15. MONTAÑAS

Mientras ascendíamos a la superficie las puertas del piso treinta y uno fueron abiertas. El suelo y paredes de las cavernas temblaron y corrimos por nuestras vidas los últimos cinco pisos pensando que algo nos caería y asesinaría.

Llegamos a la muralla donde Ciel nos esperaba. Era tarde y casi anochecía por lo tanto el lugar se hallaba desierto y solo un par de encargados se movían de un lugar a otro.

—Llegan temprano, felicidades. Toda la ciudad sabe la noticia de la victoria.

—Gracias Ciel —contesté.

—¿Qué fue ese temblor? —preguntó Amy.

—¿No lo saben ustedes? —replicó ella.

—No, regresamos un poco antes, iban a abrir las puertas del piso treinta y uno —contesté.

—Camus y Grant pensaban intentarlo, pero si todo fallaba —recitó Mena.

—Cerrarían las puertas, lo sé. El tema se discutió bastante. Pero el temblor, eso es nuevo.

—Miry cree deben estar bien.

Nos retiramos quedándonos con el cuerno de Behir para vender luego. Llegamos a la posada y comimos. Yo entré a la ducha con algo de asco, estaba pintado de rojo y marrón. El olor era espantoso y necesité horas enteras para poder quitar aquello de mi piel.

El agua caliente era agradable. Recorté un poco mi cabello con una hojilla y me senté a pensar.

Había visto morir a varias personas, los cuerpos esparcidos y cortados en pedazos. Beartrolls, goblins, bulettes. Todos eran carne picada allí abajo. Carne que podría haber tapeado el abyss entero si no quemáramos los cuerpos.

Había asesinado a tantos. Sabía que todo aquello se trataba de matar o morir, sin embargo, llegaba un instante en el cual recordabas las miradas, los rostros y los pedazos de cuerpo ensangrentados. Ese momento llegaba cada cierto tiempo y todo se desmoronaba. Era una sensación desde la boca del estómago que provocaba arcadas y descomponía el cuerpo entero. Lloré allí, donde nadie podía verme y mis lágrimas no se distinguían con el agua.

—¿Estás bien? —desperté sobresaltado por la voz, me había quedado dormido allí en el baño en medio de los vapores. Alcé la vista y observé a Mena desnuda y envuelta en un paño frente a mí. Mi mente dio vueltas y mis mejillas se colorearon un poco.

Mena era en muchos sentidos la mujer más recta que yo hubiese conocido. No daba su brazo a torcer, sus ideas eran precisas y una regla a seguir. Por ello me sorprendía tanto verla allí desnuda y nada más cubierta por la toalla. Si pudiera e intentara describirla diría que ella era hermosa, su piel era delicada, sus labios finos y un cuerpo que iba a la par. Sus senos y trasero no eran tan prominentes como los de Miry, pero tenían una forma precisa, firme que dejaba mucho deseo al solo mirarla.

—Sí, estoy bien —mentí cubriéndome para salir del agua. Olvidé por completo las penas del abyss, eso no me afectaba. El cuerpo y la cercanía de Mena, sí.

—¿Estabas llorando, cierto?

—¿Qué?

—Tienes los ojos rojos, estabas llorando.

—Debe ser el vapor.

—Allan, no es la primera vez que te veo llorar. Tampoco lo critico, todo lo que sucede es bastante difícil —yo guardé silencio levantándome para marcharme —¿Te puedo comentar algo?

Yo era el líder del equipo, debía hacerlo —sí, claro.

—Cuando murió Vert, a mí me afectó mucho. Llevábamos poco tiempo aquí, pero compartíamos el día entero, él… comenzó a gustarme, era alguien que…

—Inspiraba confianza.

—Exacto, y yo quería seguirlo, quería quedarme allí a su lado. Creo que me sentía más segura.

—Esa seguridad no la has perdido —agregué.

—¿Qué? La pierdo a cada rato, cuando estamos en batalla debo luchar muchas veces por mantenerme firme.

—¿En serio?

—¡Claro! Todos han debido notarlo.

—Pues no, generalmente eres fuerte, decidida, no dejas ver ese temor.

—¡Oh!

—Yo, a veces creo que no debería ser el líder. Pienso que deberían serlo tú o Miry. Tu eres firme en lo que dices, y ella es valiente. Yo…

—Tú no eres el más valiente ni el más decidido. Lo sé, se nota bastante cuando dudas y comienzas a pensar todo. Pero creo que por eso eres el líder, no te impones. Piensas las cosas y buscas las mejores soluciones.

—Creo que Camus tiene razón, no tenemos un equilibrio como equipo.

—Camus es un perfecto idiota Allan. No te cuestiones por él, si crees que debemos avanzar y buscar otros dos integrantes, supongo que lo haremos. Miry y Amy estaban afuera hablando de eso.

—¿Si?

—Lo normal, dijeron le preguntarían a Melanie, pero dudo que ella se una a nosotros, Mel no tiene ningún ánimo para pelear, y no la culpo.

—Cierto… —enterré mis ojos en su cuerpo, su piel dejaba caer gotas debido al vapor. Lucía exquisito. Me gustaba Miry, ciertamente, pero Mena era distinta, la sensación que ella despedía era de, confianza, de familiaridad.

—Allan.

—¿Si?

—Si yo te pido un b… —se detuvo en silencio y yo me quedé mirándola.

—¿Un qué?

—Nada olvídalo.

—¿Segura?

—Sí, ya vete —soltó en algo semejante a un gruñido.

Yo me retiré por la puerta, justo al estar cerrándola, pude ver como entraba en la bañera y la toalla caía al suelo, descubriendo su espalda y la forma perfecta de su trasero. Cerré colorado y lleno de deseos la puerta. Respiré profundo y me calmé. Entonces noté a Amy, allí al frente. Roja como un tomate.

—Alli estaban… Mena y tu… —Amy salió corriendo escaleras arriba. Me quedé de pie sin saber qué decir o hacer, pero imaginé que aquello traería problemas luego.

Los siguientes días descansamos, relativamente hablando, pues Miry nos hacía entrenar todas las mañanas. También habían cerrado el acceso al abyss por un par de días.

Del piso treinta y uno brotaron miles de criaturas que lograron ascender hasta el piso diez. Por lo tanto, decidieron abrirlo, pero nadie podía bajar más allá de aquel piso por seguridad hasta que se realizaran misiones para limpiar hasta el piso treinta. Yo estaba un poco emocionado por la posibilidad de tomar alguna de aquellas misiones, sin embargo, estaba presente la búsqueda de otros dos integrantes a nuestro grupo y el viajar a las montañas donde Camus me había indicado para entrenar.

Recogimos también las piezas realizadas en orifalquio y compramos otras. Lo más nuevo fueron los cascos ornamentados para los cuatro. Era una necesidad, Miry y yo estábamos constantemente a merced de espadas filosas que pasaban cerca de nuestro rostro. Mena y Amy no tanto, pero las flechas eran también un peligro.

En la tienda de Dimch se hallaba solamente su jefe, él también observó el cuerno de Behir y dictaminó podía ser imbuido en magia. Nos ofreció magia fuego, pero nos rehusamos. Después de la lucha con Behir algunos aventureros habían llegado al nivel siete y otros al ocho, de seguro había nuevas magias por allí. Además, nuestro grupo ya tenía algunas a su favor. Lo que nos faltaba era técnica a la hora de luchar.

Al quinto día decidimos iríamos a las montañas, y ese mismo día pude hallar a Dimch y Teresa en la plaza de la comida. Ninguno de los dos estaba interesado en formar un equipo y entrar al abyss.

Yo había tenido la esperanza de unir a Dimch a mis líneas, esencialmente porque era fuerte gracias a su trabajo con metales. Por obvias causas ambos preferían vivir sus vidas en la tranquilidad y seguridad.

Utghardie también se hallaba un poco exaltado. Por doquier corrían rumores sobre el ejército de los goblins. Luego sobre una posible alianza con los orcos, o un ataque doble por parte de la nación de Minfister.

Stella logró sacarme de dudas una tarde. No había posibilidad de un ataque conjunto con la nación Minfister porque ellos estaban teniendo problemas con Sinner, el imperio de los no muertos. Tampoco había señales de que los orcos se movilizaran o tomaran algún partido. Lo que si sabían era que una enorme tropa de goblins se estaba movilizando desde el este, y probablemente se uniría con los otros en cuestión de un mes. Por lo tanto, ese era el tiempo que se disponía para prepararse para la batalla. Un mísero e insignificante mes.

Con esto en mente tomamos camino el séptimo día a las montañas que nos indicó Camus. Seguimos el sendero real a Selyntos, solo a mitad de camino debíamos desviarnos por un camino que dudé existiera.

El camino real a Selyntos era una vía de piedras y tierra por donde podían pasar unos tres carromatos. Yo nunca había estado por aquellos lugares, siquiera había pisado la zona norte de la ciudad desde mi llegada. La razón es que en la zona norte todo era mucho más costoso y aquello no me interesaba. Allí vivían aquellos con más dinero en la ciudad y yo despreciaba a esas personas sin razón alguna.

Llevábamos con nosotros ropa ligera y algunas partes de nuestras armaduras, el resto iba en las mochilas, al igual que la comida y algunas gemas. En el camino encontramos a un par de goblins mugrosos, pero estos huyeron al vernos. Ninguno tuvo la intención de perseguirles y continuamos nuestro camino.

Nos manteníamos alertas, siempre existía la posibilidad de una emboscada y flechas para lograr robarnos.

No obstante, el primer día de viaje fue bastante tranquilo y descansamos a un lado del camino antes de introducirnos a zonas menos abiertas el día siguiente.

Miry había calculado el viaje tomaría unos tres días.

—Es aburrido solo caminar todo el día —se quejó Amy tomando una pata de pollo asado para comer.

—A Miry le gusta el paisaje, le gustan los árboles. Miry tenía días sin ver árboles.

—Cierto —respondí algo apenado. Toda nuestra atención estuvo centrada en el abyss los últimos meses y apenas habíamos salido. Solo para visitar la tumba de Vert.

—A mí me da la impresión de que podrían vernos desde todos lados.

—Hay que estar alertas, Miry lo sabe bien, el bosque puede ser peligroso. Pero Miry también sabe lo bonito del bosque, hay mucha comida por aquí, no hay que buscar mucho, muchas frutas.

—¿Tú puedes sentir a los goblins si se acercan Miry? —preguntó Amy.

—No, a menos que sean ruidosos, pero los goblins conocen el bosque y cuando quieren cazar son cuidadosos y silenciosos. Pero Miry sabe leer muy bien las huellas, y los aromas del bosque. No creo que existan goblins por aquí. En cambio, creo que hay arpías, hay un aroma a plumas y plumas húmedas.

—¿Arpias? —pregunté.

—Sí, ya sabes, las voladoras esas con garras y…

—Sí sé cuáles son Miry. Solo pensé vivían más al norte.

—Viven también más al norte, quizás unas pocas estén por aquí.

—Hay que tener cuidado de mujeres voladoras —sonreí y vi la mirada turbada de Amy —podrían atacarnos en cualquier momento, venir a por nosotros y tomarnos en sus garras para llevarnos a sus nidos más allá al norte. Donde moriríamos siendo devorados por sus crías, despedazados.

—¡Allan! ¡Estás asustando a Amy! —Mena me regañó y yo solté la carcajada —Idiota. 

Amy me dedicó una mirada penetrante en reproche y yo tan solo reí aún más fuerte. Miry también reía, pero de manera más disimulada.

Al día siguiente comprendí por qué Miry dijo serían tres días. Caminar por el bosque no era tan sencillo, sobre todo ese, que no era frecuentado y estaba lleno de tanta maleza. Emboscarnos habría sido extremadamente sencillo.

A mitad del día observamos a una arpía. Miry la notó antes que cualquiera de nosotros y señaló. Nos miraba fijamente y todos quedamos atentos y sin movernos. Luego de un rato con nuestras miradas fijas se limitó a abrir sus enormes alas y despegar vuelo.

—Si fue a llamar refuerzos estamos en problemas —declaró Mena. Todos asentimos y apresuramos el paso descendiendo de una montaña para continuar a la siguiente.

Lo mejor será rodearla e ir por la zona baja y buscar refugio —comentó Miry y todos le seguimos sin rechistar. Nos sentíamos perdidos sin ella, era la única que sabía guiarse entre tanto follaje. Yo estaba perdido desde el minuto siguiente que abandonamos el camino real a Selyntos.

No hubo fogata esa noche y nos limitamos a comer frutas y a dormir todos apretados bajo la misma carpa cubierta de maleza y follaje. Un escondite que Miry nos enseñó a hacer contra las arpías.

Esa noche noté como los brazos de Miry me rodearon, y luego otros… No pensé mucho, tenía sueño y mi cuerpo solo se desligó del planeta.

El tercer día nos encontramos con un grupo de tres minotauros, yo nunca les había visto y en realidad sentí algo de temor. Eran asombrosamente altos, por encima de los dos metros y quizás dos y medio. Tan fornidos que parecían murallas y un temperamento bastante enfadado.

Cargaron contra nosotros cuando nosotros apenas les habíamos sentido. Eran rápidos y agiles, pero lo impresionante era su fuerza. Rompían árboles enteros mientras corrían.

Uno de ellos blandía un hacha tan grande que al menos debía de ser del tamaño de Amy. Logramos evadirles y apenas acomodarnos para luchar.

No supe como atacar exactamente, sus cuerpos eran amplios y no me permitían moverme adecuadamente. No estaba acostumbrado tampoco a sus patrones de ataque y pronto uno de ellos me propinó un golpe a un costado que me lanzó contra un árbol con estrepito.

—Regeneración —la voz de Amy se escuchaba y sentí el efecto correr por mi cuerpo junto al pequeño círculo verde en el suelo.

Miry era mucho más diestra que yo, esquivaba los golpes y cortaba un poco sus brazos, pero nada de mayor daño. Por alguna causa se mantenía también cautelosa al atacar.

—Mena, cúbreme atacándoles —indiqué mientras me reponía y sacaba mi espada gigante. Mena ya disparaba flechas, pero a pesar de impactar no se enterraban en sus cuerpos. Su piel debía de ser muy gruesa y fuerte para que una flecha de Mena no pudiera atravesarlos.

Me acerqué al ataque directo. Planeaba cortarlos a costa de fuerza pura, entonces sentí una enorme punzaba de dolor y observé mi hombro derecho. La punta de una flecha envuelta en mi sangre se asomaba de manera extraña en la parte baja de mi hombro.

Proferí un grito y giré para ver una arpía desde la copa de un árbol apuntándome. El minotauro frente a mí también lucía sorprendido, pero después de un segundo atacó con su hacha y yo tuve que hacer frente con la espada.

Mena logró reducir a la arpía mientras nosotros tardamos unos siete minutos en eliminar a los minotauros. Su piel era gruesa en extremo, y a menos que blandiera mi espada con toda mi fuerza era imposible atravesarlos.

No tomamos ningún material y yo me limité a retirar entre gritos la flecha que se hallaba en mi hombro. Miry uso una gema en mí y me recuperé a los minutos.

Técnicamente huimos del lugar, corrimos lo más deprisa que pudimos con las cosas a cuestas y nos detuvimos media hora después para tomar agua y aliento. Aquello fue peligroso, y yo sentí la misma sensación al primer día cuando luchamos contra los goblins. Podíamos perder y morir allí.

Terminamos por ocultarnos y armar un campamento debajo de las raíces alzadas de un árbol enorme. Cubrimos la entrada con muchas ramas y nos refugiamos a descansar. La seguridad del árbol fue reconfortante en gran medida. Comimos y dormimos hasta muy pasada la mañana.

El malestar en mi hombro permaneció un buen rato. Ciertamente la magia cura la herida, pero la molestia de una herida queda allí durante un rato, y, cuando tuviste una flecha atravesándote la molestia es notoria. Nos tomó unas cuatro horas más llegar al valle donde vivía el personaje.

El lugar era amplio y rodeado de bosque y maleza, no obstante, allí crecía una grama verde bastante cuidada y al fondo se observaba una cabaña. Nos acercamos bastante contentos de no tener que caminar más y deambular por el bosque. Pero pudimos notarlo, un minotauro enorme se hallaba en el lugar con una enorme hacha alzada mientras que el cuerpo del viejo yacía tirado en el suelo boca abajo en medio de un desorden de frutas.

—Llegamos tarde —señaló Mena. Miry y yo nos lanzamos en carrera contra el minotauro y este apenas tuvo tiempo para girar su cuerpo y vernos, no obstante, desvió la patada de Miry con su brazo y con su puño la golpeó en el pecho lanzándola unos diez metros a la derecha.

Mi espada cambió de pronto de su curso para cortarle, hacía arriba dirigida por su mano desnuda. Tomó mi arma por un costado y sujetándola me propinó una patada en el estómago tan fuerte que salí expelido por los aires y me arrastré por la tierra.

—¿Con quienes juegas Mu? —el viejo alzó su rostro del polvoriento suelo y se levantó para el asombro de todos.

—Muuuuuu —fue la respuesta del minotauro soltando mi espada enorme en el suelo como si fuese un juguete.

—¿Qué? —Mena estaba boquiabierta.

—Pero yo vi —Amy tampoco se lo creía.

—Miry no comprende. Esa cosa golpea muy fuerte.

—Esa cosa se llama Mu —sonrió el viejo —. Es mi compañero desde hace años, me ayuda con las tareas de la casa.

—Pero usted estaba en el suelo —me acerqué adolorido limpiándome la tierra de la ropa. Era un hombre bastante bajo de estatura, quizás de un metro cincuenta, canoso y con una barba cortada, su mirada era la de alguien aburrido. Luego notaría que esta mirada siempre se hallaba en su rostro, sin importar su emoción.

—¿Si? De seguro tuve sueño —el hombre miró las frutas a su alrededor y tomando una canasta se dispuso a recogerlas. Tomó un par de ellas y luego nos observó —¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí?

—Discúlpenos, somos de Utghardie, su discípulo, Camus nos envió. Le pedimos encarecidamente que nos entrene señor.

—¿Camus? ¿Quién es ese? —preguntó el viejo, Miry, Mena y yo intercambiamos miradas.

—Muuuuu —el minotauro se alejaba cargando algo de leña, pero parecía dirigirse al viejo en reproche.

—Ah Camus, sí, sí. Le di clases hace un tiempo, un chiquillo bastante loco ese.

—Miry se encuentra honrada, vinimos porque queremos usted nos enseñe al igual que como hizo con Camus.

—¿Camus? ¿qué Camus? ¿Quiénes son ustedes y qué hacen aquí?

—¡Muuuuu!

—Ah, lo siento, tengo problemas de memoria.

—Nosotros somos —miré al resto. Todos estábamos bastante contrariados —somos Miry, Mena, Amy y yo soy Allan —señalé.

—Ah, un placer, yo soy Helim —tomó el resto de las frutas del suelo —¿Qué hacen aquí?

—Yo… nosotros…

—Somos sus alumnos señor —respondió Mena.

—¿Mis alumnos? ¿Y qué hacen allí parados entonces? ¡Deberían estar entrenando, cortando madera, cargando madera, peleando algo! —entonces desapareció de mi vista. Lo noté justo a mi lado, en el aire y su pie a un par de centímetros de mi rostro. Cruzó los cinco metros que se hallaban entre nosotros en un movimiento que no logré notar.

—Puedes verme, pero tu cuerpo no logra reaccionar muchacho —la patada dio contra mi cara y salí rodando al suelo. Aun peor, Mena, Amy y Miry estaba también tendidas contra la grama —Aun no son mis alumnos, pasen a la cabaña, comeremos algo y hablaremos sobre darles clases.

Temblaba, fue impactante. Lo único que había visto moverse a semejante velocidad antes fue el ángel. Aquel hombre no activó ninguna magia, no usó ninguna habilidad. Su cuerpo anciano y sus piernas pequeñas fueron capaces de sorprenderme y golpearme sin dejarme chance a protegerme.

—¿Qué fue eso? —preguntó Mena.

—Ayayayayayayayayyyy —Amy se sobaba la cabeza con ambas manos sentada en el suelo.

—Primero golpeó a Miry, luego a Allan, seguido Mena y última Amy —respondió Miry, y yo quedé boquiabierto, yo ni siquiera tuve oportunidad de ver cuando golpeó a Miry.

—Hay que ir adentro —dije con mi voz casi temblando.

La cabaña era enorme y dividida por múltiples salas, varias de ellas casi vacías, solo llenas de leña, paja, arroz o trigo en enormes costales. El minotauro se hallaba en la cocina lanzando leños a un horno de metal grueso y amplio.

—El minotauro… —Amy se quedó en la puerta del lugar.

—Mu es mi compañero desde hace años, es completamente inofensivo y muy diestro en la cocina.

—Muuuu.

—Pero es que es…

—Un minotauro. Si llegan a estar en una situación de peligro y todo lo que queda es cooperar con una criatura ¿Qué harían? —el viejo tomó un pedazo de pan y lo repartió entre nosotros —Creo que queda queso.

—Mu.

—Ok, no hay queso, pero de seguro hay jamón.

—Muu.

—Jamón entonces. Recuérdame debo hacer queso entonces, vaca súper desarrollada —gruño el viejo sacando una pierna de jamón ahumado de un pequeño cuarto al fondo —Bien, será jamón para comer —tomó asiento frente a nosotros dejando un plato repleto de jamón y ofreció asientos frente a la mesa. El minotauro tomo un puesto como cualquier otra persona y tomo un pedazo junto a su jamón y pan. La escena era simplemente extraña, a pesar de todo nos sentamos y tomamos algo de comida —. Si quieren clases, deberán primero decirme sus razones para ser fuertes. Qué les motiva a entrar al abyss ¿por qué quieren ser más fuertes y qué esperan lograr con esto?

—¿Qué? —preguntó Mena.

—Si les voy a enseñar quiero saber quiénes son ustedes. Y más vale que no mientan, tengo un olfato infalible para las mentiras.

—¿Y si no decimos nada? —preguntó Mena.

—Pues tienen un camino de regreso a su ciudad.

—Muuu.

—Tu cállate vaca fea —murmuró el viejo —Comencemos con la menor, no es normal ver a una niña tan joven que desea hacerse más fuerte.

Amy nos miró a todos antes de abrir la boca con dudas —Yo…

—La verdad niña, o todos se devuelven de inmediato —noté un brillo en la mirada del viejo.

—Yo quiero vengarme, quiero destruir el abyss —respondió Amy bajando la mirada.

—Esas palabras no se dicen mirando el suelo, se dicen alzando la cara. Continúa, eso es solo la verdad a medias.

—Yo… —Amy estaba roja y llena de vergüenza —quiero proteger a Allan y pagarle cuando me salvó —tapó su rostro con las manos y Mena le abrazo.

—Bien. Venganza y retribución. La siguiente —observó a Mena.

—Quiero proteger a quienes quiero, no quiero que nadie más muera. Estaba enamorada de alguien que murió muy pronto. No fui fuerte, fui una tonta y por mi culpa murió —Mena escupió las palabras como veneno dentro de ella. No las pensó ni sintió, solo las sacó de su organismo.

—Culpa y protección —era mi turno.

—Quiero llegar al fondo del abyss, y poder proteger a las chicas —solté sin mediar.

—La verdad a media tampoco sirve ¿Por qué llegar al fondo del abyss? —su mirada escudriñaba.

—Quiero saber que hay allí abajo.

—¿Qué más chico?

—Yo… —me forcé a decir las cosas como las creía y sentía —quiero saber sobre mí. Quiero saber por qué recuerdo a mi hermana y creo que allí abajo está la respuesta. No creo haber nacido en este mundo. Sé que el abyss está hecho de cien pisos de profundidad, pero no tengo idea de cómo lo sé. Quiero poder entenderlo.

—¿Por qué quieres protegerlas?

—Les quiero. Vert murió frente a mí y en el último momento me dijo les cuidase —respondí y alcé la mirada. El viejo me observó sin decir palabra durante un rato.

—Curiosidad y amor —quedaba Miry por hablar.

—Miry no dirá nada.

—¿Qué? —repusimos todos.

—Entonces pueden retirarse. 

            —¡Miry! ¿Qué sucede? —pregunté.

—Miry, dilo. Solo sácalo.

—Me niego.

—El orgullo de una tumb —susurró el viejo y Miry cambió de semblante.

—¿Qué sabe usted sobre las tumb? —Miry se levantó de la mesa.

—Mucho más de lo que quizás creas jovencita. Comienza a hablar o vete.

—Miry, por favor —la miré y ella huyó de mi mirada. Estaba entre molesta y reacía a hablar. Luego se ablandó y abrió la boca. La cerró y repitió la operación varias veces antes de hablar.

—Miry quiere derrotar al monstruo que mató a su padre —pronunció.

—Una verdad a medias. Habla joven tumb.

—No, esa es la verdad.

—Solo una parte ¿Qué más buscas allí abajo?

—Poder, quiero el poder que las tumb no llegan a tener. Quiero ser invencible, quiero dominar las flamas y ser la tumb más rápida de la historia —Miry giró la cabeza.

—¿Y para que quieres tanta fuerza joven tumb?

—Para matar a alguien —Murmuró. La habitación quedó en silencio a excepción del crepitar de la madera al fuego.

—Venganza y poder. Bien, supongo que todo el mundo tiene sus razones. No soy quien, para juzgarlas, yo entré al abyss buscando venganza, y grandeza. Conseguí de todo menos eso —sonrió y comenzó a comer su pan con una tajada enorme de jamón.

—Usted fue un aventurero —habló Mena.

—Debió ser fuerte, golpea duro —Amy se sobó la cabeza.

—¿Cómo pudo moverse así de rápido? Miry quiere saber.

El anciano de pronto alzó la cabeza dejando de lado su pan y tragando su porción de jamón —disculpen ¿Quiénes son ustedes? ¿qué hacen aquí? Vaca loca dejaste que se metieran las plagas a la casa.

—Muuu Mu.

—Ya, ya.

—¿Podría preguntar qué nivel tiene usted señor Helim? —noté como la mirada del anciano cambió.

—Si te lo dijera no lo creerías nunca muchacho.

—Quiero saberlo señor, no fue solo fuerza, usted se movió a una velocidad que fue, increíble.

—¿Y si este viejo no quisiera que nadie supiera su nivel? ¿Y si este viejo estuviera dispuesto a matarte si revela esa información?

—Correré el riesgo señor —respondí decidido.

—Veinte, soy nivel veinte.

—¿Qué?

—No hay nadie de nivel veinte, es imposible. Miry lo sabe, todos lo saben.

—Ads dem —murmuró el anciano mostrando su brazo.

Nombre: Helim Vul

Edad: 67

Profesión: guerrero

Nivel: 20

Vida: 1015

Fuerza: 86

Agilidad: 97

Inteligencia: 69

Resistencia: 46

Destreza: 70

Magia: 4

Habilidad: 1

Habilidades aprendidas

Manejo de la espada 3

Prisa 3

Protección 1

Camuflaje 1

Magias aprendidas

Regeneración 3

Cura 1

Valor 3

Fuego 2

Agua 2

—Imposible. Nadie… —me levanté de la mesa observando aquellas estadísticas. Eran simplemente monstruosas. Un hombre, un anciano tenía la fuerza que todos deseaban, una fuerza capaz de…

—Miry no puedo creerlo.

—Tiene magia, cura y agua —Amy las repasaba con el dedo asombrada.

—Con eso podría usted solo derrotar a cualquier jefe y entrar solo al abyss —comentó Mena.

—Y puedo, o he podido hacerlo, hasta el piso cuarenta y siete, ese es mi límite. O lo fue, ahora no hago semejantes tonterías.

—No puede ser, nadie ha bajado más allá del nivel treinta. Nadie ha llegado por encima del nivel ocho, recientemente llegamos a ese nivel.

—No puedo mentir sobre mis estadísticas y si, más de uno ha llegado por debajo del nivel cuarenta. Solo que está prohibido. El método se llama sumidero, y básicamente te permitiría adéntrate tan abajo lo desees.

Me dejé caer en el asiento —no entiendo, se supone que no se podía —susurré mirando a las chicas. Ellas tenían una expresión muy similar a la mía, desconcierto y derrota.

—Déjenme enseñarles algo. Síganme a la parte de atrás.

—Muuuuuuuuuu.

Nos levantamos y caminamos por toda la estancia, la cocina daba paso a una pequeña despensa, escaleras para la zona superior y una puerta trasera. Salimos y vimos un pequeño sembradío y más allá una casucha pequeña.

Comenzó a hablar mientras caminábamos. Lo agradecí, pues ya temía se le olvidase —Cuando tenía más edad que todos ustedes, pero aún era joven y me adentraba en el abyss, solía bajar con un grupo de diez amigos, entre ellos estaba mi novia en aquel momento, se llamaba Terdea, era hermosa y delicada. Muy detallista conmigo y siempre nos protegíamos mutuamente.

—Muuuu.

—Si vieja vaca. Éramos jóvenes y entusiastas, como ustedes no le teníamos miedo a casi nada y pasábamos días enteros recorriendo las mil calles que tiene el abyss en cada uno de sus pisos. Sobretodo el piso veinticinco. En aquel entonces el piso veinte acababa de ser abierto, así que bajábamos hasta más allá y nos enfrentábamos a bulettes. Éramos buenos y confiados. Armábamos trampas para capturar y girar a nuestras presas antes de que estas lo notasen. Fue en uno de esos días mientras cazábamos. Una pared del abyss se desprendió y dejó expuesta una cueva por la cual nunca nos habíamos adentrado. Lo sabíamos bien pues teníamos mapas hechos por nosotros mismos y uno de nuestros compañeros era experto en ello.

Había dos opciones, retroceder o continuar por ese camino y anotarlo en el mapa. De hacerlo ganaríamos cierto dinero extra vendiéndole la información a otros aventureros. También nos planteamos el hecho de que, no había peligro en aquello. Nos hallábamos aún en el piso veinticinco y en otras ocasiones habíamos bajado hasta el piso veintisiete.

Votamos y ganó la decisión de seguir adelante. Terdea no estuvo de acuerdo, era inteligente, sabía que algo no estaba bien del todo. A pesar de todo eso nosotros nos adentramos en la nueva cueva y comenzamos a explorarla. Era estrecha y muy abandonada, lucía como si nadie la hubiese caminado jamás. Entonces llegamos a una pequeña cámara y nos encontramos un par de beartrolls. Atacamos y vencimos de manera sencilla. Apenas rasguños. Así fueron las siguientes dos cámaras, pero la tercera fue muy distinta. Apenas entramos lo notamos. Estaba llena de agujeros y era enorme. Tanto que cuatrocientas personas tendrían espacio de sobra para vivir cómodamente.

Avanzamos sin notar nada raro, hasta que salió un grupo de seis beartrolls y nos dispusimos a eliminarles. No nos percatamos como los goblins nos rodearon desde atrás, beartrolls, goblins oscuros, arañas… todo empezó a salir de los agujeros. Estuvimos rodeados sin darnos cuenta, y los números eran alarmantes, unos trescientos o más contra nosotros.

El primero en caer fue Mido, nuestro tanque. Fue rebanado en dos por la espada de un beartroll desde su cuello hasta su pecho. El siguiente fue Fermín. Él era quien leía nuestros mapas. Le cortaron la cabeza frente a nuestros ojos.

Comenzamos a correr mientras nos defendíamos e intentamos mantenernos en la lucha. Cisy fue atravesada por tres flechas goblins frente a mis ojos. Terdea lloraba pues era su mejor amiga, a pesar de eso estábamos luchando sin descansar.

En medio del desastre Terdea logró ver algo que el resto no pudimos. Un agujero. Apenas tenía espacio para que cada uno de nosotros entrase a gatas por él. El fondo se hallaba oscuro y no teníamos la menor idea de adonde se dirigía, pero estábamos acorralados y llenos de miedo.

Todos entramos excepto Hendric, un compañero que se quedó combatiendo hasta el final para permitirnos seguir —el anciano se detuvo frente a la casucha y buscó algo como unas llaves en sus bolsillos.

—¿Qué sucedió? —preguntó Amy.

—¿Qué sucedió con qué? ¿Por qué estamos aquí afuera?

—Muuuu muuu mu.

—Cierto —revisó un bolsillo trasero y abrió la puerta de la casucha y pudimos observar unas escaleras de tierra y piedra que descendían —logramos entrar cuatro de nosotros. El lugar al que entramos era extremadamente pequeño, como de dos metros por dos metros y el techo se hallaba muy alto. Totalmente oscuro.

Encendimos fuego un instante, pero lo apagamos de inmediato, el oxígeno allí abajo se acaba rápido. Además de eso, los beartrolls y goblins intentaron entrar a la cueva. Por lo tanto, sacrifiqué mi escudo y lo incrustamos a presión en la entrada del agujero. Encajó perfecto luego de puñetazos y patadas. El problema es que estábamos encerrados en una cámara pequeña, sin alimento, agua, luz y además rodeados por un enjambre de beartrolls y goblins. Si salíamos moriríamos de inmediato. Lo sabíamos bien.

Permanecimos en silencio calculo que unas cuatro o más horas, desesperados mientras escuchábamos con temor los golpes de bulettes y beartrolls contra las paredes. Entonces se me ocurrió una idea.

No podíamos subir pues el techo estaba muy alto. Tampoco teníamos idea de cuán lejos estaba la siguiente cueva, para destrozar las paredes. Pero con toda certeza sabíamos que cada cinco o diez metros estaba el siguiente piso del abyss. El piso veintiséis se hallaba debajo de nosotros, solo debíamos excavar, llegar al siguiente piso y salir por los caminos que conocíamos hasta la superficie.

Estaba prohibido eso, la razón es simple. Abajo hay criaturas más difíciles, y si abrieras un agujero, un sumidero que fuese del piso veintinueve al treinta y uno. Una cantidad inimaginable de criaturas de niveles superiores se regarían y esparcirían por los pisos, matando a todos los incautos que estuvieran allí. Además, si no puedes con las criaturas de un piso, es inaudito que desciendas al siguiente.

A pesar de todo, nosotros estábamos desesperados, tomamos nuestros protectores de brazos y comenzamos a excavar como locos. El suelo del abyss es duro, frio y terrible. Pero después de horas y horas, logramos divisar un agujero. Daba a una cueva del piso veintisiete. Nos habíamos saltado un piso sin saberlo. Tampoco importaba mucho. El mayor detalle es que el suelo estaba a unos cuatro o cinco metros de altura.

Al final saltamos, no había sogas ni opciones. Terdea se dobló un tobillo en la caída y tomamos nuestro camino de regreso. El problema es que éramos menos, cansados, sin escudo, heridos.

Nos atacó un grupo de goblins oscuros y luego más beartrolls. Terdea, una espada se enterró en todo su abdomen. No hubo siquiera opciones o intentos de curarla. Era una herida tan grande y enorme que ella apenas la sintió antes de morir. Ninguna magia habría podido cerrar aquella herida.

Suchi también falleció. Solo Ulises y yo logramos llegar al piso veinte y encontrarnos con otro grupo de aventureros y llegar a la superficie. A la semana siguiente cerraron nuestro sumidero.

—Eso fue horrible —expresó Amy con pesar mientras nos mirábamos. Nos detuvimos de pronto y entonces dejamos de descender por las escaleras. Estábamos en una sala con una puerta de piedra enorme.

—Mu, haz los honores —el minotauro se adelantó y abrió la puerta con gran esfuerzo.

El abyss se abrió a nuestros ojos, tal como siempre lo veíamos, y allí a los pies, había un enorme agujero junto a una soga y lámparas hechas a base de gemas incrustadas en la soga. Un sumidero.

—Es mi propia entrada al abyss. El abyss está a solo cuarenta o cincuenta metros bajo tierra, los orcos a veces lo usan para movilizarse. El imperio de los muertos también. Yo comencé a usarlo un par de meses después de la muerte de Terdea, primero busqué su cuerpo. Luego la ira me invadió y solo deseaba eliminarlo todo en el abyss, así que fui descendiendo, cada vez más y más. Subí de nivel y mantuve silencio, era una campaña solitaria. Con el tiempo, me cansé de tal tontería. Terdea no podía revivir, y yo a duras penas logré bajar al piso cuarenta y siete. Fue mi record y solo pude hacerlo una vez. Mientras más desciendes, es un campo lleno de peligros mayores. Llega un punto en el cual no puedes avanzar más. 

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