CAPÍTULO 0.5 EL CHICO CON EL BATE

Se despertó con resaca, la noche anterior había bebido demás y besado a un chico a quien no debió, afortunadamente su novio no tendría porque enterarse de ello, Nico tuvo que retirarse temprano debido a su hermano menor, quien tomó demás.

Tenía dolor de cabeza, nada que una pastilla con café no quitara, observó el reloj de al lado de su cama percatándose de que era muy tarde y había perdido la primera hora en la universidad. Se levantó de un salto camino al baño, no sin antes mirarse en el espejo, observando las ojeras, el cabello desarreglado y ese par de kilos demás que le atormentaban comúnmente, alojados en su cadera, trasero y piernas.

Afortunadamente una mujer era capaz de hacer maravillas, siempre y cuando tuviese la ropa correcta y un poco de maquillaje. El baño resultó mágico, ya se encontraba duchándose cuando sintió un sonido extraño. Pisadas fuertes y un golpe seco en el piso de arriba. Un grito y un segundo golpe.

Rebeca se quedó inmóvil, escuchando atentamente, en eso recodó que eran casi las diez de la mañana y tenía examen a las doce el cual no podía perder. De todas formas su vecino del piso superior era casado— Tan temprano y ya te está haciendo gritar— Pensó en la señora Carmen y soltó una sonrisa al tiempo que arreglaba su cabello.

La comida debía ser rápida, un poco de cereal con leche— Solo un poquito— A pesar de sus palabras sirvió una cantidad enorme de leche y cereal junto a cuatro cucharadas de azúcar— Sin energía no funciono— Se excusó.

Caminó en ropa interior por el pequeño apartamento mientras comía, vivía con una compañera, pero verónica se encontraba de viajo donde sus padres, dejándole el lugar solo para ella, un beneficio que había aprovechado varias veces con Nico.

Alguien corrió por los pasillos y las escaleras, era audible incluso en la habitación, y acto seguido de un grito. Rebeca pensó en los niños del quinto piso y continuó comiendo al tiempo que con el pie tomaba el jean del closet a la cama. Más gritos en las escaleras, inentendibles, Rebeca se fastidió de inmediato, no era la primera vez que había discusiones y se ponían a ventilar sus intimidades y locuras en las escaleras. Su solución era simple, BYOB a gran volumen y nada más.

Encendió su celular observando que tenía al menos quince mensajes de Nico y un par del chico al cual besó en la noche. Por curiosidad revisó primero los de aquel chico, le preguntaba sobre ella y si podían salir. Una oferta tentadora pero que rechazaría lo más seguro, Nico era genial y un simple beso nocturno no cambiaría aquello; se sonrió buscando una blusa que combinase y decidió que le respondería después del medio día. Primero debía sufrir en la espera.

Los mensajes de su novio incluían el acostumbrado “buenos días” y un par de palabras lindas, seguidas de las especificaciones de las tonterías del hermano. Pero así era él, y se aseguraría de besarlo apenas lo encontrase, justo antes de entrar al examen.

La música era su compañera, le despejaba la mente y hacía sentir viva, podía pasar horas escuchándola libremente. Rebeca saltaba moviendo su cabello frente al espejo, el cual debió acomodar nuevamente, con la resolución de que ese día usaría las agujas japonesas para sujetarlo. Se colocó un short oscuro y una blusa muy larga que podía ser usada como vestido. Algo un poco provocativo, pero así se sentía ese día, como una mujer arrasadora, capaz de devorarse el planeta, y su taza de cereal completa.

Preparó un par de cuadernos mientras su reproductor colocaba una vieja canción de U2 y su mente divagaba en el examen, una terea de inglés que definitivamente pagaría a alguien por hacerla y una de estadística que realizó a medías dos días atrás y debía finalizar— Quizás lo haga en el salón de informática— Apagó el reproductor dispuesta a salir cuando cayó en cuenta que algo no estaba bien ese día, los gritos en el pasillo ya no estaban, pero si se escuchaba un gran alboroto en la calle… — ¡Estos zapatos no me combinan, mejor serán las zapatillas!

Tomó el morral, las llaves, el celular, donde había un par de llamadas perdidas de su madre y de Nico, lo más probable por haber despertado tarde y con una sonrisa abrió la puerta del apartamento. Con la vista baja buscaba entre el manojo la llave de las rejas, cuando aun sin abrir notó el cuerpo de un hombre tirado en el pasillo, un charco rojizo debajo de él, manchando el piso y escurriéndose por las escaleras.

—¡Oh Dios!— Cerró la puerta con un trancazo y se retiró un par de pasos atrás de la misma. No podía creer lo que observó, la imagen de alguna manera se quedó grabada en su mente. No logró observar el rostro, pero se hallaba segura, era Teodoro, el chico hijo de la familia un par de pisos arriba— ¡Teodoro! ¡Oh Dios!— La noche anterior lo había visto antes de salir, notando como la miraba, ahora se hallaba muerto frente a su puerta.

Sin percatarse comenzó a hiperventilar y las lagrimas se escaparon de su rostro— ¿Y ahora qué? ¡Esta muerto! ¡Auxilio!— Terminó por gritar, soltó el bolso buscando su celular, pero no lo encontró. Desparramó las cosas en el piso hasta hallarlo, y con algo de desesperación marcó el número de emergencias, esperó unos segundos, pero no hubo respuesta alguna, la línea no respondía.

Le escribió a Nico “hay un muerto frente a mi casa, mataron a Teodoro, el chico de los pisos de arriba” y luego otro mensaje “tengo miedo, no quiero salir”. El techo tembló y se sintió el fuerte ruido de algo caer, mientras que una mujer grito de manera desgarradora, como si fuese a quedarse sin voz. Luego de eso, hubo tres disparos y Rebeca tembló.

—¡Mierda!— se levantó de un saltó y corrió hasta la habitación, encerrándose en ella de inmediato— ¡Hay un asesino en el edificio!— Comenzó a observar en todas las dirección, pero sus únicas salidas eran la puerta y la ventana, y la altura no era su mejor amiga.

Marcó el numero de su madre, pero allá tampoco nadie atendía el teléfono— ¿Dónde están todos?— No se atrevió a gritar, si había un asesino suelto por el edificio lo mejor era mantenerse callada y pretender que no se encontraba allí, temblando de miedo al tiempo que las lagrimas caían por su rostro— Cálmate Rebeca, que la puerta está cerrada, la puerta está cerrada y aquí adentro nada te va a pasar— Intentó respirar.

Recibió un mensaje de Nico “¡Sal de allí de inmediato! ¡Huye!” a lo cual contestó “No puedo, hay un asesino suelto en el edificio” las manos le temblaban y debió reparar el mensaje varias veces “escuché disparos bebe, ven por mi, rápido”

No hubo respuesta, a lo cual comenzó a llamar, pero las llamadas no comunicaban y con algo de ira lanzó el celular a la cama.

Con algo de temor se asomó a la ventana, no deseaba abrirla para que el asesino no supiese de su presencia, pero aun así, si podía al menos comunicarse con alguno de los vecinos del edificio del frente, quizás, y solo quizás podrían salvarle.

Corrió la persiana y abrió un poco la ventana. Asomándose un poco, en la zona inferior una mujer corría en bata ensangrentada y detrás de ella un niño. Subió la mirada, buscando entre las ventanas alguien que la observara, pero la mayoría estaban cerradas o vacías.

Cuando de pronto un hombre se lanzó del tercer edificio a la derecha del conjunto. Rebeca apenas pudo llevarse las manos a la boca y mirar con mayor terror como otros dos le seguían mientras gritaba, terminando contra el suelo y un par de maceteros, desparramando sus partes.

—¡¿Qué está pasando?!— Un escalofrió recorrió su cuerpo— ¡Nos están matando a todos! ¡Oh Dios santo! ¡Nos están robando y matando a todos! ¡Oh Dios! ¡Oh Dios!— El miedo seguido de una enorme desesperación se apoderó de ella, después de todo en México no sucedían esa clase de cosas, quizás en el medio oriente, quizás en Venezuela, pero no en México, No en el D.F.

Marcó nuevamente— ¿Mamá? ¡Mamá! ¡Nos están matando a todos, a todos los de los edificios! ¡Alguien entró y hay un muerto frente a mi puerta y otros los lanzaron de un balcón mamá!— No hubo respuesta, pero el recado quedó en la mensajería.

Corrió a la cocina en búsqueda de un cuchillo, pensando que si alguien entraba y quería hacerle algo, definitivamente no sería fácil— Cálmate Rebeca— Buscó el cuchillo mas grande y lo apretó fuerte en su mano— ¡No será tan fácil pendejo, no será tan fácil, a mi no me vas a joder! ¡La chingada, te voy a joder bien jodido si me tocas!— Apretó con mayor fuerza y espero de pie.

Un grito muy fuerte, grave e inhumano inundó el lugar, aquello sonaba como una bestia en furia. Bramó unas tres veces y luego hubo silencio.

Temblaba, su cuerpo era un manojo de nervios, se estremecía por si solo, su respiración era sobresaltada y por su mente se imaginaba a al menos cuatro encapuchados tirando abajo la puerta del pequeño apartamento abajo. Tomándola por el cuello, violándole o tirándole por la ventana.

El teléfono celular sonó de pronto con aquel tonto tono del idiota cantante, ahora solo deseaba que no hiciera silencio, atendió lo mas aprisa que pudo agachándose en la cocina— ¿Si?

—¡Bebe! ¡Sal de allí de inmediato!— Era la voz de Nico.

—¡Nico! ¡bebe! Tengo miedo, no puedo salir, hay unos…

—¡NO…! Tiempo— Había mucho ruido e interferencia, como si se hallasen corriendo varias personas a su lado— Vamos, sal de la ciudad, yo… también… ahora, no hay tiempo… toda la ciudad— La llamada se cortó y Rebeca quedó en silencio intentando comprender.

—¿No te das cuenta que estoy en peligro idiota?— Sollozó— ¡Eres un idiota!— Soltó el celular con frustración y miedo. Una sensación de impotencia comenzaba a llenarle. Se levantó hasta la habitación nuevamente, aun sin soltar el cuchillo, aquello después de todo era su única defensa.

Se colocó en la ventana a observar, de seguro podría ver a alguno de los atacantes, quizás se trataba de alguna banda, o un cartel buscando algo. Pero para su sorpresa no logró ver a ninguno, en cambio algo llamó su atención, en la avenida a media cuadra, había un accidente de transito y varias personas corriendo, y al menos un par de cuerpos en el suelo, o eso creyó pues uno de los mismos se levantó tambaleando en carrera por encima de un auto, saltando sobre un hombre, derribándole.

—¿Qué está pasando Dios? Esto no es, no es normal— Se separó de la ventana horrorizada buscando alguna causa de todo el desastre, respiraba agitado nuevamente, el reloj de la habitación marcaba las once con veinte, ya había pasado un rato desde que observó el muerto frente a su puerta, no obstante aun tenía miedo, pánico, mayor aun, una confusión increíble.

Recordó las palabras de Nico, “toda la ciudad”— Y él estaba corriendo… ¡Oh Dios!— La cabeza le dio un vuelco, al entender lo grave y catastrófica de la situación. Sintió que las esperanzas cayeron al suelo y se perdieron totalmente. Abrió por completo la ventana y se asomó decidida a entender qué sucedía allá afuera.

El sujeto que habían derribado se hallaba tendido en el suelo con el sol dando contra su rostro, debía hallarse muerto la ventana de un vehículo se encontraba rota y más allá, detrás de la plaza se podía observar una voluta de humo. Se escuchó un grito espeluznante a lo lejos, su cuerpo tembló al escucharlo, se oía como la muerte misma gritando por la calle.

Soltó el cuchillo al suelo y corrió a la puerta, sea lo que fuese aquello, sentía la necesidad de salir, de huir lo más pronto posible— La ciudad entera, algo pasa en la ciudad entera ¿Y ahora que vas a hacer Rebeca? ¿Ah?— Corrió de vuelta para tomar el celular en la cocina y el cuchillo en su habitación, pero se detuvo con el arma en mano pensando que quizás, necesitaba algo más grande con lo cual defenderse, quizás un bate de beisbol, pero ella no tenía ninguno. Buscó con la vista algún objeto contundente, y lo único que encontró fue su viejo paraguas— No sirve.

Terminó optando por el palo del cepillo de barrer, el cual partió dejándole como una estaca. Tomó el morral y desparramó los libros en el suelo, guardó en el fondo el cuchillo, un par de camisas, dos shorts y un par de latas de atún y pan que encontró en la cocina, así se halló en la puerta decidida a salir.

Abrió la puerta lentamente y observó por la reja. El cuerpo de Teodoro ya no se encontraba en el suelo, solo había una carpeta con papeles y pisadas de sangre en el suelo que atravesaban el charco medio seco, cruzaban el pasillo y regresaban. Metió la llave en la cerradura, abrió la reja cuando un par de fuertes pisadas le asustaron y Teodoro bajó las escaleras. Sus miradas se cruzaron un instante antes de que el chico diese un salto y se abalanzara sobre ella. Solo la reja se interponía entre ambos, pero el chico poseía una fuerza descomunal, Rebeca sentía como sus brazos se aferraban a la reja con fuerza, intentando cerrarla, pero el otro la sacudía haciendo que las bisagras rechinasen y crujiesen. Los dientes del chico se clavaron en el metal de la reja buscando los dedos de ella.

Una sombra apareció a un lado y todo pasó muy rápido— ¡Un batazo enorme de Jason, quizás sea el mejor de su carrera!— Un muchacho apareció frente a ella con un bate de madera en sus manos. Con este había partido en dos la cabeza de Teodoro, quien ahora yacía en el suelo temblando— ¿Vienes con nosotros?

—¡Muévelo Jason!

Un chico y una chica esperaban en las escaleras, al chico pudo reconocerlo, era Juan del edificio del frente, un muchacho de apenas unos catorce, algo alto para su edad que solía fastidiar a todo el que pasara por la entrada del edificio.

—Yo…— Se hallaba confundida ante todo lo sucedido.

—¡Vamos! Que no tenemos todo el día, los muertos despiertan rápido ¿No te han mordido?

—¿Mordido?— Rebeca se revisó sin entender— No.

—Bien, es hora de seguir, yo soy Jason.

—Rebeca.

—¡Y yo Enrique Iglesias! ¡Muévanlo idiotas!— Exclamó enojado Juan.

No había más opción, Rebeca miró el cuerpo de Teodoro y con nauseas avanzó. Comenzaron a bajar las escaleras casi a saltos, terminaban apenas el primer tramo cuando un par de gritos les espantaron. Un cuerpo ensangrentado atravesó el pasillo aledaño estampándose contra el rostro de Juan, quien ahogó un grito una milésima de segundo antes de que su cabeza se estrellara contra la pared posterior. La muerte le llegó de improvisto.

La chica que acompañaba a este gritó del susto, el muerto frente a ella la miró con su boca cubierta de rojo y negro gritándole en respuesta.

—¡Salta!— Jasón pasó por encima del barandal cayendo en el pasillo siguiente. Rebeca le siguió, tropezando, cayendo estrepitosamente mientras un niño corrió justo por su espalda. Se levantó confundida ante lo que ocurría. Un hombre anciano se encontraba tirado en el suelo, temblando epilépticamente, tenía la mitad de la cara manchada de sangre, y de su boca manaba espuma y pequeños gemidos.

En el otro extremo del pasillo mujer golpeaba a un par de señoras mayores en batas transparentes, sus puños rasgaban sus rostros, pero estas le empujaban adentro del apartamento frenéticamente.

Una chispa de miedo incontrolable llenó cada musculo de rebeca, por instinto saltó el siguiente barandal y sin detenerse el que seguía, Jason le siguió, acabando en la planta baja, la cual se hallaba vacía por completo, y las puertas principales abiertas de par en par.

—¿Viste lo que? ¡Mataron a Juan!— El chico reaccionaba, sus ojos estaban demás de abiertos y balanceaba el bate de un lado a otro, Rebeca sintió que se volvería loca, ahora su único pensamiento era correr y salir de allí, huir.

—¿Y ahora qué?

—¡Qué rayos voy a saber! ¡el del plan era Juan, no yo!

—¡Pues piensa en algo!— la chica buscó en su pantalón el celular, pero en los bolsillos ya no estaba, volteó hacia arriba por las escaleras y un escalofrío le recorrió. Por nada del mundo iba a regresar, aunque eso significaba quedar incomunicada, cuando siquiera recordaba el numero de su novio o su madre— ¿Qué está pasando?— le preguntó al muchacho que se asomaba por la puerta del frente observando a los lados.

—Son zombis.

—¿Qué?

—Muertos vivientes, de esos, las personas están muertas.

—¿Cómo en las películas? ¿Me estás chingando?

—Una mierda, hablo en serio— Respondió Jason haciéndole señas para que se acercase. El parqueadero al frente se hallaba casi vacio, un cuerpo temblaba a unos cincuenta metros, quizás menos cercano al edificio del frente, mientras que una sombra se observaba detrás de un Caliber, rumbo a la entrada principal. La casucha del vigilante se hallaba vacía y la reja trancada— ¿Acaso no viste las noticias? El presidente de los estados unidos habló hace un rato.

—¿Qué?

—Habló de un plan de contención, dijeron que debíamos irnos a unos puntos de control y que allí estaríamos a salvo.

—Pero esto es México.

—Se refirió a nivel mundial.

—Al menos, ¿Y adonde tenemos que ir?

—No tengo la menor idea, en la televisión no dijeron nada más.

—¡Fantástico! ¿Y en que carajos nos va ayudar eso?

—En nada— Refunfuñó el chico— ¡Mira! ¿Ves esa sombra? No ceo que este vivo.

—¿Uno de los muertos?— Preguntó a pesar de saber la respuesta afirmativa. Tragó saliva al recordar al que recién había aplastado a Juan contra la pared. Se sintió un poco mal por dejarle atrás, pero tampoco deseaba regresar, a pesar de lo despiadado que sonara— ¿Hay que salir?

—No me quiero quedar aquí, esas cosas van a bajar— Volteó a las escaleras con preocupación.

—Cierto— Rebeca dio el primer paso, al instante siguiente se encontró corriendo. El bolso en su espalda se balanceaba al igual que sus senos, de un lado a otro, se sentía torpe y desesperada, Jason salió mucho después de ella, pero aun así la repasó en un instante. Odio sentirse lenta, y apretando sus puños apresuró el paso.

Rebeca ahogó un grito al observar a una niña de escasos ocho años arrastrando una pierna doblada hacia atrás mientras intentaba seguirles. Ella era la sombra.

La chica chocó de lleno contra la reja para salir, cayendo al suelo sobre la mochila, la lata de atún se clavó en su espalda. Pero no le importó mucho, solo deseaba salir y hallar un lugar seguro— ¡Hay que encontrar un lugar con paredes altas, y fuertes, y encerrarnos allí!— Exclamó levantándose.

—¿Conoces algún bunker en el D.F? Yo no.

Era cierto, a pesar de lo que pintaban las películas, no conocía ningún lugar con murallas, ni del todo seguro para tal situación, mientras mas paseaba su mente por los lugares concurridos mas desechaba la idea y comprendía que no había lugar seguro.

—Pues no sé.

—¡La iglesia, tenemos la iglesia cerca!

—¡No pienso ir a la iglesia! Pero está el parque, el Juan de Aragón.

—¿Y qué podemos hacer en un parque?

—Dudo que este abierto idiota, no ha de haber gente allí, y es amplio, podríamos escondernos.

—Allí no hay paredes grandes, ni fuertes. Si nos agarran por tu culpa te lanzo.

—Lo mismo digo— Expresó Rebeca mirando al chico— ¿Si sabes cual es el parque?

—¡Claro! ¡Tampoco soy tan…! Practico en el deportivo— Mostró su bate como si fuese un certificado— Queda al lado— La niña que arrastraba su pie gruñó y ambos saltaron la reja quedándose escondidos debajo de un arbusto que decoraba el frente.

—¿Cómo llegaste acá?, al edificio.

—Juan nos dijo que nos quedáramos, anoche, después de la fiesta.

—Yo también estuve en una…

—Pero en la mañana recibí una llamada de mamá, diciendo que encendiera el televisor, que me encerrara y que no saliera por nada.

—Y por eso saliste.

—¡Estaban matando a todos en el edificio!

—Los zombis.

—Eso.

—¿Seguro que eso eran?

—¿Podemos largarnos al jodido parque?

—Vale, solo debemos tomar la calle y…

—Ni de joda voy por allá— Comentó Jason saliendo del arbusto con la camisa llena de tierra. Rebeca no se había percatado, pero se veía un par de carros chocados entre si sobre la acerca, el de abajo se tambaleaba a los lados, mientras que la figura de un hombre se hallaba de pie a pocos metros, deambulando como perdido.

—Ese hombre está.

—No quiero saber si está vivo, mejor nos vamos por acá— Tomó el brazo de la chica avanzando por la calle hasta la avenida. La misma se hallaba sin vehículos, impresionantemente vacía a pesar de la hora que era, algo que Rebeca nunca había visto. En el edificio se escuchó algo semejante a una explosión, alguien de una casa vecina gritó desde una ventana y se vio como un cuerpo se lanzó al vacio desde la azotea.

—¡Santo dios, virgencita protégenos!— La figura de una mujer cerrando su ventana para esconderse en el segundo piso de su casa. Los chicos tan solo pudieron continuar su camino pegados a la pared rumbo a la avenida.

Un auto atravesó el lugar a gran velocidad, una camioneta y sobre la misma tres figuras montadas, una de ellas aferrada al parachoques, la segunda en una ventana donde un joven pateaba al aire intentando darle, y la tercera en el techo. Fue esta última la que rodó por el suelo cuando el auto viro bruscamente, cayendo cerca de ellos. El vehículo de pronto se volcó de lado, rodando estrepitosamente. Un silencio se adueño del instante.

El muerto que había caído era una mujer, aun vestía un top y ropa interior de encajes, en una pierna mostraba una herida muy fea y en la cabeza una cortada profunda con media mejilla despegada colgando a un lado. Su brazo derecho se hallaba con rasguños y colgando inertemente.

—¡Jason!— Fue la única palabra que pudo decir, pero el chico estaba distraído viendo el vehículo cuando la mujer saltó. Rebeca tomó la manga de su bolso, con todo el paso de su cuerpo para girarlo golpeó a la mujer en la cabeza, y luego volvió a hacerlo para clavarla al pavimento.

Rebeca tembló al ver la sangre salir de su mandíbula hasta sus pies, tembló sin creer lo que había hecho, cuando observó como el bate del muchacho entripaba el resto del cráneo.

—Hay que seguir.

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