. Probablemente una de las peores cosas era el hallarse solo. No tener con quien conversar estaba causando estragos en su mente. El daño real no era por el tiempo que tenía sin compañía, era el estrés al que se veía sometido día tras día sin muchas opciones para divertirse o relajarse. Estaba seguro que a veces sufría de pequeños delirios, por esa misma causa tenía diarios en su habitación y tomaba fotos cada vez que podía. Necesitaba un ancla a la realidad.

Desafortunadamente, la necesidad no le permitía encerrarse en la habitación a dormir y ver los días pasar. Había muchas cosas por hacer si deseaba permanecer vivo, sitios por recorrer, suministros que asegurar. El tiempo siempre corría, y quien tomase primero las cosas, era quien sobrevivía. Nueva regla del apocalipsis.

Por otra parte, su hogar requería de ciertos procesos para permanecer seguro. Ello incluía limpieza con cloro, encender los generadores, buscar gasolina, aislar las habitaciones, colocar filtros de aire, limpiar los filtros de agua. Y todo esto significaba salidas continuas a una ciudad plagada de muertos. Visitar lugares donde reposaban hordas enteras, o tan nauseabundos que apenas podías mantenerte sin vomitar.

Estaba seguro que en algún momento la suerte se acabaría, al igual que los suministros, pero no estaba dispuesto a ponerlo tan sencillo. No sin luchar un poco. No tenía ansias de morir, sentía que mucho faltaba, aunque no estaba seguro de qué exactamente, y eso le hacía sentir ansioso y con incertidumbre.

Eran las cuatro veintitrés minutos cuando se escuchó una explosión a lo lejos, las ventanas vibraron y los muertos reaccionaron lanzando gritos al aire. Cientos de ellos comenzaron a correr en diferentes direcciones. Él se mantuvo en silencio en medio de la penumbra. Los pasos agolpados se escucharon incluso en el techo de la casa contigua. Abrió ligeramente la cortina para observar la situación, escudado por la penumbra y el desastre en las calles, ninguno notó sus ojos en la oscuridad.

—Más tarde debo ir a revisar qué fue eso, de seguro algún grupo, o algún muerto movió algo— expresó en voz baja antes de cerrar y acostarse en la cama. El rifle permaneció a un lado, al igual que la Beretta. Era la única forma de conciliar algo de sueño.

Una hora después el celular vibró, y él se levantó sobresaltado. La hora de despertar siempre le tomaba con sorpresa y poco descanso, su ritmo diario iniciaba a tempranas horas comúnmente.

Tomó una ducha, comió algo de cereal con leche en polvo preparada previamente. Luego limpió y recargó la AR de ATL, ya que la había usado el día anterior. Pasó a regar las plantas que mantenía en un sótano improvisado, en el cual entraba el sol por una ventanita que mantenía con vidrio reforzado y rejillas. La luz era dispersada por la habitación mediante espejos colgados con alambres. Un método rudimentario pero efectivo que leyó en algún lugar.

El pequeño invernadero era uno de sus recientes proyectos. Tenía algo de hierbas para cualquier comida, un par de plantas que pensaba eran antisépticas, más no se atrevía a comprobarlo, unos tomates y un par de flores sin saber exactamente la razón.

No solía usar energía eléctrica salvo para mantener el refrigerador, aunque logró hacerse con tres generadores medianos. La razón era que el ruido de las mismas era un peligro, y no toda la casa era insonora. La habitación aislada de ruido que había creado para ellas era ahora la residencia de su morador jadeante indeseado en la parte trasera, por ello mudó los generadores al sótano. Allí el ruido se minimizaba en gran medida aunque no por completo, por tal motivo solo se podían encender un par de horas al día, ello mientras mantenía vigilancia, y el olor a humo no atrajese visitantes.

Ese día necesitaba salir de la casa, el día anterior había investigado en un gran supermercado a casi un kilómetro de donde se encontraba. La zona estaba morada por exceso de olfateadores, lo cual complicaba siempre las cosas. Además en los alrededores se hallaban ciertos edificios, y estos siempre significaban enjambres de jadeantes. No entró al centro comercial, pero desde afuera se podía observar que las verjas del supermercado estaban intactas, esto era una buena señal, significaba que no fue saqueado en los primeros días. Valía la pena acercarse, la comida era uno de los bienes más relevantes, y, aunque él tenía bastante, comprendía que en algún momento la situación no sería tan sencilla.

A pesar de eso, la cantidad de muertos en esa zona era un peligro bastante grande. Las oficinas crearon zonas donde las concentraciones eran mayores a lo usual. La duda se instaló en su cabeza con fuerza. Temía bastante a los jadeantes, y con razones de sobra.

Después de pasar tanto tiempo solo, en compañía de las bestias, pudo diferenciarlos y clasificarlos en tres tipos.

Primero estaban los mutilados. Eran muertos putrefactos de piel cetrina debido al tiempo, de andar lento y desorganizado. Se movían al escuchar sonidos alrededor, por lo cual se desorientaban fácilmente. Muchos de ellos estaban tuertos, y mancos, de allí su nombre. No representaban una gran amenaza a menos de encontrarse con ellos en un espacio cerrado, o cuando viajaban en grandes cantidades. Ya los había visto, se aglomeraban sobre un lugar, cuerpo tras cuerpo hasta hacer ceder estructuras. En general, era el tipo de zombie común que leyó en algún lugar y vió en películas.

Luego estaban los jadeantes, eran humanos infectados que parecían hallarse en buena condición física. Sus ojos se hallaban sumidos en penumbra, el aire a sus alrededores era en extremo nauseabundo, en especial porque algunos todavía excretaban sobre sí mismos. Se les diferenciaba por las venas azules o negras muy marcadas en piel blanquecina o grisácea. Sus músculos parecían marcarse fácilmente, y algunos perdían el cabello por completo. Se encontraban parados en cualquier sitio, agitados, a la expectativa de algún grito o sonido peculiar. Al escuchar algo de su atención corrían fuertemente en grupos hasta su objetivo. Además, poseían una fuerza descomunal, y en ocasiones, por instinto, reflejo, o imitación, eran capaces de superar obstáculos,  incluso abrir puertas. Esto para el entendimiento del chico era signo de inteligencia. A pesar de ser sucesos muy escasos ya los había presenciado un par de veces, tomando atajos para sorprender a sus presas, o eludiendo trabas.

Por último, pero más importantes estaban los olfateadores, para su impresión eran los más peligrosos entre los tres. Bajo esta calificación habían infectados humanos, y animales; había visto perros y aves dentro de este renglón. A este grupo tan diverso, la infección por alguna razón les había dotado de una hipersensibilidad a los olores, rasgo que les permitía rastrear a sus presas. Parecían comunicarse entre sí por medio de gritos ensordecedores, eran rápidos, rapaces, al igual que los jadeantes podían trepar. Se les hallaba en cualquier sitio, escondidos, siguiendo pistas, olfateando. La peor parte era que, de encontrarte uno de ellos, después de lanzar su grito infernal, podías estar seguro que toda una horda de jadeantes y mutilados acudiría de inmediato al llamado.

Por esta razón eran los olfateadores a quienes él iba eliminando metódicamente antes de investigar un lugar, de los otros dos podía escapar con suerte. Siempre y cuando fuese silencioso y no llamase la atención podía pasar desapercibido de jadeantes y mutilados. Al menos así era en la mayoría de casos, pero eso no aplicaba a los olfateadores.

Otro punto relevante de los muertos en general, era que, por alguna razón, todos ellos parecían huir de la luz solar, sin embargo, no les afectaba. Siempre se encontraban en las calles incluso a la luz del día. Pero, por alguna causa preferían deambular en horas de la noche, o eso le parecía a él. La mayoría de los muertos se hallaban dentro de las edificaciones durante el día, debajo de puentes. Incluso observó montones de muertos agrupados en la sombra. Las noches en cambio eran un caos donde la población infectada reinaba, salían de todos los lugares posibles buscando presas, corriendo sin rumbo, creando estampidas de muertos que persiguen el ruido de otros.

Se preparaba para salir, eran las siete de la mañana. Se vistió con un jean grueso, una camisa y una chaqueta la cual él mismo había reforzado por dentro con una capa extra de algodón mullido, y con algo de cinta. Ciertamente el día era caluroso, pero prefería vestir de esa manera. No era una protección fiel, pero, se sentía mejor con ello encima. Un mordisco en sus brazos no era muy efectivo, primero debían desgarrar sus protecciones.

Tomó los lentes goggles, su celular junto a su bitácora en la cual tenía dibujado varios mapas.

—Sólo otro día más, nada diferente al día de ayer— expresó en un cantar para calmar los nervios—. Otro día al igual que el anterior, y el anterior. Si tan solo no estuviese en el fin del jodido mundo. Probablemente deba buscar un balón de voleibol y pintarle una cara al frente— Trató de bromear un poco consigo mismo para calmar los nervios.

Chequeaba el camino a seguir sobre el papel, aunque ya el día de ayer lo hubiera hecho, siempre era bueno aprenderse atajos o caminos aledaños que usar en caso de emergencia. También intentaba encontrar algún lugar alto desde el cual pudiese ver un ángulo distinto del supermercado. El día anterior logró subir por una escalera de emergencia de un edificio, y desde allí eliminó al menos unos quince olfateadores. Una muy buena marca, no obstante, no la mayor en su récord propio. Finalmente se retiró por miedo a quedarse sin munición.

Por último, revisó sus armas, pensando en cuáles debería llevar. Para ese instante disponía de un pequeño arsenal: la AR de ATL que le acompañaba normalmente, un par de Berettas calibre 40, y 9 respectivamente; una M75 Champion, una M75 compacta de calibre 40 la cual nunca había usado, un rifle XM2010 este era una versión nueva del M24 Winchester; esta se hallaba instalada en la ventana principal de su casa, era la protección final. Sus disparos eran lo suficientemente potentes para eliminar lo que fuese a gran distancia.

Sus objetivos en esta ocasión eran encontrar comida, medicamentos y municiones— Y un balón, a ver si me hace compañía para conversar antes de dormir, quizás pueda hasta colocarle una peluca.

Actualmente deseaba alguna pistola automática. Había dos shotguns pero no tomó ninguna de ellas. Aquellas armas representaban mucha desventaja táctica en su opinión, eran grandes y necesitaban ser usadas cuerpo a cuerpo para lograr gran impacto. Hacían bastante ruido, que llamaría la atención de forma indeseada, sin contar que requería una recarga de cartuchos constante, lo cual era un tiempo que en una situación real representaría su muerte segura.

Él sabía muy bien que un calibre mayor no era una mejoría, pues, siempre y cuando se apuntase a la cabeza o cuello, un calibre pequeño tendría la misma efectividad que uno grande. Por otra parte, eran muertos, no necesitaba eliminarlos el cien por ciento de las veces, en ocasiones con desequilibrarlos era suficiente para tener una ventaja.

Tomó el par de Berettas, la Champion colocada en una correa de pierna, y el AR de ATL en su espalda. Revisó las ventanas antes de salir de casa, al igual que las trampas. Agarró un cuchillo de mano por precaución, y, en un bolso una botellita con lo último de cloro, alcohol, dos de sus bitácoras junto a la cámara mecánica de su preferencia, la grabadora y el reproductor de bolsillo.

Se encaminó por la avenida principal a pie mientras tarareaba en voz baja. Aquello le permitía mantenerse alerta mientras observaba en todas las direcciones. Había vehículos, pero no representaban una ventaja en ese instante. Varias veces observó a personas huyendo en automóvil, seguidas por jadeantes que terminaban por alcanzar el vehículo, montarse sobre el mismo, golpeándolo, hasta detenerlo o volcarlo, para luego tomar a sus ocupantes. Por su parte prefería caminar, el silencio era su amigo.

El ambiente se hallaba lleno de moscas revoloteando, la grama y maleza comenzaba a ganar terreno al pavimento, mostrándose en pequeñas grietas.

La calle estaba vacía, por la contigua se observaban unas tres figuras caminando lentamente, mutilados de seguro, no representaban amenaza alguna. El cielo estaba despejado ese día, lo cual era un alivio. Había bandadas de pájaros infectados surcando el cielo, él los calificaba entre los olfateadores, probablemente se infectaron al comer carne de muertos. Como dato curioso días atrás notó que no había ratas o gatos infectados, ambos se hallaban extintos y sus cuerpos podías encontrarlos dispersos en las calles. Desconocía las razones del fenómeno.

Cruzó un puente y se encaminó por la principal hasta toparse con una pasarela luego de media hora de caminata.  El tiempo era fresco, con una brisa ligera casi imperceptible, de seguro su aroma no se estaba regando mucho, lo cual era bueno. Apreciaba los días como este, donde todo parecía resultar ideal. El sol era fuerte y el sudor corría un poco por debajo de toda la ropa, sin embargo, se hallaba cómodo. Su único deseo era pasar desapercibido y terminar con todo aquello rápido.

Al frente se hallaba una avenida llena de vehículos abandonados en distintas secciones. Aquel marcaba el inicio de un territorio peligroso. Más allá se hallaba una serie de edificios muy altos, pero antes de llegar a ellos se debía atravesar una pequeña maleza, por donde antes transitó un tren. Aquel lugar era un sitio donde usualmente se hallaban olfateadores.

Subió a una pasarela con cautela, colocó su AR lista para observar la zona y disparar. También tenía la opción del camino más largo, pero le tomaría más de una hora a pie rodear la zona, sin contar con poder ser visto por allí. Se acostó tranquilamente sobre el metal de la pasarela, apoyó el rifle sobre su mochila, y fue observando por la mirilla telescópica cuidadosamente.

A las doce en punto y acercándose había un olfateador, un perro algo grande con colmillos largos. Desconocía la raza del mismo, pero era algo contra lo cual no quería enfrentarse.

Colocó el silenciador del arma, calculó un poco la distancia tomando en cuenta el viento, un truco que había aprendido de Raul, un excéntrico de las armas que ahora se hallaba muerto. Al terminar, la mira estaba un poco desviada a la derecha del objetivo, más él sabía que era la manera correcta, respiró profundo y jaló el gatillo. Sintió un pequeño empujón sobre su hombro, el can era derribado luego de la bala atravesarle el cráneo.

A la izquierda se hallaba un jadeante junto a un olfateador, aquello representaba un reto, ya lo había probado de antemano. Disparar primero al jadeante significaba ser descubierto por el olfateador debido al rastro de pólvora permanente en el aire, después no habría tiempo de disparar nuevamente, tan solo de huir. En cambio, disparar primero al olfateador representaba que el jadeante se pondría en alerta, comenzaría a correr, pero sin dirección alguna sería cuestión de tiempo eliminarle. Esta última era la mejor opción entre las dos, así pues, le apuntó al canino y disparó. Tal cual imaginó, el jadeante comenzó a moverse, corriendo entre la maleza. Lo dejó así, de haber algún otro ser aquello le alertaría y delataría su posición.

Al cabo de dos minutos de movimiento halló a un segundo jadeante, que se unía siguiendo al primero, dos disparos se encargaron de ellos antes de continuar su camino.

Cruzó un par de casas marchando lentamente, el sol se alzaba ahora de forma imponente, intentaba no llamar la atención al caminar y observaba en todas las direcciones. La zona por donde se hallaba era semi residencial, con algunos edificios altos llenos de hogares. Ahora significaba el escondite de cientos de muertos. Era el tipo de lugar que evitaría a toda costa en el pasado. Las múltiples ventanas de las casas y paredes a medio construir eran escondites perfectos para zombies. Afortunadamente ninguno se asomaba sin necesidad en ese instante.

—Solo un pie delante del otro, si algo suena, corres. Sencillo. Solo no dispares cuando veas a algún muerto detrás de ti. Escondites hay de sobra— Tragó saliva, sus nervios comenzaban a ponerse de punta. A lo lejos notó a un par de jadeantes corriendo hasta estrellarse contra una ventana de algún edificio.  Probablemente perseguían a algún perro que sobrevivió.

La calle estaba llena de restos humanos y manchas grotescas que ahora casi desaparecían. Era una visión desalentadora. Lo mejor que podía hacer era andar y mantenerse callado, o las moscas entrarían en la boca.

Solo tuvo que matar a un par de muertos en aquella zona. Ambos mutilados que pudo despachar con el uso de su cuchillo.

Finalmente llegó al centro comercial donde estaba el supermercado. La construcción se hallaba cerca de un lugar de comidas rápidas, una estación de servicio y otros edificios. Él por su parte lo recordaba por hallarse frente al edificio donde estudió inglés durante un tiempo. Un lugar alegre donde disfrutó de varias amistades.

Se movió por un costado de la calle, ocultándose en lo posible por una serie de árboles y la sombra de los edificios.

El día anterior había estado allí, pero algo raro ocurría en esta ocasión. A unos doscientos metros del lugar, donde había un viejo accidente de autos, una multitud de zombies se congregaba. Jadeantes, olfateadores y mutilados se hallaban golpeando lo que era un contenedor rojo.

Probablemente unos trescientos muertos, gritando y llamando a otros al lugar. Lo demás estaba igual, el estacionamiento del centro estaba vacío, las puertas abiertas, y ningún otro alrededor.

—¿Qué carajos? Algún pobre diablo debió quedar allí atrapado— Por lamentable que fuese, el infortunio de algunos, era la fortuna de otros. Ahora su objetivo se hallaba despejado. Continuar su camino sin el estorbo de las bestias era sencillo. Llegó rápidamente al centro comercial, forzó un poco una de las verjas, y se arrastró por la parte de abajo para poder entrar al lugar. El supermercado se hallaba cerrado, tal como observó antes— Nada que una palanca no pueda arreglar— Sonrió sintiéndose afortunado.

Al entrar se movió con soltura por el lugar. No se trataba del mayor supermercado, pero el lugar estaba repleto de comida, y las moscas de la zona de jamones y quesos no eran excesivas. Lo cual indicaba que debió estar refrigerado hasta hace pocos días. Era común que lugares tan grandes como este usaran plantas eléctricas industriales en zonas como los sótanos. Mecanismos de emergencia para no perder los productos ante un apagón.

Tomó un carrito de compras y alcanzó la zona de víveres. Se divirtió como nunca, arrastrando el brazo para incluir toda clase de enlatados a medida que recorría un estante— Siempre quise hacer esto— Observó el carrito—. Pero es demasiado, mejor devolver algunas de estas cosas—  tomó lo necesario más algunas bebidas. Las carnes del mostrador eran de un verde mohoso, pero atrás en la zona del refrigerador  otras se mantenían aún tiesas presas del hielo.

—El centro comercial debía tener algún generador de emergencia que funcionó mucho tiempo después de la infección, sin supervisión funcionó sin parar hasta quedarse sin combustible. Soy un chico afortunado, esta carne no parece descompuesta. Aunque necesitaré hacer varios viajes para poder llevarme todo. ¿O quizás sería mejor venir e instalarme aquí un tiempo? Si mal no recuerdo había un restaurante de comida china en el segundo piso. Me serviría para preparar la comida, y el palacio de los colchones para dormir. Esa película de zombies tenía razón. Un centro comercial es de lo mejor para vivir en el fin del mundo. Hay de todo— Se movió revisando las carnes que se hallaban guindadas por enormes garfios— El cuarto cerrado se mantuvo frío— Bajó un par de piernas y las movió hasta el carrito de compras mientras se deslizaba y bailaba de forma excéntrica.

Caminó un poco más por el supermercado, tomó  algo de cloro y baterías. A setenta y dos días de infección hallar un centro comercial aun con víveres era un milagro, o quizás alguna trampa, pero debía tomar el riesgo.

—Mira esto ¿Estará bien?— Revisó el empaque de galletas y tomó varios de estos, algo de azúcar y chocolates—. Y salsa para pastas ¿cuánto tiempo se mantienen estas cosas?— Sonrió agregando el frasco al carro.

Pasó a retirarse por la salida del este. Sintió el grito de una chica, seguido de los aullidos perforantes de los olfateadores y de toda una jauría de jadeantes que bajaban desde un edificio, y corrían por la calle rumbo al contenedor rojo.

—¿Una chica? ¿Qué hace una chica en un contenedor?— Empezó a caminar en círculos en la salida, donde todavía se observaban el remolino de muertos aglomerandose.

—¡Auxilioooooo!

—Si, una chica viva ¿pero qué carajos piensa que hace gritando desde un contenedor? Solo atrae más muertos ¿Está loca?— La cantidad de muertos iba en aumento, se quedó un pequeño instante allí mirando sin comprender el porqué todavía no escapaba de aquel sitio. No era la primera persona que veía morir, y difícilmente se consideraba a sí mismo un héroe—. No puedes rescatarla— expresó con calma mirando la situación— No puedes rescatarla, ni a ella, ni a nadie, ¡mira la cantidad de zombies!, están por todo el lugar, deben ser cientos, tal vez mil de ellos ¿qué vas a hacer? ¿solo crear una distracción y sacar a la chica de allí?— Giró la cabeza, los muertos aumentaban rápidamente, pronto llegarian más. Los gritos ensordecedores creaban un eco que crearía una horda de cientos o miles de muertos en poco tiempo.

—¡Auxilioooo, por favor, quien sea, alguien!

La voz era fuerte, casi como un lamento, desgarradora. El se movió por el lugar irritado consigo mismo— ¿Por qué arriesgar todo y rescatar a alguien? ¡Es solo una chica! ¿Qué harás? No hay rescate que vayas a cobrar. Si, siempre está la opción del sexo, pero seamos sinceros. No vas a poder escapar, son cientos de muertos ¿Qué plan tan brillante se te puede ocurrir en este momento para salvarla?— A pesar de sus palabras se hallaba moviéndose por el lugar a gran velocidad mientras buscaba soluciones a su alrededor.

No tardó en hallar una ruta de escape, y un distractor, uno enorme dicho de paso. Llegó hasta el lugar donde se hallaba el mercado recién hecho. Lo movió de lugar hasta un auto estrellado en la cercanía. Tomó sus bolsos pensando en la estupidez que acababa de ocurrírsele—. Si te mueres hoy, será en vano, esto no es nada calculado. Y habrás muerto como un imbécil, en gran medida. Mira que arriesgar una perfecta salida y toda esta comida. Todo por una chica. Espero que sea fea, para que luego quieras morir de vergüenza ante tu idiotez. Quizás sea como Verónica, gorda y enorme con rostro como sapo.

Del bolso sacó una grabadora y un pequeño reproductor de audio; aquello era el equipo usual para crear distracciones cuando era necesario. Se movió por el centro comercial hasta tomar una bombona de gas y moverla a la zona trasera de este, siguió con la gasolina, un frasco grande y un trapo.

Se movía de forma involuntaria, había memorizado esos movimientos en caso de emergencia. Colocó su reproductor conectado a la grabadora, la bombona detrás de ellos, no sin antes abrir un poco la válvula. Roció gasolina haciendo un camino hasta el centro comercial, el resto del líquido lo vertió en la botella que antes contenía gaseosa. Corrió hasta el súper, cerró la puerta del mismo, pensando en toda la carne que allí se encontraba y la posibilidad de perderla toda en una locura.

Se lamentaría de aquella decisión, era demasiada carne. Lo cual era increíblemente raro teniendo en cuenta que se hallaban en el día setenta y dos después del incidente.

—Si te mueres de hambre después, recuerda que hiciste todo esto por la posibilidad de salvar a alguien. Alguien que probablemente ya esté muerto, infectado, o sea simplemente una pérdida de tu tiempo— Suspiró levantando su bolso, en este guardaba parte de cloro, algo más de gasolina y una camisa. Armó una pequeña bomba molotov con gasolina, la botella y trapo. Sintiendose muy idiota,arrojó aquel coctel luego de encenderlo, rumbo directo al camino de gasolina previamente dibujado.

Corrió en dirección contraria lo más rápido que pudo, atravesando el estacionamiento, la verja metálica y la calle adyacente, sólo para detenerse detrás de un par de matorrales.

Una voz finalmente surgió del aparato detrás del centro comercial, la suya— ¡Auxilioooo!— El reproductor funcionaba. El efecto fue inmediato, la jauría de muertos vivientes voltearon al unísono ante aquel grito humano— ¡Por favor alguien que me ayudeeeee!— La verdad es que mantenía aquella grabación para llamar la atención de ser necesario, era su recurso de salvación cuando todo estuviese perdido. Tenía al menos otras tres grabaciones en reproductores, pero todos en casa.

—¡Aalguiiien que me ayuudeeeeee!— Los olfateadores desgarraron el aire con gritos desde sus gargantas. Los jadeantes rugieron casi al compás y la inmensa horda corrió rumbo al centro comercial con desesperación. Él mientras tanto, se movió con cuidado por entre los matorrales, a pesar  que ningún muerto lo observaba ante la gran cantidad de ruido. Su voz era estridente, solicitando auxilio desde la zona trasera del centro comercial.

Cruzó la calle siguiente acercándose al contenedor. Los últimos que quedaban rodeando la caja de metal eran mutilados muy dispersos, lentos que no lograban el ritmo del resto, aunque igual de viciosos.

Sacó el cuchillo y comenzó a moverse por el lugar. No era difícil, los mutilados eran tan lentos. El trabajo era sencillo, enterrar el cuchillo en los ojos y sacar rápido al siguiente. Si te movías despacio podrías ser víctima del agarre de una mano o los dientes.

En menos de medio minuto la zona se había despejado, lo siguiente que escuchó fue un estruendo espeluznante. El impacto de la explosión le tumbó, el suelo tembló bajo sus pies. Los edificios alrededor se sacudieron fuertemente, algunos vidrios cayeron al suelo como lluvia al romperse las ventanas. En medio de aquel desorden, un pito sordo le impedía escuchar cualquier otro sonido, sus tímpanos no reaccionaban, y se hallaba un poco mareado.

Corrió en dirección al furgón, solo entonces se percató de cuánto podía pesar su mochila llena y sus armas. Los mutilados también cayeron al suelo producto del estruendo, algunos le veían cruzar a su alrededor. Solo propinó dos disparos para lograr su objetivo. Ambas detonaciones quedaron silenciadas por los gritos de muertos desde la zona trasera del centro comercial.

Llegó hasta las puertas metálicas del contenedor. Gritó fuertemente, aunque el mismo no lograba escucharse— ¡Abre la puerta vámonos de aquí!— El contenedor continuaba cerrado, así que lo golpeó con sus puños—. ¡Quienquiera que seas, es hora de irnos, apresúrate!— Algunos muertos intentaban levantarse con ahínco. Había quitado el cerrojo externo, por lo cual, si aún continuaba sellado aquel cajón de metal, era por razones internas.

La puerta cedió poco a poco, para sorpresa del chico hubo un segundo estallido a sus espaldas. Se preguntó fugazmente qué podría ser, pues solo había usado una bombona. Los muertos ahora rugían ante los estallidos, corriendo sin sentido rumbo a las llamas y al grito de otros.

Una chica de cabellos dorados le miraba fijamente, tenía un vestido que en algún tiempo pudo ser azul turquesa, ahora estaba todo manchado de sangre negra y marrón acartonada, la tela quedó tiesa por el tiempo en extrañas posiciones. Ella le miraba estupefacta, le calculó entre diecisiete, quizás menos, su mirada se hallaba perdida, unas lágrimas recorrían su rostro. Se hallaba sudada, mantenía la puerta trancada con el uso de un trapo el cual jalaba, probablemente sin saber que también estuvo cerrada por fuera todo el tiempo.

—¡Vamos! ¿Qué esperas?— Le tomó de la mano corriendo de regreso por entre los muertos hasta los matorrales. Llamas rojas se veían en la zona posterior del centro comercial, al igual que un denso humo negro. Los gritos profundos de los muertos llenaban el aire, pero, algo le sacó de su emoción y triunfo momentáneo.  Una ola de muertos se aproximaba en carrera desde lugares mucho más lejanos y diferentes direcciones— ¡Nos verán!— exclamó aún sujetando a la chica, quien parecía decir un par de cosas que él no escuchó.

Buscó soluciones a su alrededor. No había ningún escondite cercano que funcionase, detrás se hallaba un edificio con vidrios rotos por el cual podría entrar y buscar refugio. Pero escapar después con tantos muertos cercándoles sería imposible. Por otra parte… Observó una camioneta que se hallaba casi frente a ellos, con la puerta abierta y llaves puestas, era como si estuviese allí para él.

Aunque un carro violaba sus reglas, aquello llamaría la atención de muchos muertos, le perseguirían y alcanzarían. No obstante un impulso lo empujó adelante, lanzó su bolso a la zona trasera y guió a la chica al vehículo.

—¡Sube!

—¡Vienen muchos muertos!— expresó ella señalando con la mano.

—¡Solo sube!— exclamó él sintiendo los engranajes de su cerebro funcionar más rápido de lo usual. ¿Acaso ella era tonta? ¿No podía darse cuenta que en ese momento debían correr o morir?

—¿Sabes manejar?

—La verdad, no— respondió casi por instinto. Giró las llaves del vehículo, pisó el croche, apretó el acelerador, cerró la puerta y metió el cambio de velocidad arrancando el auto. Las ruedas rechinaron ante lo brusco pues el chico hundió el acelerador a fondo. El auto avanzó por la calle raudo, pasando incluso por encima de un cuerpo.

Su experiencia previa con un auto fue un pequeño entrenamiento con su tío. Este le hizo conducir una vez de regreso a casa mientras el hombre mayor se hallaba ebrio. No fue la experiencia más grata.

Por poco da un gritó al llevarse por delante a un jadeante que corría en dirección a la explosión, cambió a tercera, miró por el retrovisor.

—¡Vamos a morir!— La voz de la chica a su lado penetraba su oído casi tanto como los gritos de quienes ahora le seguían o se lanzaban sobre el auto.

—¡No, no pienso morir hoy!

—¿No ves la cantidad de muertos? ¡No hay forma de escapar!— señaló ella mientras un zombie se pegaba a un lado del vehículo.

—¡Calla, o te hago bajar del carro!— respondió él en un grito. No fue sorpresa que un grupo de jadeantes le siguiese a pasos agigantados, los bramidos se escuchaban por las calles. Varios muertos se lanzaban desde los edificios aledaños tratando de alcanzarles. La enorme horda que antes rodeaba el contenedor, y luego fue diezmada por el par de explosiones, ahora se hallaba también siguiéndoles. Los jadeantes más veloces empezaron a correr a gran velocidad, dejando que sus talones golpearan el pavimento con fuerza en cada paso. El chico sintió que aquello era semejante a un ritmo de tambores frenéticos que marcaban el camino al infierno.

—Este es el fin.

—¿Qué? ¡No! ¡Solo mantente tranquila!

—¿Pero no ves la cantidad de muertos que nos siguen? ¡Están corriendo! ¡Oh dios santo, ese ha saltado!

—¡Claro que los veo! ¡No sirve de nada que grites!

Lo sabía, ya lo había visto antes, le alcanzarían. Aquellas bestias podían hacerlo, giró bruscamente para tomar camino a casa. En la parte de atrás la chica volteaba horrorizada ante los jadeantes y olfateadores que les seguían, sus gritos inundaban el aire aumentando su tensión.

Sintió el golpe de uno de los seres impactando el vehículo por atrás, seguido del bamboleo del auto— ¡Pásame el bote con gasolina que está en mi bolso! ¡Rápido!— La joven atendió, el chico abrió el frasco y lo colocó en sus piernas—. ¡Ahora debe haber un encendedor en el bolsillo izquierdo del bolso!— Miraba a tientas por el retrovisor, al tiempo que cambiaba de velocidad y cruzaba otra calle, para luego acelerar nuevamente. El líquido le saltaba a las piernas, él mantenía el pie en el acelerador mientras metía el cambio de velocidad, con miedo de encenderse a sí mismo en semejante peripecia.

—¡Por la izquierda, vienen por la izquierda!

—¡Ya lo sé!

—¡Son demasiados!— repitió ella.

—¡No necesitas gritarme lo que es obvio!

Apretó el garrafón entre las piernas con fuerza y viró el volante para cruzar por debajo del puente. Sentía que se iban a volcar en cualquier instante. La chica tenía cara de aterrada, probablemente él también.

Varios jadeantes corrían a un lado de la camioneta y se lanzaban contra esta tratando de descarrilarla o volcarla. Cuando uno de estos estaba a poco de embestir, él empujó el auto virando el volante. La camioneta chocó el cuerpo y este se vio propulsado por sobre el vidrio del auto.

Pasaba la avenida como un bólido, chocó de costado a un vehículo detenido perdiendo el control por un momento. Temió volcarse nuevamente, pero el impacto de un jadeante en el costado regresó las cuatro ruedas sobre el asfalto. De pronto notó se hallaba cerca de casa. Tan solo debía pasar las próximas cuadras. No se atrevió a desacelerar, decenas de pisadas le seguían en carrera.

—¡Métete en la parte baja de la camioneta, cúbrete la cabeza con las manos y prepárate para un golpe!

—¿Vas a chocar?

—¿Tienes una mejor idea? Solo cúbrete como te digo.

La chica asintió actuando. Él abrió la puerta del conductor y pisó a fondo el acelerador soltando el volante.

Volcó la garrafa de gasolina en el camino con todo y bote, junto con el encendedor, haciendo una llama que por poco lo agarra a él también. Por último, viró el auto en dirección a la zona lateral de una casa la cual conocía a priori, pues se había encargado de saquearla días atrás.

Se preparó para el impacto, todos sus músculos se tensionaron aferrándose al volante de cuero negro. La camioneta saltó la acera, el chico imploraba porque su treta con la gasolina y el fuego ahuyentara un poco a los jadeantes que tenía atrás, o al menos le otorgara algo de tiempo extra. Por un instante sintió el viento contra su rostro cuando el vehículo saltaba el pórtico.

El vehículo dio contra el muro con gran estruendo. Aunque todo su cuerpo trató de contrarrestar el impacto, pudo sentir cómo su pecho golpeó contra el volante, sacándole el aire de los pulmones. La pared frente a él se destrozaba, insertándose en la cocina de la casa, la atravesó junto a un inmenso mesón y continuó por una sala para aterrizar en la casa siguiente. Detrás de ellos parte de la estructura se derrumbaba.El chico salió expelido a un lado del auto sin entender bien la situación. Su cuerpo golpeó en diferentes ángulos diversos objetos.

Durante tres segundos su mente dio vueltas, su vista estaba oscura, respiraba un polvo muy fino que le asfixiaba a causa del impacto contra el concreto. De pronto sintió una punzada de dolor creciendo por su pecho, le provocaba gritar y le despertaba de su inconsciencia. Se percató de la chica que abría la parte de atrás del vehículo llamándole. Se levantó a tientas. La tomó de la mano para salir de allí, vio su bolso y lo agarró junto con la AR de ATL que en algún momento de la confusión debió dejar atrás del auto. Pasaron por el medio de una pequeña habitación y saltaron por una ventana mientras todavía se escuchaban los gritos desesperados de los muertos de fondo.

Abrió la mochila con impresionante velocidad, tomando la última botella de cloro— Toma, échate esto en todo el cuerpo— Pensó al tiempo que vertía su contenido sobre sí mismo y pasaba la garrafa. El olor del líquido le hizo llorar y la chica comenzó a toser de forma abrupta. Era demasiado cloro y les ahogaba, pero no le importaba aquello. Los muertos entonces empezaban a subir por el techo de aquel hogar buscándolos. Ambos corrían desesperados, ella siendo jalada por la mano de él.

—¿Dónde vamos?

—¡Haz silencio!— expresó él sin detenerse—. ¡Pisa por donde yo piso, no pises el césped!— Gritaba nuevamente, más la chica no tenía opción, aunque avanzaban por el porche de la casa, el chico le tiraba del brazo obligándole ir detrás de sus pasos.

Luego de un par de vueltas de llave entró, cerró la puerta y se colocó en la ventana a observar por su rifle, su sorpresa era que los muertos se mantenían gritando y girando alrededor de la casa destruida a media cuadra de distancia— ¿Acaso funcionó? Semejante jugarreta ¿funcionó? ¿en serio?— Sonrió sorprendido, pero se quedó a la expectativa en la ventana, observando la calle en toda su extensión, buscando cualquier indicio de muertos.

—¿No nos siguen?

—Aparentemente no— contestó él. Sólo entonces pudo examinar su cuerpo, tenía un hematoma gigante en la zona abdominal y le costaba respirar, a pesar de eso, no se movió de la ventana.

Pasados quince minutos su ritmo cardiaco disminuyó. Necesitó otro par de minutos para soltar el rifle y voltear a ver a la chica—.  ¿Qué hacías en ese contenedor?— preguntó quitando su camisa para examinar el golpe recibido y si había alguna herida abierta que suturar.

La joven lloraba, y ahora trataba de secar su rostro con algo de ropa que halló— Me encerraron allí.

—¿Qué hiciste? ¿robaste comida?

—¿Qué? yo jamás robaría comida.

—Debieron encerrarte allí por alguna razón. Las personas no encierran chicas en contenedores por mera diversión— En la zona superior de la espalda podía sentir un escozor, probablemente se raspó de alguna manera, o quizás algo le rasgó, era difícil discernirlo sin verse en un espejo.

—No robé nada— expresó la chica con mayor determinación.

—¿Qué hiciste entonces?

—Quizás, discutí con alguien. Querían que hiciera algo que yo no…— La voz fue haciéndose un susurro y él la detuvo.

—Entiendo, no necesitas explicarme demasiado, puedo imaginar qué le pedirían a una chica como tu.

Se detuvo a observar detenidamente, su mirada resultaba atrayente, muy a pesar de los ojos rojos debido al cloro. Su ropa daba la impresión de tener cientos de años debido al maltrato. Su cabello liso definía muy bien sus facciones bastante delicadas.

Imaginó de inmediato que debió de ser una chica de familia de clase media o alta.

—Casi logro matarnos de asfixia— él se movió por el lugar ahora quitando la chaqueta y la camisa que había maltratado y bañado en cloro. Afortunadamente tenía varios cambios.

Los muebles de la casa estaban ahora manchados de cloro y sangre. El aroma ya no era tan asfixiante, pero sí un tanto nauseabundo. La ropa se hallaba húmeda, entonces pensó que pudo haber matado a la chica de tanto cloro que usó, pero no tuvo muchas opciones en ese instante, probablemente unos treinta o cuarenta jadeantes les seguían.

—Lo mejor será tomar una ducha, yo limpiaré este desastre— expresó tratando de romper el hielo.

—¿Eres un ángel?

El chico quedó contrariado, por poco suelta una risa estruendosa, pero el rostro de ella era serio, así que guardó su compostura antes de responder— Ammm, no, te aseguro que no— Sonrió un poco ante lo gracioso del asunto—. No, no soy un ángel. Muy lejano a eso— Trató de mostrarse serio y comprensivo, pensando que debía ser algo tonta para hacer una pregunta como esa.

—¡Pero cuando te vi había una luz inmensa que te rodeaba!

—¿Una luz? ¿Qué luz podría haber…?— No necesitó pensarlo demasiado— Hubo una explosión. Necesité explotar un tanque de gas para poder atraer la atención de los muertos y, bueno, rescatarte— Intentó explicarse, sin embargo, ella parecía resuelta en dar su propia versión de los hechos.

—¡Y yo le había pedido a Dios que me enviara un ángel para salvarme!

—Si, bueno. Admito que es muy halagador el ser llamado ángel. Digo, nunca antes me llamaron así— El chico se atragantó de la risa, tapó su rostro con las manos y bajó la mirada buscando comprender. No deseaba burlarse de semejantes palabras, al menos no frente a ella, quizás estaba traumada—. Me llamo Alejandro— Extendió su mano en señal de agrado, pensando que después de todo era mejor tener a alguien traumado que no tener a nadie. Quizás él mismo tenía inicios de locura.

—Yo soy Alicia es un placer— Apretó y agitó su mano enérgicamente— ¿Estamos seguros aquí?

—Sí, bastante, siempre y cuando no encuentren el rastro de olor. Suelen perderse y su ímpetu para atacar se desvanece bastante rápido— Señaló la ventana—. Pero estoy casi seguro que el cloro cumplió su función al borrar nuestro aroma.

—¿No seguirán el rastro del cloro?

—No, no lo siguen, tampoco el alcohol, el thinner, la gasolina. Creo que el olor fuerte les aturde lo suficiente para olvidar lo que rastrean— Alejandro se sentó en el sofá, sintió tenía de pronto sesenta años y las piernas eran demasiado débiles para caminar. Estaba cansado y su cuerpo aún no se recuperaba de semejante impacto al caer del auto— Fue una locura. Nunca antes he manejado así, eran muchos, no sé cómo no me quemé con la gasolina— Solo en ese momento se percató que se hallaba solo frente a una chica bastante atractiva, sin camisa. Eso le hizo sentirse nervioso, abrumado e intranquilo—. Pensé que moríamos, de verdad sentí por un momento que iban a volcar el auto—. Hacía tanto tiempo que no hablaba con otro ser humano. El simple hecho de pensarlo le hacía sentirse apenado, terminó por bajar la cabeza buscando algo digno de mencionar— ¿Me contarás tu historia? — preguntó — ¿Cómo terminaste en ese contenedor?

—¿Hablabas en serio sobre la ducha? ¿Podría?

—¡Oh! ¡Si claro! Es la cuarta puerta a la izquierda, por allí— Mencionó señalando con su mano. La chica caminó en dirección al baño, seguida por la mirada de él, el cual no cabía en su asombro. Luego de unos minutos se levantó a preparar algo de comida, asombrosamente ya eran las once de la mañana del día setenta y dos, de seguro la chica tendría tanta o más hambre que él.

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