20. SIGILO

     Desperté con el rostro de Miry tan cerca del mío que supuse me había besado segundos antes. Su mano acariciaba mi cabeza como si me tratase de un niño.

—Hola Allan, mi valiente Allan.

—Hola Miry —respondí feliz de verla nuevamente.

—Me salvaste. Siempre me salvas.

No supe que decir y miré a mi alrededor. Aún nos encontrábamos en la casa, pero desde la ventana comenzaba a llegar la claridad de la mañana. Mena estaba arrodillada sobre Stella vendando su pierna mientras Daniela tenía a Amy sentada en sus piernas dándole chocolate en la boca.

—¿Qué le pasó a Amy? —pregunté. Mena giró de inmediato la cabeza para mirarme.

—Usó demasiada magia y se debilitó, afortunadamente Stella tenía chocolate en su bolsa.

—Gemas, chocolate y oro es todo lo que un aventurero necesita para salir —respondió con algo que imaginé era su sonrisa —Aunque ahorita me vendría bien una pierna de repuesto —comentó. Mena tapaba la herida con vendas, pero yo recordaba la pierna desgarrada muy bien, algo que ninguna magia podía curar.

—¿Qué haremos? —preguntó Mena.

—En mi bolsa hay cuatrocientos oros, son de ustedes. Si nos llevan a la zona del puerto, más allá del faro y consiguen, aunque sea una barca pequeña, les pagaré el doble.

—Suena como una oferta tentadora Stella —comenté —pero hay otros amigos en la ciudad que nos necesitan —Miré a Miry —Vermont y los otros se quedaron en la posada, no se van a ir sin nosotros. Conozco a la señora Katie, no dará un paso fuera del lugar si no estamos allí —comenté a lo cual Miry asintió con la cabeza.

—Miry sabe que la señora Katie nos quiere.

—Además dudo que esa sea una vía de escape ahora. Han pasado quince minutos desde que los orcos entraron a la ciudad. En mi opinión ya deben haber tomado el camino al norte y la zona portuaria. Si son inteligentes priorizarían las rutas de escape —agregó Mena.

—Quieren el abyss —respondió Stella con una sonrisa sombría.

—¿Por qué quieren el abyss? —pregunté levantándome. No había dolor en mi cuerpo, pero si me notaba cansado. Como si hubiese hecho ejercicio por días enteros y mi cuerpo no deseara moverse.

—El abyss es como una mina de recursos. Siempre puedes bajar y tomar más y comerciar con ello. Los orcos crecen muy rápidamente, su nación está muy poblada y solo tienen dos agujeros. 

—Pues a mí me suena bien que tengan dos agujeros —agregué, pero entendí la situación. Si los orcos querían el abyss se dirigirían allí y la zona del centro, incluyendo la posada de Vermont se hallaría vigilada.

—Hay muchos orcos afuera —comentó Daniela. Yo me quedé observando a mi hermana hasta que Amy abrió los ojos. Solo Camus estaba completamente desvanecido. Mena me explicó que tenía heridas muy serias internas y que habían curado todo lo que podían, quedaba esperar a que el tiempo le diera fuerzas corporales.

Yo por mi parte desconocía todo sobre la magia, pero Stella estaba tranquila a su lado. Eso indicaba que ella conocía la situación.

—Nosotros buscaremos alguna salida —avanzó Stella.

—Ustedes vendrán con nosotros, Camus está inconsciente y tú no puedes siquiera moverte ¿cómo piensas llevarlo a algún lugar? ¿Cómo te piensas defender? —contesté.

—Podemos salir, de hecho, tenemos las cartas a nuestro favor —Mena sonrió —todo lo que necesitamos es a una ladrona y alguien que tenga habilidades de sigilo. Tenemos a ambas afortunadamente —Mena observó a Daniela y yo a Miry.

—Tiene razón.

—Allan, tu lleva a Camus. Yo tomaré a Stella, y Daniela a Amy que es la más liviana.

—Mejor Miry lleva a Amy —sugirió la tumb.

—Pero es que tú necesitas ser quien avance en silencio por delante —argumentó Mena.

—Miry entrenó con un madero enorme por un mes, Miry puede hacerlo con Amy —yo asentí. Era cierto, habíamos entrenado con maderos a nuestras espaldas. Cargar a Amy debía de ser sencillo.

Me paseé por la sala y tomé a Camus sobre los hombros. No era la mejor posición para sus heridas, pero si la mejor para escapar y moverme con cierta facilidad. El peso descansaba sobre toda mi espalda y reducía el cansancio considerablemente. Mena tomó de igual forma a Stella y solo Miry agarró a una Amy bastante débil pero despierta acostada en su espalda.

—Bien, ya que soy la ladrona y Mena me indicó me encargase de esto. Diré que estamos en una situación desfavorable. El sol está saliendo, pero procuraremos usar todas nuestras vías para movernos. Por ejemplo. Es arriesgado salir ahora a plena luz con las calles abarrotadas, pero si subimos al segundo piso de esto y rompemos la pared de allí. Podremos acceder a la casa del otro lado, después podemos buscar una forma de subir al tejado y caminar por ellos. Al menos hasta que lleguemos a la zona comercial.

—Miry puede —subió las escaleras en carrera con Amy en su espalda y nosotros le seguimos lentamente. Primero Daniela, luego Mena y por último yo.

La zona superior de la casa estaba destruida casi por completo, algunas partes caídas, por lo tanto, pudimos pasar al tejado directamente en vez de a la siguiente casa. La mayoría de las casas en Utghardie tenían tejados con formas piramidales para el flujo del agua. Ello nos beneficiaba ahora pues otorgaba suficiente zona para ocultarnos.

Las calles estaban llenas de orcos, algunos se encontraban en grandes grupos de veinte sentados quemando carne que imaginé era humana. La ciudad fue tomada bastante rápido, algunos otros seres se encontraban revisando las casas aledañas. Cada vez que encontraban algo se reían con sorna y lo sacaban a la intemperie. Noté como tomaban a un chico de quizás veinte años por el cabello y le clavaban una espada por la espalda y como tomaban armas de una tienda.

Los orcos aparentemente eran eficientes en saquear el lugar —¿Eso es lo que creo? —preguntó Daniela señalando unas siete casas por delante y a nuestra derecha. Un orco enorme tenía a una mujer semi acostada sobre una mesa mientras movía sus caderas con fuerza contra la mujer y la tomaba del cabello. Esta se retorcía y movía los brazos desesperadamente al tiempo que gritaba.

Miry entonces desapareció dejando a Amy recostada en el suelo del lugar. Se movió con prisa por entre las casas y luego pareció desvanecerse en la tierra. Reapareció a unos tres pasos detrás del orco formándose de una sombra en la pared. Su daga se clavó en su cuello y noté la expresión seria en su rostro, la mirada penetrante y afilada.

Miry era una asesina si lo quería, pero entendí muy bien el tipo de situación que la motivaba a serlo. Entonces pensé en el panfleto que Camus me entregó un día atrás. Miry de seguro había asesinado a alguien para ser perseguida de ese modo. Yo por mi parte estaba seguro de que Miry era buena, era alguien capaz de matar, pero eso no la convertía en una mala persona.

La tumb regresó con la chica a los tejados, nosotros nos quedamos observando a la mujer. Debía de hallarse cerca a sus treinta y tenía el rostro golpeado y sangrante junto a su cabello enmarañado y las ropas hechas jirones.

—Ella es Shelly, nos acompañará en el camino —nadie dijo nada, ninguno se opuso a pesar de que a mayor cantidad de personas era mayor riesgo. Sobre todo, después de un rato, en el cual debimos bajar de los tejados y cruzar las amplias calles para seguir a la zona comercial de la ciudad.

—Gracias de verdad —gemía la mujer.

—Haz silencio Shelly. Solo bajo esa condición puedes ir con nosotros —amenazó Mena. La verdad dudé que Mena fuese capaz de dejar a la mujer, pero aquello era por nuestra seguridad. Sus gimoteos eran agudos y audibles a distancia. Tampoco teníamos idea de cuan buenos eran los oídos de los orcos.

—Hay varios que vienen —Señaló Stella desde los hombros de Mena, todos nos recostamos contra un grupo de cajas y ocultamos entre ellas. Nos hallábamos en un callejón. Un grupo de treinta orcos camino en fila por la calle mientras alguien gritaba desde la zona trasera —no entiendo casi nada de orco. Pero hablan de personas en el abyss.

—¿Estás segura Stella? —pregunté.

—Te dije, no entiendo casi nada de orco. He estudiado lenguas de criaturas, pero no hay muchos que sepan orco.

—Entiendo —la verdad aquella era nuestra mejor oportunidad y mejor traducción de cualquier cosa. En mi parecer aquellos seres tan solo balbuceaban y escupían saliva al mover los labios. Lo impresionante es que sus compañeros lograban comprender a los escupitajos y gritos.

—Por allí es la mejor zona para movernos. Pero debemos verificar que no exista ningún grupo del otro lado —Daniela entonces avanzó. Se movía muy distinto a Miry, no contaba con su velocidad ni agilidad, pero tenía bastante destreza para ocultarse. Un par de orcos se hallaban en el camino y no lograron verla, aunque giraron su cabeza en su dirección. Daniela se había tirado al suelo y después de rodar por la tierra amarillenta, tenía el mismo color en todo su cuerpo. A distancia daba la impresión de ser tan solo otra imperfección en el camino de tierra.

Mena por su parte bajó a Stella y tensando su arco se encargó de ambos orcos. Los demás no podíamos cruzar con aquellos a cuestas sin ser vistos.

Nos movimos con cautela las siguientes cuadras pues se hallaban repletas de soldados, mientras que después la cantidad de orcos se redujo considerablemente.

Podíamos sentir cuando estos desalojaban las casas a nuestros pies, después de un rato debimos volver a descender y caminar entre callejones. Nos movíamos indudablemente lento, el camino que tomábamos era serpenteante y en muchas ocasiones debíamos detenernos y esperar que los vigías se moviesen o descuidasen.

Las fuerzas de invasión se hallaban dispersas afortunadamente y la ciudad era relativamente grande en su extensión. Muchos estaban más interesados en el saqueo que en la búsqueda de humanos en las inmediaciones, por lo tanto, dejaban tranquilas las casas pequeñas o maltratadas y se iban directo a las tiendas con grandes letreros que mostrasen armas, gemas o joyas.

Fue entonces que escuchamos gritos y sonidos de una pequeña escaramuza en la lejanía. Daniela se adelantó e indicó un chico se hallaba luchando contra unos cinco orcos, pero que no tendría oportunidad alguna. Comenzamos a avanzar sin prestar mayor atención hasta que sentí la voz del chico por encima del silencio y las risas de los orcos.

—¡Teresa levántate! —Su voz era trémula, incluso gritando se sentía su dolor en cada palabra. Era Dimch, sin lugar a dudas.

Indiqué al resto detenerse y dejé a Camus a un lado del camino para observar mejor. Dimch se hallaba rodeado sujetando un martillo de guerra, una de esas armas pesadas que solo ciertos usuarios podían manejar. Se hallaba rodeado de cinco orcos bien armados y protegidos, aunque dos orcos se hallaban tendidos en el piso con las cabezas destruidas, imaginé que por el arma de Dimch.

Lo peor de la escena es que justo detrás de Dimch, se hallaba Teresa. Ella no se levantaría de ningún modo, se hallaba atravesada por la mitad por un hacha. El charco de sangre indicaba que llevaba allí tendida un rato y nada de su cuerpo se movía. Su cabello ocultaba mucho de su rostro, pero adiviné que sus ojos estaban abiertos e inmóviles. Había muerto hace rato.

Sentí cierto dolor por dentro. Recordaba muy bien a Teresa, era de esas personas que se dirigió a mí el primer día en la posada de Yom. Me había hablado con una sonrisa y mostrado confiada, más que el resto de nosotros. Era alegre y despierta, alocada y linda en su forma. Ahora no era más que un cadáver tendido en el suelo de tierra.

Yo contaba con una espada. Resolví que eso sería suficiente antes de despegar en carrera hasta la posición de un orco. Corté su cuello antes de que pudiera notarlo o alguno de mis compañeros detenerme.

El siguiente de ellos pudo bloquear mi estocada, por lo tanto, me deslice acercándome a él y blandí la espada como si se tratase de un cuchillo muy grande. Corté los tendones de su muñeca, pateé su rodilla para hacerle caer y rebané su garganta.

Sentí el aire cortarse producto del martillo girando por este. Dimch golpeó al que se hallaba detrás de mí con la punta del arma en su pecho. A pesar del orco haber portado una armadura de hierro la punta atravesó aquella zona y la bestia cayó de espaldas lazando un gargajo de sangre.

La fuerza era tan grande que las armaduras no importaban. Destrozaba internamente a quien se interpusiera. Esa era la ventaja de un martillo de guerra. Yo sabía que existían usuarios de tal arma, pero no tenía mucha visión de sus efectos.

Corrí y deslicé mis rodillas por la tierra para rasgar las piernas del siguiente orco y luego ascendí partiendo en dos su espalda. Clavé la espada en su cuello y noté que esta no era un cuchillo. Sacarla de allí me costó bastante. Mientras tanto Dimch se había encargado del otro orco con un golpe en su rostro.

—¡Teresa! ¡Teresa levántate! —tiró el martillo al suelo y se lanzó de rodillas para sostener su cuerpo. Mena, Miry y el resto se acercó lentamente para observar —¿Pueden curarla? Pueden curarla ¿cierto?

Ninguno de nosotros habló. Dimch lloraba sosteniendo a Teresa contra su pecho —¿Tú eres la mejor maga de la ciudad no? —Dimch miró desesperado a Amy, quien apenas se bajaba de la espalda de Miry.

—Yo no…

—Incluso si no estuviese tan débil como está —intervino Mena —la chica está muerta. No podemos revertir la muerte.

—Pero pueden cerrar su herida.

—Eso no hará que regrese amigo —agregué tomándole por el hombro.

—Pero es que Teresa. No es justo —Sus lagrimas caían copiosamente sobre el rostro de la chica muerta y yo sentí que mi alma se destrozaba.

—Debemos irnos Dimch —fui recto y firme en las palabras, muy a pesar de sentir un vacío enorme creciendo por mi pecho y estómago. Era casi como revivir la muerte de nuestro compañero Vert. Teresa era una de esas personas que nunca podrías olvidar. 

            —Yo…

—Vendrán aquí Dimch, si no te vas ahora morirás igual que ella. Estoy segura de que ella no querría eso —las palabras de Mena también fueron firmes.

—Ella me sonrió justo cuando la herían —nos miró y acomodó el cabello de la chica. Luego se levantó apoyándose en mi hombro y recogió el martillo del suelo —hay armas en la tienda. Podemos tomar algunas antes de irnos.

Asentimos y entramos en el lugar, el dueño no se hallaba y yo no quise preguntar por él. Comprendí que Dimch había protegido el lugar largo rato al ver varios cuerpos tendidos en el suelo. Probablemente él y Teresa resistieron toda la noche a cualquier intento.

Dejé de pensar en aquello y busqué una espada grande y gruesa como la mía. No había ninguna semejante, terminé tomando una espada de dos manos que era bastante larga pero mucho más delgada que mi anterior. También un juego de cuchillos y una espada de un acero negro. Me llamaban la atención solo por su color y lo elegante que se veían.

Las chicas también agregaron algo de equipo. Mena cambió su arco a uno con propiedades imbuidas. Dimch tomó el martillo y nos colocamos algo de armadura para estar más tranquilos, pero no tanta como para hacer ruido.

Salimos de la tienda y comenzamos a andar de nuevo a hurtadillas por las callejuelas. Temí que alguien echase de menos a los orcos muertos y diesen una alarma. Pero no hubo nada de aquello. Aparentemente ellos no funcionaban de tal forma.

Entre los orcos tenían el pensamiento de que, morir a manos de un humano solo significaba algo. Eras débil y debías morir.

Después de diez calles más el grupo había crecido, se unieron a nosotros unas cuatro personas más y resultaba bastante difícil avanzar. En especial porque había muchas pequeñas luchas entre orcos y algunos residentes que se quedaron en sus casas resistiendo la invasión.

Salvamos a un par de ellos, pero no pudimos hacerlo con todos. Nuestros números crecían y eso significaba que solo un par de nosotros avanzaba para luchar contra diez o más orcos.

Quizás en la noche habría sido capaz de limpiar la zona de orcos yo solo, pero ahora mi cuerpo se resentía de las heridas y me hallaba cansado. Como si mi recipiente de energía se hubiese acabado hace largo rato y apenas estuviese escurriendo lo restante.

Miry jadeaba al luchar, yo debía detenerme a respirar a grandes bocanadas luego de matar a algunos cuantos. Mis piernas temblaban y sentía el peso de Camus el triple de lo que era.

—Creo que podríamos escapar por la zona noreste de la ciudad, justo por donde entraron los goblins al inicio de la batalla. Los orcos tenían menos cantidades en esa dirección. Tal vez la muralla en ese punto no esté tan vigilada. Sería una oportunidad —razonó Mena.

—Suena como una buena idea. Es posible que el existan puntos por los cuales atravesarla. Y dirigirnos en la misma dirección por la cual atacaron, no lo esperarían. Podría funcionar —respondió Stella desde su espalda.

—Podríamos… —escuchamos el sonido característico del metal chocando y los gritos de una batalla. Giramos y cruzamos la calle, pues comprendimos de inmediato de dónde provenía aquello.

Abert y otros tres hombres luchaban contra unos siete orcos en la zona más cercana, mientras Vermont blandía una gran hacha contra otros dos al frente de la posada. Justo detrás de él se hallaba Katie con Melanie en llanto.

Miry y yo nos lanzamos en carrera al instante. Vermont bloqueó un golpe de la espada de un orco con su hacha, pero la otra se enterró directo en su brazo. El primero de las bestias reaccionó alzando nuevamente su espada mientras Vermont se hallaba totalmente descubierto.

Yo observé todo con espanto a mitad de camino, sin importar cuán rápido fuésemos Miry o yo, nunca llegaríamos para salvar al señor Vermont. Por lo tanto, quedé frio al ver como la figura se interponía en medio y recibía el impacto de la espada con su cuerpo desnudo.

La cabeza de la señora Katie fue separada de su cuerpo al instante, fue un corte limpio mientras Vermont tropezaba hacia atrás entre sus piernas y veía a su esposa ser asesinada.

Ira, sentí una ira interna tan fuerte que no pude contenerme y cuando llegué hasta ellos corté con todas mis fuerzas al par de orcos. A uno de ellos lo rebané en cuatro partes, alzando mi espada, bajándola y con un movimiento horizontal.

El señor Vermont se hallaba en el suelo sujetando el cuerpo y la cabeza de la señora Katie contra su cuerpo. No dijo palabra alguna, tan solo lloró en silencio con el cuerpo apretado a su pecho. Nadie le detuvo ni hubo palabras de consuelo. Sencillamente no había consuelo para aquello.

Mis lágrimas escaparon por mi rostro y sentí ganas de vomitar, culpa y rabia. Una rabia descontrolada contra todo y todo el mundo. Habría destrozado a todo el ejército orco en ese instante, quería gritar y despedazarlos, ver como sus entrañas se desparramaban por el suelo producto de mi ira.

Sentí que de haber llegado solo un minuto antes habría podio cambiar la situación, la señora Katie habría estado a salvo. Entonces recordé que ellos nos estuvieron esperando desde la noche anterior y como Vermont me había despertado para que buscase a las chicas y la señora Katie me sonrió al despedirse. Ellos nos habían esperado siempre, se mantuvieron firmes en el mismo lugar a pesar del miedo y a pesar de la invasión. Se quedaron allí por nosotros, mientras las chicas y yo nos dirigimos a la muralla y perdimos nuestro tiempo.

Si no me hubiese quedado mirando la espada negra habría llegado. De no haber entrado en la tienda de armas habría podido salvarla. De no haber caído desmayado habría estado allí con ellos y salvarles. ¿qué rayos había hecho?

—Allan levántate —la voz fue de Stella a mi lado. No había notado me hallaba sentado en el suelo llorando sin remedio.

La señora Katie era la principal razón de regresar todos los días a la posada luego de entrar al abyss. Sus sonrisas y mimos con nosotros nos hacían sentir en casa. Era tener un hogar al cual volver cada día, uno por el cual provocaba luchar y continuar adelante.

Aquello ya no estaba. Vermont lloraba y apretaba con tal fuerza su cuerpo que daba dolor el solo mirarlo. Habría hecho cualquier cosa.

El tiempo no vuelve atrás, cuando las cosas suceden solo queda afrontarlas. Seguir adelante era el camino, aunque se tornaba doloroso. Noté que Abert, Melanie, Mena, Miry y Amy lloraban alrededor y el dolor que nos embargaba.

Hay personas que son irremplazables. Al partir dejan un vacío tan grande que nuestra alma se despedaza de tal forma que nunca se repara.

Me hallaba en un instante de esos, uno que no había experimentado antes. No así de fuerte, no así de cercano y enorme. Sentí que la vida misma no era justa y el destino era una mierda que jugaba con nosotros.

En palabras simples, me desmoroné.

Llevamos el cuerpo de la señora Katie al interior. Vermont no se despegó de ella y tapó su imagen con una manta, principalmente porque la imagen del corte en su cuello y la cabeza a un lado era desgarradora.

Entonces noté que los demás conversaban mientras Mena, Amy, Miry y yo nos encontrábamos sentados aparte en nuestro rincón usual de la posada. No emitíamos sonido alguno y las lágrimas se secaron en nuestros rostros. Solo mirábamos a los lados como perdidos y buscando respuestas.

—Regresaron —Vermont se sentó justo frente a nosotros.

—Tarde —respondí con rabia. Yo no era justo, mi ira no era con Vermont, mi rabia era hacía mí, aun así, respondí de mala manera.

—No hay culpa, nosotros decidimos quedarnos. Katie no habría hecho otra cosa. Sin importar lo que yo dijese o hiciera. El culpable soy yo, debí protegerme mejor. Ella no se habría lanzado y… —el llanto escapó de sus ojos y tapó su rostro.

—Nosotros tenemos la culpa, Allan nos dijo ustedes nos esperarían aquí. Y aun así fuimos a la muralla a pelear contra los goblins y contra los orcos. Debimos regresar cuando Allan lo dijo, pero fuimos tercos y salimos a luchar, pensamos podíamos vencer y… —Mena fue callada por Stella quien se hallaba sentada a un lado.

—Ustedes lucharon y salvaron la vida de las setenta personas que están en esta casa en este momento —repuso con firmeza —Si ustedes no hubiesen luchado las cosas no estarían así. Tú, sobre todo, lideraste y mantuviste la muralla junto a Amy y Daniela. La mantuviste contra todo pronóstico. No debes sentir pena por eso Mena. Allan y Miry se enfrentaron a los jefes de los goblins y luego a los orcos como si la vida de cientos de personas se hallase sobre ellos. Ahora entiendo que eran las vidas de muchos más las que estaban sobre ustedes. No pueden decaer por eso.

—Es cierto, ella tiene razón —Vermont alzó su rostro retirando las lágrimas con los brazos sucios —No pueden sentirse mal.

—Yo los vi. Camus y yo luchamos junto a estos chicos, y quizás no luzcan como los más fuertes de aquí. Pero puedo dar fe de que sin ellos la ciudad habría caído en la noche y habría sido arrasada y cada uno de nosotros estaría muerto. Incluyéndome a mí y a Camus. A quienes ustedes recogieron y trajeron hasta aquí. Nosotros solo éramos peso muerto. Ningún aventurero se habría arriesgado en traernos y llevarnos a las espaldas. Nadie se habría ocupado de curarnos hasta desmayarse como lo hizo la niña Amy —Stella habló con tal fuerza que todos los presentes voltearon a verla y prestaban atención a cada palabra —Nadie habría sujetado una espada y matado orcos hasta caer desmayado como lo hizo Allan. Nadie habría quemado goblins y orcos hasta quedar sin energía en su cuerpo como lo hizo Miry, nadie habría protegido a sus compañeros sin saber pelear como lo hizo Daniela. Y nadie habría dirigido a las tropas hasta ser atravesada por una lanza como lo hizo Mena. Yo Stella del gremio de los caballeros oscuros, doy fe de que sin ustedes todos estaríamos muertos. La ciudad sería cenizas de no ser por ello.

Hubo un silencio y noté como las miradas se centraban en nosotros, en el pequeño grupo que se hallaba en el rincón de la posada. Amy y Daniela bajaban sus cabezas, Miry tapaba sus orejas y Mena y yo estábamos asombrados.

—A mí me estaban violando cuando ellos llegaron —intervino la mujer llamada Shelly.

—Y Yo fui salvado por ellos —repuso Dimch.

—Y nosotros —respondieron otros.

—Ahora debemos preocuparnos por salir de aquí, debemos hallar una salida de este lugar —intervino Stella —hay que abandonar la ciudad y encontrar a todos los sobrevivientes —noté como la mujer nos miraba fijamente e intenté recuperar mi consciencia y pensar de manera adecuada. No era sencillo teniendo en cuenta lo sucedido.

—¿Los sobrevivientes? ¿Además de nosotros? —preguntó Mena.

—Debe haber sobrevivientes en la muralla del abyss. Mientras más lo pienso más sentido tiene. La muralla es el edificio más resistente de la ciudad, construido para que nada escape del abyss. También funciona para que nada entre allí.

—¿De cuantas personas hablamos? —pregunté.

—No tengo idea —respondió ella —depende de cuantos se refugiasen allí.

—¿Cómo accedemos? La puerta principal tiene esa reja enorme, si los orcos intentan tomar el abyss, deben estar allí.

—Hay otras puertas, la de empleados y las que usan los recolectores que revenden las cosas furtivamente —respondió Stella —Si hay sobrevivientes deben hallarse cerca de una de esas puertas —comentó. Melanie trajo en carrera un trozo de papel y algo de tinta y la mujer dibujó un plano sobre este casi al instante. Todos estábamos asomados en la mesa observando —. Las habitaciones donde se cuentan los materiales están en esta zona, son fuertes, pero las de mayor seguridad son las habitaciones donde se guardan posesiones y las arcas de la ciudad. Esas están en esta zona, muy cerca de la puerta por la que los recolectores sacan cosas de contrabando.

—Entonces solo es cuestión de llegar aquí ¿Cómo entramos? —preguntó Mena,

—Debe haber alguien adentro que abra, no hay otra manera —contestó Mena.

—La mayoría debe quedarse aquí, debe ser un grupo pequeño el que se dirija a la muralla entonces.

—Miry y yo —contesté de inmediato. Miry me observaba asintiendo con la cabeza, sin importar la situación siempre podía contar con ella —los demás deben cuidar la posada. No podemos regresar y encontrar a todos muertos.

—Bien, entonces Daniela, Amy y yo cuidaremos este lugar —contestó Mena.

—Cuenten con nosotros —Abert alzó su escudo.

—Yo ayudaré también —Dimch mostró su martillo.

—Antes que eso, deben comer algo de chocolate, están blancos y pálidos ambos. Sin energías no podrán pelear. También hay algo de comida atrás en la despensa, quizás algo de queso para mientras están en el camino —Señaló Vermont y Melanie arrancó a correr a la cocina —Katie no les habría dejado ir sin nada en el estómago.

Sonreí al saber que eran ciertas sus palabras, recibí pan, chocolate y queso de buena manera y comí un poco de todo mientras guardé el resto en una bolsita para continuar en el camino.

—Miry, Allan, Mena, vengan acá un instante —Stella nos llamó para sentarnos con ella. Al hacerlo nos miró con su semblante serio, esa expresión ya la conocía en ella —Acabo de poner la ciudad en sus manos. Camus está malherido y no despertará ahora, yo… yo no seré de mucha utilidad en mi estado. Me acabo de convertir en una inútil —estuve a poco de disentir con ella, pero me interrumpió y continuó hablando —Puse la ciudad en sus manos y la confianza de estas personas está puesta en ustedes. Les diré lo más importante que existe en una ciudad. Sus personas —fue clara y concisa, tan firme que entendí ella estaba segura y creía en cada fibra de su ser en ello —. Sin las personas una ciudad no existe, no importan las casas, no importan las armas ni el abyss. Si están las personas la ciudad continua a pesar de todo. Deben salvar a cuantos más puedan, si logramos salir de aquí de alguna manera la ciudad podrá continuar. No importa si estamos en otro lugar, podremos volver a empezar. Quiero que tengan esto muy en mente ahora que les di la responsabilidad a ustedes.

—Lo comprendemos Stella —la voz fue la de Mena. Ella era la persona más adecuada para responder, era la más centrada y mejor de nosotros. Incluso yo me sentí confiado al escucharla responder con su mirada seria pero apacible.

Miry y yo nos levantamos y preparamos para partir mientras los demás que protegerían hacían lo mismo.

—Si Miry muriese…

—No sucederá. No dejaré que mueras —atajé y corté la conversación en seco.

—Miry tampoco dejará que Allan sufra. Nunca —creí en ella y con estas palabras salimos juntos del lugar.

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