19. ORCOS

         —Pueden irse chicos, han sido de una gran ayuda para Utghardie, la ciudad está en deuda con ustedes —Camus se acercó a nosotros con un aire de solemnidad que no iba a la par de su rostro.

—¿Qué? —Mena giró la cabeza.

—No huiremos Camus —respondí.

—Miry va a luchar aquí y ahora.

—Entonces la ciudad les deberá el doble —realizó un intento de sonrisa antes de regresar a su posición.

—¡Los orcos tocan nuestras puertas! ¿Les dejaremos pasar? —Mena gritó ante diez hombres que se reunían en el lugar.

—No —la respuesta no fue siquiera un grito. Era más un susurro que el viento se llevaba. Se notaba el miedo en sus rostros. Me pregunté si este también era visible en mi cara.

—Señor —tres hombres llegaban a galope desde el sur —los goblins entraron a la ciudad. Los hombres…

—Si quedan hombres diles que se preparen para luchar aquí. Los goblins están huyendo de los orcos. Si perdemos la puerta perderemos la ciudad también —contestó Camus.

A menos que en la guardia sur hubiese al menos unos setecientos hombres, no sabía cómo podíamos hacer frente a los miles de orcos que se amontonaban a poca distancia de la ciudad.

—Listo —pronuncio Amy y la herida de Mena estaba cerrada. Sentí a Mena pegarse a mi derecha y noté como Amy y Daniela se posicionaban a un lado de esta. Me complacía tenerlas cerca, aunque no deseaba verles morir bajo ninguna circunstancia.

—Esto no se va a ganar —pronunció Mena con voz seca. Me pregunté si era necesario decirlo frente a Amy, pero luego noté que incluso ella estaba consciente de la situación. Los orcos comenzaban a chocar sus armas acopladamente, como una marcha de guerra.

Los hombres se comenzaron a reunir en nuestro punto. Sorpresivamente del frente sur sobrevivieron sesenta hombres, algunos de ellos a caballo

—Intentaré batirme con Geth, si derroto al jefe de los orcos quizás logremos hacer que retrocedan —comentó Camus, hasta entonces yo no conocía el nombre del orco de casi tres metros que me lanzó por los aires.

—No hagas idioteces. La jerarquía de los orcos no funciona de esa manera, si matas a Geth otro tomará el mando. No vienen por honor o rencilla, viene a tomar la ciudad Camus —Stella era mordaz y cruda en sus palabras —mejor tiremos abajo estas escaleras, hay que ponérselo difícil —agregó empujando con el pie una de ellas.

—¿Solo queda luchar? —preguntó Miry.

—Eliminar a cuantos orcos podamos y dar tiempo a quienes estén intentando escapar en la ciudad. Probablemente por la zona norte puedan salir algunos todavía —respondió Stella.

—Avanzan —comentó Daniela.

Se escucharon cuernos y el ejército orco empezó su avance, primero lento, luego en carrera a la muralla, el sonido de miles de pies acercándose resultaba ensordecedor.

—Me gustaría haber pasado más tiempo con ustedes chicas —dije sin pensar. Miry y Mena me sujetaban de cada mano, Daniela abrazaba a Mena y Amy me rodeó con sus brazos por la cintura. Fue un pequeño instante, pero sentí que tenía gente que me amaba y yo a ellos a mi lado. Era reconfortante.

—Miry quiere mucho a Allan. Si morimos, estará orgullosa de haberlo hecho a su lado —me sentí culpable de pensar mal de ella por culpa de aquel panfleto. Miry no era una asesina, era mi compañera. Mi más fiel y querida compañera, esa con quien yo podría andar hasta el fin del mundo.

Cualquiera de ellas podría haber huido, salir en carrera y escapar lo más lejos posible. Una persona en solitario tenía mejores oportunidades de esconderse. Ellas debían sentir tanto miedo como yo, pero allí estaban, de pie y firmes a mi lado. Enfrentando lo imposible.

—¡Arqueros preparados! —la voz de Stella era potente. Me pregunté si ella era la verdadera capitana y no Camus— Sostengan —las tropas estaban a cuarenta metros, treinta, veinticinco —¡Fuego! —más de cincuenta flechas nos sobrevolaron y dibujaron un arco en el cielo. Mena sacó su arco y apuntó. No hacía arriba como el resto. Ella fijó su vista en los enemigos de abajo y su flecha salió recta. Pude ver como un orco recibía el impacto en su rostro por debajo del casco y caía estrepitosamente mientras los demás le saltaban y continuaban su camino —¡No paren de atacar, gasten todas las flechas que tengamos, dejemos que los orcos sientan nuestro acero!

Buscamos ballestas en el suelo, las palabras de Stella eran ciertas, debíamos atacar con todo lo posible. Los orcos llegaron a la muralla y el golpe de sus cuerpos se sintió bajo nuestros pies, como un temblor.

Comenzamos a disparar, no tan certeramente como Mena. Su destreza con el arco la hacía invencible en ese campo. Sus flechas iban directo a algún punto vital, sus presas caían al instante y dejaban de moverse a los segundos. Incluso un orco con su piel tan gruesa era atravesado por esta.

Vi como algunos orcos caían en varias direcciones productos de las flechas y comenzaron a subir las escaleras. Nosotros nos concentramos en disparar a quienes las sostenían, pero era inevitable. Tocaron nuestra muralla y comenzaron a ascender por ellas.

—¡No dejen de disparar sus flechas! ¡Nosotros les protegeremos aquí arriba! —Stella dio la orden y los hombres se nos quedaron observando unos segundos —Agradezco nos ayuden con esto chicos. Podrían haberse retirado, nadie lo habría cuestionado.

—Hay personas en la ciudad que también cuentan con nosotros —contesté recordando a la señora Katie, Vermont y Melanie. Los tres atrincherados junto a otras personas en la posada.

—¡Agua! —Amy alzó el báculo y dos bolas de agua se formaron sobre nuestras cabezas, luego los torrentes cayeron sobre aquellos que subían por las escaleras derribándoles con rapidez. Noté entonces que en las lejanías los orcos llegaban a las murallas y subían por ella. No podíamos cubrir toda la muralla en su extensión. Me concentré en que sus números llegaran hasta mí. Atracción se activó de inmediato y los orcos giraron y fijaron su atención en mí.

—Vengan —mi voz interna les llamaba y obligaba a dirigirse a mi posición. No los soltaría, mantuve atracción y el pensamiento de que la lucha se centrase en mi punto. Si atravesaban el muro por otros lugares estaríamos perdidos y rodeados. Decidí que si incluso moría no dejaría de llamarles, les obligaría a estar allí de pie frente a mi cadáver por la eternidad si era necesario.

Pude incluso sentir la vista de Geth sobre mí, y alzar su mano dirigiendo a la horda en mi dirección. No me importaba, era lo que yo deseaba. Él debía recordar cuando detuve su ataque. Debí llamar su atención.

—Fuego —el fuego brotó del puñal de Miry y se extendió hacia abajo y luego por el suelo. La tumb mantuvo su magia unos segundos mientras los orcos se quemaban y retorcían del dolor en el suelo. Luego se detuvo y noté cuan cansada estaba. Había usado muchas veces su magia esa noche. Más de lo usual.

—Sincronía — Mena nos miró, y luego a Daniela y Amy —Dani, lleva a Amy atrás. Amy solo ocúpate de valor y regeneración cuando lo necesites. No uses cura, te agotará mucho. Si pueden escapar háganlo. Dani, protégela.

—Hecho.

—Pero yo quiero —Amy se nos quedó mirando.

—Ve abajo, no nos contendremos. Estamos con sincronía, nos podrás sentir —respondí y vi como Daniela tomaba de la mano a la más pequeña y la llevaba escaleras abajo y por el campo a nuestras espaldas.

—Espero que no me decepcionen, voy por todo en esta lucha —Mena tensó su arco y disparó nuevamente. Miry y yo íbamos a responder, pero Camus de pronto habló y nos dejó con las palabras en la garganta.

—No hago nada aquí arriba —repuso antes de dar un paso adelante y saltar directo al enjambre de orcos. Cayó agachándose y cuando se levantó entre ellos lanzó un grito al aire. Pude sentir su presencia y entender que esa era una nueva habilidad. Te intimidaba y obligaba a bajar la vista en su presencia.

—Descuiden, ya es nivel nueve. Es un usuario de tres habilidades, estará bien —Mencionó Stella.

Camus realizó un floreo con la espada y vi como la cabeza de un orco se desprendió de su cuerpo. Continuaba en el aire cuando ya el hombre atacaba a otro, era impresionante. Hasta entonces yo no lo había pensado, pero Camus ahora tenía tres habilidades, y yo…yo tenía siete. Si existió algún momento de hacer uso de ellas era ese. Giré mi cabeza para ver a Miry y esta sonrió de tal manera que supe me comprendía a la perfección, eso me hizo sentir confiado antes de dar un paso adelante y saltar a la batalla.

—A mí, vengan a mí —Caí clavando mi espada al suelo. Era enorme y tapaba de ataques enemigos desde el frente. Si había derrotado a un ángel de los pisos sesenta ¿cómo podía tenerle miedo a esto? Dejé de pensar y saqué la espada del suelo. Lancé un grito al aire —¡Vengan a mí! —Y dejé que mi cuerpo se moviera en aquel frenesí destructivo. Alcé mi espada y rasgué el aire con ella hasta impactar a uno de los orcos. Este interpuso su espada y la empujé hacia atrás hasta que el filo de la mía se clavó en su hombro y rasgó hasta su pecho. El impulso fue tal que empujé su cuerpo al suelo en el mismo movimiento, su sangre oscura se regó en la tierra.

No dejaría a ninguno con vida, los destruiría. Aprovecharía mi velocidad, mi protección y mi habilidad con la espada. El entrenamiento de Helim había servido de algo. Después de bloquear tantas veces sus golpes y los de Mu, no había posibilidad de que no supiera luchar contra orcos.

Los orcos pelean muy distinto a los goblins, no solo por su contextura y tamaño desproporcionado o por su piel gruesa. Sobre todo, en su manera de empuñar una espada y usar escudos. Los goblins son expertos en escaramuzas desordenadas, mientras que los orcos luchan como unidades, retroceden y observan. Actúan como una tropa con exceso de fuerza y protección. Usaban mejores armaduras y guardaban estas o las armas como trofeos de guerra. Por lo tanto, podía ver como todos llevaban trajes bien hechos y reforzados, armas afiladas y bien empuñadas. Sus escudos subían cuando intentabas atacarle de frente y al repelerte te atravesaban con la espada.

Con Mu y Helim había experimentado algo muy semejante. Mu era una muralla de carne y cuando usaba escudo era imposible desviarlo con un ataque, Helim por su parte era veloz en extremo y aprovechaba estas aperturas para atacar e infligirte daño de las maneras más crueles. 

Golpeé con mi espada a un costado de un orco y su armadura se hundió dejando pasar mi filo para herirle y tirarle al suelo. El beneficio de tener una espada enorme como la mía, es que en espacios abiertos podía batirla de un extremo a otro, su largo alcance me daba ventaja sobre el enemigo y era casi imparable. Solo un espadachín diestro sabía cómo desviarla. La desventaja enorme es que requería en algunos movimientos de mis dos manos, y me dejaba expuesto. Al no tener escudo mi cuerpo dependía directamente de mi armadura. Pero para eso yo tenía mi velocidad y protección.

Me moví a gran velocidad moviendo mi espada, despedazando y cortando todo lo que veía. Era un mar de siluetas negras a las que yo solo debía rebanar hasta quedar sin energías —A mí —sentí el brillo característico de mi protección al recibir un ataque directo. No hubo daño y continué mi camino. Si dejaba que los demás sufrieran heridas por mi culpa no me lo perdonaría. No podía permitirlo, así que tomé con mayor fuerza la espada y dejé que esta realizara una curva en horizontal frente a mí de izquierda a derecha. Noté como la hoja cortaba a los tres orcos que se hallaban al frente y continué. Su sangre quedaba impregnada en mi arma y en mí. Me salpicaba y escocía un poco debido a que era muy caliente.

Noté cuando Miry descendió del muro y comenzó a luchar a mi alrededor dando saltos. Con la vista apenas podía observar el celaje de su cabello marrón y su daga roja. Los gritos se escuchaban, pero era casi imposible seguirla con la vista. Solo sabía se trataba de ella por la sincronía activada en nosotros.

A la derecha a varios metros Camus gritaba al aire, mientras Stela asesinaba en sus alrededores. Creí ver un aura azul envolver al hombre, pero no me importó. Continué atacando sin parar, moviéndome entre sus filas, adelante y atrás para impedir que alguien llegase al muro. Llamándoles con mi habilidad. Obligándoles a fluir hacia mi espada sedienta de su sangre.

—Suban —fueron las palabras de Mena que llegaron hasta mi cuerpo. Se refería a los hombres que estaban detrás de la muralla, estos obedecieron y notaron el flujo de la batalla — Los más fuertes están allí abajo luchando sin rendirse —a pesar de que lo veían muchos no daban crédito a sus ojos. Eran como cuatro monstruos arrasando con cuantos orcos pasaran frente a ellos. Se movían entre las filas asustadas e impactadas y dejaban cuerpos negros regados por el suelo —¿Observarán nada más o defenderán esta muralla con sus vidas? ¿Dejarán que violen a sus mujeres y maten a sus seres queridos? ¿Pelearán por todo lo que aman? —el clamor a las palabras de Mena fue general. Un grito se dejó escuchar desde lo alto de la muralla, un grito desafiante para cualquier orco que pensara tomar la ciudad.

Sentí que mi protección se rompió y una cortada larga en mi brazo. Aquello no me importó en lo absoluto, siquiera me detuve a observarla, el dolor estaba allí, pero Helim me había entrenado para continuar incluso cuando estuviese herido. A no girar y ver siempre a mis enemigos, a dejar atrás los gritos de mi cuerpo y seguir el ritmo de la batalla.

Giré mi cuerpo y dejé que mi espada ascendiera para cortar los brazos de uno al frente. El orco alzó sus miembros cercenados con espanto gritando. Bajé la espada y corté el torso de otro. Esquivé una espada a la altura de mi cabeza y otra que venía en estocada a mi tórax. Retrocedí dos pasos y me deslicé adelante con la espada en ascenso nuevamente, girando sobre mis pies para cortar a mis enemigos. 

Miry fue herida en una pierna mientras realizaba una patada. Ella no contaba con la protección que yo sí, aunque, era mucho más rápida y ágil que yo. A pesar de eso era inevitable recibir heridas. Eran demasiados contra nosotros, las espadas se arremolinaban a nuestro alrededor y atacaban de a cinco. Sin importar cuan diestro fueses y el nivel de tus habilidades. De un momento a otro lograban impactar en tu cuerpo.

Sentí su dolor y el ardor de la cortada en mi pierna como si fuese a mí a quien herían. La regeneración y valor de Amy se hallaban activas, por lo tanto, no me preocupaba en exceso de aquello.

—¡AHHHHGGGG! —eran mucho más altos y fuertes. Estaban dispuestos a matarme, por lo tanto, no pensé en aquello como vidas y me centré en matarlos, en matarlos a todos de ser posible.

La gran desventaja es que entre los cuatros que estábamos abajo, probablemente habíamos eliminado a unos cien de ellos. Pero sus números no se medían en centenares, sino en miles. Estábamos luchando con todas nuestras fuerzas contra una marea incontrolable.

Pronto sentí que mis pies no se paraban firmes. No me hallaba sobre tierra, sino sobre cuerpos amontonados y resbalosos. Goblins y orcos muertos en grandes cantidades. Aquello me dificultaba mucho la tarea por lo cual retrocedí un poco para hallarme más cerca del muro y encontrar un punto en el cual mis pies volviera a sentir la tierra.

Miry retrocedió a mi par, la noté jadeando. Estaba en su límite, no solo agotada físicamente, supuse que mentalmente también. Aquello nos superaba por mucho. No se trataba de estadísticas o habilidades, se trataba de cantidades enormes.

Entonces noté el clamor de los orcos, su capitán se movía a la batalla en carrera en dirección a Camus. Geth sobresalía entre el resto de los orcos, era notablemente más alto y fornido. Poseía un carisma para la batalla, esa que le hacía lucir imponente, indestructible e imparable.

Se detuvo frente al hombre y habló algo en su lengua. Los orcos alrededor se alejaron varios metros dejando un círculo para la batalla. Vi el rostro de Stella, estaba preocupada, incluso un poco más. Comprendí que ella quería a Camus, más allá de ser solo su capitán de gremio.

Miry y yo continuábamos luchando, pero a un ritmo un poco más lento. Los orcos también estaban muy atentos a lo que sucedía entre Geth y Camus. Hubo un instante tenso en el cual sus miradas se encontraron y luego el slash de ambas espadas rasgando el aire para chocar dejando chispas por doquier.

Noté que la protección de Camus se rompió y atajó el impacto del arma del orco con su espada, o, mejor dicho, con su cuerpo entero. Yo pateé a un orco para alejarle y corté a otro, deseaba ver aquello. Me moví casi en un círiculo eliminando cuanto podía para tener donde hacer girar mi espada.

Sentí entonces el dolor nuevamente. Miry era cortada en su mejilla derecha y luego en su brazo derecho. A pesar de eso continuaba peleando como una fiera y a gran velocidad. Me pregunté si ella también estaba al corriente de la lucha entre Geth y Camus.

Las espadas comenzaron a chocar y el ruido de estas fue audible a la distancia. La sucesión de golpes comenzó a ir en aumento a un punto frenético.

El capitán del más importante gremio de la ciudad logró dar contra el cuerpo del orco, pero la armadura de mithril recibió todo el impacto y no dejó que el filo llegara a la gruesa piel. El jefe de los orcos dijo algo en medio de una risotada y golpeó tan fuerte con su espada en descenso que Camus cayó de rodillas a sus pies. Todos vimos aquello atónitos. Geth subió nuevamente su espada para clavarla directo en la espalda del caballero.

—¡CAMUUUUS! —La voz de Stella resonó en el aire y este reaccionó girando por el suelo para realizar un pequeño corte en las piernas del orco. Entonces este realizó un movimiento con su pierna. Pateó a Camus y levantó en el acto, para luego blandir su espada contra todo su cuerpo. Camus interpuso su espada. Ya yo había visto ese movimiento antes, y comprendí entonces se trataba de alguna habilidad. Geth utilizó su habilidad y Camus salió expelido en línea recta por el aire, atravesando las filas de orcos hasta estrellarse en la muralla. Se escuchó el crujir de su cuerpo y la roca desmoronarse al momento en que el caballero dio contra esta. Luego sentí la risotada del Geth alzando sus brazos en jubilo.

—Sube la muralla Miry —le indiqué y esta me miró asintiendo, tomando una de aquellas escaleras comenzó a ascender. Stella corrió rumbo a Camus para protegerlo con su vida mientras los orcos la rodeaban. Estaba a menos de cinco metros de mí, pero resultaba imposible alcanzarla o ayudarle. Yo mismo tenía problemas para proteger a Miry que subía la muralla.

Entonces noté aquella cosa surcando el aire por encima de mi cabeza y sentí el impacto en mi pecho. El dolor fue tan fuerte que debí sujetarme. El golpe desapareció de pronto y giré mi cabeza comprendiendo lo sucedido. Una lanza impactó a Mena un poco por encima de su pecho y el impulso fue tan fuerte que la empujó de la muralla hacia atrás haciéndole caer. La chica tan solo sintió el impacto y luego la ligereza de su cuerpo hasta que cayó contra la tierra y la lanza se incrustó en el suelo.

—¡Menaaaa!

—¡Menaaaaa! —tanto Miry como yo gritamos asustados. La sincronía desapareció de pronto y no podíamos saber siquiera si estaba viva. No habíamos podido hacer nada.

Stella se hallaba a mi lado luchando desesperada mientras Camus se hallaba tendido en el suelo completamente inconsciente. Su armadura en la espalda estaba totalmente destrozada en pedazos y la piel en este punto se había abierto como una flor, dejando ver sus músculos y pedazos amarillos de grasa.

—Sube Stella —alcancé a decir, pero lo siguiente fue tan sorpresiva e impactante que no dio tiempo de nada. La puerta de la ciudad estallo con fuerza a no más de veinte metros de nosotros. La explosión fue extremadamente cerca, sentí el calor y la ingravidez de mi cuerpo. Me encontré flotando unos diez metros en el aire junto a un centenar de rocas y objetos.

No comprendí nada de lo sucedido hasta que mi cuerpo se estrelló en el suelo y sentí todo crujir. 

Ni la mejor magia de confusión y veneno me habrían dejado en tal situación. Mi ser era un mar de dolor de la punta de los pies hasta el cerebro. Las rocas comenzaron a caer con estrépito a mi alrededor y sentí la tierra bañarme. Cerré los ojos e intenté que mi cuerpo reaccionase. No lo hizo, no pude siquiera ponerme en pie, todo dolía como los mil demonios.

Giré mi cabeza a la izquierda y noté restos esparcidos por el suelo y pedazos de madera cayendo desde el cielo como si fuese lluvia. Volteé a mi derecha y vi a Miry, tenida en el suelo con los ojos cerrados y un pedazo de espada clavada en su pierna izquierda a la altura de su muslo.

Temí lo peor y mi reaccioné moviéndome hacia ella, tomando fuerzas y poniéndome de pie. La toqué y moví —¡Miry! —no supe siquiera si mi voz lograba salir de mi garganta. No respondía. Entonces necesité fijarme en su pecho que aún se movía de arriba abajo. Estaba viva. De alguna forma estaba viva, solo inconsciente.

Sujeté a Miry de su hombro y luego de su cintura y la cargué. Todo su peso recayó sobre mi cuerpo adolorido, pero no me importó. No iba a dejarla allí en medio del desastre, debía curarla cuan pronto fuese posible. Miré hacia atrás y vi como los hombres corrían mientras podían, otros tan solo se arrastraban. La razón era obvia, un agujero enorme de más de diez metros de largo en la muralla. La puerta había desaparecido por completo junto a gran parte hecha de piedra.

En la zona de los orcos parecía haber tanto desastre como del nuestro, pero aquello no duraría mucho. Entrarían a la ciudad. Ya no había nada que se los impidiera, siquiera resistencia.

Caminé con Miry a cuestas y giré la calle, entonces pude ver a Daniela cargando el cuerpo de Mena, llevándola tan lejos como podía al tiempo que lloraba y Amy intentaba curarla.

—Chicas, chicas —no podía ni moverme ni hablar bien. Mi cabeza sangraba, me hallaba mareado y el peso de Miry parecía hacer daño sobre mis huesos de las costillas, probablemente rotas.

Me acerqué como podía, me movía tan lento que una tortuga me habría adelantado con facilidad. Daniela y Amy parecían gritar mientras arrastraban el cuerpo de Mena. Noté que esta última escupía sangre por la boca, pero movía la cabeza. La lanza ya no estaba en su cuerpo y Amy intentaba curarla.

Continué avanzando mientras el sentido del oído regresaba a mi cuerpo y sentía los gritos a mi alrededor. Fue entonces que una mano que me sujetó con tremenda fuerza en la pierna. Vi a mis pies a Stella con el rostro ensangrentado tomando mi pierna con su mano derecha. Una de sus piernas no se hallaba y de su muslo colgaban pedazos de piel y músculos.

Sorprendentemente se las había arreglado para sujetar a Camus todo el tiempo. Su brazo izquierdo envolvía el cuerpo de Camus con tal fuerza que dudé alguien fuese capaz de arrebatarlo de su lado.

—Mi bolsa… gemas… —me veía con cara alarmada —Cura, gemas… —escupía sangre y comprendí la situación, sin embargo, yo no era el experto en sanación y sentí las pisadas a mi espalda.

—¡DANIELA! ¡AMYYYYYY! —logré gritar mientras solté al suelo el cuerpo de Miry —Me escucharon y observaron. Daniela corrió a mi lado de pronto dejando a Amy atrás, luego retrocedió y comenzó a arrastrar el cuerpo de Mena hasta nosotros —¡Hay gemas con magia cura en la bolsa de Stella! —Miré a Amy, sabía ella estaba en su límite también. Probablemente habría curado a Mena mucho más rápido de tener suficiente magia.

—¡Cúrame! —Stella tomó de la túnica a Amy —puedo pelear.

—No puedo curar una pierna que no está —Amy la miró llorando y luego me miró a mí, como pidiendo ayuda.

—Cura lo que puedas con las gemas —repuse y busqué con la mirada una espada a mi alrededor. Mi enorme espada la había perdido en la explosión.

No me hallaba en condiciones. Pero era el único que podía pelear allí y los orcos ahora entraban a la ciudad en carrera. Miry estaba inconsciente detrás de mí, Mena, Amy y mi hermana. Supe de inmediato al verles que yo no resistiría ni daría una lucha digna. A lo máximo les retrasaría un par de segundos hasta que me matasen.

Entonces noté que me hallaba a cierta distancia y los que entraban a la ciudad primero buscaban de rematar a los que se hallaban en el suelo. Nadie nos notaba por el instante —rápido, a esa casa —balbucee indicando la casa que estaba a nuestra derecha y detrás de otra en llamas.

No era la mejor idea, pero la única que se me ocurrió en el momento y la más viable si quería ver a las chicas con vida otro instante. Tomé a Miry del suelo sobre mi hombro y a Camus de un brazo para llevarlo a rastras. Daniela tomó a Mena nuevamente, noté que esta última me sonreía y Amy agarró a Stella de la ropa para arrastrarla por el suelo hasta la casa.

—Gracias —la voz de Stella apenas era audible.

Sentí que tardamos una eternidad en entrar a aquella pequeña casucha. Era vieja y el techo se hallaba caído en varias partes. Dejamos los cuerpos en el suelo y tanto Daniela como Amy se pusieron a curar como podían.

Yo era un inútil en términos de curar, no poseía ni una gota de magia y mis estadísticas lo dejaban muy en claro. Por lo tanto, tomé la espada y me dispuse a esperar que alguien entrase al lugar.

Las pisadas afuera eran fuertes y escalofriantes. Amy y Daniela me miraban a cada instante que alguien cruzaba cerca de la casa y se veía alguna sombra por la ventana. Entonces hubo un fuerte golpe y la puerta se abrió por completo. Me lancé contra el orco en el portal, pero recibí un golpe contra mi rostro y caí al suelo.

Mi cuerpo no reaccionaba como debía, mis piernas apenas se movían. Me levanté y empuñe la espada y el orco sonrió ante mí, supongo daba una vista deplorable y bastante patética. Lanzó su ataque y yo lo esquivé por poco y me lancé sobre su cuerpo clavando la espada en su pecho por entre las ranuras de su armadura. Lo hice con desesperación al tiempo que ambos caíamos al suelo. Saqué la espada y la clave nuevamente y otra vez en su cuerpo hasta que noté que su mirada se alejaba de este mundo y su sangre caliente fluía por mis manos.

Me levanté mareado para cerrar la puerta, sentí las pisadas en la parte exterior y me estrellé contra la madera. Las chicas estaban allí mirándome. Aún estaban vivas. Entonces todo fue negro y me desplomé en el suelo. 

 

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